La rata y las ovejas (un año después)

Cuaderno de bitácora. Fecha estelar… 1 de Febrero de 2006. 11 meses después de que mi hogar virtual durante tres años, cYbErDaRk.NeT, terminase de quemar su combustible y apaguese su luz de forma definitiva…

Ha pasado un año desde que el aburreovejas salió a la red. Curiosamente nació el mismo día y (casi) hora que Hartree´s. Con escasa noción de qué podría ser esto de un blog, azorado por el recientísimo anuncio del fin de cYbErDaRk.NeT (y dos meses previos de locura), sin más intención que hacer un poco de sana divulgación. A mi manera.

Con más o menos éxito, escasa habilidad para crear polémica, una elevada capacidad para concitar la atención de gente que jamás se leerá esto (desde los que siguen buscando a Darth Vader en pleno acto a los que se sienten atraídos por Ricitos de Oro haciendo lo mismo, pasando por los que buscan imágenes de Superman o de señales de tráfico), un tiempo útil variable, una apetencia inconstante, un gusto tan personal como ligeramente transferible,… doscientas veintidós entradas después aquí sigo.

Hace poco Julián Díez en su Soria de las palabras se refería a esta afición tan poco justificable en según que ámbitos (mis padres no saben nada de esto; debería estar preparando una oposición en vez de escribir demasiado sobre cosas raras) como una cabalgada en solitario. Lleva toda la razón cuando habla de que los proyectos compartidos son más satisfactorios. Pero en el territorio blog, como antes en las páginas web de creación propia (hasta servidor tuvo un pseudo blog en el que hacía lo mismo), aparte del hedonismo que nadie puede negar, uno es su propio jefe, escribe lo que le viene en gana sin sentirse cohartado por esquemas prefijados, sin presiones de tiempo o maquetación, con el nivel de detalle que te puedas permitir… y, en mi caso, sin preocuparte de que la gente pueda verse o no interesada. Cada uno sabe lo que hay y si tiene una mínima curiosidad…

Veremos donde se halla esto dentro de un año. Dudo que llegue a las cuatrocientas cuarenta y cuatro entradas para entonces. Pero se hará lo posible. Por el camino habrá una pequeña Septentrión en Santander, una AsturCon en Gijón, un fallo del premio Xatafi-Cyberdark, una HispaCon en Dick sabe donde, muchas tertulias en el Naroba, incontables partidas a Falling (si no lo digo reviento)… Estrenaré una mesa de cocina modelo cyberdark de toda la vida (naranja y gris), una librería en la que, espero, entren todos mis libros y la mayoría de cómics (prometo poner fotos), un piso que poco a poco está cobrando forma (prometo fotos)… Sobreviviré a un curso que, llegado al ecuador, se está haciendo duro. Me cabrearé porque Galactica no termina de romper el status quo como prometía y se adocena, seguiré aguardando, tonto que es uno, a que se publique la segunda temporada de Babylon 5, intentaré ser más constante en el tema de la piscina… Y confío leer, al menos, siete decenas de libros, entre los que habrá varios de José Carlos Somoza, José María Merino, Haruki Murakami, China Miéville, Joan Perucho… Ya iré contando cómo progresan todos estos asuntos y cualquier otro.

Si son buenas ovejas, seguirán bostezando al son de mis palabras.

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Un par de velatorios (y II)

A raiz de estar leyendo el libro de Guelbenzu que citaba en la entrada anterior, me acordé de un álbum de Manel Fontdevila, Mantecatos, premio a la mejor obra en el Salón de 2004. Una recopilación de varias historias publicadas previamente en revistas y fanzines y que contenía una visión de los velatorios inolvidable que, dicho sea de paso, tiene poco que ver con Esta pared de hielo.

