El cañón del Río Lobos

Este verano aprovechamos nuestro único fin de semana con puente para acercarnos a la provincia de Soria y visitar, entre otros lugares, el cañón del río Lobos. Un conjunto kárstico en el límite entre las provincias de Soria y Burgos que se puede recorrer a pie sin ninguna dificultad. Una garganta cuya espectacularidad no radica en la altura de sus paredes, que llegan a alcanzar los 100 metros de altura, sino en la unión de flora, fauna y biotopo, que erigen un conjunto paisajístico de enorme belleza y armonía.

La principal ruta por el cañon se puede recorrer en dos sentidos: partiendo desde las proximidades de Ucero, pueblo situado a mitad de camino entre San Leonardo de Yagüe y Burgo de Osma, o desde el llamado puente de los siete ojos en las proximidades de San Leonardo. Nosotros, como nos quedamos en el camping de Ucero, salimos desde éste e hicimos todo el camino a pie hasta los siete ojos. Se me da mal calcular distancias, pero debieron ser 15 Km que recorrimos con parsimonia bajo un sol de justicia.

El momento más espectacular del cañón se encuentra, sin duda, en las proximidades de su comienzo. Después de atravesar un tupido pinar, cruzar varias veces el río por pasos de piedras y espantar unas cuantas decenas de ranas (acompañante típico en esta época del año), nos encontramos con la ermita de San Bartolomé

de origen templario, que no pudimos visitar al encontrarse cerrada. El lugar, se haga o no la ruta, merece la pena tanto por la ermita, que mezcla románico con gótico, como por el sitio donde se encuentra enclavada: un pequeño meandro del río entre farallones de roca caliza repletos de pequeñas grutas y miradores, y ante la entrada de una cueva desde la que se pueden tomar unas fotos sensacionales. A continuación uno ya puede perderse en el cañón y andar hasta el puente de los siete ojos.

Durante el camino, entre enebros, encinas, sauces y pinos, no sólo hay que prestar atención a lo comentado; sobre nuestras cabezas pasean decenas de buitres leonados, lo que hace ideal llevar unos pequeños prismáticos para contemplar sus evoluciones tanto en el cielo como en la cima de los peñones.

Nosotros íbamos bastante ilusionados con ver el final del recorrido, el afamado puente de los siete ojos que se puede leer en cualquier libro o web que habla de la ruta… y que resulta una decepción. A medida que uno se acerca a él la altura del desfiladero va disminuyendo hasta prácticamente desaparecer, lo mismo que ocurre con el agua del río durante el verano. Y cuando se vislumbra el puente se descubre que, lejos de ser un monumento añejo o una extraña formación natural fruto de la disolución de la roca caliza, es una construcción de lo más reciente, tan funcional como fea. Eso sí, con los siete arcos prometidos.

Andar cuatro o cinco kilómetros de más en el cañón para llegar hasta él equivale a que después hay que desandar el camino y meterte dos horas más. Lo que, visto lo visto, es absurdo. Cierto que nadie te promete que sea algo diferente, pero lees lo de los siete ojos en tantos sitios que terminas haciéndote ilusiones.

Dos consejos: si quieren hacer la ruta completa lo mejor es comenzar en el puente de los siete ojos, donde se pueden dejar los vehículos, y andar hasta la ermita de San Bartolomé. El paisaje es de belleza creciente y al final se sitúa el culmen del recorrido. Y si comienza desde Ucero, no haga el canelo (como nosotros) y lleve el coche hasta el último aparcamiento, a poco más de un kilómetro de la ermita; y no llegue hasta el puente. Se ahorrará varios kilómetros anodinos y podrá aprovechar el tiempo ganado para visitar lugares más provechosos.

Nota: hay una parte del cañón menos transitada y que va desde el puente hasta Hontoria del Pinar, en la provincia de Burgos.

Enlace: Folleto con mapa del recorrido y una breve descripción.

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Calló Soria

Esto es lo que se puede ver cuando pinchamos sobre el enlace de Soria de las palabras, el blog que mantenía Julián Díez desde hace casi un año y que este fin de semana ha sido eliminado por su creador. Un vacío triste. Estábamos ante uno de esos blogs que, más allá de comentar libros, autores, ediciones, vivencias fandomíticas, frikismos, chorradas,… creaba opinión. Para compartirla o rebatirla, mantenernos en nuestras posiciones o desplazarnos a otras nuevas, cabrearnos o alegrarnos. Y, además, mantenía sobre sí la atención que sólo un nombre valioso sabe concitar, con entradas tumultuosas en las que participaban decenas de personas con algo más que ganas de reírle las gracias al aburreovejas de turno.

