Cero absoluto, el riesgo y el resultado

Aunque me cuesta horrores leerlos, me estimulan los libros que se arrojan al vacío e intentan hacer algo nuevo con un material como el futuro cercano; un entorno temporal exprimido hasta el tuétano y del que, conceptualmente, poco nuevo queda por extraer. Javier Fernández se lanza a degüello en Cero absoluto a la experimentación más osada. De hecho ha escrito el libro de ciencia ficción española más audaz que he leído estos últimos años desde un punto de vista formal, circunstancia que bien merece una loa. Sin embargo su obra se resiente de los riesgos que toma y las elecciones que realiza, amargando la factura final.

Para presentar y desplegar el escenario de Cero absoluto, Fernández se sirve durante el primer tercio de novela de la técnica del collage: idea recortes de prensa, folletos publiciarios, alguna entrevista,… que introducen una novedosa técnica de realidad virtual destinada a cambiar el mundo y que proporciona ese soma que aleja a la gente de la cruda realidad. A través de textos verosímiles nos pone en situación con diligencia sin caer en la sobreinformación.

Una vez expuesto el lugar narrativo, Cero absoluto parece coger un rumbo más convencional al aparecer su protagonista, Ricardo Bracquemont, un investigador enviado por la corporación que domina la realidad virtual a La Isla, el único lugar de la Tierra libre de esta tecnología. Su objetivo: descubrir qué hay detrás de un grupúsculo terrorista que se opone al «progreso». Aquí es donde la novela comienza a perder fuelle. A pesar del adecuado ambiente opresivo, la deriva interior del protagonista es tan impostada como volátil. A su vez la trama peca de inverosímil, está trazada con pinceladas rápidas escasamente certeras y deja un exceso de indefinición en el conjunto.

Aquí me veo obligado a hacer un inciso. En los últimos tiempos tiendo a utilizar lo menos posible el término confuso, porque en ocasiones la sensación de confusión que se detecta en una narración no está exclusivamente en la incapacidad del narrador para transmitir su historia, sino en la posible limitación del lector que se puede ver completamente superado por los acontecimientos. Sin embargo… sin embargo tengo que reconocer que Cero absoluto termina siendo bastante confusa. Sin ser un hacha se pueden seguir las vicisitudes de Ricardo mientras profundiza en lo que era, en principio, una investigación de campo más o menos rutinaria. Pero la falta de concreción que emerge entre elipsis y elipsis, con elecciones cuanto menos cuestionables, estalla, definitivamente, cuando arbitrariamente se citan varios párrafos del comienzo de El circo del Dr Lao; novela que está leyendo uno de los personajes y que, quizás erradamente, sólo puedo interpretar como un absurdo modo de promocionar su próxima publicación por la editorial Berenice (a la sazón editora de este libro).

Fernández se ha alejado de los cánones del thriller para construir una distopía fragmentaria, difícilmente descifrable, demasiado abstracta,… y EMHO le ha salido un poco rana. Cero absoluto alberga buenas ideas, sacude al lector, le pone al límite… pero dista una enormidad de cuajar. El cargo más evidente se encuentra en el propio apéndice final, en el que se sintetiza a modo de resumen lo ocurrido en el desenlace ante el presumible temor de que el lector no se haya enterado de lo que ha movido ante sus ojos.

El riesgo no garantiza, ni mucho menos, un resultado satisfactorio.

Nota: Quizás he sido demasiado duro en la valoración, o un tanto obtuso durante la lectura. Muestra de ello son los comentarios de Vicente Luis Mora o Javier Romero.

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(No) Finalistas del primer premio Xatafi-Cyberdark

Ya tenemos publicada la lista de finalistas del Primer premio Xatafi-Cyberdark de la crítica de literatura fantástica, una iniciativa de la asociación cultural Xatafi y la librería Cyberdark que nace con la vocación de asentarse como un premio de la crítica y ser un complemento para los premios Ignotus. Aunque hay varios foros, webs y blogs que se han hecho eco, ya sea para informar u opinar, creo que se hace necesario recordar los finalistas entre los que el propio jurado, del que soy miembro, eligirá los ganadores

Novela nacional (premio dotado con 350 euros cedidos por la librería virtual www.cyberdark.net)

Juan Miguel Aguilera, Mundos y demonios (Bibliópolis)
Nicolás Casariego, Cazadores de luz (Destino)
Rodolfo Martínez, Sherlock Holmes y las huellas del poeta (Bibliópolis)
José María Merino, Cuentos del libro de la noche (Alfaguara)
Javier Negrete, El espíritu del mago (Minotauro)
Eduardo Vaquerizo, Danza de tinieblas (Minotauro)