La historia se titula «Humo». Son seis páginas en las que una contable que está trabajando de madrugada, apretada por un plazo de entrega a punto de concluir, mientras se fuma un cigarrillo, se pone a pensar sobre la muerte y la ceremonia que en España se realiza primero en el tanatorio y después en el cementerio. En dos páginas resume, con un poder de síntesis incontestable, lo que son los velatorios en menos de 20 viñetas, con su fauna, sus frases hechas,… Y después, en un alarde de imaginación, le da la vuelta a la situación cambiando muerte por sueño. Sí, ese sueño eterno tan manido llevado tal cual a la realidad. El resultado, abreviado, el que sigue

Si compra algún que otro tebeo no deje pasar este álbum que contiene otras historias geniales como las baladronadas de un escritor en ciernes («Lunes again») o las aventuras de unos niños en los primeros años de la E.G.B. («Mantecatos»). Y si no lo conocen, denle un tiento a cualquiera de sus recopilaciones de La parejita; humor costumbrista de alto octanaje ideal para reirse de muchas situaciones que, si ha vivido/vive en pareja, seguro le suenan.

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Un par de velatorios (I)

Recientemente he tenido la oportunidad de leer Esta pared de hielo, de José María Guelbenzu. Un libro irregular, con manifiestos altibajos, que me ha dejado un agradable sabor de boca. Dividido en tres segmentos complementarios trata temas como la muerte, el compendio de lo que acaba conformando una vida, la nostalgia de nuestro pasado real o potencial, las relaciones de pareja,… Asuntos trascendentes que se abordan con gallardía. Guelbenzu propone una mirada alejada de las habituales semblanzas en primera persona para penetrar en un tratamiento multipolar variado y rico, a ratos rutinario, a ratos engolado, a ratos intrigante.

En un primer segmento un difunto recién fallecido espera a orillas de la laguna Estigia a que sus familiares cumplan con toda la ceremonia que rodea a la muerte para pasar al otro lado. Allí el barquero, pacientemente, escucha (y soporta) todas las reflexiones que le surgen a raiz de su muerte: qué proyectos quedaron inconclusos, cuáles olvidados, el sentido de su vida, cómo fue su relación con su familia, qué habría cambiado, la visión de la humanidad después del convulso siglo XX, su condición anodina, … A su vez en el segundo segmento su mujer, descansando en casa a la espera de retornar al tanatorio para enfrentarse a las últimas horas previas al entierro, recibe la visita de un demonio que quiere descubrir qué se esconde detrás de un hecho oculto en la vida del matrimonio. Una acción a priori sin importancia que marcó a la pareja durante décadas.

Ambos planos guardan una cadencia medida y un tanto sintética: a veces fluyen con naturalidad y otras dan vueltas constantemente sin aportar nada; el narrador tiene que mantenerlas parejas para que las revelaciones se mantengan sincronizadas. También deparan un adecuado tratamiento sobre cuestiones trascendentes o mundanas, y acusan un lenguaje ceremonioso, grandilocuente, teatral,… Funcionan como dos monólogos pasados por un tamiz más propio de la literatura de siglos pasados perdiendo verosimilitud.

Sin embargo en el tercer acto, intercalado entre los anteriores, se encuentra un relato del velatorio del difunto en el que Guelbenzu da un do de pecho intachable, potente y dotado de genio. Mediante escenas de dos o tres páginas repasa todo lo que suele ser un velatorio a través de las espontáneas conversaciones que van surgiendo entre los que esperan a que la viuda haga acto de presencia: el dolor de unos familiares, el deber hipócrita de otros, el sentimiento de sus compañeros de tertulia, el conocimiento superficial de muchos compañeros de trabajo, la nostalgia de un antiguo compañero de juegos con el que perdió el contacto,… Nada insólito pero, como compendio, reproduce con chispa e ironía lo que supone este triste e inevitable trago del que no podemos escapar.

Lo más enriquecedor viene del elemento fantástico que se vislumbra mediante el recuerdo que realizan del difunto los personajes de las novelas de Emilio Salgari que leía de niño, los restos de aquellos soldaditos con los que jugaba y que ahora forman parte de una pata de la mesa que aguanta su ataud o un diálogo entre su ángel de la guarda y su mala conciencia. Ejercicios imaginativos de primera magnitud ingeniosos, bien resueltos y muy efectivos; es a través suyo donde nos podemos ver mejor reflejados si situamos en la historia nuestros iconos personales. De ahí a que surja nuestra propia nostalgia sólo hay un suspiro.

