¿De dónde viene la palabra Ansible?

Como la mayoría de los lectores de ciencia ficción conoce, el Ansible es un término acuñado por Ursula K. Le Guin en su novela El mundo de Rocannon para nombrar la comunicación instantánea entre dos puntos cualesquiera del universo. Un concepto fantacientífico que ha sido utilizado posteriormente por otros autores como Orson Scott Card o Vernor Vinge y que le sirvió a David Langford para titular su mítico fanzine creado en 1979.

¿De dónde viene la palabra? Según Le Guin deriva de la palabra «answerable», una explicación razonable si se considera que el dispositivo permite recibir respuesta a un mensaje en un periodo de tiempo aceptable, cuando si se respetasen las reglas del universo ésta podría demorarse durante decenas o cientos de años (ya se sabe, las distancias entre sistemas si se respetan las reglas es inmensa). Sin embargo, no es la única que se le ha dado a la pregunta. Hay gente que, de coña, ha visto en ella un anagrama oculto como I BE SLAN, SALE BIN o IN SABLE. Más divertida es la respuesta dada por Christopher Priest en el número cinco del fanzine de Langford, que sugiere que es un anagrama de LESBIAN.

¿Casualidad cósmica? ¿Lapsus freudiano? ¿Paranoia irreverente? Desde luego no se puede negar que tiene su gracia.

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Clara y la penumbra

Notarán que en las últimas semanas el nivel de «posteo» del señor aburreovejas ha disminuido. Primero a una cadencia cada dos días y, ahora mismo, al (casi) vacío más silencioso. Secuelas del fin del verano, comienzo del curro, destinar parte del tiempo libre a la confección de todo lo necesario para el correcto comienzo del curso (horarios, listas, documentación varia, boletín informativo para padres,…), echar unas partidas a la Gamecube que mi hermano ha abandonado a mi cuidado,… Y mañana me voy tres días a Picos de Europa (tengo entre ceja y ceja subir andando hasta Vega de Urriello, base del Naranjo de Bulnes, pero me da que no me van a dejar hacer una ruta de mil metros de desnivel a estas alturas del «curso»). Sin embargo, inasequible sigo en la intención de seguir dando guerra a la manera habitual, aguzando al máximo mis mesméricas artes para aletargar ovejas.

Hace poco más de una semana terminé Clara y la penumbra, novela de José Carlos Somoza que me ha dejado impactado. Tenía en mente las bondades que Julián Díez había escrito sobre ella en un comentario para Bibliópolis o Alfonso Melero para El sitio de ciencia ficción (me pregunto si la persona que escribió la otra opinión que figura en este enlace leyó la misma novela); la recomendación de la persona que me lo había prestado, Manuel de los Reyes; y el recuerdo de la otra novela de Somoza que había leído: La dama número trece. Las 150 primeras páginas supusieron un pequeño, llamémosle, shock, mientras que el resto de la novela me ha dejado un recuerdo maravilloso. (EMHO) Probablemente estemos ante la mejor novela de ciencia ficción especulativa que se ha escrito en España (palabras mayores) y, sin duda, la más importante escrita en los últimos años, aunque, como es habitual, resulta desconocida para la mayor parte de los lectores de género (entre los cuales me incluyo), demasiado focalizados en sus lecturas de dentro como para prestar atención a lo que viene de fuera. Como dice Julián Díez, supone

un ejemplo de lo que podría ser una vía sencilla para que la ciencia-ficción española se extendiera más allá de su actual mercado limitado: ¿cuándo nuestros autores abandonarán la metarreferencialidad, cuando dejarán de suponer que es el gran público el que debe acercarse a sus propias pautas en lugar de darle ellos al gran público un producto que, como éste, pueda deglutir sin inmutarse?

Eso sí, discrepo en lo del calificativo «sencilla», porque hay que trabajar duro si se quiere escribir algo así.

Para que se hagan una idea de por donde apuntan los tiros, el ejercicio de creación que encara Somoza es equiparable al que realiza, por poner un nombre que ha sonado mucho en los últimos meses en los ambientes del fandom, Ted Chiang en su relato «¿Te gusta lo que ves?«. Para los que no lo hayan leído, en él Chiang realiza un «documental» sobre el impacto que tiene en una universidad americana un referéndum en el que se decidirá si sus estudiantes deberán someterse a la caliagnosia; un tratamiento que impide la percepción de la belleza en los rostros de la gente. A través de sus diversas secuencias nos aproxima a su necesidad, los pros y contras, los tejemanejes de los grupos de presión asustados de las potenciales consecuencias de su aprobación, la evolución de la campaña y su resolución, escrutando en lo más hondo de esa sociedad de la imagen en la que vivimos inmersos y que condiciona incontables facetas de nuestra vida.

En Clara y la penumbra se sitúa a la sociedad actual ante una nueva forma de arte: el arte hiperdramático; un espejo nada deformante en el que ver reflejados una serie de características que no nos son ajenas.

El arte HD consiste en coger un modelo, pintarle de una determinada manera, situarle en una posición fija bajo una iluminación estudiada, colocar alrededor suyo un determinado atrezzo y exhibirle durante x horas al día en un museo, sala de exposiciones, salón de casa,… Aunque mejor recurrir a un fragmento de la obra para describirlo. Es un diálogo entre el inspector Braun, miembro de la policía de Viena que estudia la muerte de un «lienzo» obra de Bruno van Tysch, y April Wood, la jefa de seguridad de la fundación van Tysch.