Novela extranjera

Susanna Clarke, Jonathan Strange y el señor Norrell (Salamandra)
Kazuo Ishiguro, Nunca me abandones (Anagrama)
David Mitchell, Escritos fantasma (Tropismos)
Audrey Niffenegger, La mujer del viajero en el tiempo (Grijalbo)
Philip Roth, La conjura contra América (Mondadori)
Bruce Sterling, Cismatrix (Bibliópolis)

Relato nacional (dotado con 150 euros aportados por www.cyberdark.net)

Alfredo Alamo, “El hombre de la pala” – Paura vol. 2
Juan Díaz Olmedo, “Dragón podrido” – Paura vol. 2
Santiago Eximeno, “Escombros” – Artifex Tercera Época vol. 2
Lorenzo Luengo, “La cotorra de Humboldt” – Artifex Tercera Época vol. 1
Félix J. Palma, “Margabarismos” – Artifex Tercera Época vol. 2
Marc R. Soto, “Gatomaquia” – Galaxia nº 15

Relato extranjero

George R.R. Martin, “El hombre con forma de pera” – Gigamesh nº 40
Richard Matheson, “Duelo” – Gigamesh nº 42
Ian McDonald, “La pequeña diosa” – Asimov nº 21
Mike Resnick, “He tocado el cielo” – Gigamesh nº 42
Mike Resnick, “El sumidero de la memoria” – Gigamesh nº 42
Bruce Sterling, “No opinamos lo mismo” – Gigamesh nº 41

Iniciativa editorial destacada del año

Berenice, por La nave, de Tomás Salvador
Gigamesh, por Ven y enloquece, y otros cuentos de marcianos y Luna de miel en el infierno, y otros cuentos de marcianos, de Fredric Brown
Reino de Redonda, por La nube púrpura, de M.P. Shiel
Valdemar, por Narrativa completa 1 de H.P. Lovecraft
Valdemar, por ¿Pueden suceder tales cosas? (Cuentos fantásticos completos), de Ambrose Bierce
Valdemar, por Drácula, de Bram Stoker

Entrando a valorar por encima los resultados, en lo que a novela extranjera se refiere el año 2005 fue un periodo excepcional. Sin entrar en una extensa enumeración, se me ocurren al menos cinco o seis novelas que, por una simple cuestión de número, han quedado fuera aunque su calidad se pueda calificar entre notable y sobresaliente. A título individual, por citar una, me hubiese gustado que en la fase final estuviese la popular Tormenta de espadas, una exhibición incontestable de lo que los anglos llaman storytelling. Pero la competencia ha sido dura.

En el caso de relato extranjero, se observa que la revista Gigamesh se ha llevado el gato al agua: sólo uno de los relatos no fue publicado originalmente en sus páginas. Aquí puede parecer extraño que la revista que más publicase en el 2005, la tristemente desaparecida Asimov Ciencia Ficción, sólo haya introducido un representante entre los finalistas. Sin embargo, entrando en el terreno de la opinión, después de haberme leído casi de seguido los seis números aparecidos en ese periodo, tengo la impresión de que el nivel medio de lo publicado era más bien mediocre. A grosso modo, salvo excepciones, las ideas distaban una enormidad de ser majestuosas y no se puede decir que la habilidad de sus autores estuviese especialmente afilada. Probablemente una manifestación de que la ciencia ficción estadounidense no atraviesa su mejor etapa, algo parejo a lo que ocurre con las «grandes» novelas que nos llegan a las colecciones de género.

No obstante, algunos relatos que al final no han entrado bien merecen una lectura detenida. Entre ellos recomiendo los dos de Gene Wolfe (nºs 16 y 21) por su concisión y su solvente acabado formal, el emotivo y nostálgico de Resnick «Una princesa de la Tierra» (nº19), inferior a los dos seleccionados de Gigamesh, o «El hielo», de Steven Popkes (nº 16), un acercamiento al tema de la clonación bien resuelto y que es una lástima que tenga una difusión tan limitada. Por su manera de aproximarse, su carga humana y didáctica y su sólido desarrollo de personajes bien merecería su publicación en un diario o semanario de tirada nacional.

