Hay libros que te puedes lanzar a reseñar nada más terminarlos; difícilmente con el tiempo las impresiones que te han deparado van a cambiar. Otros, en cambio, es necesario reposarlos. No tanto porque tu opinión pueda verse alterada, que también, sino porque los múltiples matices que albergan tienen que ir tomando su lugar hasta aposentarse. Nunca me abandones es, en mi caso, uno de ellos.
Antes de escribir sobre él, quería comentar un par de asuntos que me resultan indicativos desde un punto de vista de dentro del ghetto. Para empezar la noticia recogida en Stardust que situaba este libro de Kazuo Ishiguro como uno de los mejores libros de ficción del año para la revista Time (de hecho, encabeza la lista). Un libro que es ciencia ficción y que tenemos la suerte de que haya sido traducido al castellano por una editorial grande, Alfaguara, en una colección señera, Panorama de narrativas, que llega a todos los sitios, ocupa un lugar preminente en las librerías y tiene una maquinaria publicitaria envidiable. Sin embargo, ¿qué repercusión está teniendo ahora mismo entre aquéllos que leen habitualmente género? Por ahora menor de la debida.
También quería comentar la displicencia con la que Ishiguro ha tratado la ciencia ficción en alguna que otra entrevista publicada en periódicos de tirada nacional en su reciente visita a España. Iván Fernández Balbuena, en su excelente blog Memorias de un friki, se hacía eco a finales de Noviembre de una de esas declaraciones en las que decía:
Nunca concebí este libro como una novela de ciencia ficción (…) el género me aburre y no tengo la imaginación ni la voluntad para recrear ambientes futuristas
Les recomiendo leer la entrada, sobre todo por los comentarios dejados por Julián Díez y el propio Iván.
Buscando por internet algún sitio en el que Ishiguro profundizase en sus ideas, me encontré con una entrevista del diario argentino La Nación, repescada por Axxón. Extraigo lo siguiente:
—¿Ciencia ficción? ¡Sus lectores deben de haberse sorprendido mucho!—No lo llamaría ciencia ficción, aunque este libro fue en general catalogado en ese género. Más bien, me gusta pensar que es una ficción alternativa, del estilo «¿qué habría pasado si Kennedy no hubiese sido asesinado?». Yo aquí presento qué podría haber ocurrido en Inglaterra con un desarrollo científico mayor. No es que haya empezado diciendo «Voy a escribir sobre la clonación», ni que jamás haya querido contribuir al debate sobre las células madre y esas cosas. Soy un escritor y éste es puramente un recurso literario.
—¿Cómo nació el libro?
—A comienzos de los años 90 me puse a escribir una novela sobre un grupito de estudiantes que tenían algo distinto pero que básicamente discutían de libros, se peleaban y se enamoraban como todos los demás. Sabía que un destino extraño los aguardaba, pero no sabía exactamente cuál, y entonces abandoné el proyecto. Un par de años más tarde volví a intentarlo con el tema de las armas nucleares, dándole un tinte a la cuestión, pero no funcionó. Finalmente en 2001, cuando todo el mundo estaba con el asunto de la ovejita Dolly, escuché un programa científico en la radio y se me ocurrió que si mis protagonistas fuesen clones, creados para que los seres humanos pudieran usarlos en transplantes y descartarlos, la historia tendría una lógica, y todo cerró. Lo que yo quería contar era que la vida humana es limitada y todos debemos enfrentar el envejecimiento y la muerte propia y de los seres amados. Que por eso siempre tenemos en el fondo de la mente ese sentimiento de que nos estamos quedando sin tiempo y que siempre está latente la pregunta de qué es lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Que estos chicos sean clones y que su vida vaya a ser por definición de unos pocos años simplemente hace que estos temas se vuelvan más urgentes. Para mí, la clonación fue simplemente una metáfora para hablar de la condición humana.
Al final me queda la impresión de que el motivo de no utilizar este calificativo está en lo escasamente apropiado de la etiqueta ciencia ficción para definir todo lo que los que estamos aquí entendemos como tal. Una circunstancia que no por mucho comentada deja de estar vigente.
Centrándonos en Nunca me abandones, después de leer el libro queda claro que no se relata cómo es posible la clonación, ni se explica la transferencia de los órganos entre clones y originales, ni cómo es posible que un clon pueda hacer varias donaciones antes de morir… Incluso, yendo más allá, apenas se intuyen las consecuencias que ha tenido para la sociedad humana el haber inventado la clonación. Analizado estos contenidos, los que habitualmente se entienden como ciencia, se puede decir que el tratamiento es ligero.
Pero claro. Ese simplemente una metáfora para hablar de la condición humana le delata a Ishiguro. La ciencia ficción que venimos defendiendo los lectores de Wells, Lem, Priest, Ballard, Silverberg, Ellison, Bradbury, Banks, Disch, Malloquí, Orwell, Gibson, Sterling, los Strugatski, Varley, Spinrad, Chiang, Egan,… hace justamente lo mismo con las mismas herramientas que Ishiguro. Utilizan el bisturí de esa imaginación disciplinada que decía Plans para afrontar un reconocimiento anatómico del ser humano, su condición, las sociedades en las que vive inmerso,… a través de narraciones en las que nociones/ideas/instrumentos/… que todavía no existen, que presumiblemente no existan o que, si llegan a cobrar forma, seguramente no tendrán la que se les ha dado, y que abordan una visión verosímil, sincera, desarmante,… de los temas tratados.
Que a eso se le llame ciencia ficción, ficción especulativa, imaginación prospectiva, exploración imaginativa,… quizás sea lo de menos. Aunque es un hecho que pertenecen al mismo segmento literario. Al igual que Memorias de Adriano, las novelas de Lindsay Davis protagonizadas por Marco Didio Falco o Pasión de Legionarios, la entretenida serie que están echando ahora mismo en Cuatro, pertenecen al género histórico. Por muy diversas que puedan ser.