– Deme una definición – pidió ella
– ¿Una definición?
– Sí. ¿Qué cree usted que es el arte HD?
«¿Qué pretende ésta ahora?», se dijo Braun. Aquella mujer lo ponía nervioso. Se ajustó el nudo de la corbata y carraspeó al tiempo que miraba a su alrededor, como buscando las palabras correctas en alguno de los rincones de la habitación rojiza.– Yo diría que son personas que se quedan quietas y los demás dicen que son pinturas, ¿no? –contestó.
Su ironía no modificó el semblante de la mujer.
– Justo lo contrario– replicó Wood. Y entonces sonrió por primera vez. Era la sonrisa más desagradable que Braun había visto en su vida–. Son pinturas que a veces se mueven y parecen personas. No es cuestión de terminología, sino de puntos de vista, y éste es el punto de vista que adoptamos en la Fundación.– El tono de voz de la señorita Wood era élido, como si de alguna forma misteriosa, cada una de sus palabras fuera una amenaza encubierta.– La Fundación se encarga de proteger y gestionar las obras de Bruno van Tysch en todo el mundo, y yo soy la principal responsable de la sección de Seguridad. Mi tarea, y la de mi colaborador, señor Lothar Bosch, consiste en impedir que los cuadros de Van Tysch sufran el menor daño. Y Annek Hollech era un cuadro que valía mucho más que todos nuestros sueldos y pensiones de jubilación juntos, detective. Se titulaba Desfloración, era un original de Bruno Van Tysch, estaba considerado una de las grandes obras de la pintura moderna y ha sido destruido.

Somoza urde una especulación de empaque cuidada hasta el más ínfimo detalle. Para abordarla se sirve de dos secciones bien diferenciadas: la investigación del mencionado asesinato del lienzo estrella de una exposición de Bruno van Tysch, que tiene desconcertado tanto a los miembros de la fundación encargados de gestionar el patrimonio como a las fuerzas policiales que se encargan de realizar las pesquisas; y las vivencias que le suceden a un lienzo, Clara Reyes, cuando le llega su deseada gran oportunidad de convertirse en una obra destinada a ser recordada en el futuro.

Con la primera sección se ahonda en lo que podríamos llamar «macrorealidad»: la faceta social, la explotación que se hace del recurso, su importancia económica, la mezquindad de los que detentan su poder, el uso que se hace del arte para reafirmar una posición social, la suspensión de los derechos humanos cuando alguien, en su trabajo, «pertenece» a otro, o su explotación a niveles insospechados. Es anodadante la aparición de los llamados adornos y utensilios, personas que durante un tiempo toman el papel de mesas, sillas, percheros, lámparas,… a nuestro alrededor; la descripción del arte manchado, un enfoque underground en el que se secuestran seres humanos destinados a ser lienzos ilegales en los que la mayoría terminan despedazados, descolluntados, sometidos a mil atrocidades,…; la aparición de una versión del arte más «humano» en la que el lienzo se trata como una persona y si, por ejemplo, está al descubierto y llueve, puede buscar cobijo;…

También destaca el arduo entramado conceptual, un armazón de credibilidad e imaginación intachables, comenzando por la Quietud, la técnica que permite a los lienzos adoptar una postura inamovible por un tiempo disparatado; o los productos químicos necesarios para su correcto trabajo, como pastillas para anular la menstruación, líquidos para evitar la salivanción cuando se tiene algo en la boca, materiales flexibilizadores para evitar lesiones de columna; o la consecuente repercusión en nuestra sociedad, que tanto lo convierte en un nuevo totem cultural que rebasa por completo otras manifestaciones como en sujeto de polémica por su uso y abuso; o la elevación a la enésima potencia de nuestro evidente gusto por lo efímero y el camino que está siguiendo la tecnología actual (casi de usar y tirar), caracterizado a la perfección por esas obras que «caducan» a los dos años y que es necesario reemplazar;…

A su vez con la historia de Clara se penetra en la «microrrealidad»: la historia personal de una chica que tiene la necesidad inevitable de pasar a la posteridad (escalofriante su participación y aceptación en el gran clímax final) y que, a medida que va siendo «trabajada» para convertirla en una obra definitiva, además de su mundo interior, nos descubre los misterios de la creación del arte hiperdramático, donde se sucenden todo tipo de vejaciones a medida que se tensa el lienzo o se realizan sobre ella los bocetos pertinentes que conducirán al dibujo de la obra. Una trama que alcanza su momento cumbre en un absorbente diálogo en el tercer cuarto de la novela (no digo con quien para no romper la sorpresa de los que no la hayan leído y me hayan aguantado hasta aquí), repleto de dobles y triples sentidos, que cobra su auténtica dimensión en el brutal desenlace.

Ambos hilos están equilibrados y Somoza demuestra su buena mano tanto a la hora de secuenciar la trama, crear unos diálogos orgánicos completamente naturales o dar forma a unos personajes variados, que conjugan sentimiento, humanidad, bajas pasiones, ganas de hacer bien un trabajo, oscuros traumas no superados,… No obstante, como apunta Díez en su comentario, Clara y la penumbra aqueja una extensión innecesaria que lastra el conjunto, aletargando en exceso la narración con una serie de decisiones cuestionables que introducen en el «cuerpo» argumental fragmentos prescindibles. Además, con el lógico (y cinematográfico) cambio de registro del final, llegan una serie de truquitos facilones de esos a los que se acude para mantener la tensión de forma antinatural y que a parte de tramposos son evidentes. Y Clara, personaje de empaque que sostiene por sí sola la novela, se diluye por completo en el maremagnum de sucesos a los que nos enfrentamos y pierde toda la relevancia que tenía. Quizás algo buscado por Somoza, porque una vez transformada en «objeto» pierde la humanidad que tenía como «sujeto». Pero no deja de resultar frustrante.