Aquí, a título todavía más personal, recomiendo el libro de Michael Cunningham Días memorables y, sobremanera, su primera parte, «En la máquina». Una novela corta enclavada en la Nueva York de finales del siglo XIX que narra las vicisitudes de un adolescente que, tras la muerte de su hermano, se ve obligado a sacar adelante a sus padres trabajando en la industria de la época. La historia, enclavada en lo que era la vida del proletariado, transmite con eficacia una atmósfera desoladora y mísera que recuerda a cuentos de J. G. Ballard o M. John Harrison, y supone, como las otras dos novelas cortas que contiene, una vuelta de tuerca a la novela de género. En este caso concreto a la historia de fantasmas (todo sea dicho, extravagante)

Pasando al material nacional, en novela no tengo nada que decir. En relato… poco más. El sólido nivel medio de los Artifex o Paura ha jugado en contra de los relatos publicados por la Asimov o las antologías de sus respectivos premios publicadas por Parnaso o AJEC. De la primera recomendar la lectura de «Play «Nobody´s Home» de Avril Lavigne» de Juan Carlos Planells, un relato que aun siendo clasicote tiene garra, y de La ciudad de los muertos de Parnaso, el que da nombre a la antología, un efectivo cuento de Antonio Cebrián con un toque Dickiano.

Por último, en lo que a la iniciativa editorial más destacada, se ha quedado fuera algún volumen de Valdemar que bien podría haber entrado, como la recopilación en Gótica de varias novelas de William Hodgson. Pero cuando hay que elegir siempre ocurre lo dicho: te decantas por unas obras e, inevitablemente, descartas el resto.

Ahora a seguir viendo las reacciones.

Y a fallar.

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Lem según Capanna

Pablo Capanna, entre otras muchas cosas, es el teórico de la ciencia ficción más importante que tenemos en nuestra lengua. Autor de libros indispensables como El sentido de la ciencia ficción o su versión actualizada El mundo de la ciencia ficción, o exhaustivos ensayos sobre la obra de Philip K. Dick, Cordwainer Smith o J. G. Ballard.

Hace unos días, (gracias a Sergio Gaut vel Hartman por el enlace) en el periódico argentino Página 12, ha publicado un artículo sobre Lem. Como cualquier cosa que haya escrito, merece la pena leerlo. Ojalá tuviésemos más pensadores/divulgadores tan capacitados como él. No sólo para explicar fuera por qué merece la pena dedicarle un poco de atención al género. Dentro su labor «didáctica» es de lo más necesaria. Si no, presten atención a lo siguiente:

Era un superdotado intelectual y un infatigable lector de publicaciones científicas. Cuando le preguntaban por sus métodos de trabajo daba respuestas bastante pintorescas. Solía compararse con una vaca. El input de la vaca es el pasto y el output es la leche, pero nadie encuentra briznas de pasto en la leche, explicaba. Al igual que la vaca, Lem hacía pastar su imaginación en las fronteras de la ciencia, sólo para secretar una peculiar literatura. Isaac Asimov leía tanto como él, pero esa información que él se limitaba a procesar, Lem la metabolizaba. Con la misma dieta de celulosa libresca, Lem lograba transmutar la información. Produjo textos llenos de trampas, apelando a la complicidad de lectores que quizá nunca se acercarían a ellos, una literatura más cerebral que vivencial, pero sin limitaciones genéricas. Lem era capaz de novelar ensayos, de poetizar las matemáticas, de zambullirse en la metafísica con la excusa de una trama policial y burlarse de los poderosos del mundo, incluidos aquellos que podían ejercer poder sobre él. Escribió policiales como La fiebre del heno y La investigación (1959) donde la física cuántica ocupaba el lugar de la inducción detectivesca.

Entre una obra y otra, pasaba largos períodos sin publicar, dedicado al estudio. Se justificaba con extrañas razones: decía que su inteligencia era tan primitiva como la del mono de Köhler, que primero tenía que apilar cajones para poder alcanzar las bananas. O bien que su mente funcionaba como el depósito del baño, que tarda un rato en llenarse, antes de que alguien apriete el botón.

Cualquiera diría que no hay nada más perecedero que la ciencia ficción “dura”, considerando la obsolescencia de la información. Sin embargo las ficciones de Lem, que en su tiempo era calificado de “duro”, no envejecen. No explicaba, sino fabulaba; no regurgitaba información, sino jugaba con las palabras. La tecnología de sus astronaves podía ser errónea, pero cuando hablaba de “intelectrónica” y “fantasmática” no hay duda de que estaba pensando en cosas tan actuales como la informática y la virtualidad.

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Señores del Olimpo

Tal y como comentan diversos especialistas en literatura fantástica, el premio Minotauro se ha constituido como un termómetro perfecto para testar cómo andan en nuestro país los géneros que engloba: ciencia ficción, fantasía y terror. Principalemente desde tres vertientes. Primero, da testimonio de cuál es la temática más aceptada ahora mismo por el “mercado”: los ganadores se enclavan dentro de lo que se reconoce como fantasía, una temática heterogénea que arrasa en las listas de ventas, muchas veces con novelas deficientes que no merecerían tal honor. Afortunadamente, cada una de las galardonadas posee una acusada personalidad que, sin dejar de formar parte de un corpus mayor, le aporta cualidades bastante atractivas.

