El Soplao

Aprovechando este viernes de vacaciones (el lunes toca vuelta al tajo) me he ido con unos compañeros de trabajo a la cueva de El Soplao, un monumento kárstico espectacular situado en la zona occidental de Cantabria.

En vez de coger el pack habitual (visita a la parte más cercana a la entrada), nos hemos ido con el kit aventurero, que es bastante más caro (30 €) pero permite visitar una zona más alejada de la entrada, hasta aproximadamente unos 3 km. Una entrada que contiene algunas de las formaciones más preciosas de todo el sistema, con unas formaciones de excéntricas (estalactitas que crecen en todas las direcciones) que quitan la respiración, pero que al estar tan iluminada pierde el encanto de saber que estás penetrando en el interior de la montaña. Te equipan con casco, luminaria, botas impermeables y buzo y a caminar por senderos estrechos, techos bajos, barro abundante, alguna zona con agua,… Eso sí, de aventurero no tiene prácticamente nada. Apenas un par de puntos en los que tienes que agarrarte a una cuerda para subir un fuerte desnivel o agarrarte a las piedras para poder descender sin problemas.

Lo mejor ha venido cuando a los 3 km, en el punto de retorno, sentados en una colada de carbonato cálcico y bajo una estalactitas bandera majestuosas, hemos apagado todas las luces, dejado de hablar, casi de respirar y nos hemos entregado durante unos segundos a escuchar el sonido de la cueva. En ese momento he sentido el peso de las rocas encima de mi cabeza y, en una de esas asociaciones raras que en este blog no extrañan, me he acordado de la escabrosa Los Genocidas de Thomas M. Disch, cuyo segemento final ocurre en el interior de una caverna con sus personajes entregados a sacar sus más bajos instintos y luchando por la supervivencia.

No, no me han entrado ganas de coger una estalactita y ponerme a golpear a mis compañeros. Pero sí he comprobado que esta oscuridad natural absoluta impone. Mucho.

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C: Homenaje a Stanislaw Lem

Mañana en C comienza a publicarse un especial dedicado a la obra de Stanislaw Lem. Presentación:

Hace tres semanas murió Stanislaw Lem. Un autor único que, en mayor o menor medida, ha causado mella en las vidas lectoras de los comentaristas que escribimos para C. Por ese motivo sentimos la necesidad de rendirle un pequeño tributo. Durante las tres próximas semanas, a partir de mañana, publicaremos una serie de reseñas sobre su obra a razón de una cada tres días. Una muestra de la admiración que sentimos hacia uno de los referentes fundamentales de la ciencia ficción y, por qué no reconocerlo, de la literatura del último siglo.

Aunque, todo sea dicho, el mejor homenaje que se puede hacer es seguir disfrutando su obra.

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El dilema de la lectura y las nuevas generaciones (II): PISA

Mi idea era rematar el tema en una segunda entrada en plan opinión personal, pero visto el curso que ha tomado la discusión, voy a ampliar un poco el foco y tratar un asunto que tengo pendiente desde hace tiempo, no sabía bien cómo introducir y está relacionado colateralmente: el tremebundo informe PISA.

Para el que lo desconozca, PISA, aparte de una ciudad italiana, es un programa de la OCDE (Programme for International Student Assessement – Programa Internacional de Evaluación de Alumnos) que evalúa la competencia de los alumnos de quince años en tres ámbitos diferentes: comprensión lectora (no sólo de textos literarios), conocimiento matemático y conocimiento científico. Un programa al que voluntariamente se presentan los gobiernos y las instituciones educativas que así lo desean y que sirve para testar cómo están los diferentes sistemas con vistas a que sus alumnos tengan una salida laboral. El método de medida no considera que hayan recibido una formación integral, ni sus conocimientos de humanidades, ni su memoria, ni sus habilidades sociales… sino que hayan desarrollado unas competencias suficientes para triunfar en el futuro en sus respectivas profesiones.

PISA salta a la palestra en nuestro país, si no recuerdo mal, en el año 2001 cuando se hicieron públicos los resultados de la evaluación del año 2000 referido fundamentalmente a la comprensión lectora. La valoración que se hizo desde los medios creo que todos la recordamos: es el fin del mundo, estamos criando legiones de borricos (como si antes España se hubiese caracterizado por ofrecer al mundo legiones de Ochoas, Ortegas, Torres Quevedos,…), esto en nuestros tiempos era impensable,…. A raíz de aquella publicación se desató un sonoro debate entre periodistas, polemistas y políticos varios que, como suele ser habitual, no condujo a ningún sitio más allá de la habitual lectura superficial con la que se analizan estos asuntos. Tres años después se publicó la evaluación del año 2003, esta vez más centrada en el conocimiento matemático, y de nuevo más de lo mismo.

Por si a alguien le interesa, los datos del informe referidos a nuestro país se encuentran disponibles en internet en la página del INCE: hay varios documentos PDF en los que figuran las conclusiones, con gráficas bastante ilustrativas, y se puede testar cómo son las pruebas.