En todo caso, un libro ideal para tomar conciencia que a parte de relatos de fuste, thrillers de diversa índole o aventuras absorbentes, en la ciencia ficción española hay sitio para mucho más. Hasta el punto que el público general lo lee y lo asimila sin ser consciente de que es ciencia ficción de la buena, de esa que llena hilos e hilos en los foros. Y, encima, gusta y gana premios generalistas. Porque, curiosidades de la vida, Clara y la penumbra ganó el Fernando Lara de novela del año 2001. ¿Qué pasó en los Ignotus? No se lo pregunten porque conocen la respuesta…

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Relatos en formato Audio

Uno de los asiduos participantes de la tertulia que hacemos en Santander es Marc R. Soto. Un escritor (todavía) joven que está dejándose ver en publicaciones periódicas como Artifex Tercera Época o Galaxia, y en proyectos puntuales como Paura o el Visiones de este año.

A Marc le chiflan los audiolibros, y en su página personal ha subido varios que ha grabado para la emisora local de Los Corrales de Buelna: Valle de Buelna FM. Una experiencia curiosa que ofrece, todos los días, unos minutos de narrativa. Por lo que cuenta, el proyecto está calando entre los oyentes. Hasta el momento incluye obras propias como «Los muertos no caminan», «Gatomaquia» o «Sushi», y un cuento de Santiago Eximeno: «Al caer la noche«. Pero para el futuro seguirá añadiendo nuevas grabaciones y está fraguando un nuevo soporte para promocionarlas.

Servidor, como para tantas otras cosas, era un poco cerrado ante esta forma de enfocar la literatura. Pero ayer hice el experimento de irme a trabajar con «Sushi», publicado en el primer número de Artifex tercera época, en el reproductor de MP3 enchufado al radiocasete del coche. Y me he quedado cariacontecido. ¡Queda genial! Marc, que pone la voz al relato, se mete dentro del papel y consigue imprimirle a la historia el tono, la cadencia y la intensidad necesarias. Mi recomendación es que os lo bajéis y le deis los siete minutos que necesita.

De paso, siguiendo con su recomendación, también he descargado una edición del programa El corazón de las tinieblas, que se emite semanalmente en Radio Foramontanos (Cabezón de la Sal) de la mano de Klara Ana Salas. Un espacio

dedicado a los ambientes oníricos, extravagantes y oscuros en los que se envuelve habitualmente la literatura fantástica, fin de siglo, y ciencia-ficción.

El programa en cuestión permite escuchar el relato de Richard Matheson «El vestido de seda blanca» (no recuerdo en qué corte, si el dos, el tres,…). Si queréis disfrutar con una narración deliciosa interpretada EN DIRECTO de forma alucinante también os lo estáis descargando YA. En próximos días me pienso bajar otros programas. Mi jornada laboral tiene unas tres horas y media de coche todas las semanas y viene bien cambiar la habitual dosis de tertulias enciendevenas, emisoras repite canciones (algún día tengo que hablar de Kiss FM) o música del MP3 (512 Megas en manos de un vago acaban siendo poca cosa).

¡Uy! Dejo de escribir que dentro de dos horas tengo bodorrio. ¡Qué pereza!

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Discurso de Christopher Priest en la WorldCon de 2005

Como comenté hace un par de meses, Christopher Priest ha sido el invitado de honor de la WorldCon (Convención Mundial de Ciencia Ficción) de este año, que se ha celebrado en Glasgow la primera semana de agosto. Hace unos días cloudXXI, lector inquieto, siempre a la busca de libros con un fuerte componente revulsivo, otro entregado seguidor de la obra de este autor (aunque, eso sí, menos indulgente), puso en los foros de sedice el discurso íntegro que pronunció como invitado de honor.

No tengo una noción clara de cómo suelen ser estos discursos, así que no soy el más indicado para juzgar si la aproximación tan «egotista» utilizada por Priest es la habitual. Habla de las diferentes convenciones a las que ha asistido, anécdotas allí vividas, sus gatillazos cuando estaba entre los nominados,… Para el oyente de fuera del circuito no deja de ser un galimatías autoreferencial con un par de pasajes muy interesantes. Pero para el iniciado en los entresijos del fandom anglosajón, el conocedor de los autores y corrientes que han imperado en los últimos cuarenta años, el que quiere saber más cosas sobre su lío con Harlan Ellison, una exposición completa del cambio de nombre de James Owsley,… supone un azucarillo agradecido y, por tanto, edulcorado, al que le falta algo de salero. Priest podría haber sacado el látigo y haber expuesto (una vez más) sus ideas sobre la ciencia ficción norteamericana tipo y el mundillo que se mueve en torno a ella (como escribió hace quince años en «Sin hacer cargos«), pero supongo que hay que guardar las formas. No obstante, hay segmentos de su discurso que apuntan un poco en este sentido. Mírese si no los problemas para publicar en EE.UU. The Separation, de la que los editores yanquis decían que era impublicable (bonito eso de ver a España citada como lugar donde este tipo de libros pueden aparecer, aunque me temo que está lejos de ser el éxito que Priest se apunta).

