Los que se pasan de vez en cuando por los «tops» de ventas de la librería Cyberdark.net ya saben más o menos qué se puede encontrar en los puestos más altos: fantasía, fantasía, fantasía, alguna sorpresa como el tercer libro de Príncipe de Nada que, ¡oh casualidad!, también es fantasía… y, de forma esporádica, como una estrella fugaz, alguna obra de ciencia ficción. Generalmente reediciones en bolsillo de la colección Byblos por aquello de que apenas cuestan 5 euros y siempre vienen bien para completar el pedido. Aunque este año (como en los anteriores) alguna semanita hemos podido ver por lo más alto libros de ciencia ficción caso de los decepcionantes El monstruo de las galletas o Médula, la reciente antología de relatos de ciencia ficción seleccionados por Card,… Obras que difícilmente pasan a la lista de los más vendidos del año de la librería, coto cerrado para las sagas de George R. R. Martin, Andrzej Sapkowski y, de nuevo, los títulos de Byblos.
Curiosamente ahora mismo se está produciendo una nueva «excepción»: en los últimos días se ha aupado hasta esa posición de privilegio Campo de Deshonor, el cuarto volumen de la serie de David Weber que relata las andanzas de Honor Harrington. Serie de aventura espacial a la que, aunque encuentro multitud de defectos, me aficioné tras leer las dos primeras entregas: En la estación Basilisco y El honor de la reina. Al ver en lo alto de lista el libro me di cuen que todavía no había leído el anterior volumen, Una guerra breve y triunfal, así que la semana pasada me puse con ella y, ¡horror!, se me han quitado un poco las ganas de contribuir a mantener Campo de Deshonor en su actual posición. Es a todas luces la más floja de las tres que he leído y no sé por qué me da que su continuación va a mantener la tónica.
Cuando leo una historia de space opera militarista no busco una estructura narrativa especialmente trabajada, un argumento sofisticado, un escenario deslumbrante, unos personajes humanos llenos de matices, una prosa elaborada, unos diálogos ingeniosos… Lo que (me) molan son los combates espaciales: descripciones de las naves acelerando a miles de Km por segundo, lanzándose cientos de misiles y gigawatios de rayos láser mientras ejecutan sofisticadas maniobras, caen los escudos, se resienten los impulsores, revientan secciones enteras, los tripulantes mueren por centenas… O contemplar al protagonista puteado por un superior que le tiene inquina y lo mantiene bajo el talón de su bota hasta que las circunstancias obligan a liberarlo para convertirle en el héroe que salva la jornada. U observarle en una situación de manifiesta inferioridad de la que sale un poco por su sobrada capacidad para gestionar los recursos disponibles a lo MacGyver, un poco porque cuenta con el apoyo divino del escritor.
Imagínense la apoteosis que supone encontrar mezclado todo lo anterior, tal y como ocurría en En la estación Basilisco y El honor de la reina. Carnaza para adictos al emperador de todas las cosas.
Sin embargo en Una guerra breve y triunfal el gatillazo es monumental cuando se espera una acción que tarda en llegar casti toda la novela. Durante 250 páginas Harrington hace cosas tan emocionantes como recibir una nueva nave, ponerla en funcionamiento, asistir a su reparación durante varias semanas, liarse con el mecánico jefe… y manejar un día a día en el que no pasa nada digno de mención. Para amenizar la espera hasta la gran traca final, Weber intercala una serie de acciones paralelas que sitúan el tablero que va a conducirnos hasta ella y que debieran darle vidilla a la narración. Un tablero en el que los malos de la serie hasta el momento, la República Popular de Haven, para mantener su opresivo y corrupto estado del bienestar a punto de no poder pagar las pensiones a sus miles de millones de pensionistas (así, como suena), se lanza a provocar una guerra que les proporcione los suficientes recursos para aguantar unas décadas más. Su objetivo, cómo no, el Reino de Mantícora, los buenos con los que habían mantenido escarceos en los libros anteriores.
La amenaza sobra decir que no es tal porque no transmite peligro alguno; se nota a la legua que el bueno ganará porque (cambiando un poco la frase que decía Casco Oscuro en Spaceballs) el malo o es gilipollas o acaba haciendo el gilipollas. No hay más que observar a los engreídos almirantes de la armada de Haven, recién salidos de la academia del desastre, hacer sus planes sin ser conscientes de dónde se meten y con quién se están jugando las lentejas: la protagonista y el autor. Si a eso le añadimos que el único personaje con un poco de enjundia, Harrington, queda casi oculto entre los muñecotes parlantes que son el resto de la tropa; que las tramas de conflicto con sus superiores producen sonrojo (aparecen un par de postulantes a mosca cojonera que molestan tanto como una semilla de diente de león cayendo sobre la palma de nuestra mano); que Weber sigue sin acertar a guardarse una mínima sorpresa; o que la edición es made in La Factoría, la parte agria de la lectura ganó por enteros a la dulce y no la he podido disfrutar demasiado. Me voy a dar otro año a ver si sigo con la siguiente, que por lo que he leído en la contraportada apunta a rollo conspiranoico en la armada de Mantícora contra la prota.