Segundo, tras las novelas de León Arsenal y Rodolfo Martínez ha sido otro autor surgido del mundo aficionado y curtido a lo largo de la década de los 90 el que se ha llevado el gato al agua. Su nombre Javier Negrete. Un escritor que desde el año 2003, cuando publicó La espada de fuego, ha roto los grises límites de ventas que se suelen asociar a los autores nacionales de género y dado un salto cuantitativo que, tristemente, no se ha reproducido en las obras publicadas por otros autores de su misma generación. Generación que, por lo que parece (tal y como, p.e., indica el premio), todavía se encuentra por delante de los autores surgidos posteriormente.

Y tercero, a pesar de que el nivel medio es bueno y se compite de tú a tú, sin complejos, con el mejor material fantástico que se publica de otras literaturas… todavía queda lejos de los grandes hitos que se publican año a año, tanto en la forma como en el fondo. Esperemos que a lo largo del próximo lustro ese margen de mejora siga ajustándose y tengamos, por fin, una obra maestra de la literatura fantástica producida por un autor español surgido del fandom.

Entrando ya en Señores del Olimpo, Negrete se acerca de nuevo a una de sus pasiones, la Grecia clásica, para trazar una narración aventurera que novela uno de sus mitos más desconocidos por el lector medio: la gigantomaquia. Un crepúsculo de los dioses en clave mediterránea que sitúa a los olímpicos en una tesitura similar a la que atravesaron previamente sus antecesores, los titanes, o, pasando a otro entorno cultural diferente, los dioses nórdicos con su Ragnarok. En sus páginas Zeus, Hera, Atenea, Apolo, Ares y compañía se enfrentan en una guerra sin cuartel a unos enemigos en apariencia invencibles que, literalmente, se las hacen pasar canutas.

Al igual que ocurriese con su anterior obra, El espíritu del mago, Negrete apuesta por una novela coral con múltiples personajes cuyas acciones se van siguiendo de forma paralela y que dibujan un amplio panorama de lo que ocurre por toda la geografía del argumento. Sin embargo ahora los capítulos son mucho más cortos, con una media de 7 u 8 páginas, que propician un ritmo más frenético y fácil; lo que unido al didactismo de, unas veces, insinuar u, otras, explicar con detenimiento muchos de los motivos básicos de la mitología Griega, le proporcionen al libro un matiz juvenil que lo puede hacer especialmente disfrutable por adolescentes con interés por conocer el tema… o, incluso, al lector que quiera profundizar y descubrir una nueva cosmogonía. El autor no se contenta con utilizar el canon mítico, de por si bastante disperso, sino que juega con esos elementos para dar forma a una nueva versión, con ingredientes de otras mitologías y que atesora su propio sabor. Además acierta de pleno a la hora de componer la personalidad de sus protagonistas, respetándose la imagen que podamos tener de los dioses griegos y consumando unos retratos tan egoístas, hedonistas, egocéntricos, torpes, vulgares, inteligentes, sagaces, cobardes o prepotentes como deben ser.

Aunque existe un hilo cronológico que liga los diversos acontecimientos unos con otros, a veces, por necesidades del guión, se desarrollan hechos que no parece que puedan ocurrir en paralelo debido a la diferencia temporal que requieren, violentándose el fluir natural de la historia. Como un viaje a la Cólquide que debiera llevar mucho más tiempo y que contrasta con acciones abordadas por otros personajes intercaladas en medio y que dan la sensación de transcurrir a cámara lenta. Asimismo, a título personal, la épica que se construye queda por detrás de la conseguida en la mentada El espíritu del mago. De hecho las últimas cien páginas vuelven a situarnos una batalla descomunal a lo todos contra todos que me ha resultado menos interesante.

Detalles que no restan ni un ápice a lo dicho o al proverbial pulso narrativo que Negrete imprime a sus obras. Pulso que, sumado a lo anterior, convierte a Señores del Olimpo en un divertimento tan venial como inteligente que, ahora que se acerca la canícula, supone el reemplazo perfecto para los matarratos un tanto estúpidos que se suelen recomendar como lecturas de playa. ¿Por qué destrozar nuestras neuronas con obritas de medio pelo cuando podemos divertirnos con una narración mayestática como ésta?

