Neal Adams y El fin de la infancia

Andaba mirando el mínimo sketchbook que viene al final de Monstruos de Neal Adams, un tebeo únicamente para incondicionales de este genio desmesurado, y entre los diseños para From Beyond (Resonator) o Funhouse (La casa de los horrores), varias portadas para revistas de la Marvel,… me he encontrado con lo siguiente

Son diseños para un adaptación El fin de la infancia, la novela de Arthur C. Clarke, en la que estaba trabajando para la Universal. No me pregunten qué ocurrió con el proyecto porque es la primera noticia que tengo.

Por lo que se ve a la derecha de la segunda imagen (y debajo, pero no entró en el escaneado), era algo bastante serio: se puede atisbar un storyboard. Es una pena que sean sólo dos páginas y no haya más material, porque el trabajo de Adams es, como se puede esperar de él, sobresaliente. A ver si me puedo agenciar con algún sketchbook suyo.

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Nunca me abandones: Consideraciones tangenciales

Hay libros que te puedes lanzar a reseñar nada más terminarlos; difícilmente con el tiempo las impresiones que te han deparado van a cambiar. Otros, en cambio, es necesario reposarlos. No tanto porque tu opinión pueda verse alterada, que también, sino porque los múltiples matices que albergan tienen que ir tomando su lugar hasta aposentarse. Nunca me abandones es, en mi caso, uno de ellos.

Antes de escribir sobre él, quería comentar un par de asuntos que me resultan indicativos desde un punto de vista de dentro del ghetto. Para empezar la noticia recogida en Stardust que situaba este libro de Kazuo Ishiguro como uno de los mejores libros de ficción del año para la revista Time (de hecho, encabeza la lista). Un libro que es ciencia ficción y que tenemos la suerte de que haya sido traducido al castellano por una editorial grande, Alfaguara, en una colección señera, Panorama de narrativas, que llega a todos los sitios, ocupa un lugar preminente en las librerías y tiene una maquinaria publicitaria envidiable. Sin embargo, ¿qué repercusión está teniendo ahora mismo entre aquéllos que leen habitualmente género? Por ahora menor de la debida.

También quería comentar la displicencia con la que Ishiguro ha tratado la ciencia ficción en alguna que otra entrevista publicada en periódicos de tirada nacional en su reciente visita a España. Iván Fernández Balbuena, en su excelente blog Memorias de un friki, se hacía eco a finales de Noviembre de una de esas declaraciones en las que decía:

Nunca concebí este libro como una novela de ciencia ficción (…) el género me aburre y no tengo la imaginación ni la voluntad para recrear ambientes futuristas

Les recomiendo leer la entrada, sobre todo por los comentarios dejados por Julián Díez y el propio Iván.

Buscando por internet algún sitio en el que Ishiguro profundizase en sus ideas, me encontré con una entrevista del diario argentino La Nación, repescada por Axxón. Extraigo lo siguiente:

—¿Ciencia ficción? ¡Sus lectores deben de haberse sorprendido mucho!—No lo llamaría ciencia ficción, aunque este libro fue en general catalogado en ese género. Más bien, me gusta pensar que es una ficción alternativa, del estilo «¿qué habría pasado si Kennedy no hubiese sido asesinado?». Yo aquí presento qué podría haber ocurrido en Inglaterra con un desarrollo científico mayor. No es que haya empezado diciendo «Voy a escribir sobre la clonación», ni que jamás haya querido contribuir al debate sobre las células madre y esas cosas. Soy un escritor y éste es puramente un recurso literario.

—¿Cómo nació el libro?

—A comienzos de los años 90 me puse a escribir una novela sobre un grupito de estudiantes que tenían algo distinto pero que básicamente discutían de libros, se peleaban y se enamoraban como todos los demás. Sabía que un destino extraño los aguardaba, pero no sabía exactamente cuál, y entonces abandoné el proyecto. Un par de años más tarde volví a intentarlo con el tema de las armas nucleares, dándole un tinte a la cuestión, pero no funcionó. Finalmente en 2001, cuando todo el mundo estaba con el asunto de la ovejita Dolly, escuché un programa científico en la radio y se me ocurrió que si mis protagonistas fuesen clones, creados para que los seres humanos pudieran usarlos en transplantes y descartarlos, la historia tendría una lógica, y todo cerró. Lo que yo quería contar era que la vida humana es limitada y todos debemos enfrentar el envejecimiento y la muerte propia y de los seres amados. Que por eso siempre tenemos en el fondo de la mente ese sentimiento de que nos estamos quedando sin tiempo y que siempre está latente la pregunta de qué es lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Que estos chicos sean clones y que su vida vaya a ser por definición de unos pocos años simplemente hace que estos temas se vuelvan más urgentes. Para mí, la clonación fue simplemente una metáfora para hablar de la condición humana.