Analizado en esta clave, uno de los momentos cumbres más divertidos es la mención de su affaire con Harlan Ellison, a raiz del bochornoso espectáculo al que se entregó en la segunda mitad de los sententa, mientras anunciaba allí donde le daban dos líneas que estaba trabajando con ahínco en la tercera entrega de Visiones peligrosas; que iba a ser todavía mejor que las anteriores, que nunca se había editado una antología así,… Y con razón. Al final el libro no se publicó y está considerado como uno de los mayores bluffs de la historia de la ciencia ficción. Priest, llamado a ser uno de los participantes, no se tomó demasiado bien lo ocurrido, se dedicó a recopilar la larga serie de textos en los que Ellison voceaba el supuesto trabajo que estaba realizando y los reunió en un agudo ensayo que vendió en plan fanzine por las convenciones a las que iba. En sus propias palabras:

There was no personal motive in this project. I simply enjoyed the technique of turning up embarrassing information, checking it was true, then writing about it.

No me creo que no haya despecho en sus intenciones. Además a Priest a veces le gusta tergiversar el pasado (¿no lo hacemos todos?).

El caso es que años más tarde, la editorial especializada en cómic Fantagraphics, reeditó el ensayo en el libro: The Last Deadloss Visions: The Book on the Edge of Forever (un título glorioso que juega con el título original de los libros de Ellison, el título de uno de los capítulos de Star Trek que guionizó: «The City on the Edge of Forever», el título de un fanzine que publicó Priest: «Deadloss», y el destino final de la antología nonata), y Priest fue candidato al Hugo. Desafortunadamente para él, lo ganó el libro de memorias póstumas de Asimov. Aunque igual hasta tuvo suerte. Según cuenta en el discurso, John-Henri Holmberg y Norman Spinrad tenían la misión de sacarle a gorrazos del escenario si ganaba:

I discovered immediately after the worldcon that my friend with the unutterable name had had a Plan B in case I did win. Two of my professional colleagues had been recruited as his goons. The idea was that if by some terrible misfortune I should win the Hugo, they were to dash up on the platform and interrupt my acceptance speech by beating me up.

Joer con Spinrad.

Pasando de frikismos fandomíticos, dos referencias obligadas. Primero su defensa del fantástico y la ciencia ficción como mecanismo para tratar los asuntos que nos acechan en nuestras vidas, cómo se ha acercado a ello, una visión optimista de que lo mejor está por llegar (curioso cuando gran número de lectores piensan todo lo contrario) y cómo se está tratando la ciencia ficción desde otros medios.

In spite of rumours you might have heard to the contrary, I claim that all my novels are SF, or something close to it. But I would also say that all my better novels are further away from the centre of science fiction than the others. I believe in the inner workings of SF: the way the unimaginable or the fantastic can be made to stand for things the reader is interested in, or feels about, or can be made to be interested in, or to feel about. There’s a lot of imaginative muscle in fantastic literature, but to date it remains largely unflexed. It’s my belief that we are still in early days, that we are only gathering speed, that the best is yet to come. In other words, the truly great classics of science fiction are not the ones we think we know about now, but ones which will be written at some time in the future.What I’m less comfortable with are what you might call the outer workings of SF. I’ve never been happy with those. The surface qualities of science fiction are easily adaptable or corruptible, a fact which can be seen in almost any film or TV adaptation. The curse of all genre fiction is inbreeding, when success begets imitation or adaptation, when we are dazzled by the glittering exterior, not stunned by the secret depths. It has always been my contention that science fiction and fantasy is difficult to write well, and should present a satisfying challenge to the reader, with intelligence rewarded.

Y segundo… algo que estaba en La Separación y en lo que profundiza en el discurso con nuevas aportacione. Su obsesión con los gemelos, las dobles identidades, las confusiones, la manipulación,… resumidas en una teoría de la conspiración sobre el destino de Hess, Jorge VI y sus hermanos. Supongo que terminará como otra leyenda urbana, y que la desclasificación de los documentos de Churchill sobre el tema será igual de insatisfactoria para los fanáticos de las ideas cogidas por los pelos que otros fenómenos similares que hemos vivido más recientemente (Kennedy). Pero anda que no mola pensar que pueda tener razón.

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Una de ucronías: La conjura contra América

Uno de mis innumerables asuntos pendientes en esto de la Literatura es Philip Roth, uno de esos eternos candidatos al Nobel que se caracteriza por acercarse al mundo de los judíos EE.UU. desde diversos puntos. Sólo he intentado leer La mancha humana y no pude con él. Para redimirme tengo por aquí El lamento de Portnoy, la narración de las sesiones de psicoanálisis a las que se somete un individuo adulto con una adicción total a la masturbación más fantasiosa. Pringle dice en su guía que Silverberg se basó en él para escribir Muero por dentro, y por lo que he leído sobre El lamento tiene toda la pinta. Necesito comprobarlo en persona.

El caso es que Mondadori acaba de publicar su última novela, La conjura contra América, una ucronía, y me estoy pensando el adquirirla. Estas historias asentadas en los EE.UU. a finales de los 30 y principios de los 40 me agradan, y si añadimos el componente ucrónico por excelencia, con un presidente EE.UU. pronazi (Charles Lindbergh) y una historia centrada en unos personajes alejados del curso central de los acontecimientos (una familia judía experimentando la creciente represión que se crea en el país)… En fin, que me resulta sumamente atractiva. Además he leído que la crítica americana, aunque según el escritor ha malinterpretado parte de su intención, la pone muy bien. Citando a Harold Bloom, el canónico por excelencia, es una obra sabia y fascinante.

