De fronteras exteriores, fronteras interiores y zonas tampón

Paso de Falfurrias

Paso de Falfurrias

Viajar por primera vez desde el Valle del Río Grande hacia el norte por carretera es toda una experiencia. Para los exiliados en las pequeñas ciudades al norte de la frontera, acercarse a San Antonio, Houston, Austin o, incluso, Corpus Christi supone una novedad que se espera con ganas.

Desde McAllen la ruta es sencilla: coger la 281 dirección Norte y a disfrutar del paisaje, la conversación y los posibles altos en el camino, en esos restaurantes de carretera que solo has visto en las películas y que prometen todo tipo de grasientas viandas a precios de risa. La sorpresa llega poco antes de Falfurrias, a poco más de 100 kilómetros al norte de McAllen; después de atravesar kilómetros y kilómetros de encinares que recuerdan a la dehesa extremeña. Unos carteles y una larga fila de coches te ponen sobre aviso de lo que estás a punto de atravesar: un control de carreteras que, de facto, es la frontera de EE.UU. Algo que se repite en todas las carreteras que conectan México con el resto del país. El hecho es tozudo: los ciudadanos extranjeros, incluso con documentos de identidad oficiales tales como una licencia de conducir o el Texas ID, tienen que llevar sus pasaportes y documentos de visa en regla. Si no, no pasan. Tocaría dar la vuelta y continuar en EE.UU. pero sin poder entrar en EE.UU.

Tal cual.

Aunque es algo que ya sabía antes de atravesar el control por primera vez, sin duda fue el momento en el que me di cuenta que vivo en una ciudad situada en una inmensa zona tampón entre México y EE.UU. Dentro del país, sujeto a sus leyes, pagado por la administración de uno de sus estados, pero al otro lado de su frontera interior.

No es un hecho molesto pero sí, ciertamente, curioso.

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