Este verano aprovechamos nuestro único fin de semana con puente para acercarnos a la provincia de Soria y visitar, entre otros lugares, el cañón del río Lobos. Un conjunto kárstico en el límite entre las provincias de Soria y Burgos que se puede recorrer a pie sin ninguna dificultad. Una garganta cuya espectacularidad no radica en la altura de sus paredes, que llegan a alcanzar los 100 metros de altura, sino en la unión de flora, fauna y biotopo, que erigen un conjunto paisajístico de enorme belleza y armonía.
La principal ruta por el cañon se puede recorrer en dos sentidos: partiendo desde las proximidades de Ucero, pueblo situado a mitad de camino entre San Leonardo de Yagüe y Burgo de Osma, o desde el llamado puente de los siete ojos en las proximidades de San Leonardo. Nosotros, como nos quedamos en el camping de Ucero, salimos desde éste e hicimos todo el camino a pie hasta los siete ojos. Se me da mal calcular distancias, pero debieron ser 15 Km que recorrimos con parsimonia bajo un sol de justicia.
El momento más espectacular del cañón se encuentra, sin duda, en las proximidades de su comienzo. Después de atravesar un tupido pinar, cruzar varias veces el río por pasos de piedras y espantar unas cuantas decenas de ranas (acompañante típico en esta época del año), nos encontramos con la ermita de San Bartolomé
de origen templario, que no pudimos visitar al encontrarse cerrada. El lugar, se haga o no la ruta, merece la pena tanto por la ermita, que mezcla románico con gótico, como por el sitio donde se encuentra enclavada: un pequeño meandro del río entre farallones de roca caliza repletos de pequeñas grutas y miradores, y ante la entrada de una cueva desde la que se pueden tomar unas fotos sensacionales. A continuación uno ya puede perderse en el cañón y andar hasta el puente de los siete ojos.

Durante el camino, entre enebros, encinas, sauces y pinos, no sólo hay que prestar atención a lo comentado; sobre nuestras cabezas pasean decenas de buitres leonados, lo que hace ideal llevar unos pequeños prismáticos para contemplar sus evoluciones tanto en el cielo como en la cima de los peñones.
Nosotros íbamos bastante ilusionados con ver el final del recorrido, el afamado puente de los siete ojos que se puede leer en cualquier libro o web que habla de la ruta… y que resulta una decepción. A medida que uno se acerca a él la altura del desfiladero va disminuyendo hasta prácticamente desaparecer, lo mismo que ocurre con el agua del río durante el verano. Y cuando se vislumbra el puente se descubre que, lejos de ser un monumento añejo o una extraña formación natural fruto de la disolución de la roca caliza, es una construcción de lo más reciente, tan funcional como fea. Eso sí, con los siete arcos prometidos.

Andar cuatro o cinco kilómetros de más en el cañón para llegar hasta él equivale a que después hay que desandar el camino y meterte dos horas más. Lo que, visto lo visto, es absurdo. Cierto que nadie te promete que sea algo diferente, pero lees lo de los siete ojos en tantos sitios que terminas haciéndote ilusiones.
Dos consejos: si quieren hacer la ruta completa lo mejor es comenzar en el puente de los siete ojos, donde se pueden dejar los vehículos, y andar hasta la ermita de San Bartolomé. El paisaje es de belleza creciente y al final se sitúa el culmen del recorrido. Y si comienza desde Ucero, no haga el canelo (como nosotros) y lleve el coche hasta el último aparcamiento, a poco más de un kilómetro de la ermita; y no llegue hasta el puente. Se ahorrará varios kilómetros anodinos y podrá aprovechar el tiempo ganado para visitar lugares más provechosos.
Nota: hay una parte del cañón menos transitada y que va desde el puente hasta Hontoria del Pinar, en la provincia de Burgos.
Enlace: Folleto con mapa del recorrido y una breve descripción.


