El vals del Gulag

Se ha hablado bastante bien de la última obra de Rubén Pellejero, probablemente el mejor ilustrador español que trabaja para el mercado francés, y anoche pude comprobar el por qué. El vals del Gulag es una narración intensa y emocionante que abre las puertas al horror del stalinismo, acercándonos a su crudeza más severa a través del sufrimiento de una familia que ve cómo el padre, Vitor, es recluido en un Gulag por posesión de documentos contrarrevolucionarios y admiración de la tecnología extranjera. Esas maquiavélicas inventivas en las que se parapetaba el sistema comunista para terminar con aquéllos que se separasen un milímetro de la ortodoxia manifestando ideas propias.

La historia resulta conmovedora. El guión de Lapière nos sitúa años después de este hecho, al poco de la muerte de Stalin, cuando su mujer, Kalia, acude a Siberia en busca de un marido que no ha retornado a casa después de que se «vaciasen» los Gulags. Y allí, mientras busca una pista que le conduzca hacia él, vivo o muerto, comienza a rememorar su pasado y los hechos que la han conducido hasta aquí. Un viaje a lo peor de un periodo de la historia de Europa que merece la pena recordar; a pesar de lo absurdo del discurso sostenido por la clase política soviética (demencial la discusión entre Vitor y su compañero de trabajo) no conviene olvidar que fue real.

Ayuda mucho el arte de Pellejero, que no sólo desarrolla la historia con maestría sino que juega con los encuadres, los gestos, el tempo y las gamas de colores para construir una narración que no se limita únicamente a ser leída. Invita a degustarla con calma mientras se sienten las emociones por las que van pasando sus protagonistas. Emociones que alcanzan su culmen en el llamado vals del Gulag, una experiencia que, cuando se revela, cobra un sentido dulce y, a la vez, amargo. Sin olvidar otros momentos elocuentes, como esa hermosísima y reveladora viñeta de la página 17 que nos traslada con elegancia el muro con el que chocó la población del otro lado del telón de acero al terminar la Segunda Guerra Mundial. O las cuatro viñetas en las que se recuerda ésta. O el tono crepuscular de la llegada de la policía secreta en busca de Vitor. O el mudo recuerdo en blanco y negro de sus años de Gulag. O…

Un cúmulo de pasajes que dan forma a un tebeo imprescindible.

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