Los resultados aparentemente mediocres de España se explican por múltiples motivos. Si se dispone de tiempo recomiendo la visita del siguiente enlace donde se explica pormenorizadamente todo lo que rodea a PISA y su distorsión. Si no, simplificando, se puede decir que nuestro sistema educativo valora más el tener conocimientos (aunque sólo sea temporalmente para pasar un examen) que las relaciones que se puedan establecer entre ellos. Mientras, PISA no valora conceptos (razonable si se considera que son pruebas que se deben pasar a sistemas educativos que estudian vete tú a saber qué) sino procedimientos y competencias, circunstancia que con el currículo rígido y nutrido con el que nos vemos obligados a bregar los profesores resulta difícil abordar. Esto sin considerar nuestras deficiencias formativas más que evidentes (¿dónde se ha visto que un licenciado, simplemente por el hecho de serlo, pueda pasar a dar clase, como ocurría hasta ahora, directamente haciendo un simple cursillo de unos meses?); el nulo control que se realiza sobre los educadores, muchos de los cuales siguen utilizando los medios y recetas de hace treinta años con alumnos que son completamente diferentes; la escasa voluntad del profesorado por reciclarse y acudir a la formación continua;…

Asimismo las pruebas evaluadoras no se parecen en nada a lo que nuestros alumnos hayan visto en su vida, mientras que sí se parecen al tipo de ejercicios que se pasan en otros sistemas educativos que, curiosamente, salen bastante bien parados de la evaluación. O el tiempo que duran las pruebas. PISA se estructura en torno a pruebas de 2 horas y nuestros alumnos de secundaria emplean, como muy mucho, 45 minutos en hacer un examen. Todo esto, claro, sin recordar temas como la inversión en educación (debajo he puesto una gráfica más que elocuente), cómo está estructurado el currículo, sus absurdeces varias,…

Pues bien. Desde que el informe se conoce, se tiene como referente, objetivo a alcanzar, modelo,… un país completamente desconocido por estos lares y que, curiosamente, tiene una de las tasas lectoras más altas del mundo: Finlandia. Finlandia arrasa en PISA. Da igual que se mida la comprensión lectora, el conocimiento matemático o el científico. Se salen de la escala. España, por contra, aparece en medio de las posiciones más mediocres.

La razón por la cual el sistema educativo Finlandés es tan eficaz, eficiente y efectivo no está sólo en cómo está construido y en su gestión. Hay circunstancias paralelas que se deben considerar como la sociedad en el que se encuentra (mucho más uniforme que la nuestra, un desbordante cajón de sastre), la cultura de la que deriva, el que no esté sujeta a flujos inmigratorios importantes (y la que hay viene de países con sistemas educativos parejos) o la sólida sinergia que se ha establecido entre tres factores que aquí van casi siempre a su aire: centros de enseñanaza, familias y las estructuras de apoyo educativo. En La Vanguardia, hace medio año, publicaron un artículo sintomático. Merece la pena leerlo. Un breve extracto:

Domina en Finlandia el valor luterano de la responsabilidad y disciplina sobre la propia vida. La familia finlandesa se considera la primera responsable de la educación de sus hijos. En los hogares finlandeses, los niños observan como padres y madres son ávidos lectores de periódicos y libros, y acuden con ellos a las bibliotecas con frecuencia. Por otra parte existen mecanismos del Estado que garantizan la compatibilidad laboral y la vida familiar, especialmente para las mujeres. Las ayudas a la infancia y a la familia permiten que sólo el 4% de los niños finlandeses vivan en situación de pobreza (12% en España).

El segundo ámbito es el de las instituciones sociales o culturales no escolares. En Finlandia destaca la gran red de bibliotecas y sus dotaciones. Son muy accesibles a todos los ciudadanos, se encuentran conectadas entre sí y con profesionales preparadísimos. Además, por su tradición luterana, Finlandia refuerza el valor de la propia responsabilidad sobre los creyentes y promueve la necesidad de la lectura personal de la Biblia. Por otra parte, la televisión y el cine ofrecen siempre toda su programación en la lengua original. Los niños deben aprender a leer rápidamente los subtítulos para entender los programas (películas incluso dibujos animados).

Finalmente, el tercer ámbito educativo es la escuela. Los niños finlandeses entran en sistema escolar a los siete años y no aprenden a leer hasta entonces. La escuela finlandesa de educación primaria y secundaria es generalmente una escuela pública muy descentralizada. Se imparten proporcionalmente menos horas de lengua que en España. La disciplina es alta. La atención a la diversidad se efectúa atendiendo a los diversos intereses con el trabajo de dos profesores por aula. En todos los centros hay una comida gratuita al día para todos los alumnos. Todos estos ámbitos son muy parecidos en todos los países nórdicos, pero muy diferentes a los de España.

Familias responsables de la educación de sus hijos, instituciones de apoyo bien estructuradas de uso común y fuerte inversión en educación (dos profesores por aula; ¿una utopía hecha realidad?). ¿Qué tenemos en comparación aquí? Por la directa: un sistema que está delegando absolutamente toda la formación de sus hijos, independientemente de que se refiera a conceptos, procedimientos o actitudes, a los centros escolares; una plataforma fundamental pero que no pueden funcionar solos y que está empezando a doblarse bajo el peso que se ha situado sobre sus espaldas.

Se podría hablar mucho de las causas que han originado esto. Razones que están en nuestro pasado, en nuestro sistema económico, en la financiación, en el rumbo que está tomando la sociedad, en el descontrol,… Pero esto (como analista soy pésimo), creo, les corresponde tratarlo a otros.