Al final me queda la impresión de que el motivo de no utilizar este calificativo está en lo escasamente apropiado de la etiqueta ciencia ficción para definir todo lo que los que estamos aquí entendemos como tal. Una circunstancia que no por mucho comentada deja de estar vigente.

Centrándonos en Nunca me abandones, después de leer el libro queda claro que no se relata cómo es posible la clonación, ni se explica la transferencia de los órganos entre clones y originales, ni cómo es posible que un clon pueda hacer varias donaciones antes de morir… Incluso, yendo más allá, apenas se intuyen las consecuencias que ha tenido para la sociedad humana el haber inventado la clonación. Analizado estos contenidos, los que habitualmente se entienden como ciencia, se puede decir que el tratamiento es ligero.

Pero claro. Ese simplemente una metáfora para hablar de la condición humana le delata a Ishiguro. La ciencia ficción que venimos defendiendo los lectores de Wells, Lem, Priest, Ballard, Silverberg, Ellison, Bradbury, Banks, Disch, Malloquí, Orwell, Gibson, Sterling, los Strugatski, Varley, Spinrad, Chiang, Egan,… hace justamente lo mismo con las mismas herramientas que Ishiguro. Utilizan el bisturí de esa imaginación disciplinada que decía Plans para afrontar un reconocimiento anatómico del ser humano, su condición, las sociedades en las que vive inmerso,… a través de narraciones en las que nociones/ideas/instrumentos/… que todavía no existen, que presumiblemente no existan o que, si llegan a cobrar forma, seguramente no tendrán la que se les ha dado, y que abordan una visión verosímil, sincera, desarmante,… de los temas tratados.

Que a eso se le llame ciencia ficción, ficción especulativa, imaginación prospectiva, exploración imaginativa,… quizás sea lo de menos. Aunque es un hecho que pertenecen al mismo segmento literario. Al igual que Memorias de Adriano, las novelas de Lindsay Davis protagonizadas por Marco Didio Falco o Pasión de Legionarios, la entretenida serie que están echando ahora mismo en Cuatro, pertenecen al género histórico. Por muy diversas que puedan ser.

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Cosecha Navidad 2005 – Reyes 2006

Con eso de que mi cumpleaños coincide con los fastos navideños, ésta ha sido la época del año en que, por tradición, además de espiritualmente, me he hecho fuerte materialmente. Hay que sobrevivir el resto del año. Y la cosecha no se ha dado nada mal. Ya no hay juegos de consola (la XBOX empieza a acumular polvo; no hay tiempo), tampoco ropa, sí que han caído artículos de menaje para el nuevo hogar (menos de los pensados),… Y, sobre todo, ha habido bastantes libros. Más de los habituales. Hagamos un repaso:

  • Una jarra con sistema de filtrado para eliminar impurezas (el agua de Guarnizo tiene unos contenidos de cal exagerados)
  • Dos juegos de toallas de baño (uno rosa y otro naranja cyberdark)
  • Un cuadro de artesanía costa ricense (una hoja con un loro pintado en bonitos colores)
  • Unos vasos de cristal mu potitos
  • Un farol para poner en la miniterraza del salón
  • Un maletín nuevo para el portátil donde puedo meter también las cosas de clase (en cuanto cargue el ordenata me voy a deslomar; cómo pesa el cabrón cuando está medio lleno)
  • Un radio despertador chulo
  • DVD de La venganza de los Sith
  • Esta pared de hielo, de José María Guelbenzu (Alfaguara)
  • Leila.exe, de Hari Kunzru (Alfaguara)
  • Días memorables, de Michael Cunningham (El Aleph)
  • Contra la oscuridad, de Iain M. Banks (La Factoría de Ideas)
  • Jonathan Strange y el Señor Norrell, de Susanne Clarke (Salamandra)

Además me he regalado alguno de esos que no deben faltar en la bibliteca, como los cuentos fantásticos de Bierce, el primer volumen de los cuentos completos de Lovecraft o El consejo de hierro de China Miéville.