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Mejor reír que dejarse las venas largas (III)

He estado corrigiendo un trabajo que he mandado sobre los biomas, una actividad que tiene que seguir una estructura muy cerrada para que los alumnos acudan a más de una fuente, contrasten la información, la seleccionen y preparen un informe. Que no se limite a un vulgar copio-pego. La mayoría están bastante bien. Pero hay un par que son la leche. La plana se la lleva el siguiente. Habla de la fauna de la taiga.

Los depredadores del piel-cojinete tienen gusto del lynx y los varios miembros de la familia del weasel son quizás los más característicos del bosque boreal apropiado. Los herbívoros mamíferos en los cuales alimentan incluyen la raqueta o las liebres que varían, la ardilla roja, los lemmings y los campañoles.

Los herbívoros grandes se asocian más de cerca a las etapas del successional donde hay más nutritivo hojea disponible en incluyen alces o el wapiti. El castor, en el que el comercio norteamericano temprano de la piel fue basado, es también una criatura de las comunidades tempranas del successional, sus presas a lo largo de corrientes crea de hecho tales habitat.

No es que lo hayan dejado así, tal cual, impreso en un papel. ¡Está copiado de puño y letra!

El consuelo que me queda es que al menos han buscado la información en inglés y la han traducido.

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El dilema de la lectura y las nuevas generaciones (y V): Los escritores y los jóvenes

Para evitar que me ocurra como con una serie inconclusa desde hace más de cuatro meses (la de la literatura fantástica española y la especulación; el final, previsiblemente, para finales de junio), cierro ésta después de haber expuesto las dos ideas que tenía que aportar: la relación que veo con la evaluación PISA y la, llamémosle, singularidad cultural en la que vivimos. Y lo hago con una experiencia en la que he participado la semana pasada y que me hizo recapacitar sobre la importancia que tienen los propios autores en el asunto.

No se trata sólo que escriban sus obras y las promocionen entre sus lectores en las diversas ferias del libro, simposios, jornadas, presentaciones varias,… a los que los inviten. Alguna vez hay que ponerse el mono de trabajo y acercarse a los centros escolares, a hablarles a los chavales y enseñarles a vivir, un poco, la Literatura. Una tarea en la que los escritores juveniles están curtidos, pateándose múltiples centros llevados por las editoriales durante sus viajes promocionales, pero a la que se pueden prestar otro tipo de autores como hace de cuando en cuando una estrella como Pérez Reverte. Estas visitas tienen mucho de imagen para el propio autor o los centros escolares que se apuntan el tanto. Pero si se preparan convenientemente, funcionan.

La semana pasada, con la organización de la Sociedad Cántabra de Fantástica (SCF, tengo que presentarla un día de estos en el blog) y la editorial Santillana, hemos tenido a José Antonio Cotrina en varios centros de la región. Y la experiencia, por lo que pude ver en el centro donde trabajo, fue muy grata.

Los chavales no se habían leído La casa de la Colina Negra; no había tiempo material para ponerlo como lectura (el libro salió en febrero y los libros se eligen en Junio del año anterior). Pero el autor nos había facilitado varios de sus cuentos para leerlos en clase y trabajarlos. Y aunque algunos de ellos no son juveniles, tal y como se utiliza hoy en día este calificativo («La niña muerta» o «Destino: Soberbia»), gustaron.

Estuvimos una hora en el salón de usos múltiples del colegio (ambientado para un torneo de ajedrez que se celebra en breve), con los cien alumnos que tenemos en secundaria cosiendo a preguntas a Cotrina. Preguntas que iban de las tópicas «¿Cuándo te dio por empezar a escribir?» o «¿Has pensado en escribir historias que no sean de fantasía?«, a otras más propias de un día de diario por la tarde como «Si el personaje X hubiese sobrevivido, ¿habría mantenido una relación amorosa con el personaje Y?» o de un sesudo suplemento cultural escrito por alguien de doce años «¿Por qué metes en tus cuentos cosas que no son reales, como dos lunas en el cielo o a animales haciendo cosas que no son propias de ellos?»

Aunque no llegaron, ni por asomo, al nivel de ocurrencia del colegio de Cabezón de la Sal (supongo que el autor lo contará en su blog), en el que los chavales de 6º de Primaria le llevaron hasta la esquina con preguntas como «Si algún día te casas como escritora, ¿qué harías si te roba una idea?«, quedamos satisfechos. Casi tanto como el propio José Antonio o los chavales. Que sí, había adolescentes que se notaban un poco obligados, pero un profesor sabe cuándo no les interesa lo más mínimo y cuándo la mayoría siente interés por lo que se está contando. Después de todo se habló con pasión de cosas atractivas y ajenas a su experiencia cotidiana como de dónde surge el germen por escribir, cómo se puede empezar a publicar, de dónde surgen sus ideas, de las dificultades con las que se topan, del tiempo que lleva, de los sinsabores y las recompensas,… Y, sobre todo, de la importancia de perseguir los sueños.

