Peace me produce pereza

Generalmente los escritores que te maravillan constituyen un auténtico placer y esperas con expectación cualquier obra suya para lanzarte sobre ella desde el mismo momento de su aparición. Sin embargo un servidor padece, en algunos casos, de un extraño mal (y supongo que será compartido). A pesar de dicha ilusión me entra una pereza enorme de enfrentarme a cada nuevo libro, y me puedo tirar años reuniendo los ánimos y fuerzas necesarios (en algún caso veo que se convertirá en más de una década).

Por poner un ejemplo, me ocurre con Daemonomanía, el tercer libro de La Historia secreta del Mundo John Crowley, que supongo aguardará su lugar en la estantería de casa al menos hasta que salga el último libro (diso sabe cuándo; había problemas para encontrar editor en su versión original). También me ocurre con varias obras de Gene Wolfe, como la serie de Nocturno del sol largo, en la que me quedé en el primer volumen. Y seguramente, el año que viene le ocurrirá lo mismo a The Knight y The Wizard, que van a aparecer en Minotauro, o esta edición de Peace que publica la editorial argentina Interzona.

Sí, por fin alguien se atreve a editar esta novela que figuraba en la lista de Pringle de las 100 mejores novelas anglosajonas de fantasía, que tanto puede ser un petardazo como una delicia. Para que se hagan una idea, la contraportada dice:

“Anoche cayó el olmo que había plantado Eleanor Bold, la hija del juez.” Con esta engañosa frase comienza Paz, novela inasible y conmovedora. El que habla es Alden Weer, un hombre de unos sesenta años que siempre vivió en un pueblo del Medio Oeste norteamericano. Nunca sabremos si Weer no ha muerto ya de un infarto. Él mismo ignora si está en su oficina o en un cuarto de la exagerada casa que mandó construir. Puede que sea un fantasma; lo que oímos, por cierto, no es un formal recuento de vida sino una atmósfera hecha de gente y momentos. Abundan las digresiones, la acción recae en personajes secundarios y todos cuentan algo –hasta parábolas chinas–, cada uno en su estilo y siempre a la perfección. El lector tendrá que establecer los vínculos. Por lo pronto, no tarda en conocer a la madre, el abuelo y la niñera de Weer. También a la adorable tía Olivia y a sus tres peculiares pretendientes. Ninguno está vivo; en realidad, pese a su humor estrafalario, Paz es un gran Libro de los Muertos del corazón del siglo veinte. Cada uno a su turno, tres excursionistas descubren en una cueva el mismo cráneo humano, vestigio de un pueblo extinguido diez mil años antes, y deciden callarse la boca. Alguien describe las angustias de un farmacéutico que creía tener en casa al fantasma de su esposa. Un anticuario fragua las memorias de una granjera rica e induce a una lectora incauta a buscar una fortuna enterrada. El capataz de una fábrica de jugos recuerda la muerte de un peón encerrado en una cámara de frío. Todo en la novela habla de lo mismo: vivimos entre vidas desaparecidas, cada una presente en su historia y su voz característica. Wolfe adopta esas voces, con un oído soberbio, como si sólo así pudiese alumbrar la verdad sobre Alden Weer. Y aunque el libro que resulta no es para impacientes, el que persevere tendrá recompensas sustanciosas y un recuerdo imborrable.

Hace un par de años, perdiendo el tiempo en la red, descubrí esta crítica del libro que, además de animar a leerla, se ajusta bien a lo que supone leer a Wolfe. Un autor que pone tantas cosas en sus libros que se pueden leer una y otra vez descubriendo en el proceso cosas nuevas. Quizás por eso encandila tanto a unos pocos. Y quizás también por eso produce tanta pereza en la gran masa. Una pena que no ocurra como con su equivalente en el mundo del cómic, Alan Moore, que aparte de ser idolatrado por la crítica es conocido y adorado (en parte) por el gran público.