Por cierto, una nota sobre este último autor. En la entrada de hace un mes sobre Paz de Gene Wolfe alguien ligado a la editorial Interzona ha dejado un breve comentario que anuncia que van a traducir algo de Miéville. ¿King Rat? ¿Su colección Looking for Jake: Stories? Otra buena noticia para empezar el año.

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Escritos fantasma

Un terrorista a punto de poner una bomba en el metro de Tokio; un joven japonés prendado por el jazz y cautivado por una chica a la que sólo ha visto una vez; un abogado inglés de Hong Kong con un ataque de ansiedad que amenaza con mandar al carajo el negocio del año; una anciana china que vive al pie de la montaña de Songshan, cuna del budismo zen; un ente que puede viajar de persona a persona y que busca en Mongolia el origen de una extraña leyenda; una vigilante del Hermitage a punto de dar el golpe de su vida; un chico londinense con problemas financieros y con miedo a madurar; una investigadora puntera en Inteligencia Artificial escapando de una agencia de seguridad estadounidense; un locutor de un programa nocturno pasado de vueltas. Nueve protagonistas antagónicos para nueve historias sin relación aparente que, por obra y gracia de David Mitchell, componen un reflejo sui generis de la era globalizada que nos ha tocado vivir.

Para que se hagan una idea, Escritos fantasma tiene la chispa, intensidad y fuerza de las mejores primeras novelas, pero con la mayoría de sus defectos (la irregularidad en el pulso, la pérdida de control de la narración, la tendencia a la confusión en determinados momentos o multitud de excesos) tan atenuados que apenas se notan. De hecho, aunque Mitchell se muestra formalmente ambicioso hasta el punto de rayar en lo pretencioso, consigue un acabado tan contundente como desconcertante. Cada narración se aborda en primera persona desde una voz y estilo únicos reconocibles per se, lo que redunda no sólo en una perfecta definición y desarrollo de cada individuo sino también en una descripción adecuada y unívoca de los diferentes escenarios en los que están situados.

Las nueve piezas ilustran un trayecto de oriente a occidente que se inicia en Japón y concluye en Nueva York, y que atraviesa culturas muy dispares. Culturas que a pesar del fuerte contacto e hibridación a las que se van viendo sometidas mantienen unos rasgos acusados. Quizás las más atractivas sean las que tienen lugar en China y en Mongolia, por aquello de ser los ambientes más exóticos para el lector occidental. Especialmente la primera, que narra la vida de una anciana que ha padecido en sus carnes los setenta últimos años de la historia del país. Las convulsiones que ha atravesado el gigante asiático no son algo nuevo, pero leerlas en un espacio tan condensado y experimentadas por esta mujer convierten su relato en un ejercicio de necesario recuerdo, tan frustante como emocionante.

En cada narración hallamos ecos de las anteriores y de las posteriores que las van ligando entre sí. No importa lo alejado que estén dos puntos del mapa, ni la bajísima probabilidad de encontrar algún elemento del «pasado» de nuevo en acción. Una llamada de teléfono que un personaje le hace a otro, relaciones de parentesco, un encuentro casual en una cafetería, cierta música que suena de fondo, una noticia en un medio de comunicación, una presencia extraña, la aparición por unos instantes de un secundario en la vida de un protagonista… constituyen manifestaciones de ese mundo interrelacionado en el que vivimos. Un mundo en el que cualquier conexión es posible, sea o no relevante para el desarrollo final de la historia. De hecho en múltiples ocasiones no pasan de ser simples coincidencias que van hilvanando las historias hasta el punto de convertirlas en un todo con un sentido determinado. Esquivo, huidizo, difícil de aprehender, múltiple… Y, sin embargo, presente.

Si se analiza desde un prisma fantástico, el contenido fluctúa entre lo nulo, lo ténue y lo manifiesto. Por ejemplo en el primer relato penetramos en la desequilibrada personalidad de un fanático al servicio de una secta que parece salido de una historieta pulp de mutantes de los años cuarenta, incluyendo un fuerte componente mesiánico. Tanto sus procesos mentales como el ideario que ha alterado su percepción de la realidad tienen ese aire de extrañeza tan propio de la ciencia ficción que cuenta con seres alienígenas. Aunque en cada instante sepamos que no hay ningún contenido fantástico en lo que se nos está contando y que existe gente así alrededor nuestro.