Por último, mientras lo terminaba, recordé que con las historias militares que disfrutaba realmente era con su serie «hermana» sobre el Guardiamarina David Seafort, de las que Timun Mas publicó un par de entregas a comienzos de siglo. Científicamente absurdas y con agujeros importantes pero con un sentido del drama que le proporcionaba un extraño atractivo. Seafort sí que sabía sufrir y sobreponerse a las terribles dificultades que le surgían por el camino.
Nota: Tres novelas leídas hasta el momento y tres traductores diferentes. Si es que…
También sigo la serie y ciertamente el papel de la protogonista es más superficial que núnca en la terceran novela.
Comparto parte de lo que comentas.
Pero si es cierto lo que dices. Tambien es verdad que una serie como esta no puede vivir siempre de lo mismo. Weber añade mucha información en la tercera novela de como funciona el contexto de esta space opera y permite darle credibilidad más o menos trabajada.
De donde viene la belicosidad de Haven… su estructura política y sus luchas interiores.
¿Si continuamente cada novela fuera lo mismo tambien seria criticable, no?
En fin como siempre un placer leerte.
Saludos.
Juas, nunca te había visto tan ácido… «Ej» como si te hubieras convertido de pronto Mr. Hyde. Mola 😀
Saludeteeees
Mon, llevas toda la razón en lo que comentas. Una serie no puede vivir siempre de lo que yo digo que busco en una de estas novelas (se me olvidó comentar otro ítem característico que Weber todavía no ha tocado: el viaje a lo desconocido, con la nave atravesando una zona inóspita enfrentada a peligros sorprendentes). Pero la república de Haven me resulta tan tan tan ridícula que cuando aparecen en la página comienzo a leer en diagonal… a lo bestia. Eso sí, reconozco que viendo cómo «afrontan» nuestros políticos el tema de las pensiones, quizás nosotros tengamos bastante de havenitas.
Marc, de vez en cuando hay que sacar los malos humores. Y qué duda cabe, estas novelas cumplen «su» función 😛
Jo, pensaba leer el primer libro porque buscaba algo entretenido, sin pretensiones pero la verdad es que después de leer tu crítica mejor lo dejo para otra vida…
Joer, que nadie se tome esto como la verdad escrita en piedra. Uno tiene sus deformaciones, sus lecturas a sus espaldas y de vez en cuando escribe sobre ello. Si buscas un space opera puramente escapista, las dos primeras novelas tienen ritmo y las considero, con los defectos que les encuetro, bastante divertidas. De hecho acabo de recordar que la crítica que publicamos en Cyberdark iba en este mismo sentido http://www.cyberdark.net/portada.php?edi=6&cod=423
Aunque también te digo que La Factoría acaba de reeditar otro space opera, «El jugador» de Iain M. Banks, que juega en otra división y que yo leería primero 😉
El problema con Honor Harrington es que lo más entretenido es cuando hace de capitana de una nave de guerra, pero claro, con los triunfos tan espectaculares que consigue resultaría absurdo que la mantuvieran en esa posición en vez de ascenderla a almirante (al menos a rear-admiral, o como se diga eso en español). Cuanta más responsabilidad más intrigas y menos aventura.
Otro problema que tiene es que Weber resulta demasiado tendencioso a veces (por ejemplo, haciendo que los personajes que no comparten las ideas políticas del autor sean o desleales o tonto labas directamente).
De todas formas, la serie es MUY entretendia, al estilo de las novelas de la armada inglesa en las que está basada. Yo me he tragado creo que 8 ó 9, y ya por ahí la cosa degenera tanto que lo tuve que dejar. Sin embargo, hasta ahí he llegado porque es muy divertida de leer, como digo. A grungesoul le recomendaría que, si busca algo entretenido y sin pretensiones, le dé una oportunidad a los primeros de la serie. El Honor de la Reina creo que es mi favorito, a pesar de lo cargante que es algún personaje.
Bueno, es que el jugador debería ser lectura obligatoria 😉
A mi, Honor me cae bien, me entretiene y son novelas casí de usar y tirara ( desde luego no aguantan ni de coña una relectura). En cierta medida casi parece una comedia siendo los personajes tan maniqueos y estereotipados…
un saludo
Daniel
Al menos a read-admiral o como se diga eso en español
Contraalmirante.