Madrid Julio 2005: Capturas (y 3)

Con retraso cierro esta trilogía de entradas con su última entrega, más ombliguera que las anteriores, que juega un papel simbólico como testimonio de lo que ocurre cada vez que un friki de provincias se da un garbeo por una ciudad donde el vicio y la subcultura son más asequibles: las necesarias adquisiciones de libros, cómics, camisetas, figuritas, discos, dividís,….

En comparación con visitas previas, aunque retorné cargadillo, no se puede decir que haya tirado la casa por la ventana. Me he dado cuenta que con el tiempo he ido consiguiendo aquellos libros que realmente me interesaban y el resto, que son la inmensa mayoría, no me atraen lo suficiente ni cuando los encuentro a precios que pueden rondar los 5 o 6 €. Novas blancos, MR de diversa índole, Brugueras, Nebulaes 2ª época,… tengo todos los que pensaba leer (salvo los que figuran en el panel de la derecha de sus pantallas) y el resto no me atraen. Aunque, como plan futuro, no me importaría nada hacerme con las 40 selecciones de ciencia ficción de Bruguera (tengo aproximadamente la mitad) y las antologías de Caralt. Contienen relatos que, es casi seguro, jamás volverán a ser editados en castellano.

Pero vamos con el listado. Fundamentalmente compré cómics, y no muchos, que hay que controlar los gastos. Todos en Mundo Fantasía, tienda donde (creo) todos son de segunda mano y su precio es menor que en las librerías normales. Eso facilita que, por ejemplo, me sacase por 42 € lo que me podría haber costado más de 80 €. En un estado que va de lo perfecto a lo asumbile (un precio mal arrancado de la parte de atrás, alguna marca en las tapas,…; nada serio). Títulos:

  • Los tres primeros álbumes del Peter Pan, de Loisel
  • La flauta de los pitufos, de Peyo
  • Las falanges del orden negro, de Christin y Bilal
  • El primer álbum de Sambre, de Balac e Yslaire
  • El primer álbum de Aromm, de Zetner y Pellejero

La abundancia de primeros álbumes tienen su explicación. De Peter Pan y Aromm eran los únicos que había, mientras que de Sambre no me apetecía gastarme 35 euros en la colección completa. Aunque me han hablado maravillas de ella, todavía no he ganado los puntos suficientes para hacerme con la Visa Oro. Esperaré a ver cuáles son mis sensaciones. Si son buenas, siempre se puede hacer una escapadita a Madrid para, entre otras cosas, darse una vuelta por la calle Fuentes.

Libros de segunda mano apenas compré. Todo se redujo a la antología seleccionada por Joe Haldeman, Humor cósmico, recomendación de Iván Fernández, y un recopilatorio de los tres libros más señalados de Dino Buzzati: El secreto del bosque viejo (que estaba en una de las listas de fundamentales que hicimos en cYbErDaRk.NeT), El desierto de los tártaros y Los siete mensajeros.

De paso Iván me entregó Ciudadano del espacio de Sheckley y Nuevamente Sturgeon comprados hace meses en Argentina (el primero está bastante cascado), y unos cuantos de regalo que tenía repetidos. Entre ellos, y le estoy doblemente agradecido por ello, un Wells que no había leído y por el que sentía bastante curiosidad Los primeros hombres en la luna (si no me equivoco, la última edición disponible es de hace unos treinta años). Mientras, a Javier Vidiella le saqué un Los mundos de Jack Vance que (glubs) se me olvidó pagarle (anotado está).

Y en la tienda naranja, entregados en mano (es la excusa que hay que utilizar para sacar a David de su madriguera), el ya comentado La verdadera guerra de los mundos, un par de Le Guin (Planos paralelos y En el lugar del comienzo) y el bestseller La clave del laberinto. En cYbErDaRk.NeT sisko lo puso bastante mal, pero es verano, lo han sacado en bolsillo y siempre es bueno meterse uno de estos entre pecho y espalda para «rejalarse» debajo de la sombrilla.

Releyendo todo esto, menos mal que me facilitan cama por el morro donde dormir (gracias eternas, Iván), porque si no el quebranto económico de estas excursiones a la gran ciudad sería de poner los dientes a crujir.

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La verdadera guerra de los mundos

Es una pena que ciertos libros como La verdadera guerra de los mundos no estén despertando la expectación que debieran por razones tan peregrinas y asentadas como su desconocido autor (acentuado por el hecho de que es portugués) o lo disuasorio de su precio. Por mucho que los 17,95 € que tiene marcados como precio estén justificados, a pesar del gancho que supone su publicación coincidiendo con el estreno de la película de Spielberg, para muchos compradores se hace cuesta arriba pagar dicha cantidad por un libro oportunista, que tiene un número de páginas ajeno a los cánones actuales (200; el consumidor siempre busca la mejor relación número de páginas/precio) y un tamaño de letra generoso (no hay más que comparar, por ejemplo, con Sherlock Holmes y las huellas del poeta, libro que en palabras ocupa el doble de extensión, ha sido encajonado en 100 más y apenas cuesta un euro adicional). Y aunque sea una información no aportada por la editorial (es comprensible), no es una novela, sino la suma de tres novelas cortas.

Pero digo bien, es una pena. El derroche de imaginación, agudeza, devoción, ingenio y sagacidad que cultiva João Barreiros merece mejor suerte. Déjenme explicarles por qué.