¿Qué se puede esperar entonces de España? Justo lo que tenemos, que, me da, es más o menos lo mismo que tuvimos nosotros cuando fuimos jóvenes. No tengo aquí el libro sobre el informe PISA y me voy a limitar a poner dos de las gráficas más ilustrativas que se pueden observar en el enlace anterior. La primera correlaciona los resultados de cada país en función de su inversión en educación y, a partir de la nube de puntos, saca una recta de regresión lineal que ajusta los datos.

Como se puede observar (pinchen en el enlace, plis) Finlandia sale muy por encima de dónde debería estar por lo dicho anteriormente. Otros países (sintomático el caso de Dinamarca, que está sólo un poco mejor que España invirtiendo casi el doble) salen por debajo. Nosotros salimos justo donde debemos estar (un poquitín por encima; en comprensión lectora, si no recuerdo mal, está un poquitín por debajo)

La otra gráfica que sitúo tiene que ver con la relación entre los resultados y el nivel de estudios de los padres.

España sale, otra vez, donde tiene que estar.

Considerando el tipo de valoración que hace PISA tenemos lo que nos merecemos. Cualquier tipo de mejora que se quiera afrontar, tanto a nivel educativo como, lo que nos interesa, a nivel de promoción de la lectura, detalle que está íntimamente relacionado, tiene que afrontarse desde un ámbito global; que debe contener al sistema educativo pero, también, ir mucho más allá.

El artículo anterior de La Vanguardia antes mencionado concluye:

Finlandia es un país que aspira al liderazgo mundial en innovación. Diversos gobiernos han considerado que su supervivencia social, cultural y económica en un mundo globalizado depende de planificar una sociedad del conocimiento. En este diseño, la escuela es esencial como cuna y plataforma para cumplir este objetivo.

¿Qué narices de futuro nos aguarda que de ser un país prácticamente agrícola, con pequeñas gotas industriales, hemos pasado a ser el lugar de veraneo por excelencia de Europa y aspiramos a mantenernos como tal? Un país en el que, grosso modo, el sector servicios va camino de serlo todo, se potencia monstruosamente el turismo y el ladrillo como motores de la economía y preocupa más lo que puedan pensar los votantes que lo que puedan necesitar.

Poniéndome cataclísmico (yo también quiero jugar a ser tertuliano), en esta tesitura nuestras nuevas generaciones, potencialmente similares a los de el resto de Europa, resulta imposible que den de sí su potencial, salvo las consabidas excepciones. Todas las medidas que se toman se limitan a los aspectos superficiales y no a la estructura que subyace. Y mientras los políticos encargados de dirigir y gestionar se limiten a hacer campañas de imagen (genial eso de gastarse unos cuantos millones de euros en poner anuncios en la tele y los cines que digan que leer mola), seguiremos teniendo por debajo las mismas lacras estructurales que nos siguen alejando de los países que van a la cabeza del mundo en educación… y en lectura.

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El dilema de la lectura y las nuevas generaciones (I): Sospechosos habituales

Recupero esta sección de sospechosos habituales para tratar un tema que, como es natural, viene preocupando por igual a la inteligentsia (es un decir) del país y los lectores, que ven cómo las estadísticas que miden los niveles de lectura, lejos de repuntar, producen la impresión de estar al borde del encefalograma plano. Más si se considera el aparente escaso interés que las nuevas generaciones de españolitos sienten por los libros.

Comienzo con César Mallorquí, una opinión competente por muchos motivos. Entre otros, porque se gana las lentejas escribiendo para jóvenes, y, sobra decirlo, con muy buena mano y un éxito indudable. En su La fraternidad de Babel realiza una sacudida contundente a algunas de las ideas que han surgido en el reciente «I Congreso Nacional de la lectura»

Ayer encontré en el periódico algunas de las conclusiones del I Congreso Nacional de la Lectura y, la verdad, estoy un poco confundido. La primera conclusión es la siguiente: “Rechazo frontal a la lectura como puro entretenimiento”.Rechazo frontal, qué fuerte… Es decir: si leer te entretiene, malo. (“Padre, el otro día cogí un libro y… disfruté” “Dios santo, hijo, qué terrible pecado. Si quieres obtener el perdón, lee tres veces “Saúl ante Samuel” y “Volverás a Región”)

El escritor Luis Mateo Díez opinaba: “No hay que leer porque sea diver. No hay que bajar el listón. Todos los placeres de la vida son costosos”. Es cierto; por ejemplo, irse de putas cuesta un huevo. Y los libros están a veinte eurapios como mínimo. Lo mejor del estoicismo, así como del analfabetismo, es lo barato que sale.

El crítico Manuel Rodríguez Rivero añadió: “Eso que tanto se dice de que leer es un placer, para contrarrestar el sex appeal de la pantalla del televisor, del videojuego, del chat… la lectura es algo más que un placer”. Ya, pero… si no es de entrada un placer, ¿puede llegar a ser algo más? ¿Y si es algo más ya no es un placer? ¿Lo bueno debe ser coñazo y lo divertido caca? Jo, qué putada…

Luis Landero, por su parte, comentaba: “Rechazo una sociedad infantilizada que invita a la lectura como algo meramente lúdico”. ¿La literatura un juego? ¡ANATEMA!

[…]

Esta opinión entronca con lo que ha escrito Rafael Reig y que acabo de leer publicado en La voz de Asturias.