En el siguiente relato, el día a día de un joven dependiente nipón en una tienda de música que no sabe qué hacer con su vida, no hay ni un sólo elemento que escape al más elemental realismo costumbrista. Pero en el tercer cuento nos encontramos con que, entre otros sucesos, la vida de una pareja inglesa en Hong Kong se ve perturbada por la aparición de un fantasma en su hogar. Un fantasma que puede interpretarse tanto como una presencia que amenaza su frágil relación, es decir el fantasma sobrenatural de toda la vida, como una metáfora del problema que los puede terminar separando. Fantasmas, por cierto, que van a manifestarse de forma muy diferentes en cada una de las historias.

Así podría seguir con el resto, que van variando su contenido imaginativo desde lo que es claramente ciencia ficción hasta lo que es nítidamente realista. Pero no quería olvidarme del último relato, el más divertido, cínico y alocado, que supone el acercamiento entre una mente asimoviana (se nota que Mitchell conoce la obra del buen doctor) con un locutor punki, hipócrita y desvergonzado. Un encuentro a través del cual se sigue la degradación del panorama internacional hasta un desenlace catártico digno de Vonnegut.

Lo publicó a mediados de 2005 la editorial Tropismos (sí, la misma que Jennifer Gobierno) y creo que cualquiera que guste de las historias con personalidad debiera darle una oportunidad. Aunque sólo sea para descrubrir los niveles que es capaz de esbozar Mitchell en el conjunto.

Un servidor queda a la espera de que en los próximos meses aparezca la traducción de Cloud Atlas, de la que habló muy bien Arturo Villarrubia en su sección «Keep Watching the Skies» de la revista Gigamesh y que se quedó a las puertas del Booker. Algo que también le ocurrió con su anterior novela Number9dream. Creo que con ésta también me conformaba.

Nota: me hubiese gustado haberles hablado de la relación entre Mitchell y Haruki Murakami, que todo el mundo cita como una de sus mayores influencias. Pero, para mi desgracia, ando muy corto de referentes.

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Crónicas de la IberCon

No es que el asunto colee todavía, pero estaba esperando a que Vórtice publicase el siguiente número de su revista electrónica para hacer una breve recopilación de algunos de los textos que se han publicado en la red sobre la fallida convención de hace dos meses en Vigo. ¿Por qué esperar hasta ahora? Estaba pendiente de aparecer la crónica a lo Sin noticias de Gurb que había escrito Fernando Ángel Moreno. No soy el más indicado para juzgarla, porque estuve allí y me resulta muy fácil entrar en el juego de continuas referencias que plantea. Pero el ingenio y el sentido del humor presentes en su extenso repaso redondean un texto agudo, especialmente divertido y bastante fiel a lo que vivimos allí. Se puede leer en este enlace (es un pdf que no pesa demasiado).

A su vez, Estación de nieblas publicó a finales de Noviembre un dosier con cuatro artículos de cuatro participantes diferentes. El subtítulo podría ser «Hace leña del árbol caído» y son especialmente interesantes porque tres de los cuatro cronistas son aficionados de a pie que iban a su primera convención. ¿Qué impresión se llevaron?

También vuelvo a enlazar la versión portuguesa del asunto: «A história da convenção fátua«, la crónica de Luis Filipe Silva, uno de los escritores portugueses asistentes. O cómo se vivió la IberCon desde el otro lado del río Miño.

Por último quería dejar constancia de tres crónicas de aficionados «recalcitrantes» (en el buen sentido), de los que han acudido a bastantes convenciones y, por tanto, cuentan con una experiencia mayor. «Breve crónica de una HispaCon que se me hizo larga«, de Eduardo Gallego, «La paja en el ojo ajeno y Vigo en el propio«, de Joan Antoni Fernàndez, y «Crónica de una HispaCon anunciada, poco«, de Alfonso Merelo. Este último, portada del Vórtice en línea que he utilizado como imagen para esta entrada. Aunque yo no estoy hasta las bolas de Vigo. Nos lo pasamos tan tan tan bien…

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Madurando…

Hace dos días he cumplido 31 años y con ellos ha llegado un hecho aciago. El temor que se ciñe sobre todos los cántabros de mi generación, una pavorosa circunstancia que acecha tras el calendario cuando se atraviesa el umbral de la treintena. Definitivamente la tarjeta de débito que me ha acompañado durante trece o catorce años, la Caja Cantabria 15-30, ha dejado de tener validez. Muerta en acto de servicio con su banda magnética inutilizada, está a punto de verse reemplazada por una tarjeta de débito normal y corriente. De esas que pagan una comisión anual por mantenimiento y no llevan tatuada ninguna edad en su cara.

