El azogue

El azogueHace año y medio la editorial Interzona publicó de forma independiente esta novela corta de China Miéville incluída en Looking For Jake, hasta el momento su única colección de relatos. Sentía curiosidad por ver cómo se desenvolvía Miéville en un formato tan opuesto al que hemos «catado» a través de los novelones que ha publicado La Factoría de Ideas, y he quedado bastante satisfecho. Así, frente a los delirios descriptivos de su universo Bas-Lag, el brutal contenido sociopolítico de sus historias, el ambiente opresivo, las abigarradas descripciones… he encontrado una perspectiva más contenida y, sobre todo, evocadora que, sin embargo, no sacrifica ni esconde su particular idiosincrasia.

Basado en una semblanza recogida por Borges en El libro de los seres imaginariosAnimales de los espejos«), El azogue relata el viaje por un Londres apocalíptico de uno de los escasos humanos supervivientes tras una invasión de nuestro mundo por unas criaturas surgidas de los espejos. Mientras, de forma paralela, hace lo mismo con uno de esos «reflejos», retratando su motivación y el difícil papel que le ha tocado desempeñar en el conflicto.

El primer segmento, sin alardes, desarrolla un certero retrato del colapso de la civilización a través de un superviviente que parece haber encontrado la solución al problema y que se dispone a llevarla a cabo. Solución que se revela en las páginas finales y que se mantiene fiel a la tradición británica de historias del fin del mundo, con un cierto pesimismo, un leve toque subversivo y un fuerte pragmatismo. El segundo, a su vez, rompe con esta «cotidaneidad» del fin de todo lo que conocemos y pone de manifiesto la desbordante imaginación de su autor.

Es en estas páginas donde El azogue se convierte en una sugestiva narración centrada en el extrañamiento asociado a lo ajeno: los imagos al otro lado del espejo. Unos seres cuya libertad iba disminuyendo a medida que nosotros mejorábamos nuestra técnica en la construcción de espejos, llegando a un exótico clímax tras la invención del azogue (el proceso que permitió utilizar cristales como espejos recubriendo su parte trasera con un metal, antiguamente mercurio); situación a partir de la cual se enebran hermosas imágenes sobre cómo nuestro mundo esclavizó al suyo que, tal y como se puede esperar de una personalidad tan comprometida como Miéville, contienen una carga alegórica potente. A partir de ahí se inicia un diálogo lleno de reflejos y conexiones entre sueño y realidad, objeto e imagen, ser humano e imago, que teje un relato lleno de contrastes y de símbolos más o menos codificados sobre la dualidad del alma humana que bascula continuamente entre la incongruencia del sueño y la coherencia de la vigilia.

La historia es un tanto irregular y no todas las secuencias están a la misma altura ni despiertan el mismo interés (ni la misma comprensión). Pero aparte de la vida al otro lado del espejo, destaca la descripción de un Londres decadente con los supervivientes luchando por sus vidas. Supervivientes que no saben ni cómo ni dónde ni de qué manera ni en qué forma les pueden atacar unos seres absolutamente incomprensibles.

Por último, lamentar que la voluntad de Interzona por publicar buena literatura fantástica anglosajona (Preparativos de viaje de M. John Harrison, Paz de Gene Wolfe o August Eschenburg de Steven Millhauser) no haya tenido continuidad en el último año. Al menos, no nos ha llegado hasta aquí.

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