Olympo I: La guerra

Olympo: La guerra

Olympo: La guerra

Sí, ya sé que es harto inadecuado hacer un comentario de media novela. Pero ante el vicio de dividir no hay mejor respuesta que la virtud de escribir una medio reseña: medio fundada, medio desinformada.

Y ante este mitad del desenlace, he de confesar mi ligera desazón; como ya habían adelantado algunos que prefirieron leerla en inglés, todo apunta a que la conclusión no se encuentra a la altura del planteamiento. No tanto desde el punto de vista argumental, que mantiene la ambición y queda relativamente bien orientada, sino del escaso interés que Dan Simmons se ha tomado por elaborar una narración que sea algo más que una mera sucesión de acontecimientos.

Olympo se inicia casi un año después de la conclusión de Ilión en la ciudad de Troya. Los heroes homéricos continúan enzarzados en su batalla con los dioses y, en muy corto espacio de tiempo, una serie de acontecimientos encadenados alteran de cabo a rabo su situación. Mientras en la Tierra, los escasos humanos supervivientes asediados por los voynix tienen que afrontar en desigualdad de condiciones una guerra que no pueden ganar y una amenaza caída del cielo que promete cambiar la faz del planeta, el sistema solar, la galaxia, el universo y quién sabe si otros universos paralelos.

Como digo, la historia sigue por el camino apuntado en la primera parte: extrae el máximo partido al nexo emocional del lector con la cultura helénica, incluye toda una serie de elementos científico tecnológicos de la última hornada tan espectaculares como llamativos, y altera continuamente el curso de la acción, haciendo que sus protagonistas den más vueltas que el proverbial tiovivo. Asesinatos truncados, amenazas latentes, vaticinios que no se cumplen, aristeias con un desenlace insospechado, personajes que hacen mutis por el foro para materializarse cuando menos se los espera, muertes sorpresivas y resurrecciones flagrantes,… un todo vale desenfrenado del que es complicado saltar en marcha.

No obstante… No voy a defender que Simmons sea precisamente el más fino virtuoso a la hora de estructurar una narración, pero al menos en Ilión había un armazón establecido con el que se presentaban los hechos: tres hilos que se alternaban con claridad y que exponían una secuencia cronológica más o menos asentada. Sin embargo aquí dicho esquema se volatiliza al multiplicarse la cantidad de personajes protagonistas. Si a esto le sumamos el aumento de complejidad al desplegarse ya todas las cartas que estaban dentro de su manga, el resultado es un semicaos en el que se navega sin contratiempos pero que deja a las claras la completa despreocupación del autor por intentar introducir algo de sentido en el berenjenal. Sirva si no como ejemplo un fragmento en que Menelao se topa en las calles de Ilión con Pentesilea, reina de las amazonas, y la sigue hasta el palacio de Paris cuando ésta ya había sido recibida en él unas cuantas páginas antes por Deífobo y Príamo.

Otra muestra de este desorden al borde del descontrol, aparte de la nula elaboración de la exposición de lo ocurrido en la Tierra durante ese intervalo, es el uso de los tiempos verbales, al que no he podido encontrarle el mayor sentido (ojito, que no quiero decir que no lo tenga; mis limitaciones analíticas pueden quedar una vez más al descubierto). El cuerpo principal de la narración se relata en un pasado que facilita la concatenación de hechos, siguiendo un claro hilo cronológico. Pero después se intercalan fragmentos en presente que se detienen en acciones que, en muchos casos, bien podrían haber sido relatados también en pasado, o viceversa. Sólo cuando los humanos terrestres utilizan los paños turín para seguir el sitio de Troya existe una transición lógica, quedando el resto de las ocasiones la motivación al arbitrio de un autor sumamente errático.

Esta indolecina formal parece que ha contagiado la corrección de la edición española, que no es todo lo ajustada que debiera y depara expresiones como «nunca dejaba de dejarla sin respiración» o «su cuerpo se había imprintado» (o detalles como el dato absurdo que se da de la gravedad en Marte y que no sé a quién se puede achacar). Algo que no es la primera vez que ocurre en Nova pero que toca las narices en un libro que de costar unos 25 € si se hubiese publicado íntegro ha pasado a unos 36 €.

Y sí, el libro es entretenido y estoy intrigado con la manera en que van a casar al final las piezas del rompecabezas. Pero me he quedado un tanto desencantado, como suele ser habitual, al mirar tras la cortina que oculta al mago de oz. ¿Habré leído mal la novela o voy algo encaminado?

Nota 1: Quizás vaya siendo hora de releer La caída de Hyperion. Puede que ahora sea capaz de ver lo que algunos le echaron en cara en su momento en contraposición a Hyperion.

Nota 2: Mientras leía Olympo I no podía quitarme la cabeza la notable labor de Simmons como autor de relatos como los que formaron Hyperion, «El río estigia fluye corriente arriba», «El deleite del carroñero«, «Metástasis», «Vani Fucci está vivo, sano y en el infierno», «Huérfanos de la Hélice» o «Los pozos de Iverson». ¿Es que nadie piensa montar una antología con estos cuentos? ¿Vamos a olvidar algo que hacía realmente bien y nos tenemos que contentar únicamente con sus novelas?