Las dos primeras novelas cortas, «No nos complace» y «La verdadera invasión marciana», forman una construcción circular coherente que, a parte de suponer un homenaje a H. G. Wells, goza de características propias que la hacen destacable. Aunque el comienzo de «No nos complace» sea poco sorprendente. Juega a ser una continuación de La guerra de los mundos, situando a su autor, Julio Verne, Edgar Rice Burroughs, y dos creaciones literarias suyas, el Doctor Moreau y John Carter, como parte de una expedición de castigo al planeta rojo contra el vencido invasor marciano en la primera década del siglo XX. Pertrechados con una tecnología que mezcla la de la época con la recuperada a partir de los vehículos marcianos, de forma inesperada se encuentran perdidos en la superficie del planeta sin muchas posibilidades de supervivencia… hasta que se topan con una construcción inmensa en la que, a medida que van profundizando, descubrirán la verdad que hay detrás de todo el azar que les rodea.

¿En qué momento este ejercicio de revisión, ya visto otras veces, gana entidad? En mi humilde opinión, la sabia baza de Barreiros radica en el inmenso poder acumulativo que le imprime al conjunto. Como continuación de la obra de Wells y, por extensión, de los romances científicos de finales del XIX, además de coherente supone un guiño tejido con ingenio. Es accesible para el lector novato, que jamás se podrá sentir rebasado, pero también dispone de esa textura genuina que los lectores más curtidos sabrán apreciar. Actualiza las maneras del clásico, le dota de mecanismos literarios ajenos a él (la narración se desarrolla en un tiempo presente que mantiene el suspense y allana la inmersión tanto en la historia como en la resolución del misterio) y baña sus ingredientes con una perspectiva actualizada, imbricando ironía, crítica y análisis en una síntesis compacta que presenta lo mejor que la ciencia ficción ha deparado durante el último siglo y lo que hoy en día depararía si no se hubiese perdido un poco el norte. Buenos personajes, varios enigmas que resolver, dosis adecuadas de especulación, una imaginación afinada, una razonable exposición de la naturaleza humana, un desenlace armonioso,… Incluso algo de acción. Una serie de circunstancias que lo hermanan con las otras dos piezas.

«La verdadera invasión marciana” parte de la respuesta ofrecida en el desenlace de «No nos complace» (un título que resume con genialidad la respuesta que acaba encontrando el grupo de Wells en Marte) para cerrar la circunferencia y acercarnos a cómo se tejió el enrevesado entramado que llevó a los marcianos hasta nuestro planeta. Una invasión preparada a lo largo de millones de años, en un lúcido y abracadabrante plan repleto del más esencial afán de venganza que no tiene su origen en lo evidente. Como en la mayoría de los procesos históricos, detrás de lo superficial reside un complejo armazón de circunstancias cuyo desencadenante en un hecho a priori venial.

De nuevo nos encontramos ante una ironía aguda, un profundo pesimismo en lo que se refiere al progreso humano, un total desprecio por lo políticamente correcto y un extenso conocimiento tanto de la tradición de la ciencia ficción como de sus mecanismos a la hora de analizar la realidad. Un análisis en el que la reivindicación de la imaginación se convierte en herramienta paradigmática ya que es su represión la que acaba originando el problema, fruto de una utilización completamente “racional” no sólo de la ciencia y la tecnología (¿cuántas veces han oído la cantinela el sueño de la razón engendra monstruos) sino también de las correcciones sociales y la coacción en pro de un bien común, que engullen aquéllo que nos define como humanos.

Junto a ambos se ha publicado “Disney en el cielo entre los dumbos”, que argumentalmente no tiene nada que ver pero que participa del mismo corpus conceptual. Los dumbos son unos alienígenas varados en el sistema solar después la destrucción de la nave con la que vagabundeaban por la Galaxia. Desafortundamente para el género humano estos seres se nutren de los recuerdos de otras especies y acaban amenazando a toda la humanidad, convertida en un depósito de “pasado” dispuesto a ser devorado por unos insaciables fagocitadores de sensaciones que abocan a cada individuo a su completa aniquilación.

Al relato se le puede aplicar todo lo comentado anteriormente, de ahí lo ideal de su inclusión en la colección, y alguna cualidad más. Los pasajes durante los cuales el lastimoso humano que sufre la parasitación va perdiendo sus recuerdos de vivencias, olores, colores, sabores, sentimientos, tristezas,… se transmiten con una notable viveza, sensibilidad y variedad de recursos. Además, en estos tiempos en los que se busca la completa accesibilidad del usuario hacia cualquier producto, Barreiros nos aleja desde su inicio de cualquier referente conocido y nos incomoda sumergiéndonos de lleno en otra realidad. Otro mundo que hay que descubrir a través de otros ojos y que en parte acaba teniendo sentido, y en otra parte, no. Como suele ser cuando analizamos una cultura diferente y seguimos a alguien que está perdiendo aquéllo que le permite describir lo que está ocurriendo.

Por último, me agrada una idea que he creído detectar durante su lectura (no sé si erróneamente) y que ya ha sido expuesta en otros contextos por determinados autores, como (lo sé, soy un geek) Neal Stephenson. Resulta que Walt Disney es adorado por los dumbos como si fuese una especie de dios. ¿Por qué estos monstruos que representan el fin de aquello que da un sentido a nuestra existencia (la memoria) acaba siendo idolatrado de esta forma? No puedo quitarme de la cabeza la idea de que su trivialización de los cuentos infantiles, a los que acabó desbrozando de sus componentes primordiales, sacrosanta referencia de una parte de los contenidos que el mercado destina a los niños y preadolescentes, ha contribuido al condicionamiento (¿o debería decir castrando?) de la imaginación de generaciones que se entregan como corderos a lo fácil, directo, inocuo,… sin preocuparse por qué puede haber detrás. Una colonización en toda regla que ha eliminado del imaginario colectivo extensísimas regiones repletas de historias más profundas y complejas, reducidas a la mínima expresión por la temible máquina de la usabilidad. Larga vida a la simplificación, la uniformidad y la repetición de esquemas.