¿Por hacer esto los chavales que no leen más que los libros de texto se van a poner delante de una narración en su tiempo libre? No. Pero es un adoquín más que contribuye a construir el camino hacia la lectura. Un camino al que aportan gran cantidad de circunstancias de las que se han hablado en las otras entradas, desde vertientes que en España no están coordinadas, y que, aun estando éstas presentes, no siempre culmina con éxito.

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El vino del estío

Hay cosas que con el pasar de los años y los frenéticos cambios que se producen a nuestro alrededor estamos perdiendo; usos, costumbres y ritos que formaron parte de nuestras vidas van introduciéndose en el baúl de los recuerdos abocados a desaparecer, tragados por ese futuro que ya está aquí y que no respeta nada. Un elemento en vías extinción son los veraneos en el campo, esos periodos que muchos niños urbanitas pasábamos alejados de las ciudades, dejados al cuidado de nuestros abuelos o tíos en un entorno antitético respecto al que vivíamos cotidianamente. Un lugar donde se descubría que el tiempo transcurría de otra forma, los paisajes tenían otros colores, texturas y olores, los sonidos perdían los timbres metálicos transformándose en una sinfonía orgánica, y la naturaleza llenaba hasta el más ínfimo resquicio.

Haciendo una analogía con el mundo de la literatura, hay otros libros que se están perdiendo. Historias sencillas, evocadoras, tristes, «inocentes», repletas de descubrimientos,… Historias construidas a base de pequeños pasajes que forman un todo más grande. Historias que simpatizan con tradiciones que, hayamos vivido o no, no se nos hacen extrañas y tocan un resorte escondido de nuestra imaginación. Historias como las que recoge este libro, un puente entre el mundo actual y un pasado que ya casi se ha perdido… y que conviene recuperar. Aunque sólo sea para darse a la nostalgia o descubrir sensaciones transmitidas con la clarividencia que sólo los consumados contadores de historias poseen.

Justo ahí se sitúa el corazón de El vino del estío. Un cúmulo de vivencias experimentadas por Ray Bradbury durante los cálidos veranos que pasaba en el Medio Oeste de EE.UU., adornadas con los colores que surgen de la imaginación de la infancia y el sutil hecho fantástico del que está acostumbrado a deformar ligeramente la realidad; aunque en esta ocasión ésta traslocación es tan leve que resulta casi inexistente.

Todo gira alrededor del vino del estío, un licor destilado a lo largo de todo un verano a partir de los dientes de león y que almacena la esencia del día en que se produjo. Convenientemente etiquetado y almacenado, sirve para traer a la memoria esos instantes que se han ido perdiendo entre los recovecos de la memoria. De su mano surge el libro, las correrías de Douglas Spaulding por un pueblo del estado de Illinois durante el verano de 1928, construidas a imagen y semejanza del propio vino de diente de león: un cúmulo de pasajes que nos llevan por los descubrimientos que realiza, los personajes que conoce, las revelaciones a las que llega,… mientras vive y disfruta de su particular dolce fare niente.

La asunción de lo que significa estar realmente vivo, el paso del tiempo, la muerte, la búsqueda de la felicidad, la pérdida de seres queridos, la soledad asociada a ello,… son explorados desde la perspectiva típica de Bradbury, intensa, naturalista, nostálgica,… Ahí están la importancia de nuestros mayores como receptáculo de un pasado que parece destinado a perderse, un omnipresente tono antitecnológico en el que anida un oculto miedo al progreso y al uso del que puede hacer de él la humanidad, la fascinación por todo aquello que despierta la imaginación, una melancolía muy eficaz que lo impregna (casi) todo, ensoñaciones ligeras pero potentes… Y la mirada inocente e ingenua que sólo se tiene en la niñez.

Quizás la traducción se haya quedado un tanto vetusta. Normal si estamos ante una edición realizada en Argentina hace más de cuatro décadas, con algunos giros y modismos poco neutros. Pero de ninguna forma impide que El vino del estío sea uno de esos libros fundamentales para descubrir ese pedazo de nuestra infancia que casi hemos perdido. Porque, independientemente del lugar de donde seamos, hay aspectos de nuestras vidas que no dependen ni de la cultura donde nos hayamos criado ni de cómo fuese nuestro entorno. Un árbol, un campo verde (o dorado), un par de amigos, la edad justa y la ausencia de responsabilidades conducen a lo que Bradbury atrapa en este libro. El hecho de estar vivo y tener todo un mundo que descubrir.

