El espíritu del mago

Tramórea vive uno de sus peores momentos en un periodo caótico. En plena locura milenarista, la horda Aifolu busca la resurrección de un antiguo dios para inducir la caída de la humanidad. Además un mal desolador proveniente del Norte ha forzado a huir de Migranz a la Horda Roja en busca de un nuevo lugar de asentamiento, los piratas medran en el Mar de Ritión y en la polis de Narak las casas dominantes quieren cercenar la democracia que rige su destino. En este contexto Javier Negrete coge los personajes fundamentales de La espada de fuego, Derguin Gorion y Kratos May, dos años después de los acontecimientos que pusieron dicho objeto mágico en poder del primero, y los separa hacia posiciones difícilmente conciliables: Derguin entrenando a un pequeño ejército en Narak y Kratos viajando hacia Malib con la Horda Roja, con una lesión de hombro que mengua su potencial como maestro de la espada. Mientras, en igualdad de condiciones, sitúa, al menos, otros dos conductores: el adolescente Darkos en Ilfatar y el peón de Derguin entre los Aifolu, Kybes. Cada uno por su lado verá sumergida su vida en el aroma apocalíptico que rezuma el paisaje, se sobrepondrán a múltiples adversidades, desentrañarán varios misterios y avanzarán hacia un desenlace en el que, sobra decirlo, terminarán coincidiendo.

Si en el comentario sobre La espada de fuego hacía hincapie en que apenas ofrecía nada nuevo bajo el sol, no se puede decir que la técnica utilizada para establecer la trama y el progreso de El espíritu del mago sea flamante. Los cuatro protagonistas tienen un status quo que se expone, desarrolla y asienta con abundancia de detalles, se facilita que el lector se familiarice con él y empiece a elucubrar sobre lo próximo que va a ocurrir, y, llegado el momento, se sacuden estas concepciones con un buen meneillo para avanzar a un punto de partida desde el que establecer una nueva iteración. Un esquema que bebe de argumentos conocidos y se repite con una puntualidad británica cada vez que su curso corre el peligro de arremansarse en un meandro de rutina. Sin embargo la perspicacia con la que Negrete ejecuta sus movimientos reitera su fama de consumado narrador.

Las diversas elecciones argumentales que establecen requiebros son congruentes con el devenir de los acontecimientos; los personajes actúan, se enquistan, tropiezan y progresan con sentido; se exhiben los nuevos escenarios, si cabe, con mayor detalle; la unión entre fantasía y ciencia ficción vuelve a enriquecer el conjunto; aunque la narración beba de ideas ya conocidas (genial el homenaje al Lyonesse de Vance) los estereotipos quedan más ocultos;… Se aprecia una madurez superior a la exhibida en La espada de fuego que lo hace todavía más disfrutable por los amantes de la fantasía heroica o, por qué no reconocerlo, las novelas de aventuras.

Y es que resulta casi imposible resistirse al mesmérico embrujo al que nos conducen las vicisitudes que viven Derguin, Kratos o Darkos. Ese hipnótico reclamo tan difícil de engarzar que supone la pregunta ¿qué sucede después? cobra en El espíritu del mago renovado sentido, conduciendo una historia inteligente, en apariencia sin demasiado trasfondo (aunque ahí están la sinrazón de la guerra, la locura del fundamentalismo, la importancia de la amistad,…) ni novedades, a base del talento que sólo un soberbio contador de historias puede desplegar.

Sin embargo, y parece que es mi estado habitual de los últimos años, no me termina de convencer la extensión del libro. No tanto por la preconcepción de tener a Negrete como un autor de novelas cortas que ha pasado a escribir un novelón de más de 700 páginas de apretada letra. Este novelón, como ya he dicho, tiene los engranajes bien engrasados y está preparado para sobreponerse ante tal engrosamiento. El autor hace un alarde de cómo colocar la zanahoria delante de su presa para hacerla avanzar con una fluidez intachable. No obstante, aun reconociendo lo dicho, aprecio que las historias que componen la trama no están igual de afiladas. Una de ellas en concreto, la de Kybes, se encuentra tan superada por el resto y queda tan diluida que quizás debió desaparecer en la mesa de montaje. Competir con personajes carismáticos como Derguin o (sobre todo) Kratos se antoja imposible y lo que aporta sobre los Aifolu es suplido por las correrías de Darkos, desequilibrando un conjunto que se resiente en un par de momentos…

…hábilmente superados cuando definitivamente se acelera el tempo y se aproxima la explosión final de las últimas cien páginas. Un desenlace que rememora el aroma épico de batallas como la del Abismo de Helm, los Campos de Pelennor, la de Aguasnegras, las de la Camarga o, pasando a un entorno tan diferente (y, al final, no tan alejado), Rorke’s Drift. Lástima que el edulcorado epílogo a lo Nueva esperanza empañe levemente su regusto, que anima no sólo a leer el reciente premio Minotauro de Negrete sino a que su autor se ponga ipso facto con la siguiente novela.

Después de los duelos a espada del final de La espada de fuego y el enfrentamiento entre ejércitos de su continuación uno no puede resistirse a descubrir qué ocurrirá cuando los dioses, definitivamente, vuelvan a Tramórea. E, independientemente de lo que ocurra, estamos ante una serie que, de aquí a unos años, va a marcar un hito en la literatura fantástica Europea. Esperen y vean.

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