Aprovechando que es una ucronía, y que estoy en modo vago redomado, quería recomendarles una visita, si no lo hacen habitualmente, a Memorias de un friki, donde Iván Fernández Balbuena sigue escribiendo una serie de entradas sobre subgéneros de la ciencia ficción. Hace dos días le tocó a las ucronías, donde parte de un dato que desconocía: una ucronía escrita por Tito Livio. Habría centenares antes (el mayor alivio de los derrotados/oprimidos/subyugados es fantasear con el cambio del curso de los acontecimientos que les ha llevado hasta su situación), pero es un gran punto de partida. Todos sabemos lo larga que era la sombra de Alejandro en los tiempos de Roma. Haciendo un breve «anarroseo»

…Se cree que el primero en plantearla fue el historiador romano Tito Livio (siglo I d. C.) que se preguntó que hubiera ocurrido si Alejandro Magno no hubiera muerto tan joven y hubiese decidido atacar Roma después de sus conquistas asiáticas (Tito Livio era un patriota, concluyó que los romanos le hubiesen derrotado).

Y esa es la esencia de este sub-género, la pregunta “Y si…” aplicada a cualquier acontecimiento histórico, algo con lo que los historiadores han fantaseado muy a menudo pero que tardó mucho más en llegar a los campos de la ciencia ficción.
Efectivamente, si en 1907 el historiador inglés Macaulay Trevelian, siguiendo una larga tradición, escribió “Si Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo”, hay que esperar hasta los años 30-40 para que los novelistas empiecen a tocar el tema de una manera serie. Por ejemplo, con “Swastika night” de Katherine Burdekin (1937) o “Lightning in the night” de Fred Allhof (1940). Ambas surgen como una necesidad, casi como una obligación, la de avisar a una humanidad desprevenida de lo que ocurriría si los nazis se hacían con el control del mundo. Y aquí aparece uno de los rasgos típicos de las ucronías: su carácter de aviso, su tono de advertencia, de alertarnos ante problemas que la mayoría no sabemos ver.

Posteriormente desgrana una serie de libros y relatos que animan a ser descubiertos si no se conocen (en especial «Mile High»), habla de un hito necesario aunque sumamente avejentado como Leinster, y termina con una idea que comparto. Donde esté la sobresaliente El hombre en el castillo que se quite la exasperante Pavana.

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Una razón para leer literatura fantástica

Anoche, al volver a casa después de la tertulia, me dio por encender el ordenador y acudir a Ecos cavernarios, el blog de Jean Mallart, del que ya he hablado por aquí, que había tenido actualización: «Fantasía y lotofagia… o cómo confundir «ocio» con «opio»«. Un elogio de la importancia de la fantasía y la imaginación en la Literatura frente a ese realismo defendido con fanatismo exclusivista por una parte de la crítica literaria y el establishment cultural. Anarroseo la parte en la que comenta la dicotomía realismo-fantástico a finales del siglo XIX y del XX:


El siglo XIX vio nacer la literatura fantástica moderna. El fantástico encontró sus primeros éxitos en las capas altas de la sociedad, la aristocracia y la rica burguesía industrial, atrapados por el romanticismo. Para ellos, la realidad era demasiado fea como para molestarse en prestarle atención durante demasiado tiempo. Pero, a nivel popular, el XIX fue el siglo del realismo. Sin televisión ni cine, las masas leían (mucho más que ahora, desde luego) y empezaban a interesarse por su clase, ya que nadie más lo hacía. Leían historias en las que autores como Zola, Hugo, Dickens o Balzac retrataban las penurias que ellos mismos podían experimentar. Quizá fuese una forma de consuelo ver que otros lo pasaban igual o peor. Quizá fuese una forma de conocerse y adquirir conciencia de clase, que falta les hacía en las condiciones en que se hallaban.

Hoy, la gente “bien” se interesa por la fea realidad, por los desfavorecidos… ¡Qué guay!… Siempre que no haya que mancharse ni tratar directamente con ellos, claro. (Recomiendo la lectura de El camino de Wigan Pier, de George Orwell; la cosa no ha cambiado tanto como pueda parecer.)

En cuanto a las masas de gente pobre, en su inmensa mayoría, ya no leen. Han encontrado otros entretenimientos, especialmente en la televisión.

Asociando, me vino a la cabeza un argumento viejo del que me he apropiado para defender la necesidad de la literatura fantástica y que, errado o no, me gustaría exponer desde mi personalísimo bagaje.

Hace seis años devoré absorto Archipiélago Gulag 1918-1956, la primera edición publicada a mediados de los 70 por Alexandr Solschenizyn en la que relataba su desoladora experiencia durante más de una década en gulags; un acongojante compendio del grado de inhumanidad al que puede llegar el ser humano y lo que es la supervivencia. Mientras leía, a parte de los sentimientos de extrañeza, asombro, pesadumbre,… había una idea que no pude sacarme de la cabeza. Aquello ocurrió en la Unión Soviética en un momento dado (el todavía más delirante último decenio de Stalin) y tanto el régimen que lo originó como la situación histórica en que se produjo son, una vez superados, irrepetibles.

