El Vatídico: «Una saga renovadora arrinconada por el fandom»

Acabo de regresar tras unos días de descanso por tierras de León (a ver cuándo revelo las fotos y dedico una breve entrada al alucinante paisaje de Las Médulas, una de esas curiosidades «marcianas» donde a partir de la destrucción más agresiva de nuestro entorno surge pura belleza natural), y en entre el correo me estaba esperando el último número de la revista Gigamesh, el 39, un especial dedicado casi íntegramente a Philip K. Dick que resulta sumamente goloso.

Decía lo de casi ya que, aparte de los contenidos Dick, hay unas cuantas críticas, menos numerosas pero más extensas de lo habitual, que hablan de libros tan apetecibles como La Separación, la edición íntegra de los relatos de Conan que ha realizado Timun Mas (y que la pone de vuelta y media; parece que de edición definitiva nada de nada) o esa obra maestra que es Los tejedores de cabellos. Y entre ellas figura una dedicada al segundo volumen de la serie de El Vatídico, Asesino real, que me ha supuesto una agradabilísima sorpresa; viniendo de quien viene, Julián Díez, y diciendo lo que dice, confirma lo que curtidos lectores como Manuel Santos o Rafael Vázquez comentaron en su momento en cYbErDaRk.NeT.

Haciendo un extracto

Las fortalezas de Hobb son, a mi juicio, fundamentalmente dos. Para empezar, un cuidado extraordinario en el diseño de personajes. En primer lugar, de Traspié Hidalgo, el protagonista, que está bastante lejos de ser el «Elegido por el destino» al uso; de hecho, no es un elegido en absoluto, y en una historia convencional sería en rigor un personaje secundario. Pero, sobre todo, Hobb se sustenta en una amplísima galería de secundarios con perfiles verdaderamente multidimensionales. Resulta curioso que la autora se complique al bautizarlos con nombres que definen una característica concreta (el príncipe Veraz, el rey Artimañas o la dama Paciencia), para luego desdecir esa aparente sencillez con unos retratos complejos, con numerosas aristas. En segundo lugar están las opciones argumentales poco convencionales por las que Hobb hace caminar la historia. La presencia de la magia tiene un componente morboso extrañó; las dos formas de magia que protagonizan la acción, la Habilidad y la Maña, son dos suertes de telepatía de origen incierto que, entre otras cosas, generan adicción entre sus practicantes. Todo ello resulta bastante siniestro para las convenciones de la fantasía heroica, y da a la historia un toque de madurez infrecuente.

Después sigue hablando de sus virtudes, como la componente oscura que va ganando la personalidad de Traspié; su tendencia a la animalidad, observable muy especialmente en las proximidades del desenlace (o en varios pasajes del tercer libro); todas las historias secundarias que rodean a la principal; el complejo entramado que forman y la sutil manera en la que van fluyendo, cada una a su ritmo;…

Sus dos peros, aparte de que deja la valoración final, justamente, hasta que haya terminado la trilogía, están en la «paginitis», que se hace todavía más acusada en el tercer volumen, La búsqueda del asesino, y el previsible giro que pudiera convertir a Traspié en otro héroe predestinado a salvar el mundo. Algo en lo que, si se me permite el SPOILER, está llamado a convertirse aunque por un camino poco convencional.

Ahora sólo queda esperar que los libros de Hobb sean descubiertos de una vez por ese fandom por el que, como dice el encabezamiento de la crítica, han sido arrinconados. Fandom que se está perdiendo una obra de una calidad equiparable a las series de Geralt de Rivia o Canción de hielo y fuego por motivos tan ajenos a la obra en sí como la incomprensible división de los dos primeros libros de la serie o los sambenitos de desastres pasados (o algún que otro presente, como comentaba en esta nota sobre Incordie a Jack Barron y que, a tenor de lo que he descubierto después, se acentúa todavía más) en la edición de determinados títulos de La Factoría de Ideas.

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