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El círculo de Jericó

Aprovechando que el reciente saldo de Nova ha puesto de nuevo el libro en el candelabro, y que su autor ha entrado con muy buen pie en la blogsfera con La fraternidad de Babel, repesco esta reseña de El círculo de Jericó que escribí hace más de dos años aprovechando una relectura. El libro es, probablemente, la mejor literatura fantástica que ha producido alguien salido del mundo aficionado y, tristemente, tuvo una repercusión mínima. Que no agotase su edición habla, bien a las claras, de lo que somos los lectores de ciencia ficción españoles. Aunque a un servidor le queda el consuelo de haber hecho el canelo en su día pagándolo a precio de portada.

Para el que lo desconozca, bajo el título de El círculo de Jericó se recogen una serie de relatos escritos a comienzos de la década de los 90 y publicados en los fanzines de la época, sin ninguna relación argumental, eclécticos en sus temáticas y engarzados con habilidad en un relato que los contiene y les proporciona una mínima cohesión. Un escritor, su mujer y su hija, durante una excursión a la comarca de la Garrocha en Gerona, visitan el cono volcánico de Santa Margarita (uno de los parajes naturales más hermosos que se pueden visitar en España). Allí se topan con un variopinto grupo formado por siete extraños personajes que se postulan como guardianes de la realidad. Cuando están conversando con ellos, una violenta tormenta les sorprende y se ven obligados a refugiarse en una casa deshabitada de las proximidades. Esperando a que mejore el clima, cada uno contará una historia sobre un hecho que, una vez conjurado mediante su relato, ya no tendrá lugar.

Aunque el libro apareció dentro de una colección como Nova, clasificar su contenido es una labor complicada: la etiqueta ciencia ficción se queda pequeña para lo que se puede encontrar en su interior. Cierto es que la mayoría se sitúa en terrenos habituales en el género, como denunciar los monstruos surgidos del sueño de la razón o exponer la relación que establecemos con la tecnología. Pero aparte de que todos se desarrollan en el presente, en algunas ocasiones lo sobrenatural y lo inexplicable irrumpen en la trama por caminos fantacientíficos, algo que no molesta; Mallorquí es un narrador convincente capaz de hacer asumibles los giros más increíbles.

El más sobrecogedor de todos los cuentos es «El rebaño», una historia triste de fin del mundo que habla de la nobleza de muchos actos inútiles. La especie humana se ha extinguido debido a la liberación de una plaga y, años después, en un pueblo del Pirineo, un perro mantiene la rutina que le enseñó su amo. Día tras día saca a un rebaño de ovejas del corral, las lleva a los pastos y, al caer la tarde, las devuelve al cercado. Mientras, en las capas altas de la atmósfera, un satélite militar busca ponerse en contacto con la humanidad que le puso en órbita. Ambas acciones le permiten a Mallorquí establecer una comparación centrada en la «cotidianeidad» de los dos seres, al contraponer cómo sobrellevan la pérdida del «creador» que les dio forma y les asignó su misión.

Amante de autores de la ciencia ficción clásica como Simak, Bradbury o Bester, reproduce el tono melancólico de parte de los relatos de los dos primeros y lo impregna de un conmovedor sentimiento de pérdida que, al aproximarse el desenlace, emociona. La parte dedicada al perro, contada en tercera persona pero con una enorme cercanía al animal, pone la piel de gallina en unos pasajes duros y hermosos donde los que tengan la lágrima fácil (como servidor) es posible que lleguen a soltar más de una. Y es que Mallorquí consigue algo muy difícil: crea empatía con muchos de sus personajes, una capacidad que, en lo que a mi respecta, brilla por su ausencia en la ciencia ficción española.

Otro relato intachable es «La pared de hielo», que juega con la dualidad ciencia/religión y se constituye como un tecnothriller bien urdido. Contado en primera persona a modo de flashback, desvela los hechos que llevan a la aparición en la Tierra de un dios creado por medio de la manipulación genética. Dado que Mallorquí no tiene una formación científica, sorprende su solvente ambientación en un laboratorio de bioingeniería y el uso que hace de algunas ideas sobre control mental que otros autores anglosajones han utilizado con éxito recientemente, como Paul McAuley en El beso de Milena. Al igual que «El rebaño», tiene un tinte fatalista centrado en un narrador que no puede luchar contra el inevitable transcurrir de los acontecimientos.