A efectos oficiales, he dejado de ser joven.

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La literatura fantástica española y la especulación (VI): Limitaciones

Antes de cerrar con la siguiente entrada esta miniserie sobre la literatura fantástica española (más bien la ciencia ficción), quería dejar por escrito una consideración que lleva revoloteando cada comentario desde que inicié este tema hace poco más de un mes. Una perogrullada que no ves que sea excesivamente asumida entre los que más escriben en los diversos sitios de la red, sobre todo foros, y que debiera estar presente. Siempre.

Cuando gente como un servidor habla de la literatura fantástica en España lo hace generalmente desde una perspectiva limitante: desde dentro del ghetto. Se conoce con mayor o menor profundidad lo que han hecho los escritores amateurs que forman parte de lo que consideramos nuestro pasado, pero se tiene un vacío casi total de lo que se ha escrito desde fuera. Sea mucho, poco o nada.

Asimismo, me da que esa visión de «dentro» no está bien balanceada. Salvo aquellos lectores curtidos que han seguido ampliamente lo que ido apareciendo en las diferentes publicaciones del fandom desde hace más de una década (entre los que no me encuentro), que han seguido desde finales de los ochenta-comienzos de los noventa el lento e impareble ascenso de la generación de autores que, en su mayoría, aparecían en la antología de Minotauro editada por Julián Díez y la proliferación de otros escritores que han ido construyendo un panorama esperanzador, el resto no tiene la visión de conjunto necesaria para hacer aseveraciones de ningún tipo con el rigor exigible. Poco a poco a base de ir ampliando lecturas, se puede ir consolidando una opinión más extensa, sólida, coherente… Pero creo que todavía falta trecho por delante. Incluso para escribir una aproximación como la actual.

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La literatura fantástica española y la especulación (V): Dos ideas más

Se va agotando la pólvora que alimenta estos comentarios sobre la literatura fantástica hecha en España y el grado de especulación en los diferentes obras que se pueden encasillar como tal. Haciendo una síntesis de lo expuesto hasta el momento en las cuatro entregas anteriores, por aquello de refrescar la memoria a los que me hayan seguido:

a) No existe una tradición establecida de la literatura fantástica española del siglo XX con una clara vocación crítica respecto a la sociedad, su Historia, política,… (lo que no quiere decir que no haya ejemplos aislados)

b) Cuando se podría haber originado dicha corriente (finales de los sesenta, comienzos de los setenta) el franquismo y la realidad editorial de la época cohartaron cualquier posible despunte.

c) Resulta difícil escribir algo en ese sentido cuando el elemento inspirador que puede empujarte a ello no coincide y se encuentra tan atrasado respecto a lo que se está publicando allende nuestras fronteras.

d) La literatura mainstream es tan abundante y avasalladora que puede disuadir de hacer lo mismo.

e) La sociedad española no vive de espaldas al (mal llamado) primer mundo y sus preocupaciones acerca de una serie de asuntos han quedado bien reflejadas a través de la última corriente que ha revolucionado la ciencia ficción: el cyberpunk. Una corriente que ha prendado en nuestros autores, que han sabido abordar un tratamiento personal y vigoroso.

A todo esto, mejor o peor hilado, hay que añadir un par de ideas más que no voy a desarrollar porque incumben a aspectos en los que mi capacidad resulta todavía más limitada que hasta el momento.

Como indicaba en la tercera entrega, la ciencia ficción española ha estado orientada hacia el relato durante muchos años (no se publicaban novelas de género, al menos escritas dentro de él), y, además, ha estado constreñida por el tejido netamente amateur con el que ha sobrevivido hasta el presente. Un presente en el que, todo sea dicho, comienza a haber atisbos de un relativo profesionalismo; no tanto porque nuestros autores puedan vivir de sus creaciones como porque empiezan a ver cómo se publican sus narraciones en igualdad de condiciones que los traducidos, aguzando sus artes a niveles que pueden considerarse parejos (aunque de dentro del fandom no haya habido todavía nada que se acerque al calificativo de obra maestra… salvo un caso que me guardo para la sección de libros sabrosos de enero). Pero quería hablar de la dualidad relato/novela.