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Cullalvera, una decepción

El actual gobierno de Cantabria está intentando explotar el patrimonio natural y cultural que posee nuestra región y atraer un turismo que cuando pasa por nuestra región apenas se fija en Santillana y las playas de la costa. Iniciativas como el contrato con Ryanair, potenciar al máximo la estación de esquí de Brañavieja, explotar el año jubilar lebaniego, construir varios campos de golf (algunos en zonas que debieran tener el máximo de protección) o el próximo proyecto que se va a realizar en Comillas, con mejor o peor suerte, más o menos idea, hablan bien a las claras de esa voluntad.

Uno de los elementos fundamentales de esta promoción es la inversión en lo que se podría llamar turismo geológico; sacar todo el partido posible a los centenares de cuevas que horadan la geografía de la región y que tienen sus máximos exponentes en Altamira y el Soplao. La primera como yacimiento rupestre mundialmente conocido y la segunda como formación geológica excepcional de visita obligatoria (escribí sobre ella hace unos meses). En este segundo sentido el Gobierno Regional ha buscado otra cueva de la que sacar el mismo partido lo suficientemente alejada de la primera como para evitar el solapamiento. Y la encontró en el pueblo Ramales en la cueva de Cullalvera. La visité hace unas semanas con unos amigos y… en fin. Han pinchado en hueso.

El acercamiento no hace prever la decepción. Se deja el coche en el mismo pueblo de Ramales y por un bonito sendero uno se aproxima a pie hasta la boca de la cueva, con un acercamiento al medio natural que se pierde un poco cuando tienes que entrar a través de un atestado aparcamiento y un edificio-entrada en el que compras las entradas, recuerdos,… Además Cullalvera tiene una entrada difícil de olvidar: una inmensa abertura de casi 15 metros de acho por unos 30 metros de alto (ver fotografía) que deja absorto.

Sacas las entradas, alguna foto, esperas a que llegue el momento de la visita, te introduces en el interior, te detienes ante un vídeo introductorio que presenta el valle, los municipios, la cueva,… lo habitual. Sin embargo una vez pasas al interior descubres que cualquier monumentalidad quedó únicamente en el tamaño y en la promoción publicitaria. Por dentro apenas hay otra cosa destacable. Y es que después de haber visitado lugares con formaciones kársticas impresionantes, estalactitas y estalagmitas mucho más numerosas, más grandes o más pequeñas, formas más variadas, coladas y banderas imponentes, excéntricas que viajan en todas las direcciones,… en Cullalvera todo esto (casi) brilla por su ausencia. Es una formación más austera en la que la acción de un curso de agua ha arrasado con parte de lo que pudiera haber.

Asimismo la explotación que se ha realizado no es precisamente ejemplar. La visita es guiada por un montaje trasnochado relatado por una voz en off que parece extraída de un anuncio de Casa Tarradellas (un abuelo le explica a su nieto la historia de la cueva y, muy muy por encima, a un nivel de 2º de E.S.O., algunas de las formaciones que nos vamos encontrando en el recorrido). Miedo me da de pensar las risas que se echarían mis tranquilos alumnos a la hora de visitarla.

Después, por respeto al ecosistema, la visita se ha quedado corta. A unos 300 metros de la entrada existe un derrumbe que no se ha podido tocar y que no permite llegar a las formaciones más interesantes o unas pinturas rupestres que únicamente se ven dibujadas en la pared por un haz láser. En el futuro sólo la visita en plan aventura espeleolológica permitirá la visita de esta zona. Asimismo los guías dejan mucho que desear. Cierto que todavía no han tenido tiempo de rodarse, pero los que nos tocaron en suerte no sólo no tenían la facilidad de palabra que uno espera en alguien que tiene que ganarse la vida exponiendo sino que, además, por su inseguridad y manera de expresarse, parecían tener los mismos conocimientos sobre el tema que cualquier visitante tipo, careciendo de la formación exigible.

Dejo para el final lo más sonrojante. Alguien de turismo se debió dar cuenta que la visita era corta y escasamente espectacular, y se le ocurrió una forma de tenernos cinco minutos entretenidos. Un número musical de una fuente que expulsa agua al son de la música. Lo pasmoso de la iniciativa es que como no les debía entrar nada parecido a las fuentes de Montjuic han tenido que contentarse con dos abrevaderos de medio metro de ancho por dos o tres metros de largo en las que cinco chorritos minúsculos van subiendo y bajando al son de la banda sonora de La compañía del anillo. Digno de Gila pasado por un tamiz friki.

Así como recomiendo la visita turística a los diferentes pueblos que se encuentran en el recorrido del río Asón, su precioso nacimiento, El Soplao o la entrada de Cullalvera (gratis), no puedo hacer lo mismo con el interior. Se ahorrarán cuatro euros y un cabreo considerable. Aunque si va en grupo asegura tema de conversación y ocurrencias para el resto de la jornada.

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El sueño de la razón

Después de habernos trasladado con La locura de Dios y Rihla a dos hipotéticos y maravillosos viajes al corazón de Medio Oriente de comienzos del siglo XIV y al nuevo mundo siete años antes de que Colon lo descubriese, en su última novela El sueño de la razón Juan Miguel Aguilera se aleja de la exploración de tierras ignotas para acercarnos a una realidad más próxima a nuestro ámbito cultural y una historia a priori menos aventurera.