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El dilema de la lectura y las nuevas generaciones (IV): Otras visiones

Como es conveniente conocer otros puntos de vista, enlazo unos artículos bastante optimistas (yo incluso diría triunfalistas) que publicó El Mundo en su edición impresa el pasado domingo con motivo de la celebración del día del libro. El primero, el más extenso, habla sobre las estadísticas que todos los años publica el gremio de editores y que no me merecen mucho respeto. Son burdas (p.e. meten en el mismo sector a adolescentes de 14 años y a adultos de veintipocos, supuestamente más maduros), se basan casi al ciento por ciento en la parte comercial del negocio (que, no lo olvidemos, es lo que hoy ocupa y preocupa al gremio de editores), son un tanto increíbles,… Al menos son mejores que las que había hace veinte años.

Y después dos artículos que abundan en el camino apuntado en la primera entrada, reivindicando el placer de la lectura como fuente principal para introducir en el mundo de los libros a los jóvenes. El segundo es una columna de opinión que con formas la mar de correctas termina siendo un tanto provocadora.

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El dilema de la lectura y las nuevas generaciones (III): ¿Singularidad narrativa?

Acabo de terminar La conjura contra América, el libro de Philip Roth que plantea una historia alternativa en la que en 1941 Charles A. Lindbergh se presenta a las elecciones presidenciales de EE.UU. y derrota a Franklin D. Roosevelt. Una novela que, a pesar de un último tercio que se traiciona a sí misma, me ha parecido una de las mejores que he leído del año 2005, con una voz narrativa que fascina por su devoción por los pequeños detalles. Al comienzo su joven protagonista, el propio Roth, relata su afición (y la de su hermano, y la de sus amigos) a la filatelia. Una pasión que le lleva no ya a buscarlos, comprarlos con sus exiguas pagas o pasarse horas delante de su colección, sino a fantasear con lo que sería rebuscar entre las buhardillas de las viejas casas de un vecindario, descubriendo sellos con erratas, incunables,…

Y mientras leía la descripción de ese ensutiasmo por la filatelia, no dejaba de preguntarme si hoy en día existen niños o adolescentes que la mantengan. Servidor no conoce ninguno. De hecho cuando me imagino a un fanático de la filatelia o de la numismática no pienso en un niño pidiéndole a su abuela alguna carta recibida recientemente para arrancarle los sellos sino en el talludito de y tantos años que se permite el lujo de gastarse una pequeña cantidad de su sueldo en ese sello raro que ha visto en una tienda especializada.

¿Qué ha ocupado el lugar de los sellos hoy en día? El primer sustituto que se me ocurre, a un nivel tan popular en España como el que Roth describe en La conjura contra América, pueden ser nuestros nostálgicos cromos, pero de un tiempo a esta parte, aunque todavía hay afición, la cosa parece de capa caída. Y el segundo, el más reciente y que, creo, podría desempeñar un papel similar aunque ni mucho menos tan extendido, son las llamadas tradding cards, bastante populares en EE.UU. y que aquí tienen su público. Juegos de cartas tipo Magic, las de superhéroes, series de dibujos animados japonesas, cromos deportivos,…

Sé que la narrativa literaria es otra cosa que apenas se parece a coleccionar sellos, cromos o tradding cards,… Pero a efectos de lo que está ocurriendo entre ella y las nuevas generaciones tampoco resulta tan diferente. Teniendo en cuenta que el origen y su motivación principal (EMHO, claro) está en contar historias y disfrutar con ellas, pienso en toda una serie de formas que han desaparecido en pro de otras que las han reemplazado: la tradición oral prácticamente se ha extinguido, la poesía hace siglos que perdió su carácter narrativo, ya no se publican fotonovelas, los seriales radiofónicos desaparecieron hace un par de décadas,…

Si la narrativa literaria ha satisfecho en los últimos siglos ese afán por las historias morales, evasivas, estimulantes, históricas,… ahora mismo hay diversos «enemigos» (así se considera en este tipo de interpretaciones) en el medio que desempeñan ese mismo papel y además cuentan con serias ventajas en esta sociedad fuertemente orientada hacia lo adiovisual y las nuevas tecnologías. Los más evidentes, sin duda, son cine y televisión, que ofrecen fragmentos condensados de esas historias y que son de acceso masivo; independientemente de su complejidad, ni requieren de demasiado tiempo para ser disfrutados, ni, salvo casos excepcionales que muchas veces no se distribuyen, de demasiado esfuerzo. Sin considerar que son medios mucho más baratos.