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La literatura fantástica española y la especulación (III): Inciso

Si hablamos de la historia de España de los últimos siglos resulta inevitable mencionar el perenne retraso cientificotecnológico, cultural, sociopolítico,… respecto a nuestros vecinos europeos y el llamado «primer» mundo. Un retraso observable en nuestros queridos géneros, achacable a la circunstancia inevitable de vivir de traducciones, que siempre han coartado la llegada de novedades (hasta hace muy poco tiempo, cuando los medios, la profesionalización, las búsquedas de aficionados inquietos,… han permitido publicaciones en tiempos cada vez más cortos, incluso con determinados títulos británicos apareciendo antes que en EE.UU.). Igualmente las primeras colecciones estrictamente de género no funcionaron, con continuidad y solvencia, hasta la década de los sesenta. Así nos encontramos con que, durante tres décadas, a pesar de excepciones que eran publicadas con un lapso de apenas un par de años respecto al original, lo más extendido era una dilación importante que podía ir de uno a tres lustros.

Retornando un poco a la anterior entrada, y dando vueltas sobre lo mismo, mientras la nueva ola estaba ofreciendo argumentos que criticaban sin ningún tapujo la política de los diferentes gobiernos estadounidenses de la época (Campo de concentración, Estación Hawksbill,…), los problemas ecológicos derivados del desarrollo económico y la explotación descontrolada del medio ambiente (Trilogía del desastre de Brunner), la desquiciante simbiosis entre ser humano y tecnología (J. G. Ballard), las drogas y su influencia sobre la personalidad (Una mirada en la oscuridad, A cabeza descalza,…),… aquí todavía se estaba publicando una cantidad ingente de títulos y autores de años pretéritos (toda la edad de oro, autores de los 50 y los 60), demorándose su aparición hasta finales de la década de los 70 o bien entrada la de los 80.

Cierto, tenemos los relatos que comentaba en la entrada anterior y que, con un intervalo más limitado, tenía a bien publicar Nueva Dimensión. Pero aunque nuestros autores se han visto obligados a dedicarse con ahínco al cuento, salvo por un progresivo y condicionado cuidado formal en sus creaciones, no se contagiaron por las obras comentadas (aunque en este sentido, más bien, sus influencias más importantes fueron en parte de fuera del género). Quizás porque en proporción estas obras estaban en franca minoría respecto al resto; quizás porque nunca estuvo en su intención utilizar el fantástico para hablar de nuestra realidad más cercana (ya había una omnipresente literatura realista que metía baza en ella); quizás porque en el momento en que leyeron todo lo comentado y se impregnaron de sus ideas hacer lo que, vulgarmente, se podría llamar canción protesta estaba fuera de lugar y estaba pasado de moda (como escuchar muchas canciones de Paco Ibáñez a comienzos de los 80); quizás porque el formato ideal para especular con algo tan complejo como la realidad social sea la novela, un campo vedado a gran parte de nuestros autores hasta tiempos muy recientes…

Demasiados quizases.

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Jennifer Gobierno

Entre los libros que salieron al aire durante las charlas de la CosmosCon, hay uno que a los habitantes del apartamento 6nomeacuerdoqueletra del Hotel Puerta del Sol de Vigo nos dejó estupefactos: Jennifer Gobierno. El culpable de meternos el veneno en el cuerpo fue, como otras tantas veces, Juanma Santiago, que nos hizo una sinopsis de sus primeras cincuenta páginas. La cosa comienza como sigue.

Hack Nike, Encargado de Distribución de Mercancías Publicitarias de la división australiana de Nike, firma con sus superiores John y John Nike un contrato de ejecución de servicio para promocionar las Nike Mercury, modelo de zapatilla deportiva que lleva seis meses en el mercado y apenas ha vendido 200 pares. Estas cifras tan desastrosas se explican por la nueva forma de marketting ideada por uno de los Johns: te niegas a vender el producto para volver locos a los consumidores y cuando se ha creado la expectación necesaria se pone a la venta a un precio exorbitado (2500 dolares). Pero lejos de terminar ahí el plan culmina con un currito, Hack, matando a diez compradores cuando están saliendo de las tiendas con sus Mercurys bajo el brazo, para así crear la sensación de que la gente mata por ellas. Con el resultado de unas ventas millonarias. Hack, un atolondrado de tomo y lomo, firma el leonino contrato que le obliga a realizar su función en la dramática campaña.