La tercera joya de El círculo de Jericó es «La casa del doctor Pétalo», una novela corta que presentó al UPC en el año 93 y que, después de haber leído los ganadores (Elia Barceló y Alan Dean Foster) pienso que debió llevarse el galardón. Es otra historia de hondo sabor clásico, con unos personajes deliciosamente humanos, una trama no demasiado compleja y un desarrollo atrayente. El objeto central del cuento es, como bien resume el título, la casa del doctor Pétalo, una inmensa estructura ajena a nuestra concepción del espacio y del tiempo, que contiene en sus «habitaciones» toda una serie de arquitecturas provenientes de las más variadas civilizaciones. Pétalo, encargado de las secciones provenientes del planeta Tierra, se pone en contacto con Sara, una mujer joven que habita en una casa modernista de Barcelona para añadir su salón a la macroestructura.

El argumento en sí mismo no sorprende y, uno por uno, pasa por todos los hitos esperados: se establece el problema económico de Sara, se encuentra con Pétalo, duda ante la extraña oferta, visita la mansión, se relaciona con sus habitantes, se enamora de uno de ellos, descubre un secreto que nadie le quiere revelar,… Pero Mallorquí es un narrador elegante que siempre tiene algo que ofrecer y, aparte de una idea fascinante descrita con todo lujo de detalles (la Mansión), construye unos personajes carismáticos que se comportan con la irracionalidad de un ser humano puesto en una situación de conflicto emocional.

El resto de los cuentos podrían incluirse dentro de esta terna de los que he comentado hasta ahora, pero se caen por diferentes motivos. «Materia oscura» recuerda a lo mejor de Empotrados de Ian Watson o el primer cuento de Hyperion de Dan Simmons, con un misionero a la búsqueda del secreto que oculta una tribu perdida del amazonas. Es sorpresivo aunque le falta pegada. A su vez «El escritor, la muerte y el diablo» es la tópica historia de creador que le vende su alma al diablo por el favor de las musas. Está bien contada pero no aporta nada nuevo al esquema conocido… salvo la divertidísima manera que tiene de contactar con el averno y venderle su alma, a través de un interfaz textual que aparece en su procesador de textos.

Otro cuento donde la ciencia y la tecnología, unidas a la ambición humana, terminan abriendo la caja de pandora es «El hombre dormido». En él unos científicos se reúnen en Creta para estudiar una nueva fase del sueño que han observado en dos pacientes y terminan cambiando el planeta. Al igual que «El rebaño» (y otras historias que ha escrito), Mallorquí juega con dos hilos: el central y uno lateral con el que no parece tener relación y que se acaban uniendo en el desenlace. No obstante no concitan el mismo interés y el segundo me parece harto pretencioso. Como curiosidad, me ha recordado a Buscador de sombras de Javier Negrete, novela corta posterior que ganó el premio UPC del 2000. Algo semejante ocurre con «El mensaje perdido», otro relato escindido en dos cuya parte principal se centra en la búsqueda de la propia identidad por parte de un gitano con el don de la clarividencia, otorgado de forma absurda por un transmisión entre especies alienígenas y que, casualmente, chocó con su cabeza en el momento de su nacimiento. Con un cierto aire al humor de Lem o Vonnegut, se lee como una fábula moderna agradable y sana sobre la formación de un ser humano y la necesidad de encontrarle un sentido a nuestra existencia.

Todos ellos hace de El círculo de Jericó uno de los mejores libros de literatura fantástica escritos en España, y una herramienta fundamental para conocer a uno de nuestros escritores más capacitados. Lástima que para saciar el hambre haya que recurrir a sus libros de literatura juvenil. Aunque gozosos, no producen sensaciones equiparables.

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Reunión intertertulias en Santander

Estoy terminando de enviar a diferentes listas de correo y foros varios el mensaje que pone en la red un encuentro entre tertulias de literatura fantástica que se lleva gestando desde la IberCon. Allí Santiago Eximeno y Fernando Ángel Moreno, enviados de Xatafi a la convención, nos comentaron la posibilidad de hacer algo así en Santander un fin de semana del mes de Marzo. Aprovechar un encuentro para conocernos, estrechar lazos, poner en contacto los diferentes proyectos que se llevan a cabo (supongo que será un clinic de Getafe y Gijón), animar a los que vengan de lugares sin tertulia a que intenten montar una, jugar a Falling, beber buena cerveza, conocer Santander a finales de Invierno, salir de marcha, jugar a los dardos y al billar, charlar, charlar y charlar…

Vamos, una tertulia como a la que asistimos pero a una escala mayor.

