Las historias naturales

Nota: Esta reseña fue escrita a mediados del año 2004

La obra de Joan Perucho llevaba bastante tiempo fuera de circulación. Supongo que es el destino que tienen la mayoría de los escritores en lengua catalana que publican simultáneamente ediciones en español. Al principio están disponibles pero, más pronto que tarde, les llega el «olvido» y la total ausencia del mercado nacional. Por fortuna en octubre del año pasado, curiosamente el mismo mes en que murió este gran olvidado de las letras hispanas, Edhasa decidía recuperar Las historias naturales, uno de sus libros más representativos largo tiempo agotado. Para redondear este reencuentro, hace apenas un par de meses ha salido una edición íntegra de su Trilogía mágica en la misma colección, por lo que se intuye que podemos estar ante una buena manera de rendir cuentas por esta gran injusticia (de la que, por otro lado, está el mercado plagado)

Si hay un buen calificativo para definir Las historias naturales es el de impactante; no por causar una sensación violenta o convulsiva sino porque cualquier expectativa previa que se tenga conduce a un falso prejuicio. Es una narración a mitad de camino entre el folletín de aventuras y un erudito tratado científico del siglo XIX, con un intenso contenido humorístico y un argumento sin excesivas complicaciones. Antonio de Montpalau, sabio barcelonés que centra sus estudios en la filosofía natural, después de una serie de avatares ciertamente extraños, es convocado por el marqués de La Gralla para ir hasta Pratdip, un pueblo donde se están produciendo unas muertes que apuntan a la presencia de un Dip (vampiro). La existencia de este ser, puesta en duda por la comunidad intelectual de la época, rápidamente cobra consistencia y el sabio incluye entre su equipaje una ingente cantidad de ajos y unos cuantos crucifijos que le ayuden en su misión. Como trasfondo de esta acción se encuentran los últimos coletazos de la primera guerra carlista, con las andanzas del general Cabrera (el famoso Tigre del Maestrazgo) y la junta de Berga como elementos más visibles.

Lo primero que destaca de la narración es la habilidad de Perucho para introducirte en la época. Escrita en los años 60 del pasado siglo, es una buena novela histórica en el sentido de que más que hablarnos y describirnos cómo era la vida en un determinado periodo de nuestra Historia, está escrita como alguien nacido en ella lo haría sin necesidad de acudir a un desarrollo en primera persona. Sus dos herramientas más evidentes, a parte de las usuales de este tipo de novela, son la imbricación en medio de la narración de textos de siglos pretéritos, relacionados con la flora, fauna o geología , con lo que consigue un aire «arcaico» todavía más acusado, y la recreación de los comunicados que los carlistas y liberales promulgaban desde sus sedes, un fiel reflejo de esa España atemporal que cuanto más cambia más sigue igual. Tampoco conviene olvidar la variedad de escenarios por los que va pasando Antonio de Montpalau, que abarcan los salones ilustrados de la burguesía y aristocracia catalana, los paseos por la Barcelona de mediados del XIX, sus excursiones a pueblos que hoy en día son La Ciudad, como Gracia o Sans, su viaje a una Cataluña rural atenazada por la inseguridad del bandolerismo, la «batalla» que se establece entre la España más tradicional con la liberal,…

Lo segundo que pongo de relieve es el marcado aire aventurero de la narración, que puede llevar al desencanto a más de un lector si no se libra de lo que se puede leer en la contraportada. Según el redactor, una de las claves capitales de Las historias naturales está en «el empeño del protagonista principal de demostrar la ventaja de la ciencia por encima de las más absurdas supersticiones«. Sin embargo esta «carga» resulta tan liviana que se puede decir, sin temor a ninguna duda, que está equivocada. De hecho, Perucho sitúa la novela al borde de la tradición folletinesca. Las correrías de Montpalau por tierras de Tarragona, ya sea detrás del vampiro o con los carlistas, pueden ser calificadas de livianas e ingenuas. Una ingenuidad verídica pero engañosa; el folletín nunca abandona el terreno de la erudición y el autor se preocupa no sólo de ir armando un relato sino también de revelar descubrimientos botánicos, las costumbres y tradiciones de la región donde se sitúa, las contradicciones de la condición humana a través de unos personajes atados a sus roles o lo absurdo de la mayoría de las guerras, lo que le proporciona una entidad naturalista incuestionable.

Como tercer y último puntal que quisiera remarcar encuentro el ya mencionado y omnipresente tono humorístico. Muchas veces muy evidente, como en los comentados bandos carlistas y liberales, otras escondido en referencias a la España de la época, como en la descripción que se hace de Villafranca

plaza fuerte que contaba con gobernador militar, alcalde, ocho concejales, una iglesia parroquial, tres conventos de frailes y uno de monjas

; o, por qué no, en citas a incunables que ponen de relieve la peligrosidad de los caminos de nuestro país. Pocas veces he visto la sutilidad e inteligencia tan hermanadas con la sonrisa.

Ojo. La ingenuidad que comentaba antes puede que sea su gran caballo de batalla, pero si se puede sobrellevar se está ante un entretenimiento perspicaz y brillante.

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