Incapaz de llevarla a cabo, acude a Pearson Policía, un inspector que le expone la imposibilidad de a) denunciar a sus patrones sin violar la cláusula de confidencialidad que convertirá su vida en un infierno, y b) matar a diez consumidores e irse de rositas (el éxito de la policía está por encima del 85%). Pero, en un giro alucinante, le expone la posibilidad de subcontratar unos asesinos a través suyo por una módica cantidad que le va a tener varios años pagando la cuenta. Hack se decide por esta opción y se encuentra con que al poco de ponerse las Mercury a la venta catorce personas mueren en las puertas de las tiendas mientras otras resultan heridas. Tal desbarajuste se debe a que la policía ha subcontratado el servicio a la ANR (Asociación Nacional del Rifle) que, como todos sabemos, tienen el gatillo muy fácil.

Aquí entra en acción Jennifer Gobierno, agente del Estado encargada de controlar que no sucediese nada durante la venta de las Mercury y que resultó herida durante la agresiva refriega publicitaria. Decidida a descubrir quién está detrás de todo, utiliza los fondos que le facilita la famila de una de las víctimas (al Estado sólo le compensa prevenir crímenes, no investigarlos) para tirar del hilo y cazar al responsable último del maquiavélico plan. Durante sus pesquisas se cruza con toda una serie de personajes caídos en desgracia (Billy Bechtel, un mecánico a punto de quedarse en paro; Buy Mitsui, un broker en apuros; Violeta, una programadora en paro;…), que componen un exagerado retrato de nuestra sociedad de consumo, tan disparatado como certero.

Hacía mucho tiempo (pero mucho) que no leía una macarrada de este calibre. Una parodia frenética, desmesurada y divertida, con mucho sentido del humor y cantidades desaforadas de mala leche. Un Mercaderes del espacio adaptado al mundo y las formas de comienzos de siglo XXI, que no creo que, como la novela de Pohl y Kornbluth, alcance el rango de Clásico pero que supone una historia ejemplar para carcajearse y acojonarse con ese mundo empresarial de macrocorporaciones, campañas de marketting, beneficio a cualquier precio, reducción del Estado a su mínima expresión, globalización,… en el que vivimos.

No se puede negar que es una obra voluble, un poco insustancial y demasiado agitada, que abusa del diálogo como herramienta narrativa y con unos personajes icónicos que tienen en su mayor parte la misma profundidad que un hoyo de un campo de golf. Pero da un poco igual porque descongestiona las neuronas y alegra la mente; se devora en dos sentadas y produce un regocijo a mitad de camino entre lo lúcido y lo absurdo. Como sólo las buenas parodias llenas de mala hostia producen.

Lo ha publicado hace mes y pico una editorial de esas semidesconocidas (Tropismos) y no se han lucido, ni mucho menos, con la edición. Padece errores de bulto, con bastantes diálogos que no se abren o cierran con el preceptivo guión, y algunos montados entre sí. Pero si gustan las narraciones disparatadas con un cierto aire a Snow Crash, con menos carga gafapasta o especulativa, tenedla en cuenta para estas navidades como una opción más.

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Podcast en El sitio de ciencia ficción

Hace un par de semanas El sitio de ciencia-ficción inició un podcasting (sindicado aquí) con algunos de sus contenidos, ofreciendo versiones sonoras de la columna semanal Firmas, varias críticas y alguna entrevista. No es una forma de publicación que me haya interesado mucho; suelo preferir la palabra escrita a la hablada. Aunque de un tiempo a esta parte, con los audiocuentos de Marc R. Soto (que está a punto de iniciar un podcast de relatos de literatura fantástica junto a Santiago Eximeno) y alguno que me he descargado de El Corazón de las Tinieblas, lo estoy probando.

Lo novedoso, y un poco sonrojante para un servidor, es oir como uno de estos comentarios que escribo por aquí ha pasado al sonido. Hablo de «Cabezazos contra la pared«, al que ha puesto voz Francisco José Súñer Iglesias. ¡Uf, qué vergüenzaaaaaaaa!

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La literatura fantástica española y la especulación (II): La transición intransitada

En la única mesa redonda en la que he tomado parte, durante la HispaCon de Getafe en Octubre de 2003, tuve la fortuna de compartir cartel con Cristóbal Pérez Castejón, Iván Fernández Balbuena y Fernando Ángel Moreno. Nos tocó una hora complicadilla, las once de la mañana, y un tema perfecto para aburrir a las ovejas («El ensayo de ciencia ficción en España»). Sin embargo, la cosa salió razonablemente bien; se le sacó partido al tema.