Puede que durante estos meses estén naciendo muchos blogs que tienen el fantástico como asunto central de sus entradas. Sin embargo con esta pérdida la blogsfera fantástica que desmenuzaba hace poco Francisco José Súñer Iglesias en su Sitio de ciencia-ficción es un lugar más oscuro y menos interesante. Seguiremos hablando de libros, autores, ediciones, vivencias fandomíticas, frikismos, chorradas,… Pero apenas oiremos hablar sobre la disyuntiva entre género y temática, el ruido que asola la red, las diferencias entre la obra de Thomas M. Disch y George H. White,… Del periodismo de hoy en día. Y perderemos los perfiles de grandes maestros de la literatura fantástica.

Supongo que habrá algún ser mezquino que se alegre de ello. En ese caso dicho adjetivo va por ti.

Sobre los motivos, nadie mejor que el propio Julián para explicarlos

He leído hace un rato una nota en el blog de alguien que consideraba amigo mío dándome una cera espantosa, en lugar de ponerse en comunicación conmigo para pedirme explicaciones.Llevo todo el día viendo comentarios en una de las entradas de mi blog en el que gente razonable era incapaz de entender lo que los demás estaban verdaderamente diciendo. Y temiendo que alguien se pasara de la raya.

Tengo la creciente certeza que esto de la comunicación en internet no va de facilitar el intercambio de información de la gente, sino de lucimiento personal y capacidad para decir la última palabra. En particular, en el mundillo de la literatura fantástica.

Admito que soy débil. Todo esto no me vale la pena.

Acabo de desactivar los comentarios del blog. Mañana o pasado, una vez la suficiente gente haya visto este mensaje de cierre, lo borraré. Hasta siempre.

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Las rosas y el cardo (My own criminal blurbs)

¿Qué tenemos en común Kim Stanley Robinson, Paul McAuley, Miquel Barceló y un servidor, a parte de nuestra pasión por la ciencia ficción? ¿Qué une SFX, News-press y El rincón de Nacho?

Aunque pueda parecer que la respuesta es el conjunto vacío, sí que hay algo. La nota de prensa elaborada por La Factoría de Ideas para promocionar la novela de Ken MacLeod Ciudad motor (por cierto, última entrega de la serie Engines of Light y que se vende como si fuese una novela independiente). Nota que, en el apartado de citas, aparece lo siguiente

“Las novelas de Ken MacLeod son rápidas, entretenidas y sofisticadas»—Kim Stanley Robinson

“Todos los capítulos aportan información vital para comprender qué está ocurriendo y hacia dónde avanza MacLeod”

—Ignacio Illarregui Gárate

“Un portal a la imaginación con elementos de la paranoia de Expediente X y Area 51″

—Paul McAuley

“Ken MacLeod es el más claro exponente de lo que podría ser la ciencia ficción del siglo XXI”

—Miquel Barceló

“En este libro podemos disfrutar de MacLeod en su punto algido: inteligente, apasionado y comprometido”

—SFX

«Una vasta comunidad interestelar vigilada por dioses microcósmicos»

—News-Press

Hay que ver en qué bretes me meten. Gente que está, a todos los niveles, eones por delante, publicaciones que juegan en cinco divisiones por encima,… y una frase que fuera de contexto suena a puro perogrullo. Afortunadamente no figura en el libro, porque si llega a aparecer en la contracubierta o en las guardas me da algo (sería para haber acudido a Alan Smithee)

Y no ha sido la única vez. En las notas promocionales de Las máquinas salvajes y Bogoña perdida, las últimas entregas de la fragmentada Ash de Mary Gentle, también tengo una aparición estelar. Una de esas enumeraciones a las que los lectores del aburreovejas ya estáis habituados. Esta vez compitiendo de tú a tú con Locus, The Guardian y el Boston Globe. ¡Ahí queda eso!

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Alatriste, la paja y la viga

Abusivo es el calificativo que mejor se ajusta a la campaña mediática desplegada a lo largo de la última quincena con vistas al estreno de Alatriste. Todo hay que decirlo, similar al recibido por las superhipermegaproducciones de Hollywood o los grandes nombres del cine patrio (léase Almodóvar o Amenábar).