La nota de prensa

Por iniciativa de la Asociación Cultural Xatafi (que, entre otras actividades, promueve la Tertulia de Getafe) y la Tertulia Fantástica de Santander, se está preparando un encuentro de tertulias de literatura fantástica que tendrá lugar en la capital cántabra durante el fin de semana del 10, 11 y 12 de marzo del año 2006, con la denominación de «Septentrión».El objetivo es estrechar lazos entre aficionados de diferentes puntos de la geografía española, participen o no en una tertulia, de manera que se puedan compartir experiencias, poner en marcha nuevos proyectos,…

La reunión, abierta a quien quiera y pueda acudir a la misma, tiene en principio un carácter informal, aunque se está trabajando en la posibilidad de realizar algún acto cultural aprovechando la participación de varios autores. Santander no es un lugar muy dado a este tipo de manifestaciones (menos aún a las relacionadas con el fantástico) y nos gustaría aportar algo en este sentido. En la página web de la TerSa informaremos de las actividades que se vayan organizando.

El único momento central establecido hasta el momento, y para el que es necesario una preinscripción, es la cena que realizaremos el sábado día 11 en un restaurante todavía por determinar. Para ello es necesario hacer una reserva en la dirección de correo electrónico de la TerSa, de modo que podamos estimar correctamente el número de comensales. Es importante realizar la reserva antes del sábado 24 de febrero. Si resulta imposible saberlo hasta después, ponte en contacto con nosotros. Puede haber hueco.

En el caso de necesitar una habitación de hotel, hay dos posibilidades. Un hotel convencional (dados los precios de Santander ciudad, recomendamos el uso de los bonos Bancotel; se pueden consultar precios y días en http://www.viajeseroski.es/hoteles/bancotel/santander/$034$82) o algo más asequible (p.e. este hostal situado en pleno centro de la ciudad, en la plaza de las estaciones http://www.hcabomayor.com/).

Para cualquier duda, consulta, sugerencia, bronca,… escribid a tersa(arroba)cyberdark.net o visitad nuestra lista de correo en yahoogroups http://es.groups.yahoo.com/group/fantastico_cantabria/

Enlace: Página de la Tertulia Fantástica de Santander: http://tersa.cyberdark.net

En las próximas semanas iremos concretando lo que nos falta (que no es mucho; esto no es una convención) y anunciándolo allí donde hemos puesto el mensaje. Nuestro querido webmaster/diseñador/modisto incluirá las modificaciones en el cartel que preparó hace un par de meses (aparte de la inclusión del valle de Villaverde en el mapa de Cantabria).

Esperemos que el encuentro salga niquelado, la gente que se acerque lo pase bien, se anime a repetir en futuros encuentros y a participar en cualquier proyecto que se le cruce por delante.

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Perdidos

No, no voy a escribir nada sobre la serie de televisión creada, entre otros, por Damon Lindelof y J. J. Abrams. Ésta es la novela de Peter Straub, Lost boy, lost girl, a la que Minotauro le ha cambiado el título por uno más directo y, posiblemente, oportunista. Sobra decir que no tiene nada que ver.

Resulta llamativa la aparente contradicción existente entre el éxito del terror como género cinematográfico y su situación al borde del coma en el panorama de la literatura contemporánea. Más si se compara con lo que ocurre con la fantasía heroica. Mientras en los cines las salas se llenan para visionar las sucesivas películas que se estrenan independientemente de su calidad, en las librerías las colecciones de género que ni cobijan obras de tiempos pretéritos ni publican a los grandes nombres apenas editan cuatro o cinco nuevos títulos al año, imbuidas en una economía de mera supervivencia. Títulos que, es triste decirlo, salvo excepciones puntuales, tampoco es que resulten afortunados, generando una pobre impresión en el lector español que gusta acercarse hasta a él.