Nota final: Olvídense de lo del precio. Acabo de llegar a casa después de ver La Isla. Día del espectador. Dos entradas, 7,60 €. Menú gigante, 5 €. Gasolina gastada con los desplazamientos 1 € y pico. Voy un día normal y me sale por lo mismo. Un libro como éste se disfruta durante más tiempo y perdura. Proporcionalmente sale más barato.

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La guerra de los mundos (divagando)

Leí La guerra de los mundos cuando tenía 12 años. En el colegio en el que estudié la E.G.B. (Salesianos de Santander), en sexto o séptimo se hacía una biblioteca comunitaria a la que los alumnos aportábamos varios libros, se arrejuntaban en un lugar creado ex profeso y se podía acudir un día de la semana para poder dejar el que tenías y llevarte uno nuevo. A final de curso todos recuperábamos nuestros libros (un poco demacrados).

No recuerdo muy bien cuáles leí (sí cuáles aporté; El prisionero de Zenda, La isla del tesoro, un par de Lobo Solitario y El gran sol de Mercurio). Sé que devoré Ben Hur, bastantes títulos de las diferentes colecciones de elige tu propia aventura (entonces en la cresta de la ola) y algún clásico de aventuras de Rider Haggard, Dumas y Doyle (guardo un glorioso recuerdo de El mundo perdido). Pero sin duda, si un libro me marcó entonces como pocas cosas han hecho en mi vida como lector fue éste.

No recuerdo con nitidez los hechos concretos que narraba, sólo flashes puntuales como el cilindro que cae del cielo en forma de estrella fugaz, esos marcianos de piel olivácea que producen pánico y repulsión entre los cariacontecidos espectadores, la emisión de los rayos calóricos que convierten en teas a todos los que alcanzan, la impotencia de los seres humanos ante los colosales trípodes, el dramático éxodo de Londres,… Desarrollado, como era habitual en Wells, por una excelsa prosa en primera persona (je,je. De esto me he dado cuenta posteriormente) que consumaba un nexo perfecto entre realismo y fantástico. Un fantástico que jugaba un papel de fábula social que merece la pena rescatar (a ver si Valdemar se decide a seguir publicando su obra completa en la colección Avatares, que quedan muy chulas en las estanterías de casa).

Quedé deslumbrado y cariacontecido ante una narración que lejos de asentar un mensaje positivo o concatenar una serie de pequeños triunfos de su personaje principal, me ofrecía una historia de esas más grandes que la vida donde el protagonista pocas veces salía del fango por el que se veía obligado a arrastrarse en su continua lucha por la supervivencia (¡Ah! Ese agujero desde el sótano en pos de las alcantarillas de una población cercana), enfrentado a un peligro inabordable.

Como curiosidad he de confesar que con la reciente película de Spielberg me emocioné en varios momentos porque me encontré contemplando un film que, sin esperarlo, era una fiel traslación de lo que recordaba. No puedo negar que toda la parafernalia paterno filial mi familia y yo, un redescubrimiento, termina siendo tan empalagosa como cargante para todos los que formamos el batallón anti happy-end porque yo lo digo. Sin embargo además de que hasta casi el final está muy bien llevada, ofrece una perspectiva del cine palomitero que, sin dejar de serlo, recupera como mandan los buenos cánones un clásico mayúsculo y lo actualiza con buena mano. Sobre todo en tres aspectos.

Primero, el alzamiento de los trípodes y la huida de la ciudad. La estupefacción, el caos, el desconcierto, la impotencia, el terror, la inmersión,… están conseguidas hasta un nivel que aquéllos que todavía no han perdido la capacidad de impresionarse se sienten trasladados al maremagnum que viven los ciudadanos de a pie que los están experimentando. Ante una inteligencia con medios superiores, cuando en su mano está el destruirnos del todo, no hay manera de escapar; la fragilidad humana en su máxima expresión. Una representación fiel del original donde los medios están totalmente supeditados a la historia, algo que no es muy frecuente hoy en día.

Segundo, durante la acojonante escena del coche. Ésa en la que Cruise y sus hijos se aproximan a no se qué río para franquearlo en un trasbordador y proseguir su camino hacia Boston. Y cuando están a unos kilómetros del lugar, conduciendo entre una marea de gente desesperada que envidian su vehículo, se desata el caos. Zarandeos, rotura de cristales,… (lo que ocurre al final con el coche es sobrecogedor) Un linchamiento colectivo relatado con una crudeza inesperada y que situado en el “mejor” país del mundo, donde la frontera que separa a la civilización del salvajismo es tan tenue como en el resto del globo, tiene una trascendencia especial (¿por venir de donde viene en los tiempos actuales?).

Y tercero, la escena del sótano, repleta de tensión y suspense. No recuerdo si, aparte como atalaya desde la que contemplar a los trípodes pululando por los alrededores, había algo así en el original. Pero la atmósfera que se crea, concatenada con la desesperanza anterior, me hizo acordarme de Los Genocidas. No había caído hasta qué punto la obra y las obsesiones de Disch podían llegar a estar unidas a alguien tan clásico como Wells del que es difícil encontrar rastros en la ciencia ficción de las últimas décadas.

Sin olvidar que la película es completamente coherente consigo misma y no se preocupa en dar respuesta a alguna de las preguntas que se plantean como por qué los marcianos vaporizan al principio y después se dedican a recolectarnos; para qué nos chupan los jugos internos; qué es toda esa vegetación que empieza a cubrir todo;… Al elegir, como en el original, el punto de vista del hombre de la calle, sin mucha querencia por el conocimiento, nos introduce en un sarao “nuevo” que es ajeno a las películas y narraciones de invasiones extraterrestres a las que estamos acostumbrados.

¿A qué viene todo esto? No lo tengo muy claro ya que, en el fondo, lo que pretendía era invitarles a visitar el siguiente enlace, donde figuran ilustraciones de diversas ediciones de La guerra de los mundos publicadas a lo largo de sus más de cien años de carrera editorial (donde se incluyen algunas de las que se encuentran en la edición de la genial colección Tus Libros de Anaya, la que leí hace ya casi veinte años). Aunque les falta resolución, son un documento histórico que a todos los que sientan algo por Wells y esta obra en particular les complacerá.

