Elegía de la infancia eterna: Descubriendo Nunca Jamás

Hay gente que dice que soy un blandengue, que por mis venas en vez de sangre corre mermelada de melocotón, que los trucos más sensibleros hacen mella en mi como el cuarzo en el talco. Y con películas como ésta, tan sencillas como previsibles, está demostrado que llevan razón: llegar el momento emotivo y ponérseme el nudo en la garganta es todo uno. Aunque en este caso no fue sólo por lo evidente…

Descubriendo Nunca Jamás se inspira en los hechos que llevaron al dramaturgo y novelista James M. Barrie a escribir Peter Pan. La historia no es novedosa: desarrolla el típico argumento de autor de calidad con un matrimonio rutinario que no carbura porque ella no comprende el talento de su marido, conoce a una persona o grupo de personas singulares que inspiran “lástima” (por así decirlo) y que, una vez puesta en marcha la máquina de la amistad y el calor humano, le sirven de inspiración. Todo resuelto satisfactoriamente, con unas actuaciones notables (después de ver a Depp en Piratas del Caribe o en La ventana secreta aquí parece otro; muy centrado y contenido), unos diálogos sobresalientes, un ritmo sostenido, un diseño de producción vistoso, una buena dirección…

Pero lo que más me ha llegado, como me ocurrió con la obra original cuando la leí hace eones, son dos aspectos que la película dirigida por Marc Forster borda. Por un lado la reivindicación de la imaginación como método para asombrar al “espectador” y contar historias, sublimada en los pasajes en los que Barrie nos traslada a las diferentes fantasías que va imaginando y que pone a disposición de los que le rodean. Y por otro su acercamiento al niño que una vez fuimos y que, en cierta forma, todavía somos. Fundamentalmente en el momento en la que se estrena la obra de teatro y se produce la “comunicación” entre esa infancia silenciada y los adultos, simbolizada por la transmisión de la alegría y el jolgorio de varios niños repartidos por la sala a los serios y reprimidos burgueses victorianos. Una escena que se antoja “facilona” pero sumamente efectiva.

Ese aspecto tan maravilloso y a la vez amargo de darse cuenta de que hubo un etapa en nuestras vidas que éramos de otra manera y veíamos el mundo con ojos distintos; que había cosas que nos hacían reir y que ahora, analizadas con detenimiento, no son más que paparruchas; que el paso del tiempo va haciendo mella y caminamos hacia un final que tardará en llegar pero que antes no tenía ningún ascendente porque ni siquiera pensábamos que el mundo fuese perecedero;… Pura melancolía surgida del inexorable paso del tiempo.

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