Es un pensamiento inconsistente. A poco que se bucee en la historia de las últimas tres décadas del siglo XX se encuentran múltiples ejemplos que demuestran que no fue un hecho aislado. Pero la impresión no se evapora. La grandeza de Solschenizyn a la hora de denunciar una época llena de oprobio y demencia no puede separarse de la impresión de que es Historia y, por lo tanto, pasado. Supongo que hay muchas ovejas concienzadas que no se lo toman así, pero la experiencia es lo suficientemente común como para saber que una gran parte de los que nos rodean, incluido un servidor, se dejan arrastrar por esta sensación. No olvidamos el pasado. No dejaremos que vuelva a ocurrir. ¡Ja!

Curiosamente, el siguiente libro que cogí fue 1984, con el objetido de hacer una de esas preceptivas relecturas de control. En ella Orwell, influenciado por lo que vivió en su paso por las Brigadas Internacionales en nuestra Guerra Civil, pero también por su día a día en el Reino Unido durante y después de la Segunda Guerra Mundial, hizo el retrato más abracadabrante posible sobre los totalitarismos, el poder, la manipulación, la dominación a través de los medios de comunicación,… Lo han leído, saben a lo que me refiero.

Ambos son hitos fundamentales de la Literatura del siglo XX y, en mi humilde opinión, Orwell aporta un hecho diferencial que falta en Solschenizyn (no entraba en sus intenciones) y que le proporciona una dimensión mayor. Su trabajada Metáfora, la forma en que viste su experiencia para recrear la realidad, permite extender su marco a cualquier totalitarismo pasado, presente y futuro; a situaciones, hechos, acciones, ideas,… que se produzcan en dictaduras de izquierdas, de derechas, o en democracias en la que el control de sus ciudadanos acabe siendo la obsesión de sus gobernantes. Es un análisis sin par de cómo el Poder Absoluto toca todas las cuerdas necesarias para perdurar. Una advertencia que conviene tener presente. Un suministrador de términos a nuestro acervo que a veces se utilizan con la voluntad que lo creó su autor… y otras se han deformado para ajustarse a los intereses de los que buscan algún tipo de control sobre sus «presas». Doblemente Orwelliano.

Creo que este plus derivado de la imaginación hace de los géneros fantásticos una herramienta complementaria al realismo, que resulta igual de necesaria, útil, satisfactoria,… cuando se utiliza con inteligencia, saber hacer, imaginación, intención,… Circustancia que debería hacer meditar sobre sus ideas tanto al historiador Felipe Fernández-Armesto, el blanco de la reprimenda verbal de Jean Mallart, como al resto de adláteres que piensan parecido.

Sé que ahora se puede alegar que es muy fácil hablar de 1984, un clásico de la Literatura que en muchos ámbitos no se considera ciencia ficción y que queda muy por delante de cualquier otra historia que se escribe ahora mismo y se etiqueta como género. Sólo mencionar un título: Los tejedores de cabellos, de Andreas Eschbach. Obra tan inserta en la tradición de la ciencia ficción, hasta el punto que es un space opera, que con una melodía distinta y un tono antitético, más evocador que estremecedor (aunque pueda estremecer), habla de lo mismo. Y con un grado de excelencia que, creo, con el tiempo podría situarse a la par del Clásico. Pero para ello tendrá que pasar la prueba del tiempo, y romper un muro cada vez más grueso y sólido. Las colecciones de género viven insertas en un vórtice tan masivo que, por momentos, se asemeja más que nunca a un agujero negro. Se necesita velocidad de escape para llegar al público y desde dentro se me antoja casi imposible alcanzarlo.

Petición del respetable: Juan, recupera para Ecos la teoría sobre el auge de lo rosa aplicado a la literatura fantástica. Estaba genial.

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Kane vol 3, Se busca, 1602, Blanco humano: Zonas de choque, 2020 Visions: La tormenta y Carlitos Fax

Hacía mucho que no escribía sobre cómics, así que aquí he preparado otra entrega de píldoras, con un popurrí variado de últimas lecturas.

Comienzo por un tebeo que ya comenté extensamente en una entrada sobre su autor, Paul Grist: Kane tomo 3. No voy a descubrir nada que no explicase entonces. No estamos únicamente ante buenas historias policíacas, con un reparto coral que se perfila en dos pinceladas y evoluciona con suficiencia; nos hallamos ante un notable derroche de arte secuencial en acción. Esta brillantez formal alcanza su máxima y epitómica expresión en «Cadenas». 22 páginas narradas utilizando una arriesgada puesta en página, casi imposible de hacerla funcionar, pero que, como se pueden imaginar, carbura que da gusto. 22 páginas en las que sitúa a la izquierda en vertical, uno encima de otro, tres pantallazos de un noticiario televisivo y sus correspondientes textos con los que avanzamos en la acción (una situación peliaguda con rehenes y un francotirador). Y a la derecha, a toda página, una única imagen que se centra en uno de los múltiples personajes protagonistas, entreviendo un momento culminante de la representación. Un ejercicio de estilo tan apabullante como justificado a los que tan aficionado es Grist y que tan bien le salen (en el segundo tomo había una historia contada a través de un único plano que mantenía durante todas las páginas). En Septiembre sale el cuarto tomo y ya estoy contando las horas para poder leerlo.