Pónganse en situación. Comienzos del siglo XVI. Europa. La complicada sucesión de los Reyes Católicos resulta problemática; los destinados a heredar el trono van cayendo ya sea por H (muertes) o por B (es mujer). Tras la muerte de Fernando su nieto Carlos es coronado en Bruselas como cogobernante de la Monarquía hispana. Desde allí tiene que viajar a un país para él completamente desconocio con toda su corte para tomar el poder. Con ésta viajan dos personajes a través de las cuales se despliega la trama: Cèleste, una joven enviada por su comunidad de brujos y brujas a desentrañar un misterio surgido durante un aquellarre, y Luis Vives, un hombre renacentista al cargo de la educación del sobrino del actual tutor de Carlos, Guillermo de Croy, señor de Chievres. Juntos tienen que bregar con todo tipo de contratiempos, conspiraciones, enigmas,… viéndose envueltas en una contienda entre dos fuerzas que llevan enfrentadas desde tiempos inmemoriales. Fuerzas que acechan la «expedición» y que tienen mucho que ver con los vericuetos de la sucesión española y por qué Carlos ha corrido mejor suerte que el resto de herederos.

Aguilera desarrolla este argumento con una estructura y un pulso de lo más apropiados. Si uno de los defectos de su anterior novela histórica, Rihla, estaba en las relativas caídas de ritmo, aquí evita esa misma situación al hacer uso de una estructura bastante consecuente con la trama. Al existir dos personajes protagonistas que durante un número considerable de páginas no interaccionan, y cuando lo hacen observan la acción desde perspectivas complementarias, se sigue la acción desde sus respectivos puntos de vista, intercalando uno y otro con una cierta regularidad cada pocas páginas. La narración goza de una cadencia alegre y uniforme, intachable.

El segundo aspecto que me ha llamado la atención se refiere a cómo vuelve a enfocar una de sus obsesiones que cristaliza libro a libro: el choque cultural. Como aditamento, esta vez no lo establece entre individuos de culturas ajenas, al límite del extrañamiento total, sino dentro de una misma sociedad, con un hombre del Renacimiento enfrentándose al saber «popular» enmascarado bajo la leyenda de la brujería y la magia negra. Choque en el que se aprecia una progresión argumental respecto a La locura de Dios y Rihla, con abundantes elementos fantásticos de los que la explicación racional es esquiva pero con una mayor sensación de que tienen explicación. De hecho el uso que se hace de productos psicotrópicos para expandir la conciencia y entrar en contacto con nuevos planos de percepción está muy conseguido.

En este choque también fructifica uno de los hechos fundamentales de la historia de Europa y de España: la represión de lo diferente, lo que no se entiende, lo que no se puede controlar. Y aunque en la Edad Media eso ya ocurría, resulta revelador observar cómo la situación definitivamente explotó en el mencionado Renacimiento, la época del antropocentrismo en el que el ser humano y su razón supuestamente pasaron a ser el centro del universo. Una contradicción que se aprecia en múltiples aspectos del entramado de El sueño de la razón

Y como no podía ser de otra forma, también se hace interesante la medida aparición de múltiples personajes históricos que van desde lo casi anecdótico (Copérnico, Erasmo de Rotherdam) a los que juegan un papel fundamental en la trama (El Bosco, Carlos I, algún otro que mejor descubra el lector). Un recurso del que Aguilera que funciona, por el adecuado tratamiento aplicado a cada uno de ellos y su contención.

Todo esto redunda en una buena novela, ya se lea como histórica o como fantástica, que esperemos corra mejor suerte que Rihla. Una de las maneras de medir la madurez de un mercado y unos lectores es comprobando que los mejores libros que se publican tienen una acogida acorde a la que merecen. ¿Habremos aprendido?

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Las barbas del vecino (generalizando)

Llevo los últimos días dedicando mi tiempo de internet a seguir una discusión en Los espejos de la rueda que me ha vuelto a sacar a participar en un foro (bueno, un poco). Se inició para hablar del actual estado de la fantasía en España y ha terminado tocando otros temas como el tratamiento que aplica el fandom a las distintas editoriales que tiene ante sí, la preponderancia de determinados títulos y el olvido de otros, los problemas que presenta internet para averiguar qué piensan de verdad los lectores, la red como mecanismo de promoción,… Me lo he pasado bien y creo que ha sido útil porque, no es coña, mi posición se ha enriquecido con otras opiniones discrepantes.

El último comentario de hartree incluye un enlace al blog de Charles Stross, autor que sólo tiene una novela traducida: Cielo de singularidad. Habla sobre el estado del terror, la ciencia ficción y la fantasía en EE.UU., que, como podemos comprobar a poco que miremos nuestras librerías, está en franca decadencia frete a la literatura fantástica que procede del Reino Unido. En ventas seguramente por detrás pero muy por delante en reconocimiento por parte de la crítica e, incluso ya, a la hora de repartir los premios. Merece la pena leerla, pero básicamente se reduce a:

  • La fantasía vende más que la ciencia ficción en una proporción 2:1
  • El terror sufrió un colapso a comienzos de los 90
  • El nuevo terror se reduce prácticamente a vampiros y hombres lobos en la América profunda, tramas detectivescas y fuertes dosis de romanticismo que acaban transformándose en sexo.
  • La ciencia ficción se está escondiendo en el escapismo vía ucronía.
  • Y la fantasía… pues ya se sabe. Magos, hechiceras, ladrones, elfos, enanos,…

Y lo gracioso es que esa opinión, demasiado vaga y un tanto reduccionista, que permite múltiples acotaciones (como han demostrado los libros de Juan Miguel Aguilera, la ucronía tiene potencial para mucho más), puede ser exportable a la situación que atravesamos en España.