Cada vez que se acerca la Semana Santa, los curas aprovechan para lanzar desde sus púlpitos las homilias más furiosas contra las tentaciones de la carne. Así ha pasado en Cáceres, donde se ha reunido el I Congreso Nacional de la Lectura, compuesto al parecer por unos ayatolás o dómines, puesto que la conclusión más importante a la que han llegado ha sido «el rechazo frontal de la lectura como puro entretenimiento». Leer para disfrutar? Hasta ahí podíamos llegar: hay que mortificarse!Todo lo que he leído en mi vida lo he leído para entretenerme, por placer, para divertirme. A veces con esfuerzo. Como todos los placeres, requiere aprender a disfrutar. Además he aprendido cosas, he pensado y me he emocionado; pero, si no fuera por el placer, ni siquiera habría leído una línea. Por qué a los curas y a estos fundamentalistas como mosén Alberto Manguel o la madre abadesa Nélida Piñón les asusta tanto el placer, el que alguien lea «como puro entretenimiento»? De dónde han salido estos cofrades con sus capirotes? Su lema parece ser: si no cuesta esfuerzo leer un libro, entonces es pecaminoso. Su concepto de la literatura es penitencial: cuanto más nos mortifique leer, más debe de perfeccionar el alma. Para los intelectuales de misa y olla que se han reunido en Cáceres, un libro no parece ser mucho más que un cilicio cerebral.

La lectura en España tiene muchos problemas, desde la falta de bibliotecas públicas y escolares a los planes de estudio, que siguen añadiendo catecismos y quitando lecturas. Por eso mismo hay que ser muy fanático inquisidor para llegar a la conclusión de que el problema más grave es que la gente lea para entretenerse. Y la prioridad: la cruzada contra el placer. Leer es hacer penitencia, sí; y escribir sigue siendo llorar, como en tiempos de Larra.

Lo único con lo que no estoy nada de acuerdo es en lo de La Semana Santa. Especialmente desde que Curro Romero se retiró y ya no deja ver su arte (sea el que sea) en la Maestranza el Domingo de Resurrección o todos los Centros Comerciales abren sus puertas ese mismo día (el consumismo es nuestro nuevo credo diario). Pero el resto…

Aquí tengo que hacer un inciso y acordarme de las opiniones de los insignes tertulianos radiofónicos que, cada vez que sale este tema o su primo hermano En mis tiempos el sistema educativo era modélico, pregonan a los cuatro vientos mientras se dan palmaditas en la espalda lo bien que les iba cuando con once años les hacían leer, no ya El lazarillo de Tormes o cualquier obra de Calderón de la Barca o Lope de Vega, sino La Celestina o El Quijote. Como si fuesen la receta perdida que, aplicada a la sociedad actual, echaría en brazos de los libros a todas esas hordas de adolescentes que rehuyen de la lectura como si fuese un disco de grandes éxitos de Jose Luis Perales. Sin considerar por un mínimo instante que esa generación que disfrutaba de su mismo sistema educativo, es decir, la suya, tenía unas tasas de lectura inferiores a las actuales, con millones de hogares españoles sin un maldito libro entre sus cuatro paredes y ni una triste biblioteca a cincuenta kilómetros de sus casas.

Pero me reservo mi opinión para la próxima entrada. Ahora sigamos testando el ambiente. Paso a Iván Fernández Balbuena, profesor de secundaria y bachillerato en una zona bastante complicada de Castilla La Mancha. Otra voz cualificada y con conocimiento de causa, que nos relata en Memorias de un friki una experiencia personal relacionada con nuestros queridos géneros fantásticos:

[…]Hará cuatro años, la Comunidad Autónoma donde trabajo decidió gastarse un millón de las antiguas pesetas en las bibliotecas de cada uno de los centros de enseñanza públicos de su ámbito de competencia. La verdad es que aquello gusto poquito en mi instituto y no era para menos, a todos se nos ocurrían mil sitios mejores donde gastarse el dinero que en la biblioteca, un sitio que los chavales no pisan si no es a punta de pistola. En fin, entre persianas y puertas rotas, goteras, paredes por pintar, fotocopias, material deportivo, etc, etc que nos hacía falta a todos nos parecía aquello una majadería. Claro, que todo tenía truco. Acababa de aprobarse lo del libro de texto gratuito para secundaria y el gremio de libreros estaba en pie de guerra. Por si alguien no lo sabe, con este bendito sistema que se inventaron los políticos para que los padres no se gastasen los dineros en los libros de texto de sus hijos, los grandes perjudicados fueron los libreros. Me explico, es cierto que los libros de texto se siguen comprando en las librerías como antes, lo que ocurre es que cada centro tiene que hacer durar los libros cuatro años (se ve que tanto dinero no había). Lo que, a grandes rasgos, significa que los libreros tenían una año de vacas gordas y tres de vacas flacas.

Para tranquilizarlos, se aprobó esa ayuda de 6.000 euros en libros por centro, por que, claro, había truco, se tenían que gastar obligatoriamente en las librerías de nuestra Comunidad Autónoma, imposible irse de compras a otros sitios.

Total, que como donde manda patrón no manda marinero, gruñimos un poco y nos pusimos a acatar las ordenes de arriba. Y aquí es cuando aparezco yo. Aunque intento pasar de incógnito, algunos de mis compañeros saben que soy “ese que lee cosas de marcianos, vampiros y magia”. Entre ellos estaba la encargada de la biblioteca que era la que debía de decidir en que gastarse la pasta. Y la buena mujer me vino a pedir ayuda. Básicamente, su reflexión era la siguiente: “Los chavales no leen nada, pero, quizás, si compramos cosas que les puedan atraer igual alguno se anima, y eso de lo fantástico parece que les gusta, como Iván es el que sabe de esas cosas que decida él una serie de títulos”. Bueno, con semejante oferta no podía decir que no e hice la lista. En unos meses los libros llegaron al instituto. Me acuerdo que ayude a sacarlos de sus cajas y aquello era un poco como el día de Reyes.