Uno de los autores más señalados del terror moderno es Peter Straub, escritor del que se tradujeron varias obras hace más de una década y que, salvo por su colaboración con Stephen King, se encuentra degradado a la condición de primera figura abducido del mercado. Minotauro, con buen criterio, lo ha recuperado con Perdidos, novela ganadora de los premios de terror más importantes del año 2003: el Bram Stoker y el International Horror Guild. Cosa que en sí misma no quiere decir mucho; galardonadas recientes con el primer premio (estoy pensando en la horrenda Hijos del crepúsculo, de Janet Berliner y George Guthridge, o la interesante aunque vacua Clase nocturna, de Tom Piccirilli) no cumplían con el estándar de calidad que se asocia a un premio con tal calificativo. Sin embargo, sin llegar a impresionar, con Perdidos consigue una narración un tanto convencional pero congruente. Y satisfactoria.

Digo lo de convencional porque Straub acude a un argumento manido. Tim Underhill, un escritor de terror, vuelve a Millhaven, su ciudad natal, para acudir al entierro de su cuñada que se ha suicidado. A las pocas semanas se ve obligado a retornar porque su sobrino, Mark, ha desaparecido sin dejar rastro. Utilizando sus dotes investigadoras y con la colaboración de su amigo Tom Pasmore, Tim descubrirá las interioridades de la vida de su cuñada, el posible motivo por el que se quitó la vida y cómo Mark se empezó a sentir atraído por una casa de su vecindario que oculta un pasado espeluznante. Una atracción que está en el corazón de todo el asunto.

Con esta base nos hallamos ante una novela de casas encantadas con una componente costumbrista muy acusada y, cerrando el conjunto, unas porciones de hay un psichokiller en la ciudad. Una composición a la que Straub, con un oficio tremendo, le imprime interés, buenos detalles, profundidad y un leve aunque decidido hálito de originalidad.

El aspecto que menos me ha convencido está en la estructura que termina cogiendo la narración. Se comienza con una primera sección en la que se desarrolla la llegada de Tim Underhill a Millhaven y su asistencia al velatorio de su cuñada, en el que testa que allí hay algo más que una muerte. Todo correcto. En la segunda sección se da un paso atrás en el tiempo, una semana antes de ese momento, para introducirnos en la vida de los Underhill con el protagonismo central de Mark, un adolescente que no se entiende con su padre y que empieza a sentirse atraído por esa casa de oscuro pasado. Todo correcto. Sin embargo, en la tercera sección, en la que se retorna al “presente” con el regreso de Tim a Millhaven tras la desaparición de Mark, comienza un vaivén sin ton ni son entre un pasado en el que se vislumbra lo ocurrido con éste y el presente en el que se siguen las investigaciones realizadas por su tío y la policía. Vaivén que ni es molesto ni confuso pero que aparte de abrupto deja la historia deslavazada al generarse un conjunto sin cadencia alguna. Asimismo el asunto del asesino en serie se me antoja impostado, sin una relación con el cuerpo central de la obra atado del todo.

Por el contrario, es necesario alabar la faceta humana de la historia; adecuadamente tramada, con unos personajes principales bien asentados, un comportamiento coherente y un notable relato del día a día de un chaval sin ninguna conexión con su familia y a la búsqueda de una vida mejor. Aunque, como decía antes, no sea nada nuevo está lo suficientemente bien narrado como para mantener la atención. Además Straub sale airoso de la pirueta argumental a la que se presta con el elemento fantástico.

Las historias de casas encantadas son sota, caballo y rey. El mal y las desgracias allí cometidas en el pasado se vuelven contra el presente buscando venganza, retribución, liberación, se rinde cuentas con el pasado, los demonios interiores acuden, se quiebra la confianza, los pequeños conflictos estallan,… Aquí ocurre en parte esto… y en parte no. Se huye del convencionalismo con una solución difícil, arriesgada y, quizás por eso, en una primera valoración, un tanto amarga; por lo que implica y cómo se realiza. Sin embargo, si se analiza bajo el prisma de la personalidad de Mark, lo que tiene en su vida, lo que busca y lo que le ha pasado a su madre, es de lo más apropiada.

En este contexto está claro que poco terror hay en Perdidos. No obstante por lo resumido hasta el momento, la ligera angustia que destilan varios pasajes y el trabajado perfil de la clase media/baja estadounidense, alienada, triste, tragada por la rutina,… produce un oportuno desasosiego.

Ya digo, estando lejos de ser una obra imprescindible en conjunto resulta más que satisfactoria.

