Con dos semanas de retraso escribo esta breve entrada sobre Las Médulas, antiguas minas de las que El Imperio Romano extraía el oro con el que acuñó sus monedas de oro, el aureus, durante los siglos I y II d.C.
Situadas a unos 20 kilómetros de Ponferrada, en las proximidades del pueblo de Carucedo, son una invitación inexcusable para la contemplación placentera y la caminata tranquila. Fraguadas durante más de 200 años de explotación intensiva, en la que centenares de trabajadores hacían correr incontables metros cúbicos de agua desde las estribaciones más altas, presentan un aspecto imponente que me veo incapaz de describir. Es impresionante no sólo por lo que se observa, sino por todo lo que lleva detrás.
Resulta alucinante que algo así haya surgido de la explotación y devastación salvaje del paisaje primigenio. Se hace increible que los romanos canalizasen agua procedente de la cuenca del Duero, al otro lado de las montañas, para poder extraer un oro que no se encontraba en filones, sino diseminado entre el aluvión que constituye el suelo (además en cantidades minúsculas; unas decenas de gramos por metro cúbico). Y, sobre todo, para el neófito en la materia, lo más inverosímil de todo radica en que apenas se extrajeron 5000 kilos de oro en 200 años de explotación (más o menos, que ya se sabe que dependiendo de la fuente esto puede variar), unos 25 kilos al año de media, en los que se movieron casi 100 millones de metros cúbicos de conglomerado.
Lo explican todo muy bien aquí, de donde «anarroseo» la siguiente cita de la Historia natural de Plinio el Viejo:
El procedimiento supera el trabajo de los gigantes; las montañas son minadas a lo largo de una gran extensión mediante galerías hechas a la luz de las lámparas (…) Este tipo de explotación se denomina arrugia y de improviso se producen grietas y hacen perecer a los trabajadores (…) Acabado el trabajo de preparación, se derriban los apeos de las bóvedas de los más alejados; se anuncia el derrumbe y el vigía colocado en la cima de la montaña es el único que se da cuenta de él (…) La montaña, resquebrajada, se derrumba por sí misma, con un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana, así como un increíble desplazamiento de aire. Los mineros victoriosos contemplan el derrumbe de la Naturaleza (…) Las tierras (…) en la ruina montium o arrugia son transportadas por el agua. El oro obtenido mediante la arrugia no se funde sino que es oro al instante.
La visita que realizamos fue la típica. Llegamos al pueblo de Las Médulas sobre la una de la tarde (después de recorrer en coche parte del Camino de Santiago entre Astorga y Ponferrada; otro día pondré por aquí una foto en la Cruz de Hierro cinco años y medio después de mi «hazaña«), y estuvimos andando por sus senderos hasta las 17:30 (con una hora en medio para comer).
Lo mejor es subir al mirador de Orellán, desde el que saqué la foto visible más arriba, al que se puede acceder en coche pero al que es mejor llegar desde el interior de Las Médulas, después de recorrer durante 20 minutos un sendero bastante empinado que transcurre por un bosque de castaños centenarios. Castaños que pueblan todo el paisaje (al igual que los brezos), y que todavía no presentaban hojas cuando realizamos la visita. Quizás por eso nos perdimos Las Médulas en su máxima expresión, como sin duda estarán a finales de este mes, cuando el verde de sus copas contraste al máximo con lo rojizo de la tierra.
Mira que El Bierzo es un lugar donde emplear días descubriendo maravillas, pero creo que ésta (a falta de visitar El valle del silencio) se lleva la palma.


En esta rápida sucesión de escenas, apenas perfiladas, Sabina nos translada a esa realidad pobre y malhadada que a puro empecinamiento quijotesco intentaba convertir la autarquía en un sistema económico sostenible; recuerda con sutileza la salvaje represión contra los vencidos, el triste adiós del exilio o la necesaria búsqueda de fortuna en otras tierras; rememora la humilde cotidaneidad de carajillos, fresqueras, remedios caseros y estraperlo; enuncia la dramática contradicción inherente a la frase la vida sigue; y nos sitúa de pleno en esa España de pandereta, traje de faralaes y torero que atrajo con singular éxito a las rutilantes estrellas del cine, la canción o las letras del momento. Una sociedad genialmente resumida en el momento cumbre de la canción, los versos que aluden a la muerte de Manolete en la plaza de Linares en 1947 y que hacen confluir todo lo anterior en un mismo punto. Un punto, la fiesta taurina, con la que no me siento para nada identificado… pero que en aquel momento… ¿quién sabe?





