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Cuasar lanza una colección de libros

La revista argentina Cuasar, la más longeva entre las que se publican en nuestro idioma en lo que a literatura fantástica se refiere, se ha animado a lanzar una colección de narrativa. Y el elegido para abrir el fuego es un autor que ya inauguró otras dos colecciones (Gigamesh y Albemuth Internacional): Greg Egan (del que Nova publicará próximamente su colección de cuentos Axiomático). El título del libro es Oceánico y contiene tres novelas cortas:

  • “Oceánico”, ganadora de los premios Hugo, Locus y Asimov’s Science Fiction, entre otros.
  • “Oráculo”, premio Asimov’s Science Fiction y finalista del Hugo y el Locus.
  • “Singleton”, finalista de los premios Locus, Sturgeon y British SF.

Luis Pestarini comenta lo siguiente en la presentación del libro:

Si además de entretenida y de lectura compulsiva, la ciencia ficción también es literatura de ideas, si son tan importantes los planteos conceptuales o la especulación como los atributos literarios, hay un escritor que en la última década y media se ha situado varios cuerpos por delante de sus colegas. Es el australiano Greg[ory Mark] Egan, un matemático y programador nacido en Perth en 1961 que comenzó a publicar de manera vacilante en la primera mitad de los ‘80 y que comenzó a brillar una década más tarde. Es asombroso el dominio que manifiesta Egan de las disciplinas más variadas: en sus relatos somos bombardeados por ideas a cada página, de áreas del conocimiento tan disímiles como la matemática, la sociología, la computación, la física o la biología. Valen como ejemplo los primeros párrafos de “Yeyuka”: el protagonista descansa en una playa mientras cavila sobre un dispositivo tienen en un dedo como un anillo, que está conectado mediante capilares con su corriente sanguínea. Este dispositivo filtra la sangre, detectando virus, células cancerígenas y otros posibles problemas para la salud. Gracias a él la expectativa de vida se ha extendido quince años. Pero el relato no se centra en esta pequeña maravilla sino en sus efectos: la brecha entre ricos y pobres se hizo más amplia, las compañías dedicadas a la tecnología médica tienen poder sobre la vida de cientos de millones de personas de los países pobres y lo ejercen. En otra de sus historias, “Aprendiendo a ser yo”, la trama gira en torno a los dilemas que genera otro dispositivo: en este caso se trata de la joya, un chip que es instalado junto al cerebro de todos los hombres al nacer y almacena sus vivencias, emociones y pensamientos, como un auténtico back up neuronal. El conflicto del relato se desata cuando el protagonista se enfrenta con una decisión: al comenzar la degradación natural del cerebro la costumbre es reemplazarlo por el dispositivo. En un planteo digno de un Philip K. Dick hiperracional, el protagonista se pregunta si seguirá siendo el mismo o se convertirá en una mera representación artificial.

Doy fe de que es todo esto… y mucho más. Sólo hay que leer una de sus tres primeras novelas traducidas a nuestro idioma (Ciudad permutación, Cuarentena y El instante Aleph). Aunque para disfrutarlo hay que tener la mente preparada para todo el arsenal de especulaciones cinetífico tecnológicas de altos vuelos que convierten cada una de sus obras en un reto considerable en estos adocenados tiempos en los que Robert J. Sawyer es considerado como paradigma de la mejor ciencia ficción hard.

A ver si David se pone de acuerdo con Pestarini y la tienda naranja trae el libro (y Cuásar). En Argentina se está (re)activando la publicación de literatura fantástica (en castellano y anglosajona) y en España resulta bastante complicado hacerse con ella. De ahí la necesidad de tener un intermediario que facilite la misión jugando el papel de importador. Ya hay algunos (Gigamesh, Miraguano), pero si cYbErDaRk se está convirtiendo en la tienda de referencia para asuntos del fantástico en la red debe seguir sumando razones que le permitan aumentar mercado; especialmente entre la gente de las grandes ciudades. Entre el público de provincias, una vez que se ha experimentado el servicio, nos tiene ganados. Pero en Madrid o Barcelona hay tiendas donde comprar todos los libros de los que dispone. Es ahí donde se necesita un plus que decida a la gente a apostar por realizar un pedido. De paso el resto salimos beneficiados.

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Cosas que aprendes de los videojuegos

La semana pasada escribí una entrada sobre Pirates, uno de los geniales programas de Sid Meier. Fonz (no os perdáis su último comentario sobre la última novela de William Gibson), otro nostálgico de los videojuegos de las últimas dos décadas, escribió una extensa respuesta y en ella incluyó un enlace que nadie debería perderse (bueno, nadie que sepa inglés y haya echado sus partidas con un ordenador o una consola. El resto tendrán que contentarse con no entender casi nada) hacia una camiseta que me encantaría me regalasen por reyes. Recoge una parte de lo que he aprendido de esos videojuegos que siempre me han dicho que eran completamente inútiles y absurdos.

La lista de lo que te enseñan es la siguiente:

01.- There is no problem that cannot be overcome by force.
02.- If it moves, DESTROY IT!
03.- Piloting any vehicle is simple and requires no training.
04.- One lone «good guy» can defeat an infinte number of «bad guys.»
05.- Make sure you eat all food lying on the ground.
06.- You can break things and get away with it.
07.- You can push other vehicles off the road and get away with it.
08.- If someone dies, they disappear.
09.- If you get mad enough, you can fight even better.
10.- You can overcome most adversaries simply by having enough quarters.
11.- You can operate all weapons without training.
12.- No matter how long you fight, you can always fight again.
13.- Death is reversible (only for you!)
14.- Ninjas are common and frequently fight in public.
15.- Whenever big fat mean guys are about to croak, they begin flashing red or yellow.
16.- You never run out of ammunition, just grenades.
17.- All women wear revealing clothes and have great bodies.
18.- Shoot everything. If it blows up or dies, it was bad.
19.- Don’t worry if your vehicle crashes and explodes. A new vehicle will appear in its place.
20.- A thousand-to-one odds against you is NOT a problem

Genial la última. No hay mejor manera de resumir cómo las nuevas generaciones hemos aprendido que la esperanza es lo último que se pierde.