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Previously on Battlestar Galactica

Ya pulula por la red el miniavance de la tercera temporada de Battlestar Galactica, una de las series de moda entre los exploradores del, como dice el hermano Francis, emulechanel que no pueden esperar a que la programen en un canal en abierto. Se estrena la primera semana de Octubre. Como soy otro de sus encendidos seguidores, quería comentar algún aspecto del que hablamos en la tertulia extraordinaria que hemos tenido en Santander el pasado sábado.

Para el que desconozca Battlestar Galactica, estamos ante un remake de la serie de televisión de finales de los años 70, aquella en la que una nave de combate protegía y conducía a los restos de la humanidad en su largo peregrinar en busca de la Tierra, y mientras se las veían con unos robots con un diodo basculante por ojo. Remake que ha mantenido el argumento central y los personajes y se ha desprendido de todo lo demás para hacer una actualización mucho más seria y verosímil, que se ha aupado hasta ser considerada la serie de ciencia ficción del momento. Va a ser difícil hablar de ella sin reventar sorpresas argumentales que, sin duda, los que todavía no han disfrutado con ella, no querrán ni oler. Pero creo que puedo conseguirlo.

Uno de los detalles que mantiene mi atención es cómo los guionistas han sabido bucear en múltiples estereotipos de la ciencia ficción para construir mucho más que un simplista space opera hortera. Detrás de la estética militarista alrededor de la que parece orbitar, con su protagonismo de naves espaciales lanzándose a degüello, fintas y retruécanos para vencer a enemigos superiores en número y armamento, conflictos entre diferentes escalafones de la cadena de mando,… hay una serie de tramas políticas, sociales, conspiratorias, románticas,… que dotan a la serie un grado de complejidad desconcertante para los no habituados a las series de la nueva hornada y que va más allá de cualquier película de este tipo que nos pueda llegar o multitud de libros que se han traducido.

Por ejemplo gran parte de la tensión de la primera temporada bascula alrededor del tema quién es un cylon. Porque resulta que éstos no se limitan a ser unos robotijos de brillos más apagados, sino que existen unidades de aspecto «humano», imposibles de identificar y que se encuentran en diferentes puestos de la flota aguardando el momento de despertar y llevar a cabo su misión de sabotaje. Individuos que vamos descubriendo a medida que se van revelando y que sirven para recuperar, medio siglo después, la temática de «la amenaza roja». Si a comienzos de la década de los 50 se pusieron de moda las historias de invasiones extraterrestres sutiles, esas en las que la dominación no llegaba mediante la guerra total sino por la inexorable penetración desde el interior, por mimetismo o control mental, después del 11S la psicosis surgida de la idea el terrorista puede estar en cualquier lado y actuar impunemente vuelve a hacer mella con abracadabrantes resultados.

Otro asunto que me ha sorprendido es lo bien manejado que está el formato. Ahora mismo ando revisionando Babylon 5, y la mitad de los episodios son puro relleno. Ya conoces a los personajes, su forma de pensar, de interactuar,… la trama principal está lanzada y siguen apareciendo los tradicionales momentos (a veces episodios enteros) a lo Vacaciones en el mar de menganito, viejo amigo del protagonista zutano, gloria sepulcral del cine o la televisión que llega a la estación por el motivo venial que se le ha ocurrido al guionista de turno. Todo determinado porque las series de televisión están secuenciadas en temporadas de 22/24 episodios de 42 minutos cada uno y hay que ceñirse a dicha estructura.

Aquí no hay nada de esto. De hecho la primera temporada de trece episodios es un alarde de cómo conseguir que la historia principal avance junto a las pequeñas historias de cada uno de los personajes en los que hay que profundizar sin apenas detenerse. Incluso el guión, la dirección y el montaje se alejan de lo rutinario y, con una versatilidad apabullante, se juega con todos los recursos posibles para ajustarse a la mejor forma de contar cada historia. Sólo hay que catar el plano secuencia con el que arranca el piloto al presentarnos el interior de la Galáctica y los personajes que la habitan para comprobar que no estamos ante algo al uso.

Hay más temas que merece la pena tocar, como lo razonable que es todo el asunto científicotecnológico, lo adecuado de la escenografía, los efectos especiales (ayer estuve viendo un rato Invasión y había cosas que cantaban cosa mala), el asunto de la religión, misticismo y esoterismo que se observa tanto en el comportamiento de los cylones como en el de las profecías que irrumpen en la historia (no me preocupan tanto en la medida que falta mucho por explicar),…

El problema de la serie, compartido por el 99% de productos similares, es que el espectador sabe que el status quo de los personajes y de la situación argumental no se puede romper; al fin y a la postre éste nunca demanda una revolución. Quiere que las cosas cambien para seguir estando igual. La muerte de un protagonista absoluto, una Galactica que no sea perseguida por los cylones y/o que encuentre la Tierra,… deja a la serie sin fuerza impulsora, como cuando Spiderman crece, madura, se casa,… Y aboca al cierre. Algo que si la cosa funciona se dilata todo lo necesario, que los anunciantes mandan.

