Constantine: Expectativas no consumadas

En la entrada del 8 de febrero comentaba las nulas expectativas que tenía sobre el film Constantine, adaptación de los tebeos de Hellblazer protagonizada por Keanu Reaves y próxima a estrenarse. Sin embargo, después de visionarla hace un par de semanas, me veo en la necesidad de enmendarme levemente la plana: no se consumó la catástrofe sino que salí del cine moderadamente contento a pesar de los pesares. Y eso que arranca amenazando catástrofe total.

Un par de mejicanos encuentran en una excavación azteca la punta de la Lanza del Destino, envuelta, cómo no, en una bandera nazi. La sobada concatenación ocultismo-nazismo-cataclismo, que aquí estaría de más, parece que tiene que figurar por narices en cualquier película de superhéroes a la que se necesite dotar de un matiz sobrenatural; decisión que aburre y llena de estupor (¿cómo llegó el objeto hasta esas ruinas?).

A continuación se presenta a John Constantine, y la sensación de zozobra continúa. Sí, es un detective de lo extraño que fuma como un carretero (¿su único icono definitorio desaparecida la gabardina y su rubia cabellera?), pero ahora recorre la ciudad de Los Angeles (cambio de continente; Constantine es un genuino producto de las islas británicas) a lo Robin Hood satánico, desfaciendo exorcismos y demás mandangas demoniacas. Destinado a ir al infierno por un intento de suicidio en su juventud, intenta redimirse haciendo el «bien» (no es todo lo altruista que podría ser). Ni que decir tiene que no parece haber rastro del cínico cabrón hijo puta manipulador más duro que el adamantium que va a lo suyo sin compadecer a sus semejantes. A su lado se alista el preceptivo trío de coleguillas, carne de cañón, que le ayudan en su labor. Chass, un conductor de Taxi que le lleva a todos los lados, convertido para la ocasión en un jovencuelo imberbe que juega el rol de secundario cómico; un cura alcohólico lastimoso que le pone sobre la pista de trabajillos y el habitual Q sobrenatural que le surge de un arsenal de recursos contra las fuerzas del averno.

Casi parece una versión de la lamentable Van Helsing.

Sin embargo el desastre no se consuma. La historia no deriva hacia un nostálgico de Tercer Reitch quiere plantar el infierno en casa del enemigo sino que se orienta a lo que se espera de un tebeo de Hellblazer; eso sí guionizado por una mezcla de escaso octanaje entre Garth Ennis y John el simplón, con unas gotas de Jamie Delano. Bajo la trama subyace el precepto del famoso tebeo «Hábitos peligrosos«; después de toda una vida fumando como un carretero, Constantine tiene cáncer, y la gran C le va a llevar sin remisión hasta el Averno. Por mucho que corra o aliados extraterrenos que busque, no puede esconderse. En su camino se cruza con Rachel Weisz, que ha perdido a su hermana gemela después de un suicidio y que necesita saber por qué cometió tal afrenta contra su fe (católica profunda) y qué la llevó hasta ese grado de desesperación.

A su vez, el personaje, aunque ya digo que dista de ser el que conocemos, tiene los suficientes matices Constantinianos como para no convertirse en una afrenta. Quizás porque el inexpresivo y marmóreo Keanu Reaves da el pego y los diálogos, muy especialmente en sus primeros encuentros con Rachel Weisz, tienen la carga de cinismo y mala leche que se puede esperar del tío John, brillando en algunas escenas, como el celebrado momento en que atrapa bajo un vaso a la araña (cucaracha en el cómic) y resume en una lacónica frase la historia de su vida.

Constantine, como película palomitera, es bastante entretenida, está bien hecha y, aunque quede detrás de otro producto del mismo tipo que nos ha llegado en los últimos meses: la adaptación por parte de Guillermo del Toro de Hellboy, no desmerece. Ya podrían tener todas las pelis basadas en cómic la factura visual, el guión, los diálogos, el montaje o el diseño de producción de ésta. Si no miren la reciente Blade: Trinity, donde David S. Goyer echa carretadas de oprovio sobre su ya depauperada carrera. Uno no sabe si lo más deplorable está en el guión, el montaje, la dirección, las interpretaciones,…

Y como adaptación, aún reconociendo que hay secuencias que son lastimosas, caso del gratuito «homenaje» a Resident Evil (¿no se concibe una película de este tipo sin acción?), y que el propio personaje mute a una especie de Castigador en busca de redención (con un final risible con John pasándose a los chicles con nicotina), ofrece una receta similar a la que David Hayter bordó en los guiones de los X-Men: coger los elementos más idiosincráticos de la fuente y ofrecerlos, sin excesivas traiciones, debidamente regurgitados al público masivo de los cines.

Aunque en este juicio, tan benevolente como es habitual en un servidor, sin duda interfieren las nulas esperanzas que tenía puestas en la película.

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