Los relatos constituyen un vehículo genial para lanzar al ruedo en las mejores condiciones ideas de todo tipo, como cualquier lector mínimamente avezado puede testimoniar. Pero cuentan con desventajas manifiestas respecto a las extensiones largas, como el circuito en el que se publican, con una difusión mucho más restringida que el correspondiente a las novelas. En los últimos treinta años la literatura fantástica de este país ha pasado de ver cómo las revistas y antologías eran más o menos aceptadas entre el público a verlas proscritas y abandonadas a un lado del camino.

Igualmente, a no ser que un relato sea condenadamente bueno (en la séptima y, presumiblemente, última entrada hablaré de unos cuantos que permanecen en mi frágil recuerdo), suelen ser rápidamente olvidado por el común de los lectores. Si en un foro cualquiera se hace un sondeo de qué historia de ciencia ficción ha denunciado mejor el peligro de la industria química sobre el ecosistema del planeta rápidamente saldrán a colación novelas como El rebaño ciego o Cronopaisaje. Pero… ¿y relatos? Hagan la prueba. Tristemente, lo que no permanece… perece.

Esto sin considerar que a efectos de desarrollar un concepto (o varios) la novela permite una exhaustividad y una mulitateralidad analítica que un relato no proporciona. No le corresponde. Lo suyo es presentar un hecho e inducir a la reflexión de forma más directa (independientemente de lo sibilino, turbador o subversivo que resulte). Con este panorama encontrar ejemplos de especulación pura se hace complicado. Es difícil que en un campo que apenas ha dado (no sé, seamos sumamente optimistas) una veintena de novelas de empaque abunden precisamente las buscadas. Si no miren la proporción en que se encuentra la especulación que se pide entre aquéllas que nos llegan de anglosajonia.

La segunda noción que quería apuntar en esta entrada reside en que, a diferencia de otros países, las ideas políticas de nuestros autores actuales, que tenerlas las tienen, no se manifiestan expresamente a través de sus narraciones. Yéndome hasta la comparación extrema, ahora mismo parte de los autores ingleses que más fuerte están pegando, capitaneados por los evidentes Iain M. Banks o China Miéville y seguidos por dignos segundones como Charles Stross o Ken MacLeod, o guionistas de cómic que han hecho excelente literatura fantástica en viñetas, caso de Alan Moore, Jamie Delano, Neil Gaiman o Peter Milligan, han escrito una serie de obras en las que la política juega un componente fundamental en sus tramas. La utopía comunista de La Cultura de Banks, la opresiva urbe de Nueva Crobuzón de Miéville, la sátira de los regímenes más conservadores y la apología del software libre de Stross, el terrorífico reflejo de la Gran Bretaña de la Dama de Hierro en los múltiples tebeos de los ochenta de Moore y Delano,… ponen de relieve que cuando la mentalidad política sale a pasear, las ideas de sus autores sobre la sociedad y el camino que sigue, podría o debería seguir ebullen, y se unen a la aventura, el thriller, el conflicto entre personajes,…

¿Por qué no ha ocurrido aquí lo mismo? ¿Hay un menor grado de militancia? ¿Se vive la política de otra manera? ¿Ha ocurrido, ocurre y no nos damos cuenta?

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El derecho a leer

Vengo siguiendo con bastante interés el asunto de la ley de protección intelectual, sobre todo ahora que en Francia se está a punto de aprobar una que, si se confirma la información que nos está llegando desde los medios de comunicación, supone un frenazo a la más elemental difusión de la cultura. Una locura de espanto que constituye la constatación definitiva de que a efectos de reproducción de material audiovisual uno es culpable hasta que se demuestre lo contrario.

Sobre el tema quería recomendaros la lectura de lo que ha escrito Francisco José Súñer Iglesias en su columna «Firmas». Una reflexión aguda y contundente que, además, relaciona con otro asunto de plena actualidad: la respuesta de la industria tabaquera a la ley que entra en vigor el uno de enero de 2006.

Léanlo. Merece la pena.

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