Los guionistas han sabido solventarlo convirtiendo la trama en un continuo sube y baja que no ha desviado un ápice la serie desde el comienzo, y ha permitido que el espectador observase situaciones que han puesto a los personajes al límite una y otra vez. Sin embargo a mediados de la segunda temporada se nota ya un relativo cansancio y unas soluciones que, en un par de casos, son absurdas. Así que llegó el momento de revolucionar el cotarro y aunque se nota que se necesitaba más duración para conseguirlo (se aprecia una compresión brutal en los dos últimos episodios; incluso con el último que tiene duración extra), se ha abierto un curso completamente nuevo que casi es una refundación. Me da un poco de miedo que SPOILER se convierta en un remedo de V, con la resistencia luchando en inferioridad de condiciones contra los invasores, la quinta columna por ahí danzando, la niña de las estrellas,…,. Pero hay que conservar la esperanza. Si hasta ahora nos ha mantenido enganchados no veo por qué no va a seguir siendo así.

Nota final: Hagan lo que sea por seguirla en versión original. Un caso más en el que el doblaje no le hace ninguna justicia al original, comenzando por un genial Edward James Olmos como Adama y acabando por el delirante esquizoide Baltar.

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Novedades Minotauro último cuatrimestre de 2006

Recién vuelto de unos días en la provincia Soria, me he encontrado en el correo con un pdf recopilando los lanzamientos de diversos sellos de Planeta para el último cuatrimestre de 2006. Y cambiando la tónica del triste y paupérrimo cuatrimestre anterior, la cosa mejora y alivia un poco el pésimo sabor de boca del saldo.

Para Septiembre una única novedad: la ya anunciada La cámara oscura de Peter Straub. Una novela independiente que retoma al escritor Tim Underhill, uno de los protagonistas de Perdidos, y le sitúa ante otro misterio, esta vez plenamente sobrenatural. Perdidos me dejó un agradable sabor de boca; Straub fue capaz de coger dos temas tan habituales de la novela de terror como las casas encantadas y el psycokiller y hacer algo relativamente nuevo con ellos. Veremos qué tal se desenvuelve aquí.

Para Octubre se prepara la edición de Juglar de Rafael Marín, finalista del último premio Minotauro en apretada competencia con Señores del olimpo, y un sorpresón mayúsculo. Después de más de diez años, se pone un nuevo libro de Silverberg en circulación: Roma eterna. Supongo que sea una ucronía y se pueda colocar entre las novedades de novela histórica tiene mucho que ver. Para el que no lo conozca, la editorial lo vende así:

Roma eterna se inicia en el año 528 d.C., el Imperio Romano sigue existiendo pues los emperadores pudieron frenar las invasiones bárbaras, el cristianismo no pasó de ser una anécdota sin importancia y la civilización sigue hablando latín. En once capítulos, que abarcan de 528 d.C. a 1969, Silverberg reconstruye esta historia alternativa de una Roma espléndida y cruel que se lanza a la conquista del mundo y al final emprende la gran aventura de la conquista del espacio.Roma eterna es un mosaico de 10 capítulos, cada uno presenta la historia de un personaje y apareció en 2003. Con anterioridad, Silverberg había publicado como relatos algunos de los capítulos en la revista Asimov’s Science Fiction entre 1989 y 2003. La obra de Robert Silverberg presenta una Roma espléndida y cruel que se lanza a la conquista del mundo.

Servidor no se ilusiona ni espera una obra del pelo de Muero por dentro o La torre de cristal. Ni siquiera algo equivalente a sus obras de mediados de los 80. Sin embargo la única historia que he leído de este fixup me hace ser optimista. Me refiero a «Conocer al dragón», que apareció en la antología Horizontes lejanos del que en su momento escribí lo siguiente

La sorpresa de la selección la constituye el propio seleccionador y el relato «Conocer al Dragón». Para empezar la premisa es interesante. Se desarrolla en una tierra paralela en la que el Imperio romano sobrevivió a su periodo de crisis y resurgió con gran fuerza, llegando a dominar gran parte del mundo. Situado en la época de la ilustración, cuenta la historia de Tiberio Ulpio Draco, un consejero de un nuevo emperador bastante decadente, que está muy interesado en la figura de Trajano VII, un emperador antepasado suyo que fue la primera persona en circunvalar el globo terrestre. Mientras participa en un faraónico proyecto para su señor, llega a sus manos un diario de ese viaje y nosotros participamos de ese relato. Destaca la inteligencia y la habilidad de Silverberg para fabricar un pasado a partir del nuestro. Ha traducido los acontecimientos más importantes de la historia europea, elaborando una brillante ucronía a partir de ellos. Hay un renacimiento, una ilustración, la caída de los regímenes absolutistas,… Obviamente Trajano VII es un amalgama de Trajano con Juan Sebastián Elcano. Asimismo encontramos el saber hacer de Silverberg y su meritoria mano izquierda. Lo único que se le puede reprochar es su forma de culminar el relato, que finaliza de forma abrupta y bastante poco meditada, como si todo lo que hubiese planteado no fuese satisfactorio y hubiese optado por terminarlo tajantemente.

Si el resto de historias mantienen la tónica, tengo la impresión de que puede estar bastante bien.

