La cosecha de Samhein

Han pasado tres años desde que José Antonio Cotrina presentara La casa de la Colina Negra. Tres años en los que el autor vitoriano ha estado enfrascado en la escritura de una novela de una extensión tal que no era viable publicarla en un único volumen. Su editorial, Alfaguara, propuso su división en tres entregas de las cuáles acaba de aparecer la primera: La cosecha de Samhein. Una fantasía oscura juvenil que subvierte muchas de las ideas preconcebidas que se suelen tener sobre esta temática.

La cosecha de Samhein comienza de una forma un tanto ingenua. Un 31 de Octubre, la noche de Samhein, Hector retorna a casa junto a su hermana Sarah después de haber recorrido las de sus vecinos en busca de dulces. Su madre lo regaña por haber llegado más tarde de lo acordado y, contrariado, se retira a su cuarto. Después de haber dormido un rato se despierta bruscamente para encontrar junto a su cama a un extraño hombrecillo. Es Denéstor Tul, demiurgo de Rocavarancolia y custodio de Altabajatorre; un ser que le dice que en su interior atesora un gran poder y que está llamado a salvar Rocavarancolia, una tierra mágica donde todo es posible y que atraviesa una situación límite. Pero, claro, nada es lo que parece ni todo hombre errante anda perdido. Lo que le aguarda desde el mismo momento de dar el sí es una pesadilla asesina a la que sólo podrá sobrevivir si colabora con la otra decena de jóvenes que han sufrido el mismo “engaño”. Son la cosecha de Samhein, un grupo de chavales que deberá resistir entre las ruinas de Rocavarancolia a multitud de peligros hasta que se alce la Luna Roja. Mientras, los habitantes de la ciudad los observan desde la distancia sin intervenir en lo que les deparen el destino y la ciudad.

Como se puede leer, el inicio es de lo más convencional. Sin embargo los estereotipos de los que parte (el héroe predestinado, el grupo de compañeros, los roles de todos ellos, el reino de leyenda…) caen a buen ritmo a medida que el argumento transcurre en una serie de vueltas de tuerca, a veces sutiles otras no tanto, que transforman la trama en un tour de force. La narración gira sobre sí misma varias veces y ofrece revelaciones que alimentan las ganas de seguir profundizando en la historia a la vez que mantienen una tensión elevada.

Hay otros detalles que me gustaría destacar de La cosecha de Samhein. Primero el excelente lugar narrativo que vuelve a crear Cotrina. Tras el sugestivo mundo de Las fuentes perdidas y los relatos de dicho ciclo, o el vívido y colorido universo apuntado en La casa de la Colina Negra, ahora llega el Reino de Rocavarancolia. Un paisaje ruinoso, sumido en un declive aparentemente imposible de revertir, que es mucho más que un escenario donde suceden cosas. Un lugar vetusto, desolado… con una belleza decadente que se convierte otra vez en protagonista tácito del relato al rezumar en cada rincón Historia… e historias. Que se cuenten o queden en el aire es lo de menos.

Segundo, el notable reparto que ha ideado y la maestría con el que lo mueve. Es complejo trabajar con uno que llega a una veintena de personajes, sin embargo al concluir esta primera parte la mayoría están bien perfilados, sin caer en clichés, y en ningún momento se confunden roles, se pierde de vista quien es quien o el papel que desempeñan en la historia. Mención especial merece el grupo de monstruos, donde abundan los personajes carismáticos que relucen en cada aparición. Y, tercero, la agilidad con la que mueve la trama. Cotrina intercala las escenas de supervivencia y descubrimiento de los niños entre las ruinas de Rocavarancolia con las intrigas de la corte de sus habitantes. Un ir y venir pausado que da tiempo a desarrollar escenas largas y que encadena situaciones que construyen un sólido contrapunto. Compone una inteligente armonía que se mantiene de comienzo a fin.

Aunque es de estos tres aspectos de donde surge el mayor pero que le encuentro a La cosecha de Samhein: se queda únicamente en una presentación del escenario y de los personajes y apenas pasa nada. Una introducción necesaria que deja un cierto deje amargo. Tampoco me han terminado de convencer los diálogos que se ponen en boca de los jóvenes. No es un detalle importante; en la literatura juvenil abundan los autores que descuidan mucho más los diálogos y no por eso dejan de tener éxito de público y crítica. Pero sí que echo en falta un poco más de verosimilitud, al menos en la amplitud de vocabulario utilizado por la mayoría de ellos, demasiado extensa y con varios “cultismos” que no se ajustan no ya a lo que podemos escuchar hoy en día sino al propio lenguaje oral.

La edición es de aúpa. 17 euros por un libro en tapa dura, sobrecubierta troquelada, un diseño deslumbrante y cuidado al milímetro, una ilustración de Alejandro Terán imponente, 425 páginas de letra y márgenes ideales, contadas erratas… redondean una obra llamada a convertirse en referente de la fantasía juvenil. En menos de un año tendremos la continuación, repleta de nuevas sorpresas y escenarios maravillosos.

Y, probablemente, la Luna Roja se alzará y llegará el tiempo de los prodigios.

Nota: Hace justo tres años publiqué la reseña de La casa de la Colina Negra. 6 de Julio día de Cotrina en el Aburreovejas.

Editando (8/7/2009): Gabriella Campbell ha entrevistado a José Antonio Cotrina para Lecturalia. La entrevista está publicada en dos partes: I y II.

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