Entre las ideas que allí se aportaron hay una de Fernando que todavía recuerdo con claridad: sobran biobibliografías y existe una carencia de estudios literarios de fondo. Algo explicable si se considera que la mayor parte de los que escriben este tipo de textos no tienen ni el tiempo, ni la formación, ni la motivación necesarias para afrontarlas con perspectiva de éxito. Pero éste sería otro tema. Lo interesante es que sugirió como ejemplo de ensayo a realizar uno fundamental que aguarda en el limbo a la espera de que alguien lo haga suyo y lo plasme en papel: un análisis de la ciencia ficción española antes, durante y después de la transición.

Servidor no es esa persona por los tres motivos aducidos, pero desde la superficialidad y la precisión que permite un instrumento como este blog, me gustaría apuntar algunas ideas.

Haciendo memoria, básicamente, en los años previos a la muerte de Franco, la única publicación estable que apostaba por la literatura de ciencia ficción escrita en español era Nueva Dimensión, aparecida en 1968 y tristemente desaparecida catorce años más tarde. No resulta difícil imaginar que, con el régimen dando sus últimos coletazos y la mordaza de la ley Fraga en acción, nuestros escritores, los que escribían ciencia ficción etiquetada como tal, estaban muy lejos de tratar la situación de nuestra sociedad a través de sus historias. Más si se considera lo ocurrido con el número 14 de la revista, en el que se incluía el cuento de Magdalena Mouján Otaño «Gu ta gutarrak«. Un ingenioso e ideosincrático relato sobre las raíces del pueblo vasco que supuso el secuestro de dicho ejemplar por atentar contra la unidad de España. Una medida que dejó tocada a la revista por un tiempo y que, obviamente, disuadió mucho a publicar otras historias comprometidas.

Este panorama choca con el que se vivía en el mundo de las letras «generales», donde un cúmulo de autores de lo más variopinto apostaba por un contenido sociopolítico impepinable (aunque desconozco si publicaban en España o simplemente se traían sus textos impresos desde otros países). Y también entra en colisión con lo que se estaba viviendo en nuestro sempiterno modelo en el que inspirarnos, la ciencia ficción anglosajona, por entonces padeciendo el ataque de new wave de la segunda mitad de la década de los 60. Una forma de encarar la literatura más próxima a la literatura general, con un mayor cuidado formal, unas dosis de experimentalismo desconocidas hasta entonces y, muchas veces, con un evidente compromiso social. Nueva ola de la que Nueva Dimensión (y su director, Domingo Santos) fue heraldo y portavoz en nuestro país, publicando muchos de sus autores con un intervalo asumible de tiempo respecto a su edición original.

Para que se hagan una idea, durante la parte central de la década de los 70 aparecieron textos tan significativos como «Arrepiéntete Arlequín, dijo el Señor Tic Tac» y el resto de los mejores relatos de Harlan Ellison, Incordie a Jack Barron (Acervo) y varios relatos de Norman Spinrad, El mundo interior (Acervo) y otras novelas y cuentos de Robert Silverberg, multitud de narraciones de J. G. Ballard, Philip José Farmer, Samuel Delany…

Mi visión está limitada por el hecho que la única etapa de Nueva Dimensiónque conozco con detalle es la final, desde el cambio de formato del número 110 (1979) hasta su conclusión en el número 148 (cosas de encontrar en el año 91 un comercio donde tenían casi todos estos números). Sin embargo… tanto de observar estos números como varios de los que he conseguido posteriormente de las anteriores etapas, no tengo la impresión de que eso sirviese para promover un cambio en la manera de enfocar y escribir el género de nuestros autores, enclaustrados en una visión más propia de los años cincuenta o comienzos de los sesenta, únicamente roto por balas perdidas (me acabo de acordar de la colección de Domingo Santos Futuro imperfecto aparecida en Nebulae 2ª época) o el surgimiento de la nueva generación de autores a finales de los 70 que llevarían la voz cantante a partir de entonces.

