Los hijos de las tinieblas

Los hijos de las tinieblas

Los hijos de las tinieblas

Hace poco más de un año escribía por aquí sobre La cosecha de Samhein, la primera entrega de la novela de José Antonio Cotrina que Alfaguara ha publicado bajo la denominación de El ciclo de la Luna Roja. Ahora toca recomendar la segunda entrega, Los hijos de las tinieblas, una obra que se crece en sus puntos fuertes y se libra casi por completo de sus defectos, demasiado introductoria, demasiado aletargada. Una consecuencia del fraccionamiento del original en tres partes por imperativo editorial: en conjunto sobrepasará las 400000 palabras. Una extensión que si ya de por sí es prohibitiva para la inmensa mayoría de novelas, lo es mucho más para un título publicado en una colección que lleva el marchamo de juvenil.

La novela arranca cinco semanas después de La cosecha de Samhein, con sus jóvenes protagonistas convertidos ya en unos supervivientes después de haber padecido algunos de los peores peligros de Rocavarancolia. Sus primeras páginas se abren con una pequeña aventura que juega una doble función: es una toma de contacto para conocer su evolución y, además, un aperitivo de la ordalía que les pondrá a prueba de cara al alzamiento de la Luna Roja. Fenómeno que los atenaza, página sí página también, y que sobreviene en las últimas páginas. Mientras, en el castillo, las criaturas que los han arrastrado hasta allí prosiguen sus conspiraciones alentadas por la llegada de un ser temible que desea recuperar los aspectos más pesadillescos del antiguo reino.

Los hijos de las tinieblas supone, más o menos, el nudo aristotélico de El ciclo de la Luna Roja: a falta de leer la conclusión, desarrolla la transformación de la historia. En sus páginas se redefine respecto a las coordenadas de la presentación y se desencadenan una serie de revelaciones que girarán la trama sobre sí misma un par de veces. Mientras, los hilos que apenas estaban perfilados crecen, se desarrollan y ganan un momentum que los deja aparentemente maduros para el desenlace.

Como era previsible, la narración centrada en los jóvenes funciona como un rito de paso tenebroso en el que han de conciliar sus temores, limitaciones, deseos… en un proceso de descubrimiento y aceptación. Un camino quizás un tanto irregular, demasiado centrado en tres o cuatro de ellos, un tanto tópico en varios lugares y a veces con unos diálogos un poco alejados de los que uno esperaría en gente de su edad. Pero con una carga emotiva que gana peso a medida que la novela avanza y que conduce a un clímax tremendo.

Cabe destacar la oscuridad que cala todo el desarrollo de los personajes, oscuridad fundamentada en una serie de conflictos externos e internos que oscilan de lo sutil a lo brutal y que son la base de una tensión narrativa como pocas veces he leído en una novela etiquetada como juvenil. A esto hay que sumar características cotidianas en la obra de Cotrina como su talento para hacer suyos los arquetipos de la fantasía que todos conocemos, su destreza a la hora de crear hermosísimos escenarios (todo el capítulo del palacete es magnífico), su habilidad para inscribir historias dentro de historias…

La Luna Roja ya se ha alzado. Dentro de unos meses podremos leer su desenlace y comprobar cómo se cierran los prestigios que ha desplegado José Antonio Cotrina ante nosotros. Por ahora va camino de lograr una obra maravillosa.

La pena es que la editorial, Alfaguara ha decidido modificar el formato de publicación de los tres libros en medio de su publicación. Si en el volumen anterior alababa la tapa dura, la sobrecubierta, el cuidado que había puesto en el formato, aquí tenemos que conformarnos con una edición en rústica del montón. Sólo hace falta observar cómo lucía la ilustración de cubierta de Alejandro Terán del primer volumen y cómo queda la nueva. Cierto es que aprovechando su publicación se ha distribuido una nueva edición de La cosecha de Samhein en tapa blanda y que los nuevos lectores tendrán la posibilidad de conseguir los tres volúmenes en el mismo formato. Pero así no se hacen las cosas.

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Una respuesta a Los hijos de las tinieblas

  1. egan dijo:

    400.000 palabras, madre mía. Pero lo digo de forma admirativa, por la ambición de narrar que tiene este hombre, a lo que veo. Conste que soy tan fanático de los cuentos y las novelas breves como el que más, pero estos desafíos -siempre que haya una calidad- te sirven para entrenar la atención y la materia gris de maravilla, ríete tú del brain training de la nintendo.
    Se me había pasado este título, intimida un tanto la extensión y el posible precio, pero habrá que pegarle un repasín por las librerías a ver.

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