Algo completamente diferente se puede testar en Se busca, de Mark Millar y J. G. Jones. Millar, en la parte de su carrera que ha dedicado a forjar una visión hipermacarraguay de los superhéroes, ha ido refinando una descarada facilidad para la incorrección y el exceso, perdiendo capacidad de sorpresa (su arranque con The Authority es inigualable), y ganando en uniformidad, un relativo adocenamiento y una ingente vacuidad. Basta mirar su trabajo en superéxitos como Ultimate X-Men o The Ultimates para comprobarlo. Sin embargo en esta historia con personajes propios, pensada para ser trasladada al cine, quizás con Eminem de protagonista (¡con un par!), se ha soltado el pelo y junto a ese espectacular ilustrador que es J. G. Jones ha conseguido su particular Predicador en el mundo de las capas y los pijamas.

Si Ennis fue capaz de hacer un western posmoderno construido a base de charlas de bar, persecuciones varias y una sucesión de perversiones cada vez más disparatadas, aquí Millar aplica una receta muy parecida a los tebeos de superhéroes. Aúna diversión, chispa, elevadas dosis de acción, violencia, sangre, gracietas a costa de los tebeos normales de superhéroes (genial el rito de iniciación en la casta de supervillanos, en una ceremonia en la que se quema un tebeo Marvel), desinhibiciones varias… y una capacidad para provocar tan gratuita como efectiva. Ideal para pasar un buen rato.

Otro tebeo superheroico con una relativa personalidad es 1602, la primera incursión de Neil Gaiman en el universo Marvel. El punto del que parte es llamativo: coger los personajes más importantes creados por Stan Lee, Jack Kirby y Steve Ditko a comienzos de los 60 y trasladarlos cuatro siglos al pasado, en los albores del siglo XVII, diluyendo en la medida de lo posible las historias superheroicas y dotando al conjunto de un fuerte componente histórico.

Inglaterra, reino de libertad, se ve amenazado por los complots para acabar con su reina provenientes desde la pérfida España (están presentes todos los tópicos sobre nuestro pasado; somos La Inquisición versión acabemos con los mutantes a cualquier precio) y Latveria, donde el bello Muerte se prepara para hacerse con un objeto que le dará un poder inconmensurable. Si a esto le unimos que las primeras colonias anglos en un Nuevo Mundo todavía más inhóspito del que conocemos se encuentran amenazadas, y que hace quince años ocurrió «algo» que, si no se remedia, destruirá el universo en unos meses, tenemos la composición de lugar a la que Gaiman da mediocre curso.

¿Mediocre? Sí. Lejos de aplicarse su propia receta de definir el escenario y redimensionar a su entero gusto los arquetipos presentes, tal y como hizo en los sobrevalurados Libros de la magia, opta por el camino fácil: hacer que todos y cada uno de los superhéroes juegen el rol que tenemos asumido, se comporten como tal y evolucionen como sabemos que van a hacer. Así la lectura de los dos tomos que recogen los ocho tebeos originales se convierte en una simple traslación sin más personalidad que un par de variaciones interesantes y una ambientación consistente. El resto no está a la altura de lo exigible, siendo un tebeo de consumo vulgar y carente de genialidad. Una pena.

Pasando a terrenos aledaños, quería comentar Blanco humano: Zonas de choque, tomo que recoge el inicio de la serie regular del personaje recuperado en los últimos años por Peter Milligan. Su idea es convertir las andanzas de Christopher Chance, un tipo con una facilidad innata para transformarse por completo en otras personas y asumir su identidad, en una teleserie a lo El Fugitivo o McGuiver. Un tipo que recorre los EE.UU. (o el mundo), desfaciendo entuertos allí por donde va pasando, haciendo uso de sus incomparables habilidades imitativas.

Al comienzo de este volumen encontramos a Chance tal y como quedaba en la novela gráfica Montaje final, ocupando el lugar de un productor de Hollywood sobre el que se cierne una amenaza fruto del pasado. Una historia de 24 páginas necesaria para empalmar con su nuevo status quo pero un tanto desquiciada; lejos de invitar a seguir leyendo, espanta por su autoreferencialidad y tendencia a la confusión.

No obstante, liberado de este lastre, Milligan rompe con el «pasado» y sitúa a Chance en Nueva York para encarar una historia relacionada con el 11 S. Decepciona la tangencialidad parcial con la que se trata este evento (se le podría haber sacado más jugo) o lo fácil que la narración deviene en una de tiros, pero destaca el retrato de la ambición en un perdedor deseoso de sacar tajada o los monólogos con los que el Blanco humano sitúa su labor y su visión de la Identidad. Cerrando el volumen hallamos una historia que toca el tema del dopping en el deporte profesional, que funciona a pedir de boca como crítica de la hipocresía habitual de los espectadores y medios de comunicación, demandando el máximo espectáculo sin importar las consecuencias que llevan detrás.

EMHO, con el precio Norma no merece la pena, pero si Planeta se decide a seguir con ella se le puede dar una oportunidad porque será mucho más ajustado.

Otro tebeo Vertigo publicado antes de que Planeta se hiciese con los derechos de DC al completo es 2020 Visions. Obra de Jamie Delano, merece la pena leerlo a pesar de la vergonzosa edición con que nos ha llegado por parte de Recerca, fruto de una planificación nula y una falta de profesionalidad intolerable. Sólo hay que comparar el primer volumen con el segundo. Alucinante.

El objetivo de partida de Delano era ofrecer una visión deformada de los EE.UU. situándose a veinte años vista. Un momento lo suficientemente alejado para crear una sátira desmesurada sobre el mercantilismo, la importancia de las apariencias, el consumismo atroz, la industria del sexo o las enormes diferencias sociales, y, a la vez, lo bastante cercano para vernos representados en él.