Se le podrían seguir añadiendo frases como que los movimientos de la gente sigue patrones predeterminados fáciles de aprender con la mera observación. Pero no me quedarían tan chulas.

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Seis meses…

… dando la barrila. Medio año rellenando un hueco en internet que bien podría estar dedicado a recoger las instrucciones para montar una bomba nuclear casera u hospedar unas cuantas fotos guarras, de esas que muestran a Darth Vader follando con el traje. 181 días dedicados al noble oficio de aburrir ovejas, sacando del baúl todo mi arsenal de confusos conocimientos sobre literatura fantástica, unos cuantos cómics, alguna que otra película y varias pajas mentales. El resultado final, el que se ha observado. Más de 120 entradas (joder, había prometido uno a la semana y me han salido dos cada tres días. Esto es una droga dura) de gustos, lecturas, visionados, con alguna que otra reflexión.

Espero continuar haciendo lo mismo al menos otros seis meses y conservar a aquellos internautas que se dejan caer por aquí a la búsqueda de un «buen sueño». Es cuestión de seguir afinando mis artes. Nos leemos.

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Gigamesh 40: Especial George R. R. Martin

Han tenido que pasar 14 años para que la revista Gigamesh reimprimiese, tras agotarse en la distribuidora, uno de sus números. El encargado de propiciar este hito ha sido el autor de moda, George R. R. Martin, relanzado en nuestro país por la editorial de la casa, al que se le ha dedicado un suculento especial que abarca la estimable extensión de 100 páginas. Una jugada maestra que ha permitido a muchos lectores ajenos a esta publicación acercarse a la mejor revista relacionada con la temática fantástica que se edita en nuestro país.

Desde luego para el seguidor de Martin tiene sobrado interés. Ofrece dos relatos inéditos, sendos artículos relacionados con la versión española de Canción de hielo y fuego, una conferencia del propio autor sobre su infancia en New Jersey y una excepcional entrevista realizada con Luis G. Prado. Y para el que no lo sea creo que también. Aparte de las habituales críticas de la casa, donde gente de sobrada valía como Santiago L. Moreno, Lorenzo Luengo, Alberto Cairo, Álex Vidal o Alberto García-Teresa dan la talla, ofrece un material interesante y completo.

Comenzando con los relatos, creo que son, con bastante seguridad, los mejores que había entre los no traducidos; quizás a excepción del incomprensiblemente inédito «Nightflyers», galardonado con un premio Locus que mucho me temo seguirá en el limbo hasta que la editorial se lance a publicar un libro sobre Martin similar a los integrales de Brown. Recemos a San Kutulu para que sea pronto.

«El hombre con forma de pera», premio Bram Stoker al mejor relato de terror del año 88, es una solvente muestra de la producción terrorífica de Martin situada en un entorno cotidiano. En él dos amigas que comparten piso llegan a un edificio en cuyo sótano habita El hombre con forma de pera, un débil mental maniático, estridente y repulsivo que se acabará convirtiendo en la obsesión de una de ellas. Destacan la verosímil estampa costumbrista a través de la cual se introduce tal deleznable personaje en la vida de la chica, la lenta y continua ofuscación que le produce y el desasosengante desenlace, en el que el autor utiliza un recurso que no le es para nada ajeno (y que alguien con galones debería analizar; su repetición en varios relatos escritos durante más de una década hace que el detector de petróleo se encienda). Aunque como muestra de terror contemporáneo no transmite las mismas sensaciones que su cruce con la novela negra «Cambiando de piel» o el mordaz y revulsivo «El tratamiento del mono». Le falta voluntad de subversión.

A su vez «Las canciones solitarias de Laren Dorr» es un cuento sobre el amor, la muerte, el engaño, el poder y el sufrimiento derivado de la soledad, que, de nuevo, sin estar teñido del pesimismo de otros suyos que abordan estos temas, está dotado un punto melancólico enriquecedor. Punto que hubiese explotado del todo si no fuese por la noñería que asocio siempre que Martin tira de este estilo narrativo (a dos aguas entre el cuento infantil clásico y la tradición oral), una sensación por lo que parece muy poco generalizada y que me impidió disfrutar, como sí hicieron otros, de su «El dragón de hielo», ganador del premio Ignotus al mejor relato extrangero del año pasado. A Martin le veo mejor con otros «tonos».

A mitad de camino entre el relato costumbrista y el ensayo sobre su vida se sitúa «El corazón de un niño pequeño», la transcripción de una conferencia pronunciada en la WorldCon 2003. Una sentido narración de su primera década de vida que tiene bastante de retrato generacional de los hijos de la post Segunda Guerra Mundial, ya que con matices describe bien lo que fue ser niño en aquella época. Repleta de referencias culturales que nos pillan un tanto lejanas, funciona como sucesión de anécdotas divertidas, tristes, nostálgicas,… relatadas con desenfado. Aunque es un tanto inconexa y, por momentos, no son más que un puñado de recuerdos puestos en la termomix sin ese coagulante que podría haberle dado mayor homogeneidad.