En cualquier caso, la inocuidad de la que hablaba entra en contradicción con la inmersión política de la sociedad española en el tempestuoso clima de la transición, bastante más implicada que en la actualidad, y, lo que es revelador, lo que se estaba haciendo desde fuera de las fronteras del ghetto con elementos fantásticos. Aquí mi limitación es, incluso, mayor que la expuesta anteriormente, porque es un «mundo» que estoy empezando a descubrir ahora. Pero en 1976 Jesús Torbado ganó el Premio Planeta con En el día de hoy, una ucronía en toda regla sobre nuestra Guerra Civil que fue punta de lanza de una serie de textos escritos a raiz de la muerte de Franco. Un hecho que se puede tachar de circunstancial, al ser algo inherente a los momentos de intenso cambio sociopolítico; ya había ocurrido una proliferación de historias alternativas después de la catástrofe del 98.

Un relieve mayor hay que darle a que ese mismo año José María Merino publicó una novela de ciencia ficción con un fuerte sentimiento cotidiano y sutilmente ligada a lo vivido en nuestro país durante las décadas anteriores, Novela de Andrés Choz. Asimismo, más tarde, alumbró una serie de cuentos que desde el fantástico más cotidiano estaban ligados a la sociedad española del siglo XX y sus más arraigadas costumbres: Cuentos del reino secreto.

Estos ejemplos, y otros que trataré un poco más adelante, produce la sensación de que, por un lado, sí que ha habido autores interesados por utilizar las herramientas que proporciona el fantástico para hablar sobre España y cualquier cambio/tesitura/situación que estuviésemos/estemos viviendo. El problema es que el lector que surge del género, como un servidor, circunscribe sus lecturas a lo que surge de dentro y se olvida que fuera del muro también se utiliza la imaginación con este fin, muchas veces con más tino. Sólo hay que recordar que el gran clásico de la ciencia ficción española no fue escrito por ninguno de los escritores que he citado hasta ahora, sino por un señor llamado Tomás Salvador, y que salvo para conneiseurs avezados y culos inquietos, resulta completamente desconocido (servidor también comete este pecado).

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La literatura fantástica española y la especulación (I): Orígenes

No soy muy dado a publicar comentarios por entregas, pero como no dispongo de mucho tiempo para perfilar esta entrada, he aquí un experimento. No tengo pefilada la conclusión final ni por aproximación, así que es posible que degenere en una sucesión de ideas peregrinas, un poco de perogrullo, sin mucho orden y abocadas a un callejón sin salida (¡toma ya!). Será gracioso verme metido en el brete.

Hace dos semanas, el renacido (y volcánico) blog de Yarhel sacó a colación un tema de esos que sólo cabe tildar como sintomáticos. La total y completa ausencia de obras fantásticas preocupadas por la realidad social, económica, cultural y política actual de España.

Es curioso ver que en casi todos los países donde se cultiva el género fantástico se ha recurrido con gran frecuencia a la ciencia ficción, o incluso a la fantasía y al terror, para poner en tela de juicio las realidades propias, pero en nuestro país esto es algo muy poco frecuente, por no decir que casi inexistente (con alguna excepción).

Una situación en la que no me había fijado y sobre la que se puede discutir bastante.

Unos días más tarde, a raíz de la publicación del comentario de un servidor sobre Mundos y demonios en El sitio de ciencia ficción, intercambié unos cuantos correos con su webmaster, Francisco José Serrano Suñer, sobre Danza de tinieblas, la obra de Eduardo Vaquerizo finalista del premio Minotauro; una novela negra cañí con una fuerte componente steampunk y de aventura urbana, y un aire a las novelas de Alatriste. El motivo central de los correos, algo que se puede intuye en la pregunta de Yarhel: por qué esta novela, y tantas otras de las que se escriben en España en los últimos años, generalmente desde escritores que salen del fandom, huyen de la especulación a fondo para centrarse mayormente en la aventura, la intriga, los personajes, una cierta indefinición a la hora de explicar el componente fantástico de sus obras,…

Ambas son cuestiones atractivas, que se prestan, primero, a una amplia investigación por parte de los conocedores del género patrio. Algo que estoy muy (pero que muy) lejos de ser. A pesar de esto, me gustaría comentar algunos detalles que podrían explicar estos rasgos observados por Yarhel o Francisco José.