No recuerdo exactamente que libros elegí, por supuesto sé que, entre otros, estaban varios de Stepehen King (“It”, “El misterio de Salem´s Lot”, “El resplandor”), algunos de Asimov (“Las Fundaciones”, “Yo robot”), los más obvios de Fantasía (“El Hobbit”, “El Señor de los Anillos”, “Juego de Tronos”, los de Harry Potter) y otras cosas menos obvias (“La guerra interminable” de Haldeman, “Lagrimas de luz” de Rafa Marín).

Mi criterio fue un poco ecléctico, cosas sencillas que les pudiesen gustar, clásicos de ayer y de hoy, best-sellers seguros y algo de mi cosecha. Bueno, una vez colocados los libros en las estanterías me olvide del tema.

Eso fue hace cuatro años. Hace un par de meses, me pase por la biblioteca y me encontré con mis adquisiciones. Estaban nuevas e impecables. Parecía que el tiempo no había pasado por ellas. Aquello me mosqueó un poco, así que me fui a los archivos y empecé a curiosear. En cuatro años nadie había sacado uno solo de esos libros, ni profesor ni alumno. Absolutamente nadie.

[…]

Con razón piensa que la lectura está en trámites de extinción. Personalmente no soy tan negativo como él… aunque tampoco mucho más positivo. Pero, ya digo, mejor mañana.

Por último, quiero terminar con lo que ha escrito Enric Quílez en su El mundo de Yarhel. Con un discurso parecido, un poco más orientado hacia la pervivencia de la ciencia ficción como género literario

[…]Entre los más críticos con la lectura están los jóvenes, entre la adolescencia y la madurez, que cada vez leen menos. Más concretamente, la población masculina, que salvo algunos libros de deportes y algunas publaciones técnico-científicas, no tiene el menor interés por la lectura. En cambio, entre la población femenina, las lecturas abundan más, aunque tampoco es para echar las campanas al vuelo.

¿Por qué sucede esto? Los niños suelen leer mucho más que los adolescentes, pero llegada una determinada edad pierden el interés por la lectura. A esto hay que añadir que asocian los libros como una especie de imposición escolar que nada les satisface. Recuerdo que hace unos meses, estando comprando en una librería, un chico que acompañaba a otro le espetó:

– Me voy fuera que esto huele a libro y me recuerda al colegio.

Por supuesto os podéis hacer una idea de qué tono utilizó en su aseveración.

La población adolescente, en especial la masculina, apenas lee. En parte también porque, sencillamente, no sabe leer. Tiene problemas de lectura y ya no digamos de comprensión. Así lo indican multitud de estudios realizados sobre este tema. ¿Cómo van a disfrutar de una lectura si les cuesta leer -casi les duele, podríamos decir- y encima apenas entienden lo que leen?

Es una serpiente que se muerde la cola: no leen porque les cuesta y como les cuesta, no leen y la bola se hace cada vez más grande. Así, estamos criando generaciones de analfabetos funcionales que, si bien en teoría saben leer y tienen el mejor acceso a la cultura que históricamente nadie ha tenido y de manera masiva, en el fondo es como si no supiesen leer. El acceso, aparentemente libre a la cultura, les está en realidad vedado.

Así pues, ¿nos extraña que haya pocos lectores de ciencia ficción en nuestro país? Muchos de ellos somos gente de una cierta edad, talluditos que dicen algunos y el repuesto generacional, simplemente, no existe. Es verdad que la fantasía tiene mejor suerte, siempre que sea ligerita y de corte juvenil, porque como pongamos obras de una cierta «calidad» literaria, estaremos igual que ante la ciencia ficción en general.

Todo lo que haga pensar y reflexionar no interesa demasiado. De hecho, parece que hasta moleste. A fin de cuentas, se presupone una cierta sensibilidad cultural, social, política, filosófica… del tipo que sea. Y esto es cada vez más difícil de encontrar en una generación de progresa adecuadamente y de créditos variables de macramé. Sinceramente, no hay mucho espacio al optimismo.

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Provocación: Hostigando la modorra intelectual

Aprovechando un cuádruple desplazamiento en tren (salida didáctica a Solvay con los nenes de 3º de ESO) he estado releyendo, una semana después de terminarlo, Provocación, de Stanislaw Lem. No, no es que no me haya enterado de papa. Como otras obras de Lem que recopilaban prólogos sobre libros imaginarios, caso de Vacío perfecto y Un valor imaginario, este tipo de creaciones permitían (es triste tener que hablar en pasado) a su autor verter un torrente de ideas incisivas en una extensión quizás inapropiada para ello. La compresión y la consiguiente acumulación resultan de tal calibre que siempre me he sentido un tanto sobrepasado; necesito que las nociones maduren para retomarlas un poco más adelante y poder afianzarlas en la medida de mis posibilidades (para que, todo sea dicho, duren apenas unas semanas; no trabajé mi memoria demasiado durante la juventud y ahora padezco las consecuencias)