Y para noviembre, Los reclutas de la eternidad, de Max Frei (la continuación de Forastero), una reedición de El Prestigio de Christopher Priest para aprovechar la promoción que sin duda vendrá de la esperada película que ha realizado Christopher Nolan (y que vaticina la reedición de El mundo invertido para el año que viene), otra de El Señor de los Anillos en cartoné, y una nueva obra de Le Guin: Dones. Inicio de una serie fantástica con matices juveniles que, parece, recupera el espíritu de los tres primeros libros de Terramar.

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Leyes de mercado

Garra, energía, intensidad. Estos son los primeros calificativos que se me ocurren cuando pienso en Richard Morgan, un autor tan nuevo como prolífico que después de dar lo mejor de sí mismo, que es mucho, en la intersección entre ciencia ficción, novela negra e historia de espías, se ha desplazado con Leyes de mercado a un terreno más agudo: el de la ciencia ficción de temática social; ésa que no ha olvidado el momento decisivo que atraviesa nuestra sociedad, zarandeada por la globalización, el ultraliberalismo, las corporaciones transnacionales, la pérdida de derechos, la fragmentación social,… Un compromiso militante que comparte con otras novelas y autores recientes como Jennifer Gobierno de Max Barry o Cazadores de luz de Nicolás Casariego.

El protagonista de Leyes de mercado es Chris Faulkner, un joven que tras una rutilante trayectoria en Hammen McColl es contratado por la división de Inversión en Conflictos de Shorn Associates. IC pasa por ser la rama más agresiva de cualquier corporación, especializada en gestionar proyectos en regiones subdesarrolladas donde la inestabilidad política va de la mano de la lucha por el poder. Lugares en los que el control de los recursos es fundamental, la industria se orienta para satisfacer las necesidades del primer mundo y se puede sacar una tajada considerable si se apoya al bando con mayores perspectivas de éxito.

Como el mundo y las zonas interesantes son limitadas, existe una pugna continua entre las empresas, a veces resuelta a la antigua usanza (más dinero, inversión para alterar el equilibrio de fuerzas de la zona,…) otras a la nueva. Los ejecutivos ya no son anodinos hombres y mujeres de negocios sino que se han convertido en una suerte de gladiadores modernos que, conduciendo coches especialmente preparados, dirimen los conflictos sobre las abandonadas autopistas que tapizan el globo. Un mecanismo de competencia intraespecífica al que también se acude cuando alguien quiere promocionar dentro de la estructura de la empresa: se reta a la persona que ocupa el puesto al que se quiere acceder y se lucha con él hasta que se mata… o se muere.

En esta jungla mundial Chris está acompañado por Mike Bryant, su colega en Shorn, enlace con la faceta nihilista y hedonista que potencia Shorn, y Carla, su mujer, la conciencia crítica que no encuentra nada agradable el viaje sin retorno iniciado por su marido. Ambos representan los extremos entre los que bascula Chris y, a través de la «colisión» con varios personajes secundarios, funcionan como catalizadores en su camino hacia su explosión final, tan piroclástica como lúgubre (la última frase del libro es a la vez definitoria y desoladora).

Cuando presentó la novela en Gijón hace un par de semanas, Morgan comentó que mientras escribía Leyes de mercado se dejó llevar por la rabia surgida de la situación socioeconómica mundial; rabia que ha cristalizado formalmente a través de un exposición directa claramente cinematográfica, en la que los demoledores diálogos llevan la voz cantante, los pasajes descriptivos se resuelven con certera eficacia y los narrativos transcurren a una velocidad elevada a veces confusa.

También resulta patente en las imágenes y situaciones creadas exprofeso para caracterizar ese mundo corporativo llevado hasta sus últimas consecuencias. La realidad del Reino Unido que se describe, con unas carreteras utilizadas únicamente por los directivos de las empresas; unos suburbios paradisíacos donde los yuppies gozan de todos los privilegios; unas atestadas zonas urbanas en las que la mayor parte de la población malvive con trabajos malpagados y acosada por una violencia omnipresente; esos duelos deliberadamente extraídos de Mad Max o Rollerball; unos ejecutivos con carta blanca para hacer lo que deseen sin intromisión de nadie que haga valer el derecho; … llega a acumular tal grado de desmesura que, desde fuera, pudiera parecer que compromete la credibilidad de la propuesta. Sin embargo comparada con multitud situaciones que proliferan a nuestro alrededor es una extrapolación angustiosamente verosímil.

Quizás la más estremecedora consecuencia a que nos lleva Morgan, como bien apunta Fernando Ángel Moreno en la presentación, se vislumbra a través de las decisiones que tiene que tomar Chris para salvar las situaciones límite de su táctica comercial y perpetuar los intereses de su corporación. Una estrategia que abunda en su total entrega y la dramática ausencia de un código ético o legal de referencia. O, más bien, en la escritura del mismo sobre la marcha de manera que sea uno con sus intereses; cuando cualquier factor pone en cuestión el plan, los beneficios, los objetivos,…, como bien dijo Nicolás, el fin justifica los medios.

Por esto el cambio de título en la edición española (en el original era Market Forces) me parece hasta adecuado. Y el libro igual de recomendable que Carbono alterado. No tiene un protagonista tan carismático pero el conjunto es, si cabe, más sólido y resulta completamente ajustado a la propuesta.