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Régis Loisel

fonz, en su retorno a La estación fantasma, ha iniciado una nueva sección aperiódica (espero que más periódica que las mías) bajo el título de «Tebeos que me han convertido en lo que soy». Declaración de principios:

Tebeos que me obsesionaron durante temporadas enteras, que leía y releía hasta casi desintegrarlos en épocas chungas o divertidas. O en tardes de plomo donde encontraba en esos tebeos un extraño consuelo, o disfrutados durante infinitos veranos infantiles que parecían no acabar nunca. No son tebeos que escoja por su calidad, algunos son muy buenos, otros no tanto, otros serán detestables. Sin embargo significan mucho para mí, y eso, que contribuyeron a (de)formarme irremediablemente.

Como primera andanada elige: Palomar, de Beto Hernández. Un cómic que admiro pero en el que nunca he entrado, quizás por una lectura defectuosa (achacable a la nefanda publicación por parte de La Cúpula), quizás porque estas historias río en el mundo real con múltiples personajes me van más en la literatura que en el cómic,…

El caso es que después de leer la entrada, visitando enlaces de blogs sobre cómic que tengo en favoritos, a través de La BD, un espacio dedicado mayormente al tebeo francobelga, he visto que Régis Loisel ha inaugurado una página personal en la que se presenta al mundo de la red. Y el Losiel de La búsqueda del pájaro del tiempo es uno de los culpables de mi inclinación y afición inmisericorde hacia lo que se viene en etiquetar como fantasía heroica. Los cuatro álbumes de los que consta ocupan un lugar preferente en mi estantería y vuelvo a su interior de verano en verano para mirar. Es una de esas escasas obras por las que seguramente mataría a la hora de hacerme con alguna ilustración que colgar en el estudio que estoy preprando en mi nuevo hogar (eso si dispongo de algún centímetro cuadrado de pared libre, que está por ver).

El Loisel que se puede observar en La búsqueda del pájaro del tiempo, sobre todo el del último álbum, El huevo de las tinieblas, borda un mundo a mitad de camino entre la fantasía heroica y un diseño escenarios deudor de la ciencia ficción clásica del cómic europeo. En él sitúa a unos personajes con un diseño (los calificativos no son gratuitos) inconmensurable, que además de radiar su personalidad con sus poses o gestos tienen presencia, carisma, fuerza,… Y consigue algo que muy pocos tebeos han conseguido conmigo.

Así como hay contadísimos cómics de terror que realmente acaben transmitiendo esta sensación, he encontrado muy poquitos tebeos de aventuras en entorno fantástico que me hayan trasladado cantidades tangibles de ese anhelado sentido de la maravilla del que andamos muchos a la busca. No ha habido viajes a los mundos de la viñeta, paseos por sus ciudades, emoción en sus paisajes idílicos, temor en los infernales,… y sí mucho acartonamiento. Me lo puedo pasar bien leyéndolos pero, la verdad, en esta faceta en mi caso se consigue mucho más con la palabra estimulando mi imaginación (aunque parezca un contrasentido). Sin embargo zambullirme en la gris y neblinosa región de los velos de espuma, escalar entre las aves que pueblan el dedo del cielo, ser perseguido por bestias sedientas de sangre en la fría y peligrosa región blanca, sobrevivir al acecho de el maestro por la frondosa selva,… vivir las vicisitudes que atraviesa el grupo y maravillarme fue (y es) todo uno.

Así que si alguien quiere saber qué ha sido de él (o quién es), bajarse algún fondo bonito (me acabo de poner uno de Peter Pan precioso), repasar su bibliografía,… aquí dejo el enlace.

Por cierto, que no sé por qué Le Tendre y él no siguieron con la segunda serie de El pájaro, iniciada con El amigo Javin, un álbum en el que Lidwine hacía un homenaje a Loisel como deben ser los homenajes. Aportando personalidad. Una pena más que sumar a lo poco prolífico que resulta o la fatalidad de que no haya una edición disponible de la serie en el mercado español. Aunque Norma promete publicar un integral próximamente.

Nota: Y ¡qué mujeres!