Redondeando el papel de Martin en el especial está la entrevista de Luis G. Prado, realizada en la EuroCon del 2002, una delicia por lo bien planteada e hilvanada que está, el conocimiento que demuestra su autor con sus preguntas, las reflexiones que se vierten sobre la obra de Martin, y su perspectiva sobre los temas recurrentes que aparecen en ella, sus diferentes etapas, su visión del mundo de la televisión,… Da gusto sumergirse en un material así, aunque también da un poco de pena que no se apueste más por crearlo. No abundan, ni mucho menos, las entrevistas sustanciosas con escritores de fantástico.

Y cerrando el círculo hay sendos artículos que me han parecido un pelín flojos. En el primero Cristina Macía, la traductora de Canción de hielo y fuego, revela con desparpajo cuál ha sido y es su relación con la obra de Martin y las dificultades propias de su trabajo, que ejemplifica con varias situaciones que realzan tanto la calidad del original como el de su propia labor. Pero le falta esa profundidad que uno se espera de una revista como Gigamesh, quedando como una exposición divulgativa divertida un tanto (demasiado) ligera. En el segundo Corominas, portadista de los libros de fantasía de la editorial, perfila en un suspiro la problemática de ilustrar la obra escrita cuando no hay demasiados detalles para hacerlo. Porque con esta serie Martin ha sublimado su capacidad evocativa y con descripciones muy contenidas (quién lo diría para una serie que se va a ir a mucho más de 6000 páginas) es capaz de construir un mundo y unos personajes suculentos repletos de matices. Acompañando a sus palabras hay un portafolios de 7 ilustraciones con su visión de varios personajes (en el que brilla esa leona que lo da todo por los suyos que es Cersei Lannister, abierta ante nosotros en todo su esplendor).

Ya tengo sobre la mesilla el reciente número 41, y sigo con el número 39 (especial Dick) a medio terminar. Me flagelo desde ya.

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Equívoco elogio de la fantasía

Acabo de leer en la lista de correo de gigamesh un mensaje de Álex Vidal comentando la aparición el pasado 21 de Julio de un artículo en El Periódico sobre el auge literario de la fantasía, que en las colecciones más importantes de fantástico se está merendando en términos absolutos tanto a la ciencia ficción como el terror. Es uno de esos artículos hecho a base de coger frases sueltas de (mini)entrevistas realizadas a diversos personajes con conocimiento del tema: Luis G. Prado (editor de Bibliópolis), Francisco García Lorenzana (editor de Minotauro), Javier Negrete (autor, entre otras, de La espada de fuego), Laura Gallego (autora del superéxito Memorias de Idhun), Alejo Cuervo (editor de Gigamesh),… y que cumple su función de asentar una idea (el tirón de la fantasía) mientras divulga una serie de libros entre el lector blanco, ése que desconoce por completo el tema salvo las tres referencias arquetípicas de rigor y que puede sentirse atraído por el tema en cuestión.

Ahora bien, una parte nada trivial de las frases extractadas son de las de quedarse con la boca abierta, entre cariacontecido y encabronado. Es imposible saber si realmente son opiniones tal cual, han sido tergiversadas por el periodista o extraídas de un contexto que les proporcionaba otro sentido. Pero preocupa, y mucho, que algunos de nuestros editores más destacados pueda pensar lo siguiente. Habla Daniel Fernández, editor de Edhasa (en negrita sus palabras textuales):

«la fantasía está cumpliendo el papel experimental que antes desempeñaban otros géneros«, y abriéndose a la historia (Tim Powers), la parodia (Terry Pratchett), la religión (Scott Bakker), la psicología junguiana (Robert Holdstock), el terror y el cómic (Gaiman) o hasta el género negro y el folletín (Sapkowsky y Martin), «diversifica sus referentes y aumenta sus lectores«

Resulta sintomático que la experimentación literaria que se cita esté relacionada únicamente con las temáticas de las novelas y no con el estilo literario utilizado para desarrollarlas o los personajes que en ellas se dan cita. Pero llama más la atención que los nombres citados sean las excepciones a lo que se puede encontrar en el mundo de la fantasía, unos autores que son seguidos por toda una legión de segundones y tercerones que experimentar, lo que se dice experimentar, experimentan el conjunto vacío. Por ejemplo hubiese sido interesante que el editor hubiese explicado qué aporta a la literatura la serie de Robert Carter que están publicando en su colección de fantasía y que, por lo que cuentan los que la han leído, es un ladrillo más en el kilométrico muro que conforma el nutrido palacio del Emperador de todas las Cosas.

Otra

«el fantástico habla hoy mejor del mundo que el naturalismo porque vivimos cruzadas que son terreno abonado para el fantasy medieval«

Si por fantástico se entiende las obras publicadas en los últimos tiempos de Jonathan Carroll, Mary Gentle, Elia Barceló, China Miéville, Ted Chiang, M. John Harrison, José Antonio Cotrina, Andreas Eschbach, Ursula K. Le Guin,… seguro. Pero tanto por el contexto como por la etiqueta fantasy medieval, da la impresión que esa visión del mundo es la de la situación política mundial que ve George W. Bush, de o estás conmigo o estás contra mi. Si algo abunda por aplastante mayoría en el fantasy medieval (salvo las excepciones de rigor) es un mundo de blancos y negros, buenos y malos, cielo e infierno. Hasta aquí O.K. Ahora bien. Lejos de hacer un análisis de dicha situación se sumerge en ella para ponerse de su lado sin introducir un término medio, ni zonas grises, ni puntos de vista, ni un intento de entender la cultura del otro, ni indagar en motivos históricos,… Y sí, hay excepciones. Pero, ¿se puede definir el todo a partir de una mínima parte?