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Shanna, Nekomajin, Nosotros los catalanes y Solo: Tim Sale

Con la canícula de alta humedad que estamos padeciendo, no hay muchas ganas de tocar temas serios; dejarían el teclado demasiado pegajoso. Así que aquí he preparado otra entrega de píldoras con tebeos que he disfrutado en las últimas semanas y de los que apetece hablar un poquitín.

Shanna. Este cómic contiene la historia más estúpida que he leído en mucho tiempo. Para que se hagan una idea, sitúa en una isla perdida unas instalaciones nazis que han sobrevivido más de sesenta años y un grupo de militares perdidos que encuentran en unas cubas el fruto de un experimento de una nueva generación de la especie humana: Shanna. Una tía superbuena 120-60-100, rubia, de larga melena al viento, a prueba de golpes, sansónica, ágil, inteligente, que gusta de ir desnuda (en bikini en la edición censurada),… La fantasía sexual canónica en acción. Y alrededor suyo cienes y cienes de dinosaurios de todo tipo. Meses después del encuentro un extraño virus en el que estaban trabajando los científicos nazis se libera (como no podía ser de otro modo, de forma estúpida) y, a todo correr, se monta una expedición hasta la base nazi para conseguir la cura (uno no sabe por qué no se quedaron allí; supongo que Cho se habría quedado sin historia)

Pero uno se olvida de todo esto y de la narrativa no del todo depurada, en cuanto se ven los dibujos de Cho, que se reducen a poner cuerpos en acción, fundamentalmente el de Shanna en todo su esplendor, y dinosaurios. Muchos dinosaurios. No sé si sabe dibujar algo más, pero aquí da lo mismo, y más con la preciosa edición de Panini. Un tomo en formato álbum, papel satinado y tapas duras ideal para degustar una y otra vez las continuas peleas y persecuciones. Y a Shanna, claro.

Un cariz no muy distinto tiene Nekomajin. El gato mágico, de Akira Toriyama, de la que habló Xoota aquí. Otro tebeo sin complejidad alguna hecho para ser disfrutado de un modo muy básico, en el que el humor absurdo es lo primordial. Es la historia de un gato con poderes mágicos que se enfrenta con modos más que peculiares a todo tipo de enemigos. Especialmente divertidas son las últimas cuatro historias en las que Toriyama se ríe que da gusto de sí mismo y su máxima creación, Dragon Ball, enfrentando a Nekomajin a varios de los enemigos que se las hacían pasar canutas a Goku y sus amigos en el laaarguíííííísimo estertor final de la serie.

Un humor diametralmente opuesto encontramos en Nosotros somos los catalanes, un mítico tebeo del tándem Francisco Pérez Navarro y Jan felizmente recuperado por Glénat, en una edición que vale cada euro que cuesta.

La tarea que abordaron en 1978 fue peliaguda: trasladar al cómic la historia de Cataluña en un tebeo de poco más de 60 páginas. demasiados hechos y sentimientos para una extensión tan exigua. Sin embargo salieron airosos. Obviamente, no estamos ante un análisis de la Historia sino ante la plasmación de los hechos fundamentales que explican, desde el interior, la Cataluña de hoy en día. Quizás hay periodos que reciben demasiada atención en comparación con otras como las 36 páginas, más de la mitad del cómic, empleadas en relatar el avispero de la Edad Media, mientras otras épocas con mucha miga quedan un tanto desdibujadas.

A destacar el mencionado trabajo sintetizador de Pérez Navarro, el delicioso equilibrio que realiza con el humor, poniendo el punto justo de ironía ante situaciones ciertamente trágicas, y las encantadoras ilustraciones de un Jan en la cumbre de su carrera, con una secuenciación de viñetas estudiada al milímetro que convierte en narradores a los personajes secundarios que viven y padecen la historia. Chapó. Si alguien está interesado, en la página de Glenat se pueden leer las cuatro primeras páginas.

Por último quería referirme al primer número de Solo, la curiosa experiencia abordada por DC (y abortada a las pocas entregas) que les da un cómic de 48 páginas a algunos de los mejores ilustradores del momento para que hiciesen de su capa un sayo con sus personajes fundamentales. Una manera ideal para ver cómo Mike Alrred, Sergio Aragonés, Richard Corben o Jordi Bernet, sin cortapisas, trasladaban hasta sus particulares estilos a personajes tan arquetípicos como Batman, Green Latern, Superman, Aquaman, Wonder Woman,… Aquí nos encontramos con Tim Sale, un dibujante que ha tenido sus mayores éxitos en sus colaboraciones con Jeph Loeb y que ha desarrollado un estilo característico en el que muestra un enorme dominio de las luces, las sombras y los volúmenes.

El medio elegido tiene un problema de partida: la industria estadounidense mainstream se ha estandarizado tanto en la historia de 22 o 48 páginas que se ha atrofiado su talento para extensiones más cortas. De ahí que muchas veces la historieta en cuestión no sea más que un alarde de estilo en la que el autor, en este caso Sale, adapta sus modos al estilo del nimio argumento que han puesto ante él los guionistas. Así Darwyn Cooke le ofrece una persecución entre Batman y Cactwoman, puros superhéroes pirotécnicos; Diana Schultz una historia de amor y olvido a lo años 50 (en todos los sentidos); Jeph Loeb una secuencia anecdótica de Superman-Superboy yendo a un baile de fin de curso en Smallville, que perfectamente habría entrado en Superman: Para todas las estaciones; y Brian Azzarello, quizás en la más conseguida de estas cuatro, una historia de género negro tan tópica como efectiva. Sale se atreve con dos historias más en las que toca por un lado el género negro, con unos resultados análogos a la guionizada por Azzarello, y una historia de amor cotidiana y muda.