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Nunca me abandones

Comentaba en la entrada previa sobre Nunca me abandones que en esta novela, protagonizada por clones destinados a donar sus órganos cuando sean necesarios, no se relata cómo funcionan los aspectos relacionados con la clonación. Y aunque se intuyen las consecuencias que ha tenido para la sociedad humana, no deja de ser un asunto secundario de la historia. Esta circunstancia, que podría ser un contratiempo a la hora de darle verosimilitud y más desde la perspectiva de género bajo la que tiendo a analizar todo aquí, se evita dado el punto de vista que Kazuo Ishiguro utiliza para desarrollar su argumento. A la hora de narrar la voz es un componente fundamental que además de dotar de personalidad y coherencia a una historia ayuda a que ésta cale. Y aquí la voz de Ishiguro resulta tan poderosa como impecable

Kathy H. es una mujer de treinta y un años que se dedica a cuidar donantes mientras recorre Gran Bretaña en coche. A través de sus recuerdos nos conduce por su vida desde su infancia en el internado de Hailsham, un colegio de presunta elite en el que, sin apenas contacto con el exterior y en compañía de otros chicos de diferentes edades, era preparada para un futuro opuesto al del resto de la humanidad. Un porvenir a priori desconocido que poco a poco va cobrando tenebrosa forma.

La aproximación de Ishiguro a la vida de Kathy es sugestiva. Lejos de caer en la linealidad más anodina, durante el primer tercio de la narración utiliza un efectivo movimiento en espiral. Los recuerdos que Kathy rememora se alejan de cualquier base cronológica y da pequeños saltos en el tiempo adelante y atrás según las situaciones acuden a su memoria, formándose una visión enigmática, desasosegante y sincera de sus días en Hailsham. Un lugar en el que, entre el comportamiento habitual de los adolescentes, se le imbuye en una percepción del mundo construida a base de eufemismos, medias verdades, mentiras completas y absolutamente alejada de la realidad. Una limitación que termina condicionando su relato.

En este proceso le acompañan sus amigos Ruth y Tommy, con los que vive la típica historia triangular en la que se cruzan amor, ternura, confianza, desencuentros, reconciliaciones,… y que proporcionan una aproximación complementaria a su continua búsqueda de un sentido existencial. Un sentido tergiversado por el lenguaje políticamente correcto, las limitaciones impuestas a la percepción, la ambivalencia o la falsedad más piadosa que se apropia de sus vidas.

Como decía al comienzo, el poder de Nunca me abandones está en el estilo utilizado por Ishiguro para abordar la narración: la voz de Kathy. No sólo es nítida, consistente y continua sino que posee una pléyade de matices cautivadores. Como transmitir un esmerado equilibrio entre una emoción que no terminan de estallar y una leve distancia que termina haciéndose extraña. Sobre todo si el lector mantiene la esperanza de que el libro termine virando hacia donde lo conducirían sus prejuicios o deseos. No hay ni arranques de genio ni atisbo de rebelión sobre lo que el futuro depara, y sí una obstinada búsqueda de una respuesta trascendente a su situación que, de forma ineludible, desemboca en una aceptación triste y, por qué no decirlo, despiadada. Funciona como un potente remolino: en cuanto empiezas a nadar en sus proximidades quedas atrapado por un melancólico maelstrom que te lleva hacia el centro. Hasta que te arrastra al fondo.

Me gusta la conclusión a la que llega M. John Harrison en su crítica aparecida en The Guardian:

This extraordinary and, in the end, rather frighteningly clever novel isn’t about cloning, or being a clone, at all. It’s about why we don’t explode, why we don’t just wake up one day and go sobbing and crying down the street, kicking everything to pieces out of the raw, infuriating, completely personal sense of our lives never having been what they could have been.

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Kevin Smith y Superman Reborn

A finales de la pasada década Kevin Smith estuvo trabajando en una nueva versión para el cine de Superman. Llegó a escribir un borrador de guión que no fue aceptado por el director al que contrataron posteriormente, Tim Burton. El proyecto, tras atravesar por un serio parón, se reactivó debidamente renovado en 2004 y nos llega este año dirigido por Brian Singer.

Por internet está circulando un vídeo en el que Smith relata cómo fue su relación con los directivos de la Warner, las ideas que el productor de entonces quería introducir en la historia y cómo terminó el asunto. Un ingenioso monólogo digno de un gran showman. Tarda un rato en cargar (es un vídeo de 19 mintuos), pero la paciencia termina recompensando. It´s fucking funny.

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