Se podría seguir con alguna más, pero quiero centrarme en los conceptos más preocupantes que salen por boca de una persona de la que, sinceramente, no me esperaba que tuviese esta visión. Francisco García Lorenzana. Un editor que está trabajando por mantener un legado mientras introduce nuevas ideas en su sello editorial, y que aquí yerra estrepitosamente. Vamos allá

«el análisis político de la guerra fría que ofrecía la ciencia ficción en los 50 (invasiones, mutaciones, desastres nucleares), ahora que hay choques culturales y religiosos lo cumple mejor el fantasy«

¿Mande? ¿Cuál fantasy? ¿El que publica Minotauro? ¿El que se puede leer en la trilogía de Aquasilva? ¿En la trilogía de Poldarn de K. J. Parker? ¿En la entretenida Las sombras de Wielstadt, que de visión adulta tiene lo que servidor de arzobispo de Canterbury? ¿O ese cruce entre un El misterio de Salem´s Lot mediocre en la campiña inglesa y un videojuego a lo Resident Evil que es El ejército de las sombras? Novelas que exigen la misma reflexión que una partida al Space Invaders.

Y, lo que es más desconcertante:

un género (la fantasía) que «no caduca al año por el progreso«

Sentencia que lleva implícita (al menos así lo interpreto) la idea de que la ciencia ficción, el género que va de la mano de la fantasía, caduca, una perversión de dimensiones colosales.

Nadie que leyese Crónicas Marcianas en el año de su publicación pudo pensar que hablaba de algo real. Su Marte era todavía más mentira que el que se podía encontrar a comienzos del siglo XX en los libros de Edgar Rice Burroughs. Sin embargo su contenido, lo que está detrás de la metáfora utilizada por Bradbury, sigue estando tan vigente como el primer día. Y quien habla de este libro habla de centenares más.

La aberración detrás de esta idea reside en la creencia que la ciencia ficción es una vulgar bola de cristal que tiene que predecir el futuro tal cual va a ser, y decirnos si dentro de tres años la miniprimer va a estar conectada a internet o mi lavadora va a blanquear la ropa mejor que la de mi vecina. Su misión es mucho más profunda y necesaria: analizar la realidad que nos rodea. Algo que contados libros de fantasy hacen. Sólo los mejores. Algo que, hay que reconocerlo, hacen pocos libros de ciencia ficción actuales (bastantes más que los de fantasy). Sólo los mejores, los que hay que preocuparse por editar en condiciones y hacerlos llegar a la mayor cantidad de público posible.

Al final, y dejándome llevar del todo por el juego de interpretaciones que me está llevando a escribir esta entrada, todo me suena a una autojustificación de sus respectivas líneas editoriales, en las que hay aciertos que responden a lo que defienden. Mismamente, tomando un ejemplo de quien más caña he dado, en Minotauro se han publicado grandes obras de fantasía que responden a lo que defienden. Por ejemplo Rihla de Juan Miguel Aguilera, una novela de aventuras que es mucho más de lo que parece. Sin embargo los contraejemplos son demasiado numerosos y los alfileres con los que se intentan justificar caen por su propio peso.

Detrás de tanta monserga está el hecho de que ahora mismo la fantasía vende más que cualquier otro género fantástico, los editores se dan cuenta de ello, se ven en la obligación de orientar sus esfuerzos hacia ella y como debe ser duro reconocer que ellos están aquí para hacer ganar dinero a sus empresas, que para eso les pagan, intentan vendernos una serie de argumentos insostenibles. Porque si el 20 % de lo que publicasen se acercase mínimante a las obras de Sapkowski, Martin, Powers, Holdstock, Negrete, Hobb o Gene Wolfe (curioso que su nombre no aparezca nombrado cuando probablemente sea el tío que más partido ha sabido sacarle al fantasy en el último cuarto de siglo) tendría que cerrar la boca. Pero son la excepción a la regla. La inmensa mayoría es tan trascendente, subversiva, analítica y reflexivo como una partida al Dungueons and Dragons. Que no por el hecho de ser entretenido deja de ser lo que es.

Menos mal que en el texto Luis G. Prado o Alejo Cuervo dan con sus dos líneas una visión más próxima a la concepción que me he creado sobre el asunto. De hecho no quería dejar de teclear sin hacer mención a unas palabras de este último que algunos deberían utilizar para medir su idea del alcance del fantasy

Frente a la fantasía conservadora, la de los clónicos y las batallitas Bien-Mal, falta potenciar la trasgresión

Lo que después cada uno entienda por transgresión es otro asunto.

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Madrid Julio 2005: Choque de tronos (2)

Retomando esta minicrónica del pasado find por Madrid, comienzo esta segunda entrega dedicada íntegramente a relatar los pormenores de la sesión del domingo 24 al juego de tablero de Juego de tronos. Juego que cargué desde Santander para echar alguna partida si había tiempo y, de paso, hacer proselitismo. Joder, si es muy entretenido quiero que los demás lo experimenten, a ver si hay suerte, lo compran y traducen la expansión.

Tomamos al asalto el hogar de Javier Vidiella, que felizmente nos abrió no sólo su casa sino también su nutrida biblioteca (más de 5000 libros y subiendo) y su portafolios de originales de cómic; portafolios que, a lo tonto, va engrosando y ganando lustre. A parte de un San Julián esplendoroso y varios Breccias deslumbrantes, me quedé con un Gene Colan de Starlord que debe ser único. No está destrozado por las tintas de Tom Palmer, lo que a parte de un gozo para la vista seguramente supondrá para los herederos de Javier un motivo de jolgorio cuando necesiten deshacerse de él.

Pero centrémonos en lo importante. Pasando lista. Natalia (magrat), Juan (verence), Daniel (dgonzalod), Iván Fernández (cebra), Javier (fjvidiella), Paula y servidor. Ni David ni el otro Nacho (nasandi) pudieron acercarse. Dado que los cinco autóctonos no habían jugado y sólo pueden participar hasta cinco jugadores, tomé el papel de tutor/observador/consejero de la partida mientras Paula levantaba las cartas de eventos, resolvía alguna que otra duda o se sumergía en Tormenta de espadas, que le ha tenido enganchada gran parte del mes de julio. He de decir que a pesar del empeño a la hora de explicar la mecánica del juego, no hubo nada como dejar que jugasen un par de turnos. Justo cuando empezaron a encontrarse sus tropas sobre el tablero, y descubrieron la importancia de los tres dominios diferentes (trono de hierro, feudos y corte del rey), comenzaron a sentirse sueltos y a perder la cara de espanto a lo donde cojones me he metido.