Aunque pueda parecer que la respuesta es el conjunto vacío, sí que hay algo. La
Ahí estaba un servidor, sufriéndola el día de autos (1 de Septiembre) mientras me afeitaba con vistas al primer día de curro, cuando apareció en la radio (RNE) el productor de la película, Antonio Cardenal. Entre los chascarrillos que debe haber perfeccionado de entrevista en entrevista salió uno la mar de gracioso. Contaba que en los albores de la preprepreproducción de Alatriste, con vistas a distribuirla internacionalmente, a alguien (no recuerdo quién) se le ocurrió que lo mejor sería contratar a un par de guionistas de Hollywood para que adecuasen la película a los cánones del sacro imperio mercadotécnico. Y, ete aquí, los paletillos de Hollywood, que sólo pudieron documentarse sobre nuestro Siglo de Oro mediante un libro porque en la biblioteca de L.A. que utilizaron (ya no recuerdo si dijo Beverly Hills, Hollywood,…) no había más, se sacaron de la manga… una historia de guerra química en el siglo XVII. Ahí es nada.
Desde entonces no dejo de pensar en ese productor que hacía la gracieta a costa de los guionistas yanquis innominados y que ha perpetrado Las tortuosas hazañas de Alatriste y sus amigos en el declive español del XVII, un conjunto de flases que tienen un pase como descripción del modus vivendi de un soldado de tercio español de la época, pero que como película de aventuras de época naufraga. Y es triste decirlo porque la producción, salvo un detalle, es impecable. Los actores están muy ajustados sus papeles (salvo Elena Anaya, sosa hasta decir basta cuando tenía que ser una hijalagranputa de tomo y lomo), Viggo Mortensen clava su Alatriste, la fotografía se ha cuidado hasta el más ínfimo detalle (fíjense si no en los bodegones en vivo que se vislumbran en cualquier habitación), el vestuario no tiene nada que envidiar a los mejores filmes históricos, la escenografía sabe sacar el máximo partido al dinero con el que se contaba, los duelos y los enfrentamientos no caen en amaneramientos y se han compuesto a pura cara de perro,…
En esta semana que estoy viajando bastante en tren de cercanías, ando alternando un par de novelas y un libro de relatos. En concreto este
Ravat, centurión de la Legión de Armekt, parte con un pequeño grupo de guerreros desde la plaza de Erva a la caza de las hordas de Aler; grupos de extraños seres más o menos organizados que provienen del norte, cada vez más osados en sus incursiones hacia el sur. Durante su misión se topa de forma sorpresiva con un ejército anormalmente grande que le obliga a tomar medidas desesperadas para su supervivencia. Supervivencia en la que resulta determinante Tereza, subcenturiona de la misma plaza que mantiene un enfrentamiento soterrado con Ravat y la inmensa mayoría de sus subordinados.

Salieron los tomos tres y cuatro y no los compré… hasta que varias entradas en blogs sobre cómic y la recomendación de
Este argumento funciona a pesar de necesitar un esfuerzo para suspender la incredulidad: después de varias semanas en coma se hace raro que físicamente el cuerpo se encuentre como el del protagonista y que haya pasado desapercibido; ningún superviviente ha podido forzar la estación de policía ni el coche patrulla; el encuentro fortuito con su mujer, que se encuentra incluida en un grupo muy pequeño en un área en el que viven millones de persona;… Una vez arranca Los muertos vivientes comienza a crecer y no hay quien lo pare.
Y aquí es donde aprecio ese tono similar al de Los genocidas (por no citar sus antecedentes más evidentes: La tierra permanece de George R. Stewart, o El señor de las moscas de William Golding). Si la opera prima de Thomas M. Disch se caracteriza por algo es por la falta de concesión y su elevado grado subversivo; existen situaciones en las que aunque el espíritu del lector empatice con los protagonistas y estos hagan todo lo posible por salir de una situación inabarcable no hay que perder de vista que no siempre se puede escapar de un callejón sin salida (anda que no hemos vencido a alienígenas tecnológicamente superiores en decenas y centenas de novelas). Que una cosa es tener el espíritu de Robinson y otra muy distinta ser capaz de llevar a buen puerto el sueño burgués de recrear en cualquier situación la sociedad de la que se procede. Algo que Kirkman despliega a todo lo largo y ancho de Los muertos vivientes, extrayendo aire fresco en una temática tan aparentemente apergaminada y encerrada en el estereotipo.
En el suplemento de El País Babelia se ha publicado hoy un especial dedicado a la literatura fantástica en español. El contenido más extenso es una 
















