La espada de fuego

Ayer por la noche terminé, después de remolonear unos días, El espíritu del mago, novela en que Javier Negrete retorna al escenario de La espada de fuego. Como es una obra notable, de lo mejorcito que se puede encontrar ahora mismo en fantasía heroica, aprovecho la ocasión para recuperar la opinión que escribí a comienzos de mayo de 2003 al poco de salir el libro original, en pleno frenesí orientado a dar forma a aquel especial ya casi olvidado que le dedicamos en cYbErDaRk.NeT.

Antes de comentar nada, hay que reconocerle a Negrete (entre otras cualidades; Julián Díez le dedicaba hace unos días uno de sus perfiles y, por lo poco que conozco a Javier, lo clava) su enorme versatilidad: ha tocado gran número temáticas con un acierto digno de encomio. Space opera desopilante (La mirada de las furias), con aires mitológicos («Lux aeterna»), relato de mundos perdidos (Nox perpetua), fantasía metafísica («La luna quieta»), fantasía juvenil (Memoria de dragón), horror científico («Buscador de sombras«),… Y con la serie que comienza en La espada de fuego, que iba a publicar a comienzos de los noventa la fenecida colección de fantasía de Nova, demostró que también puede hacer un buen papel en el difícil campo de la fantasía heroica, donde la competencia es atroz y escribir algo meritorio una entelequia al alcance de unos pocos elegidos. Más teniendo en cuenta que los elementos de los que partía eran escasamente novedosos.

Porque en La espada de fuego encontramos al consabido joven predestinado a ser el Héroe con hache mayúscula, un mago sabio que lo acompaña, un tutor que le enseña los secretos de la lucha con espada, un objeto que otorga al que lo posee un poder casi absoluto, una contienda por conseguirlo, un mundo a punto de entrar en un periodo caótico, viejos dioses deseando volver a sembrar la destrucción,… Nada nuevo bajo el sol. Por fortuna, lejos de contentarse con hacer un buen trabajo sobre este arquetípico esquema, Negrete gusta de introducir variaciones que le dan un sabroso y socorrido relieve.

Así, a medida que se va indagando en la historia pasada del mundo, Tramórea, descubrimos que no estamos ante una novela de fantasía al uso con un mundo imaginario que no tiene nada que ver con el nuestro, sino que, en la misma tradición de El libro del sol nuevo de Gene Wolfe o La Tierra moribunda de Jack Vance, nos situamos ante un futuro lejano en el que se ha perdido toda noción de la historia pasada, más allá de las consabidas leyendas que hay que interpretar para descubrir cómo se ha llegado hasta aquí. De esta manera pronto empiezan a surgir los mitos o los cachivaches y recursos fruto de una tecnología tan complicada de entender que se ha terminado por asemejar a la magia, y que aparecen como algo sobrenatural. Éste es el caso, por ejemplo, de las «aceleraciones» que experimentan los caballeros que combaten a espada, que más que en saberes arcanos se fundamentan en una segregación brutal de adrenalina producida por el propio luchador gracias a alguna modificación sufrida en su cuerpo. Aunque, oportunamente, también hay elementos nada fáciles de explicar y que mantienen el necesario misterio sobre el escenario.

Otro aspecto a destacar es un comportamiento de los personajes que, ciñéndose a los viejos cánones de la fantasía heroica, tienen una vertiente humana nada desdeñable. Sí, los malos son muy malos y los buenos tan buenos y tontos como lo han sido siempre, pero con matices imprevistos. Como que el protagonista traicione sus votos y obre de una forma nada pura, cosa extraña en libros donde abundan los campeones de la virtud más santos que San Antonio, o la reacción de su primer interés emocional cuando las cosas no salen como le gustaría

Pero, a mi entender, el gran acierto de La espada de fuego está en que desde el mismo comienzo presenta con fluidez un universo complejo, veraz y asequible. Cuando penetramos en Tramórea estamos en un nuevo mundo repleto de lugares que situar en un mapa, neologismos a los que hay que encontrar significado, costumbres ignotas y una historia pasada nada trivial. No obstante, esta aparente dificultad es casi inexistente. Todo fluye con naturalidad y a pesar de tener al final un amplio glosario de nombres y términos casi no es necesario acudir a él; se puede ir adivinando el significado de cada término analizando simplemente el contexto en el que se encuentra.

A esta asequibilidad contribuyen las inevitables referencias al mundo antiguo surgidas de su pasión por la Grecia clásica, escondidas aquí en múltiples lugares como el panteón de dioses al completo, con clara inspiración Lovecraftiana, esos pitagóricos que estructuran el reino de Ainar (y que permiten observar cómo sería una sociedad regida por sus principios), los ritos espartanos a los que se ve sometido el protagonista durante su formación, o el consabido pueblo de amazonas donde las mujeres ocupan los puestos que los hombres detentan en una sociedad medieval. Pero a diferencia de La mirada de las furias, donde estos «homenajes» llegaban a hartar por su sobreabundancia y la falta de credibilidad en que desembocaban, aquí están insertos de una forma que sólo se puede tildar como coherente.

Otro de los aspectos que funciona de fábula es el Tahedo, el arte de la espada que practican los guerreros Tramoreanos, planificado con total precisión para regocijo de los que gustan de los duelos con arma blanca. Se nota que el autor ha hecho los deberes exhibiendo unos combates bien descritos y fáciles de seguir. Incluso, se permite el lujo de experimentar con la narración al contar uno de ellos desde los pensamientos que tienen cada uno de los dos personajes que lo está librando, en una secuencia deliciosa.

A esto hay que añadirle la prosa usual en Negrete, uno de los mejores narradores de nuestra moderna narrativa fantástica al que leer es todo un placer. Siempre ofrece unas descripciones suculentas, nada alambicadas, unidas a unos diálogos inteligentes y espontáneos. Sin embargo esta vez la estructura que tan buenos resultados le ha deparado en sus novelas cortas, aquí ofrece algún que otro punto débil, quién sabe si debido a que es una novela cuyo germen apareció hace más de quince años. En sí la acción tarda demasiado en arrancar y la transición de la primera parte a la segunda es abrupta y poco conseguida, escondiéndose en un semi-flashback que no llega a funcionar. En un par de momentos los buenos se salvan por la aparición del séptimo de caballería que por arte de birli birloque pasaba por allí, la persecución entre magos de la última parte se alarga más de lo necesario y el desenlace es de esos de los que te deja con cara de tonto preguntándote ¿y esto es todo? Aunque supongo que tiene una explicación: es el ideal para escribir más aventuras en ese mundo. Hecho que se concretó el año pasado con la publicación de El espíritu del mago, con una factura indudablemente más hecha.

Todo esto redondea un estimable libro de fantasía heroica que no palidece en comparación a los mejores libros de este subgénero publicados últimamente. Sin duda queda por detrás… aunque no tanto como algunos pueden creer.

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1 respuesta a La espada de fuego

  1. Iván Fernández Balbuena dijo:

    Básicamente, estoy de acuerdo con Nacho. El libro está muy pero que muy bien y, realmente, solo es un poquito peor que las sagas de Martin o Sapkowski, y el poquito es realmente muy, muy poquito. Y, desde luego, es mejor que «La espada de fuego». Como ya he dicho en otos sitios, sigo esta serie con el mismo interés que la de Geralt de Rivia o la de Juego de Tronos. En fin, a ver cuando tengo algo de tiempo y hago una reseña como dios manda en mi blog.

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