Como supongo que ninguna de mis ovejas ha jugado, y sólo unos pocos han leído los libros, no se enterarán de nada. Pero al menos intentaré que todo sea un poco inteligible.

El objetivo es hacerse con el mayor número de ciudades posibles, y eso sobre el tablero con cinco jugadores supone controlar al menos cinco. En una partida balanceada es suficiente. Para ello las tropas con las que se cuenta hay que moverlas con tino: hay que ir ganando territorios sin olvidar que también interesa conseguir territorios con barriles de suministro o coronas. Y no cegarse con llegar lejos. Hay que ser ambicioso pero también conservador, creando una buena línea de defensa que en el caso de la casas que comienzan en el centro del mapa (Baratheon, Lannister y Greyjoy) equivale a formar una circunferencia no demasiado grande que permita apoyar posibles ataques desde flancos no esperados. Y siempre con vistas de pegar el último zarpazo en los dos últimos turnos, que es cuando realmente se juega la tortilla.

La asignación de reinos fue como sigue: Natalia – Baratheon, Juan – Stark, Daniel – Greyjoy, Iván – Tyrell y Javier – Lannister. Y sus primeros turnos, aun siendo novatos, de cajón (tan mala no debió ser la explicación). Los Baratheon de Natalia a por algún barril que la permitiesen aumentar sus ejércitos y a por el dulce que supone Desembarco del Rey; los Stark de Juan ganando terreno hacia al sur preparando su ofensiva sobre esas ciudades tan lejanas al comienzo; los Tyrell de Iván extendiéndose hacia el este sin olvidar los dominios del norte; y los Greyjoy de Daniel en trayectoria directa contra los Lannister de Javier. Lannister que, a diferencia del libro, en una partida a cinco jugadores lo tienen más negro que un Stark en Canción de hielo y fuego. Y es que enfrentarse a los calamares sin haber experimentado previamente lo que pueden hacer sus super cartas y sus flotas es una puerta abierta hacia la derrota y la consecuente frustración. Más si el resto de jugadores o se inhibe (un rasgo habitual en los Stark del tablero) o se tira como un buitre sobre tus restos, como le ocurrió al pobre Javier cuando los Tyrell y los Baratheon se arrojaron sobre su yugular para chuparle hasta el último mililitro de plasma. Hasta el punto que hacia el turno siete se quedó sin la joya de su corona, Lannisport, y, lo que es más preocupante, sin una ciudad en sus dominios. Y es que, pasándose por el arco de triunfo las más elementales normas de la hospitalidad, los convidados saltaron sobre el anfitrión con una saña que deberían haber exhibido ciertos personajes que todos los que hemos leído Tormenta de espadas sabemos. Aunque este Titán, a la chita callando, cuando nadie contaba con él, preparó una jugada para recuperar su ciudad en el proverbial último suspiro. Cosa que consiguió y le permitió recuperar parte de la honra perdida.

El resto de jugadores se disputaron con ahínco la posición predominante. Juan, lentamente, con una planificación a largo plazo, fue bajando con sus lobos hacia el sur preparando un último zarpazo que le falló por el normal desconocimiento de las reglas. Natalia y Daniel parecieron tener las de ganar a mitad de partida, con una serie de jugadas que les proporcionaron buenas ciudades. Sin embargo la excesiva extensión de la primera, unida a su escasez de unidades y las pésimas cartas, y la mala situación en la corte del rey del segundo, condenado durante demasiados turnos a no utilizar sus mejores órdenes, les condenaron a ser devorados en el final de la partida. Daniel a manos del señor de Invernalia y Natalia por las embestidas de unos Tyrell crecidos deseando dejar de lado su sempiterna condición de palmeros arrimados al sol que más calienta.

El campeón… Iván con sus Tyrell. Consiguió seis ciudades que le auparon a la primera posición, por delante de Juan, Natalia, Daniel y Javier.

Al final quedaron muchas incógnitas en el aire. ¿Se habría producido el mismo resultado si hubiese sido la segunda partida en vez de la primera? ¿Hasta qué punto Juan fue sincero diciendo que era igual de inexperto que los demás? ¿A quién coño se le ocurrió meter a Balon en la baraja de los Greyjoy con esos superpoderes? ¿Qué utilidad tiene el trono de hierro cuando lo que mola es estar bien colocado en la corte del rey? ¿Por qué dan tanto miedo los salvajes? Y un hecho innegable. El ser un erudito en temas históricos supone un plus muy ventajoso a la hora de establecer una estrategia. ¿Eh, cebra?

Un álbum de algunos de los mejores momentos, gracias a los dos Nokia 6600 que había disponibles (el hueco en blanco es cortesía de blogger, que mete un pilón de tags salto de línea de forma automática).

Tutoría acelerada
sobre el tablero
Preparados para la
batalla
Primera subasta por
el trono de hierro
Primera subasta por
el trono de hierro (toma 2)
La primera batalla
(choque de sexos)
Daniel se pone duro
con el anfitrión
Natalia
decidiendo su próxima jugada (momento estelar)

Y nada, que creo que todos lo pasamos muy bien y alguno se quedó con monos de más. Me consta que Juan ya está empoyando en internet planeando su próxima partida, y Javier ya lo ha pedido a la tienda de cyberdark, para entrenarse con su santa y su hijo mayor preparándose para el próximo combate. Esta vez no le cogerán con la guardia baja.

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