El punto capital que encuentro se halla en nuestro innegable déficit histórico. Aunque la literatura fantástica española tiene una tradición bastante desconocida por el lector tipo, no alcanza ni el volumen ni la presencia que tiene la de otros países de nuestro entorno. Y si hablamos en concreto del enfoque referido a poner en cuestión o dar salida a la situación de la sociedad de una época determinada, la distancia es atroz. No hay nada como coger el modelo a seguir, el Reino Unido, y observar cómo, en el momento de nacimiento de la ciencia ficción (considérese cualquier momento del siglo XIX entre la aparición de Frankenstein y La máquina del tiempo), a parte de la novela realista tan al uso, había una voluntad de hacer crítica social, cultural o del tipo que sea utilizando esas arma tan poderosas que son la imaginación, la evocación y la sugerencia.

Pasando de lo anecdótico, y por dilucidar el asunto a las bravas sin extender demasiado la enumeración, tenemos las utopías de Samuel Butler, William Morris o Edward Bellamy, que, independientemente de cómo hayan envejecido, muestran un modelo que España no puede igualar. Y lo mismo se puede decir si mentamos al padre de la ciencia ficción moderna, H. G. Wells, y la práctica totalidad de las obras que publicó entre 1895 y 1904. Un canon que marca un potencial evasivo importante (el componente de maravilla, aventura, sugestión del lector es omnipresente), pero que también juega un papel de contrapunto con la Inglaterra victoriana y, por extensión, de la naturaleza humana. Sentó unas bases ampliamente explotadas por toda una legión de autores ingleses y estadounidenses que constituyen un porcentaje capital de la faceta popular de la literatura fantástica anglosajona. Una faceta popular que tiene una componente de diversión fundamental pero que, muchas veces, servía y sirve para mucho más.

Cojamos la ciencia ficción española (la fantasía y el terror me son todavía más desconocidas). Aunque estudiosos como Nil Santiáñez-Tió o Agustín Jaureguízar han investigado etapas hispanas análogas a la inglesa, el tiempo y el complicado mercado editorial se las han tragado bien profundo. Para el lector de las últimas décadas se puede decir que los antecedentes más próximos del género son las historias del Coronel Ignotus y el Capitán Pablo Rido de José Mallorquí, la saga de los Aznar de G.H.White y los bolsilibros de los años 50 y 60. Sin entrar a valorar su calidad, estamos hablando de una ciencia ficción diametralmente opuesta a la especulativa, que no tiene ni de lejos la más mínima intención de análisis en su ideario. Narraciones en la que la evasión y el disfrute del lector lo son todo y se prescinde de aquello que pueda distraer de estas intenciones.

Incluso, yendo más allá, los que hoy en día se tienen como grandes clásicos de la ciencia ficción española, tres nombres como Ángel Torres Quesada, Gabriel Bermúdez Castillo y Domingo Santos, escritores que llevaron el timón durante las décadas de los 60 y los 70, no se puede decir que rompiesen dicha tradición (ni mucho menos). Las obras más conocidas de los dos primeros son, respectivamente, space opera colorista sin complejos y novelas de aventuras desopilantes. Mientras, Santos… pues no puedo decir mucho, porque apenas he leído nada suyo.

¡Ojo! No quiero decir ni que estos autores no tuviesen interés alguno por la especulación o el análisis del ser humano. Ni que los autores españoles de ahora los tengan como modelo. De hecho, salvo ejemplos puntuales como el divertidísimo Estado crepuscular de Negrete, no han sentado las bases de lo que se escribe hoy en día. Pero sirve para poner en situación.

Es difícil obtener réditos en un terreno donde no hay simiente.

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Fuga para una isla

Ahora que la revuelta en Francia ha atenuado su presencia en los medios de comunicación, sepultada por problemas mucho más «importantes», quería recuperar para esta sección uno de los títulos menos conocidos de Christopher Priest que viene muy al pelo: Fuga para una isla. Algo que, es necesario reconocer, han hecho previamente dos colegas como Jean Mallart y Yarhel.