Y aquí entran en escena los temidos videojuegos. Cierto que hay muchos que de contar historias no tienen nada: los deportivos, los de peleas, los de conducción, muchos estratégicos,… Sin embargo hay videoaventuras, aventuras gráficas, de rol,… que satisfacen esa misma pasión que a los yonquis de la narrativa nos apasiona, con una usabilidad afilada al máximo (en algunos casos como si fuesen filamentos monomoleculares) orientada a tenernos enganchados durante horas. Historias en las que hay una trama más o menos buena, personajes mejor o peor caracterizados, con más o menos relieve, una serie de gestas y enigmas bien dosificados por el argumento,… Y como colofón dos elementos esenciales: un aparente control total, con un “lector” que no sólo es el protagonista sino el que, además, hace que las cosas sucedan; y su carácter de paja definitiva, al reproducir de pe a pa el esquema del emperador de todas las cosas. En un mundo podrido y sin ética eres el todopoderoso salvador que cambia el mundo, se lleva a la chica, mata a todos los malos y cuenta con el apoyo de esos amigotes fieles y honorables que además de ser complementos perfectos, cuentan buenos chistes, te tienen en alta estima y te llevan de parranda toda la noche… Nadie indica que lo que se hace está mal, cuando se comete un error se puede volver a cargar la partida un poco antes,…

Si eres joven, sientes la llamada de la narrativa (algo que no se ha perdido) y te ponen en tus manos la posibilidad de desarrollar tu historia mientras obtienes este placer durante horas y horas, se entiende el éxito que está teniendo al reemplazar a la literatura o al mundo del tebeo como medio de matar el rato. Un placer que no es, ni mucho menos, tan peligroso o vacuo como se propugna desde determinados medios pero que, tristemente, carece de la potencialidad para el desarrollo personal que ofrece cierto tipo de literatura.

Es de Perogrullo pensar que en igualdad de condiciones no hay competencia posible y me temo que por aquí la batalla está bastante perdida, a no ser que a parte de ofrecer buenos ratos esa literatura tenga un componente adicional que los videojuegos no ofrezcan. Temas que les interesen porque se enclavan en su entorno cotidiano (ése que los videojuegos no tratan), que sitúen personajes con los que se puedan identificar en otros periodos históricos o en mundos mágicos que les permitan soñar,… Coño, la literatura juvenil de hoy en día que no es tan tan diferente a la que había hace setenta años.

Pensando en el futuro… creo que seguirá habiendo gente que lee libros, como hay gente que se apasiona con la filatelia y la numismática. El gusto por la narrativa escrita está ahí y a pesar de que el número de adolescentes que leen sigue siendo anormalmente bajo, muchos de ellos terminan leyendo varios libros al año. Ya sea porque el 50% son mujeres y tienen más interés por la lectura, porque quieren recuperar las sensaciones de cuando eran niños y leían, porque sienten curiosidad por lo que leen sus amigos lectores, porque se los regalan,…

Pero la posibilidad de crear y estimular una cultura lectora entre la juventud quedó atrás hace un par de décadas. Ahora mismo los vientos del progreso apuntan en otras direcciones. Y por mucho que Sísifo se ponga delante de la bola para hacer que caiga más despacio, se detenga y revierta su curso… todos sabemos que eso no va ocurrir.

Nota 1: Alguien mencionaba en la primera entrada que era mejor leer El código Da Vinci que no leer nada. Cierto. Pero creo que es más productivo perder el tiempo divirtiéndote con diversos juegos que leer ese libro. O, hablando de mi caso y yendo hasta otro extremo, cuando pienso en una historia divertida, con buenos diálogos, situaciones escacharrantes, una hábil distorsión de nuestra sociedad,… no pienso en los populares Tom Sharpe o en Terry Pratchett. Lo primero que me viene a la cabeza es el grupo de programadores de Ron Gilbert y los dos primeros Monkey Island o los que hicieron El día del tentáculo. Historias que además de ser, al menos, tan inteligentes consiguieron arrancarme muchas más carcajadas.

Nota 2: Volviendo al fragmento de la filatelia y cambio sellos por cómics sale un acongojante reflejo del momento por el que atraviesa el arte secuencial, que salvo en el caso del manga y cuatro cosas sueltas ha perdido su condición popular como mecanismo iniciador de lecturas y se ha convertido en una forma más de sacarle los cuartos al veinte o treintaañero de turno.

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