El atlas de las nubes

Si entre el miércoles y el jueves saco el tiempo necesario para escribir la correspondiente reseña, adelanto que El atlas de las nubes va a ser el libro sabroso del mes de Noviembre. Lo he terminado hace unos días y todavía ando (como se suele decir) digiriéndolo, pero no me cabe duda de que es uno de mis libros del año. Me ha impactado menos que Escritos fantasma, pero tiene una serie de detalles que me confirman a su autor, David Mitchell, no ya como un gran escritor, sino como un excelente conocedor de la ciencia ficción. Las dos secuencias que se pueden calificar como tal, que ocupan casi 200 páginas del libro («La antífona de Somni-451» y «El cruce de Sloosha y toda la vaina») suponen, entre otros muchos aspectos, una exhibición de cómo se puede sumergir a un lector en un entorno futuro bastante diferente al nuestro, dándole las oportunas referencias necesarias para que pueda comprenderlo poco a poco, sin sacrificar el curso narrativo ni la voz con la que se desarrolla la historia (vamos, sin acudir a textos postizos que te digan por qué Somni-451 se llama así, cómo fue la historia de la humanidad en los 50 años anteriores,…). Voz que, todo sea dicho, es uno de los fuertes de Mitchell, capaz de construir una novela a partir de seis discursos narrativos tan genuinos como diferentes.

Lo que voy a hacer a continuación es copiar un extracto del libro. Una de esas partes que resuenan cuando la lees y no quieres que la memoria olvide (supongo que para eso tengo el blog).

Aviso. Entre los segmentos que podía haber elegido me he decantado por el final, que, creo, se puede leer tranquilamente (no desvela ningún giro argumental). ¿Por qué? No es un texto indicativo de cómo está escrito; es la conclusión a la que llega el protagonista de una de las historias en el diario que cuenta su viaje en una goleta desde la isla de Chatham, cerca de la costa de Nueva Zelanda, hasta Hawai a mediados del siglo XIX. Sin embargo, aparte de apuntar por dónde van (algunos de) los tiros en las seis historias que se encuentran en El atlas de las nubes, reproduce cosas con las que es difícil no estar de acuerdo y concluye con una preciosa y esquiva verdad.

[…] Mis recientes peripecias me han llevado a filosofar largo y tendido, sobre todo por las noches, cuando lo único que se oye es el rumor apacible del arroyo que transforma eternamente rocas en guijarros. Así discurren también mis pensamientos. Los historiadores identifican ciertas tendencias y las plasman en leyes que regulan los auges y caídas de las civilizaciones. Mi filosofía sigue el procedimiento inverso, a saber: la historia no admite leyes, sólo consecuencias.¿Qué determina las consecuencias? Las acciones depravadas y las acciones virtuosas.

¿Y que determina las acciones? Las creencias.

Las creencias son al mismo tiempo el premio y el campo de batalla, ya sea en el interior de la mente como en el espejo de ésta, vale decir, en el mundo. Si de verdad nos creemos que la humanidad es una escala de tribus, un coliseo de conflictos, explotación y bestialidad, semejante humanidad terminará tomando carta de naturaleza y serán los diversos Horrox y Boerhaave de la historia quienes se lleven el gato al agua. Vosotros y yo, los acaudalados, los privilegiados, los afortunados, no tendremos de qué lamentarnos en un mundo así, siempre que no nos abandone la suerte. ¿Qué más da si nos remuerde la conciencia? ¿Por qué restar legitimidad a la supremacía de nuestra raza, de nuestros buques de guerra, de nuestro legado, de nuestro patrimonio? ¿Por qué habríamos de luchar contra el orden «natural» (¡ah, qué palabra huidiza y artera!) de las cosas?

¿Por qué? Por la siguiente razón: un buen día, ese mundo completamente dominado por los depredadores se consumirá a sí mismo. Sí, el diablo devorará a los últimos hasta que los últimos sean los primeros. En un individuo, el egoísmo corrompe el alma; en la especie humana, el egoísmo significa la extinción.

¿Acaso llevamos esta entropía escrita en nuestra naturaleza?

Por el contrario, si nos convencemos de que la humanidad puede trascender colmillos y garras, si nos convencemos de que las diversas razas y credos pueden compartir pacíficamente la tierra, exactamente igual que los huérfanos comparten el árbol candil, si nos convecemos de que los gobernantes deben ser justos, de que la violencia debe dominarse, de que el poder ha de ser responsable las riquezas de la tierra y los océanos deben repartirse equitativamente entre todos, este mundo se hará realidad. No me engaño. Ya sé que es el más difícil de todos los mundos posibles. Los tortuosos avances logrados en el curso de las generaciones enteras pueden echarse a perder con la simple rúbrica de un presidente miope o el mandoble de un general envanecido.

Una vida dedicada a forjar el mundo que me gustaría que heredase Jackson, no el mundo que me da pavor legarle, es, a mi modo de ver, una vida digna de ser vivida. Cuando vuelva a San Francisco pienso abrazar la causa abolicionista. Porque le debo la vida a un liberto y porque por algún lugar hay que empezar.

Ya me parece oír la reacción de mi suegro…

– Ah, estupendo, Adam… ¡Sentimientos liberales! ¡Pero a mí no me vengas con monsergas de justicia! ¡Vete a Tenessee montado en un pollino y ponte a convencer a esos palurdos sudistas de que en realidad son negros pintados de blanco y de que sus esclavos son blancos pintados de negro! ¡Vete a Europa y ponte a decirles que los derechos de los esclavos del imperio son tan inalienables como los de la reina de Bélgica! ¡Ah, terminarás pobre, canoso y ronco en las reuniones del partido! ¡Te escupirán, te dispararán, te lincharán, te aplacarán con medallitas y los paletos te despreciarán! ¡Te crucificarán! Ingenuo y soñador Adam. Quien osa desafiar a esa hidra de cien cabezas que es la naturaleza humana lo termina pagando con espantosos sufrimientos, ¡y su familia también! ¡Y cuando exales el último suspiro, sólo entonces, te darás cuenta de que tu vida no ha sido como una minúscula gota en un océano infinito!

Y sin embargo, ¿qué es un océano sino una multitud de gotas?

¿Demasiado evidente y fácil? Posiblemente. Pero no por eso deja de ser un bonito sueño que no nos decidimos a hacer realidad. Y antes de juzgarlo es conveniente leer las 550 páginas anteriores que conducen hasta aquí. 550 páginas que no tienen nada de triviales o idealistas.

Esta entrada fue publicada en Fragmentos y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a El atlas de las nubes

  1. cloudXXI dijo:

    El atlas de las nubes es cojonudo. Estoy leyendo Escritos fantasmas (bueno lo he aparcado para devorar El fin de mi vida) y mantiene o supera el nivel

  2. Nacho dijo:

    A mi, por unas décimas, también me gustó más «Escritos fantasma», pero fue más por el «efecto» sorpresa. Creo que «El atlas» es mejor novela.

    Por cierto, estoy a mitad de «El fin de mi vida» y aunque está bien, por ahora no hay comparación posible con «Los hechos de la vida». A ver qué tal las 100 páginas que me faltan.

  3. cloudXXI dijo:

    ¿A El fin de mi vida no le falta un poco de garra?

    Es que habiendo leido hace poco The tooth Fairy (¡bestial!) hecho en falta un poco de mala baba.

    Aún así es un buen libro.

Los comentarios están cerrados.