En la segunda entrega, recogida en el prestigio La Tormenta, cambia el Manhattan del primer arco por una Florida segregada de la Unión, en parte sumergida por las aguas, regida por un cártel que impone una ley hecha a su medida. Allí sitúa una trama de novela negra, sobre la búsqueda de una joven desaparecida en lo que parece ser un sucio asunto de pornografía y que termina teniendo otra dimensión.

2020 Visions es una mezcla entre lo que se puede ver en los tebeos de la Fleetway con lo que uno espera de Vertigo: mucho diálogo con mala uva, una puesta en escena feísta pero, a la vez, atractiva, una ciencia ficción donde la aventura va de la mano de una crítica social, divertidas salidas de tono, violencia,… No cambia la vida pero tiene frescura.

Por último, viniéndonos hasta nuestro país, me ha encantado el álbum de Carlitos Fax, de Albert Monteys, que recopila las historias protagonizadas por este robot-fax del siglo XXXI. No voy a comentar nada que fonz no haya dicho ya en su blog, pero no puedo dejar de recomendar estas divertidísimas aventuras que mezclan la parodia de la ciencia ficción a lo Futurama con los clásicos de Bruguera. O cómo hacer humor de calidad a partir de la ideosincrasia más estúpidamente humana. Casi al mismo nivel que el inconmensurable Calavera Lunar.

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La Olmeda

En Agosto estuvimos unos días de Camping en Liébana y, aprovechando que no queda excesivamente lejos, empleamos un día en recorrer en coche parte de la montaña palentina. Nuestro objetivo principal fue acercarnos hasta Saldaña, ya en Tierra de Campos, y hacer una visita a La Olmeda, villa romana del siglo IV d. C. El lugar se caracteriza por tener unos mosaicos impresionantes, muy bellos y bien conservadas, como (creo) no hay otros en España.En sus antiguos pasillos abundan los mosaicos con motivos geométricos de diferentes calidades, según fuesen hechos por maestros o contratas sin mucho arte ni profesionalidad (tengo las fotos para comparar en otro carrete; cuando lo revele le dedicaré un hilo especial, porque se puede ver que esto de las subcontratas chapuceras viene de antiguo). El más importante, e imponente, de todos es el que se encuentra en un salón de más de 170 metros cuadrados, en el que destaca la representación mítica de Aquiles en Skyros en el momento en que un ardid Ulises reveló su escondite, y una cacería «masturbatoria» en la que el señor de la casa se enfrentaba a animales de los tres continentes.


Aquiles en Skyros


La cacería

Delumbra el colorido que ganan las teselas cuando se las humedece con agua, que de tener un aspecto apagado y uniforme, se encienden y recuperan gran parte de su fulgor original. Supongo que en su momento, en días de visita, el señor tenía varios esclavos recorriendo las estancias con trapos húmedos manteniendo su esplendor. En la siguiente imagen se puede observar lo que digo (tuvimos suerte y pudimos observar cómo se reparaban pequeños deperfectos en un par de salas)

También llama la atención el sistema de calefacción (gloria) situado en la parte norte de la casa, en las que el invierno de Tierra de Campos debía ser bastante soportable, o las Termas adosadas a el ala oeste de la casa. Anda que no tenían comodidades ni nada los dueños.

Fue descubierta en 1968, cuando se estaban haciendo unos trabajos para allanar un terreno. Un tractor se topó con los restos de un muro enterrados en el suelo, y a raiz de hacer un agujero en lo que se pensaba que era un antiguo convento, se encontaron con un mosaico. A saber el número de Villas de características similares que se encuentran debajo de un par de metros de tierra en ambas mesetas, esperando a que alguien dé con ellas.

Para leer una explicación fundamentada de lo que allí se encuentra, visitar el siguiente enlace.

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Disfunciones en el proselitismo del fantástico en la familia política

No seguir si no se ha completado Juego de tronos y se tiene intención de leerlo.

Paula y yo estamos empeñados en llevar a Martin allí donde antes no había llegado la literatura fantástica, así que le dejamos Juego de tronos a su madre, lectora empedernida de libros «normales» (desde El código Da Vinci a Desde mi cielo, pasando por la obra completa de Noah Gordon,…), a la que ya habíamos dejado Muerte de la luz. El éxito puede catalogarse como total; se ha quedado con ganas de seguir leyendo, aunque irá intercalando las siguientes entregas con la serie de viajes en el tiempo rosa de Diana Gabaldón. Muestra de que con este hombre se puede romper las barreras del género y llegar a vender centenares de miles de ejemplares aquí también.

Siguiente objetivo: Alberto, el hermano de Paula, que suele leer más bien nada. Comenzó hará aproximadamente una semana y ahora mismo se encuentra a un tercio del final. Enganchado, casi sin poder parar de pasar páginas. Como la mayoría. Ayer estaba justo en el momento en que Robert Baratheon se halla al borde de la muerte y a punto de desatarse el jaque mate sobre Ned Stark. En un momento se acerca a la cocina a pillar algo que beber y su madre le pregunta con toda inocencia:

– ¡Qué! ¿Ya le han matado?

– ¿A quién?

– A Eddard

¿QUÉ?

Tóma castaña. No hay nada como la candidez más despreocupada para destrozar de un plumazo cualquier sorpresa.

Pobre Alberto. Espero que se haya recuperado y perdonado a su madre… y a Martin. A Cersei y el resto de los 100% Lannister, lo mismo que pensamos el resto. Ira y fuego.

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