Con estos ensayos condensados, Lem no analizaba tanto un «objeto» sino que se lanzaba a degüello sobre él. Esbozaba con mano rápida y afilada una serie de conceptos buscando despertar la conciencia crítica del lector y trasladarle a un terreno diferente, ligeramente alejado de sus cauces habituales. Para ello utilizaba tácticas como el cinismo más corrosivo, un discurso tajante y directo, una violencia intelectual de alto octanaje, el sarcasmo más hiriente, … Todo valía con tal de romper la modorra y volar parte del discurso cultural dominante (otros que se jactan de ello son en comparación vulgares paridores de bolsilibros)

Pasando al libro en cuestión, el primer prólogo, «El genocidio», el más extenso (unas 90 páginas de las 150 que tiene Provocación), sintetiza el pensamiento de Lem sobre la génesis del horror del holocausto judío para, como dice David Torres en el prólogo, abordar una inmisericorde antropología del mal. Un diabólico y frenético recorrido por el fango en el que puede caer el alma humana y las oscuras pasiones que llevaron a crear una industria de muerte oculta bajo una serie de nociones, ceremonias, vestidos,… macabra.

No contento con esto, indaga en las raíces culturales del genocidio y traza una arriesgada comparativa con los grupos terroristas de extrema izquierda que surgieron en Europa durante los años 70. Y llega a una dramática conclusión, compartida con el segundo prólogo del que hablaré ahora: el mal es multiforme y en su eterna lucha con el bien no sólo juega con las cartas marcadas sino que, además, cuenta con múltiples estrategias, varios compañeros de fechorías y utiliza cualquier equivocación de éste para volverla en su contra. Una batalla de lo más desequilibrada, como indica en la conclusión del libro:

Nuestro mundo no está a medio camino del infierno y del cielo: parece estar mucho más cerca del primero. Pero, como desde hace mucho tiempo no me hago ilusiones al respecto, no me sentí escandalizado

Quizás lo peor que se puede decir es que la mencionada compresión a la que está sometido su pensamiento ocasiona un discurso tan ardoroso como fugaz en el que apenas hay desarrollo y múltiples ideas quedan en el tintero, dejando al margen asuntos que bien se podrían haber tocado, como la naturaleza de parte de sus compatriotas polacos que colaboraron en el exterminio o la participación de las culturas no mediterráneas como la eslava en conductas como las que plantea. Pero esa también es la gracia del asunto.

Mientras, en «Un minuto humano» introduce un hipotético almanaque que, a través de incontables estadísticas, gráficas y tablas, resume lo que ocurre en el planeta en un sólo minuto. Un exhaustivo repaso a todo lo medible del día a día del ser humano que traduce en cifras nuestros quehaceres, comportamientos, psicosis, hábitos,… Frente a la mortal seriedad de «El genocidio», aquí nos hayamos ante un texto más mordaz y suelto, en el que el característico humor de su autor campa a sus anchas y nos regala momentos antológicos como el siguiente

[…]Como es sabido, no hay nada que los editores teman tanto como editar libros, porque ya está en plena vigencia la llamada Ley de Lem («Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida»), debido a la habitual falta de tiempo, la oferta excesiva de libros y la publicidad demsiado perfecta. La publicidad es ahora objeto de culto como una Nueva Utopía. Esas horribles o aburridas cosas que se ven por televisión las miramos todos porque (lo demostraron las encuestas) las pausas publicitarias son un alivio maravilloso después del espectáculo de los políticos charlatanes, los cadáveres ensangretados arrojados por distintas razones en distintas partes del mundo y las películas de época, que nunca se sabe de qué van porque son interminables teleseries (nos olvidamos no sólo de lo leído, sino también de lo visto).La Arcadia existe ya sólo en los anuncios. Allí habitan mujeres hermosas, hombres fantásticos, niños felices y ancianos de mirada serena, generalmente con gafas. Para el entusiasmo continuo les basta con un flan en un envoltorio nuevo, una limonada de agua pura, un spray contra el sudor de pies, papel higiénico impregnado con olor a violeta o un armario, aunque tampoco haya nada extraordinario en él, aparte del precio. La expresión de felicidad en los ojos, en toda la cara, con la que una refinada belleza contempla ese rollo de papel higiénico o abre ese armario como si fuera la puerta de Sésamo, se contagia por un instante a todo el mundo. En esa empatía quizá haya también envidia, quizá hasta un poco de irritación, porque cada uno de nosotros sabe que no sería capaz de alcanzar ese estado de éxtasis bebiendo esa limonada o usando ese papel, que no podemos entrar en la Arcadia, pero esa atmósfera luminosa tiene su efecto.

De todos modos, para mí estaba claro desde el principio que, a medida que se perfeccionaba en la lucha de las mercancías por subsistir, la publicidad nos dominaría no porque la calidad de las cosas fuese cada vez mejor, sino porque la calidad del mundo era cada vez peor. ¿Qué nos queda en las ciudades abarrotadas bajo la lluvia ácida después de la muerte de Dios, de los altos ideales, del honor, de los sentimientos desinteresados, aparte del éxtasis de señoras y señores de los anuncios de galletas, flanes y lubricantes como si contemplaran el advenimiento del reino celestial? […]

Estoy pensando que, como tantas otras veces, cualquier cosa que pueda escribir está de más. Lean este libro y, si pueden, cómprenlo. Aunque, como decía en una entrada anterior, su precio es elevado depara una lectura de calidad. Además su apoyo garantiza que El Funambulista siga publicando obras de Lem diferentes a las que se pueden encontrar en otras colecciones de bolsillo. Esperemos que por mucho tiempo.