Un tebeo para disfrutar de su dibujo… y poco más.

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Próximas novedades en Bibliópolis

Durante la AsturCon estuve conversando durante una hora con Luis G. Prado, el editor de Bibliópolis. Una editorial a la que, como saben todos los lectores del aburreovejas, por mi manera de concebir la literatura fantástica me siento bastante próximo. En la charleta desveló una serie de títulos que van a cristalizar durante los próximos meses, y como me resultaron tan atractivos como sintomáticos del curso que está tomando Bibliópolis, y hay permiso para irse de la lengua, quería dejar constancia de lo más importante.

La noticia más transcendente del último cuatrimestre de 2006 es, sin duda, el lanzamiento de la colección Malabares, un nuevo sello dedicado a publicar literatura no de género, aunque temáticamente alguno de los títulos puedan situarse dentro de alguno. Por ejemplo está prevista Blue Light, la primera novela de (¿puedo calificarla así?) ciencia ficción de Walter Mosley, previa a la notable Futureland. Personalmente no me la pierdo.

Dentro de esta colección aparecerán, si todo marcha como debe, siete novelas mainstream de Philip K. Dick, comenzando con In Milton Lumky Territory y continuando con el resto al ritmo de una al año. Un proyecto excelente que se suma al emprendido en otros países europeos de dar a conocer al gran público esta parte de su obra que pasa por ser en la que Dick estaba realmente interesado en sus primeros años de carrera (y causa de una tremenda frustración al observar cómo era rechazada sistemáticamente por los editores)

Desconozco con seguridad cuáles son los títulos del resto de novelas, pero haciendo un repaso a su bibliografía se puede conjeturar que serán: Mary and the Giant, The Broken Bubble of Thisbe Holt, Puttering About in a Small Land (traducido por Alcor como Ir tirando), Confessions of a Crap Artist (traducido por Valdemar como Confesiones de un artista de mierda), The Man Whose Teeth Were All Exactly Alike y Humpty Dumpty in Oakland.

Servidor únicamente ha leído Ir tirando y es una obra potente; por detrás de sus grandes títulos de ciencia ficción pero más conseguida que la mayor parte de su producción. Destaca tanto el sólido trabajo que realiza Dick sobre los personajes, que reflejan como muy poquitos la frustración de sus respectivos proyectos vitales y su posterior alienación, y la manera en que la narración va reflejando una serie de temas como el adulterio, el machismo, la incomunicación, el inmovilismo acomodaticio, el solipsismo o la necesaria búsqueda de nuevos horizontes. Además el enfoque, aunque han pasado cincuenta años, sigue vigente hoy en día.

Pasando a la colección histórica, a parte de comentar las novelas de Henry Treece que podrían aparecer si La isla de los espíritus funciona como debe, como The Great Captains, una de las primeras aproximaciones históricas al mito del Rey Arturo alejada del amaneramiento de la versión clásica, me quedé con una buena noticia para todos los que gustamos de El último anillo. Se va a publicar otra novela de Kiril Yeskov que aplica el mismo tratamiento, entre realpolitik y novela de espías, a algo tan aparentemente explotado como la muerte de Cristo. Una nueva forma de observar la pasión con todo tipo de conspiraciones, servicios secretos, planes en la sombra,… En ruso El evangelio de Afranius, aunque en la traducción cambiará.

Pasando ya a Bibliópolis fantástica, a la vuelta del verano se pondrá a la venta El vídeo de Jesús, la novela de Andreas Eschbach con la que arrasó en Alemania y que, para intentar aprovechar su potencial de ventas (no olvidemos que es un bestseller con todas sus letras), va a tener un aspecto ligeramente diferente al resto de títulos de Bibliópolis fantástica. A ver si así en vez de unas ventas de un par de miles de ejemplares rompe ese techo y llega a un público mayor.

También aparecerá en el primer volumen recopilatorio dedicado a los premios Ignotus, que va a contar con una introducción de Rodolfo Martínez y un texto situacional de Juanma Santiago que permita al lector acercarse a las piezas situándolas en su correspondiente marco.

Un título que parece estar funcionando bien es La frontera del norte, de Feliks W. Kres, una novela autónoma con una personalidad muy acusada perteneciente a un ciclo de bastante éxito en Polonia: El códice absoluto. Por este motivo el año que viene veremos aquí otra novela del ciclo.

Por último, en un par de meses Juan Miguel Aguilera y Rodolfo Martínez tienen previsto ponerse a trabajar en la continuación de Mundos y demonios, y si es posible la próxima novela de Sherlock Holmes de Rodolfo Martínez, situada durante un viaje de juventud a EE.UU., se publicará a lo largo de 2007. La idea del editor, condicionada por las posibilidades de los autores, es ofrecer un título al año de cualquier serie que empiece, de forma que sus lectores podamos conseguir nuestra dosis con la regularidad deseada.

Y eso es todo. Espero no haber metido mucho la pata, porque mi memoria es…

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