Resulta llamativo cómo treinta y tres años después su autor siente completamente superado este libro, un producto de una época en la que sus sentimientos por el género eran diametralmente opuestos a los actuales. Sin embargo… sin embargo continúa siendo una obra recomendable. A parte de por su vena profética, su verosimilitud o su singular estructura, que facilita una aproximación a una realidad fragmentada cayéndose a pedazos, destaca por su cruel desenlace y el estado anímico en el que deja al lector. Uno de esos finales que ponen de mala hostia porque es a la vez revulsivo y subversivo y que, como el resto de la novela, ha sido parcialmente mal interpretado. Es lo que tiene exponer situaciones que obligan a valorar nuestra más afianzadas convicciones.

Les dejo con la reseña en sí.

Antes de El mundo invertido, Christopher Priest era conocido por haber escrito un libro que condensaba los aspectos negativos que siempre se han achacado a la new wave: mucha experimentación y demasiada confusión. Una postura asumible si se tiene en cuenta que Indoctrinario fue su primera novela y estaba escrita en plena vorágine sicodélica. Pero se suele olvidar que también había publicado una novela cortita, en comparación más sencilla, que sin ser deslumbrante contenía serios indicios de que su autor no era uno más. Ese libro era Fuga para una isla.

Aparecido en 1972, nos pone en un paisaje a varios años vista donde dos hechos proféticos desencadenan un escenario angustioso. La miseria y las guerras que asolan África han originado una emigración masiva que atenaza a las naciones europeas, especialmente a un Reino Unido que ve como todos los días cargueros repletos de refugiados llegan a sus costas para instalarse en el país. Este estado tan peliagudo propicia una serie de tensiones raciales que aumentan con la llegada al poder de un partido ultraconservador, cuyas medidas represivas inician un conflicto total entre proafricanos y nacionalistas que arrasa el tejido social y transforma la vida de los británicos en un infierno.

Priest se sirve de Alan Whitman, un cabeza de familia con un grave disfunción afectiva, para describir la temperatura del país. No obstante, lejos de realizar una narración secuencial de su periplo en la crisis, opta por fragmentarla en varios hilos diferentes que corresponden a diversos momentos temporales antes, durante y después de la llegada de los africanos, diseminándolos de forma desigual por toda su extensión mediante secuencias que no duran más que unos pocos párrafos. Esto ocasiona que durante las primeras 30 páginas resulte complicado penetrar en el entramado espacio temporal del argumento: hay que enfrentarse a 5 o 6 planos que proporcionan una información muy desigual y que cuesta digerir. Pero una vez superado este comienzo…

Las penurias que pasan los africanos al llegar a la costa, la insatisfacción de Whitman y sus constantes aventuras con otras mujeres, cómo el conflicto quebranta su vida familiar, la huida en búsqueda de un lugar pacífico donde sobrevivir, la vida como refugiados a salto de mata, la balcanización de la campiña inglesa u otras situaciones desarrolladas por Priest componen un triste cuadro que transmite escrupulosamente los sentimientos de impotencia de los personajes, inmersos en una guerra de guerrillas que escapa a su entendimiento, sin solución aparente y que amenaza con devorarlos si no guardan el más mínimo sentido grupal.

Eso sí, la mano de la new wave se deja notar más de la cuenta a través de elementos que no terminan de casar, como ocurre con los fragmentos que nos explican quién es Alan Whitman y de dónde provienen tanto su tendencia a la promiscuidad como su insatisfacción matrimonial. Están bien desarrollados pero parecen más un conjunto heterogéneo de experiencias traumáticas que una explicación plausible del por qué de su conducta. Mucho más conseguida está la parte que concierne a la búsqueda de su familia, cuando un grupo guerrillero la secuestra y se relata la necesidad perentoria que siente Whitman por encontrarlos. En la locura que se ha instalado en toda la isla descubre que aquello que no ha apreciado cuando tenía era lo que le aportaba tranquilidad y sosiego.

Fuga para una isla es una historia dura y cruel que ofrece una mirada al problema del la inmigración y en qué puede degenerar si gobierno y sociedad no ponen todo de su parte para solucionarlo. Da que pensar.

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El acertijo Cervantes

José Antonio Cotrina, en su flamante blog La casa de la Colina Negra, ha apuntado el argumento de su próxima novela: El código Cervantes.