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Cismatrix: Extrañamiento futuro

Esta semana he terminado Cismatrix, de Bruce Sterling, novela que iba camino de convertirse en uno de esos imperdonables títulos olvidados por los editores españoles, recuperada por Bibliópolis hace un año. Y aunque ha habido instantes en los que no me he enterado de la misa la media, perdiéndome en un marasmo de nombres, corrientes políticas, chocantes elipsis de decenas de años, alteraciones científico-tecnológicos difíciles de intuir,… me ha gustado. Yo diría que bastante. Y creo que ocurrirá lo mismo con todos los que experimenten mi debilidad por la capacidad de la ciencia ficción para evocar el cambio.

Cismatrix tiene lugar en el futuro a unos cientos de años vista con parte de la humanidad fuera de la Tierra, sin poder retornar a su antiguo hogar y escindida en dos ramas: los formistas, que controlan sus organismos y producen mejoras en ellos por medio de la genética, y los mecanistas, que hacen lo mismo a través de las máquinas. No obstante, resumir el complejo tejido humano que puebla el sistema solar a estas dos familias es un ejercicio de reducción que atenta contra el espíritu que imprime Sterling a la obra. Cada una de estas familias se halla dividida en un enmarañado espectro de ideologías políticas y tendencias sociales que proclaman desde el enfrentamiento más beligerante a la distensión y el acercamiento, pasando por otras que buscan trascender este problema y llevar a la humanidad a metas mucho más lejanas.

A pesar de sus taras, que las tiene, me ha cautivado el modo en que el autor utiliza el escenario, los avances tecnológicos, los conceptos futuristas o la potencialidad del lenguaje. Todos orientados a transmitir que sólo es viable un futuro si hay movimiento, mutación, evolución, transformación,… En una sola palabra, cambio.

Lejos de describir un entorno asequible en el que nos podamos sentir cómodos, un escenario familiar construido a base de clichés y absurdas (por fuera de lugar) referencias a nuestro presente o nuestro pasado, nos sitúa ante una variación conceptual de tal calibre que cuesta horrores asentarse en ella. El conjunto va tan por delante de lo que esperamos encontrar, y la inmersión resulta tan violenta, que muchas veces nos hallamos perdidos intentando asimilar la información recibida y descubriendo que cuando parece que lo hemos logrado se ha producido un giro que destripa nuestra comprensión. Afortunadamente dicha tarea no está abocada al fracaso y del caos surge una realidad ajena a la nuestra pero, también, misteriosamente familiar.

Cismatrix es una de esas novelas únicas que produce inquietud y desasosiego. Sin llegar a la brillantez de Neverness o Luz, pero con su misma desmesurada facilidad para provocar extrañamiento futuro. Porque si para un campesino castellano del siglo XVII la España del año 2006 debía ser ciertamente insólita… ¿qué serán para nosotros nuestro planeta y nuestros descendientes de un par de siglos en el futuro? ¿Gente que habla igual, escucha a los Beatles y añora la tierra de sus ancestros o seres que han alterado tanto su entorno y su propia esencia que sienten otras inquietudes y manejan otros registros?

Desde luego el futuro no será como Sterling lo plantea. Pero al menos resulta tan chocante y excepcional como si lo fuese.

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La guerra de las salamandras

Si alguien lo recuerda, había prometido que el próximo libro sabroso sería el Idios Kosmos de Capanna. Pero me ha sido imposible escribir el comentario; lo dejo para una próxima ocasión. Me tengo que conformar con repescar esta reseña de la que suele considerarse como obra maestra de Karel Capek.

Definitivamente en Europa las cosas se hacen de otra manera. Mientras, a grosso modo, en las primeras décadas del siglo pasado en EE.UU. los escritores de la incipiente ciencia ficción estaban jugando con sus naves espaciales, las amenazas surgidas de otros mundos o unos personajes y tramas más planas que la Tierra del siglo XII, a este lado del charco sus colegas estaban extrayendo petróleo de los provechosos yacimientos del romance científico o la temática utópico-distópica. Ahí están las fábulas morales y los visionarios viajes al futuro de Stapledon, Viaje a Arturo de Lindsay, Nosotros de Zamiatin, Un mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell. Entre esta retahíla de autores y títulos suele olvidarse injustamente la obra Karel Capek, quizás porque en los últimos sesenta años, sin comerlo ni beberlo, nos han convertido en anglófilos practicantes que desconocen todo aquello que no ha sido creado o no se nos vende desde aquellos países. De ahí que debamos felicitarnos porque Gigamesh se lanzase hace tres años a la reedición de este libro, con un precio tan acertado como viene siendo costumbre y que abunda todavía más en la idoneidad de leerlo.

Las salamandras del título son unos seres inteligentes que vivían plácidamente en una pequeña isla del océano pacífico, ajenos a la presencia del hombre, hasta que éste llegó a perturbar su placentera existencia. Prolijos a la hora de reproducirse y condenadamente hábiles en el desempeño de cualquier trabajo, pasan, después de un periodo de impacto mediático, a ser explotados en todo tipo de labores como mano de obra barata y fácilmente reemplazable. Con el tiempo el ser humano manipula su vida a otro tipo de niveles sin darse cuenta que, tras unos años, ha puesto en manos de dichos seres un poder que le puede conducir a su propia destrucción.

La guerra de las salamandras es, como algunos de los libros de Olaf Stapledon, una narración peculiar. Carece casi por completo de protagonistas que sirvan de hilo conductor de la historia, y es la propia sociedad (en este caso la que hoy podríamos llamar occidental) el núcleo en torno al cual todo sucede. A esto se añade el recurso de reproducir una serie estudios ficticios sobre las salamandras del título, situados entre los diferentes pasajes narrativos como artículos divulgativos sobre sus costumbres, recortes de prensa sobre sus andanzas, diarios de personas a los que les ocurre algo con ellas,… que proporcionan una mayor verosimilitud y variedad al relato.

En sí, el libro adolece de un arranque tibio. El modo en que la humanidad entra en contacto con las salamandras se dilata más de lo debido y roza la frontera de lo soportable. Aunque hay un simpático pasaje en el que Capek se carcajea del star system del Hollywood clásico, entonces en plena efervescencia. Sin embargo, si se persevera más allá de la página 50, pronto llegan los buenos momentos, muchos de ellos escondidos en los juegos metaliterarios a los que antes hacía referencia y que también se dejan ver a modo de divertidas notas a pie de página.

A través del conjunto, se sueltan cargas de profundidad contra algunas de las actitudes endémicas de la sociedad de su época que perseveran hoy en día. La xenofobia, la tendencia a jugar con una naturaleza que no se comprende, el capitalismo salvaje, la carrera armamentística, los nacionalismos o el fascismo son denunciados sin tapujos en esta sátira elegante y no por eso menos cruel. Sirva como ejemplo la divertida anécdota de la «creación» por parte de una Alemania en plena vorágine nazi de la llamada salamandra aria, cúmulo de todas sus «virtudes» y sin ningún «defecto» apreciable. O cómo, en el momento de máxima tensión cerca del desenlace, las salamandras hacen uso de su arma definitiva: los abogados. Sólo pequeños retazos del sentido del humor multidisciplinar de Capek, que juega por igual en el terreno de la sátira que en el la ironía y que sabe sacar el máximo partido a cada situación.

Al final La guerra de las salamandras resulta un libro deslumbrante que condensa la inagotable estupidez humana en una fábula mordaz e incisiva. Y aunque al principio todo suena a chirigota, el laberinto en el que se va metiendo el género humano crea una creciente angustia que cristaliza en un final perturbador, del que el propio Capek tiene que venir a sacarnos aunque sólo sea para aliviar levemente nuestras conciencias.

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Lem

Ayer fue un día luctuoso. Se nos fue Stanislaw Lem, un escritor fundamental para entender la literatura del siglo XX. Una de esas voces inteligentes, potentes y únicas, de las que tan escasos andamos y que entristece cuando se apagan. Ahora tendría que venir algún tipo de semblanza sobre su figura, pero después de leer lo que Juanma Santiago ha escrito hoy en Pornografía emocional, o el obituario que preparó David Torres para El mundo cualquier cosa que escriba está de más.

El mejor homenaje que podemos hacerle es seguir leyendo su obra… y en eso ando, terminando su último libro publicado en nuestro idioma, Provocación. Una obra que sólo tiene una cosa mala: su precio. El resto es Lem en estado puro: certero, contundente, sagaz, corrosivo,… Tal y como lo recordábamos.

Juanma comenta que en breve El Funambulista publicará otros de sus libros: El gran castillo (novela autobiográfica, aún inédita en castellano), la necesaria reedición de Vacío perfecto, Magnitud imaginaria y Golem XIV. Citas ineludibles.

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C

Acaba de nacer un nuevo blog denominado C, con la coletilla el hijo de cyberdark.

C es un proyecto compartido por un grupo de lectores en el que, periódicamente, aparecerán reseñas extensas y debidamente argumentadas que pretenden arrojar la mayor cantidad de luz posible sobre las novedades que han aparecido en España durante los últimos meses, tanto en ciencia ficción, como en fantasía y terror.

Si se observa el título y el aspecto de la bitácora casi sobra decir que somos antiguos combatientes de la difunta cYbErDaRk.NeT que colaborábamos con asiduidad en la portada del portal. En principio nuestro propósito es modesto. Los comentarios aparecerán a razón de dos por semana, domingo y miércoles, y se irán alternando los colaboradores. La propuesta es polifónica y, mientras nuestros quehaceres cotidianos lo permitan, se mantendrá esa variedad en las firmas, intercalando lo que cada uno de nosotros vaya escribiendo.

Para comenzar e ir abriendo boca vamos a repescar nuestros textos que quedaron colgados con el cierre de cYbErDaRk.NeT, para pasar después a tratar libros de mayor actualidad.

Esperamos que lo que allí vayamos publicando os resulte útil, ameno, productivo, polémico,… Un saludo y bienvenidos a C.

La nómina actual de colaboradores es la siguiente:
* Alfonso García (fonz)
* Iván Fernández Balbuena (cebra)
* Ignacio Illarregui Gárate (nacho)
* Pau Martínez Medrano (blackonion)
* Iván Olmedo (odemlo)
* Enric Quílez (yarhel)
* Jairo Ríos (xnthós)
* Raúl Ruiz (nemes)
* Manuel Santos (hartree)
* Javier Vidiella (fjvidiella)

En el futuro se prevee la inclusión de otros colaboradores y la presencia de firmas invitadas.

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