Una joven y bella historiadora descubre en un bazar de Marruecos lo que parece ser una carta manuscrita de Miguel de Cervantes. La carta está dirigida a Cide Hamete Benengeli, el que hasta entonces había creído personaje ficticio que relata las andanzas de Don Quijote. Pero ésa no es la mayor sorpresa: en la carta Cervantes deja entrever que Alonso Quijano no es un personaje de su invención, sino un hombre de carne y hueso envuelto en turbios manejos relacionados con una Secta Misteriosa.

Como es evidente, todo esto deja perpleja a nuestra intrépida y hermosa historiadora. Y más estupefacta se queda cuando al continuar investigando descubre que en las dos partes de “El Quijote” hay una larga serie de mensajes ocultos. Estos indican –entre otras muchas cosas que irán haciendo avanzar la novela en plan Deux Ex Machina–, que el verdadero Alonso Quijano dejó su pueblo –junto a un orondo lugareño que le hacía las veces de criado– en busca de un Objeto Misterioso de Gran Poder –evidentemente será el Santo Grial–.

Sus investigaciones llaman la atención de la Secta Misteriosa que…

Para seguir leyendo, pinchar aquí. (Cuidado, contiene spoilers claves, incluida la gran sorpresa final)

Una lástima que el ingenio esté reñido, como otras tantes veces, con la oportunidad y la inspiración le haya llegado con dos años de retraso. Aun siendo un delirio gamberro, trasladado al papel con la técnica (Katherine) Neville se habría vendido tan bien como los libros de Dan Brown. Aunque habría que haberle cambiado el nombre al autor por otro más apropiado como, no sé, Joseph A. Cutrain.

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Match Point: Un Woody Allen amargo

Anoche cumplimos ese rito, más propio de una secta que de personas cabales, de ver qué ha hecho Woody Allen durante el último año. Match Point. Una película que se pueden etiquetar como insólita. Cierto que andábamos sobre aviso de la huida de sus característicos excesos para penetrar en la tragedia descarnada; que se había alejado de sus personajes y neurosis para penetrar de pleno en un enfoque ya experimentado en su anterior film, Melinda y Melinda: el drama más clásico. Sin embargo lo que ha conseguido con «Match Point» es apasionante.

En sí la historia no resulta atractiva. Argumentos en los que jóvenes surgidos de la nada trepan en la escala social a base de casarse con la hija del jefe, para después cavar su propia tumba, los hay a toneladas. Pero la forma en que Allen la sitúa en escena, fiel a su manera de entender y hacer cine, le aporta la personalidad necesaria para mantener la atención del espectador. El guión, sin deslumbrar, es competente. La manera de ir haciendo evolucionar la historia, la atracción irresistible de Jonathan Rhys Meyers por Scarlett Johansson, el desencadenante del primer y tórrido encuentro, la incapacidad de detenerse a tiempo, la huida hacia adelante,… pasan por encima de cualquier debilidad que se le pueda encontrar (que las tiene). Los conflictos que surgen (servidor conoce alguna situación semejante, salvo por el tremendo desenlace, y es tan verídico como aldeano y populista es nuestro presidente autonómico) de un realismo aplastante. Las interpretaciones notables. El clímax, una escena de varios minutos al son de un aria de Verdi, soberbio. Y el «guiso»… tan cínico y frío como debe.

Pero el concepto que le da categoría a Match Point está en la manera en que Allen utiliza el azar para poner de relieve la tesis del comienzo de la película (genialmente condensada en los dos planos en los que la «pelota» choca contra la red). El cúmulo de casualidades que van acumulándose a lo largo y ancho de la trama, que van desde a encuentros casuales en una ciudad tan inmensa como Londres hasta cómo, cerca del final, el personaje de Rhys Meyers se libra varias veces de ser descubierto con su bolsa de raquetas, rinden pleitesía a ese fortuna imperatrix mundi que, por mucho que neguemos, sigue condicionando una parte capital de nuestras existencias.

Algunos lo llamarán forzar la credibilidad. Otros, rizar el rizo. Para mi es conocer el mundo.

Aprovechad mientras esté en cartelera. Y si vuestros acompañantes usuales no dan el brazo a torcer, utilizad el gancho de los dos actores protagonistas. Están…

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