Ahí estaba un servidor, sufriéndola el día de autos (1 de Septiembre) mientras me afeitaba con vistas al primer día de curro, cuando apareció en la radio (RNE) el productor de la película, Antonio Cardenal. Entre los chascarrillos que debe haber perfeccionado de entrevista en entrevista salió uno la mar de gracioso. Contaba que en los albores de la preprepreproducción de Alatriste, con vistas a distribuirla internacionalmente, a alguien (no recuerdo quién) se le ocurrió que lo mejor sería contratar a un par de guionistas de Hollywood para que adecuasen la película a los cánones del sacro imperio mercadotécnico. Y, ete aquí, los paletillos de Hollywood, que sólo pudieron documentarse sobre nuestro Siglo de Oro mediante un libro porque en la biblioteca de L.A. que utilizaron (ya no recuerdo si dijo Beverly Hills, Hollywood,…) no había más, se sacaron de la manga… una historia de guerra química en el siglo XVII. Ahí es nada.

La conclusión retórica: mejor quedarse con un guionista de aquí, más próximos a la idiosincrasia de dicha época y de los propios libros de Reverte, y que, además, seguro que hacen un trabajo más profesional.

Fundido en negro. Ese mismo día vas con tus entradas al cine a disfrutar del estreno que llevas tiempo esperando. Te gusta el personaje, la manera de Pérez Reverte de mezclar capa y espada con Historia, el aspecto que te han vendido de la producción, un guión sólido y fiel al original,… y te encuentras con una película inconexa, con un guión inconsistente que deja a una serie de personajes secundarios absurdos que nadie sabe lo que pintan ni de qué pie cojean, con multitud de situaciones relevantes que se volatilizan sobre la marcha (lo de los planes de la niña Angélica Alquézar para Alatriste e Íñigo es de traca), con un manejo de la elipsis incoherente, un obtuso desarrollo lineal que pasa de la sugerencia a la elucubración con una facilidad pasmosa,… Nada que no haya contado ya Rafa Marín en su blog.

Desde entonces no dejo de pensar en ese productor que hacía la gracieta a costa de los guionistas yanquis innominados y que ha perpetrado Las tortuosas hazañas de Alatriste y sus amigos en el declive español del XVII, un conjunto de flases que tienen un pase como descripción del modus vivendi de un soldado de tercio español de la época, pero que como película de aventuras de época naufraga. Y es triste decirlo porque la producción, salvo un detalle, es impecable. Los actores están muy ajustados sus papeles (salvo Elena Anaya, sosa hasta decir basta cuando tenía que ser una hijalagranputa de tomo y lomo), Viggo Mortensen clava su Alatriste, la fotografía se ha cuidado hasta el más ínfimo detalle (fíjense si no en los bodegones en vivo que se vislumbran en cualquier habitación), el vestuario no tiene nada que envidiar a los mejores filmes históricos, la escenografía sabe sacar el máximo partido al dinero con el que se contaba, los duelos y los enfrentamientos no caen en amaneramientos y se han compuesto a pura cara de perro,…

Decía que hay un detalle de la producción, guión a parte, que me ha dejado resquemor. Y es el final de la película, con esos tercios desarrapados abandonados a su suerte en Rocroi y que supone la única gran batalla de la película. Un escenario en el que murieron unos cuantos miles de soldados, que parece un enfrentamiento menor entre un grupito de españoles y unos cuantos gabachos. Los planos medios dan el pego, con esa nube de picas llenando la pantalla, la caballería francesa cargando contra ellos al trote,… Sin embargo en cuanto se abre la cámara y observamos planos generales del campo de batalla se rompe la magia y se descubre que orquestar una contienda más próxima a los números reales se salía del presupuesto. Y aunque mantiene parte de la épica, ahora mismo, con lo que hemos visto en el cine, no da el pego.

Aun así es una película que merece la pena. Lo que no quita para que siga envidiando a franceses e ingleses, que con medios similares han logrado películas de época más aseadas, profesionales… y con guiones mucho más cabales. Ojalá me equivoque, pero me temo que con éste guión les va a costar recuperar su inversión.

Nota: Anda que no lo tenían a huevo para, con el mismo material de partida, haber hecho dos películas; una centrada en las peripecias con Iñigo adolescente y otra diez años después. Pero claro, somos españoles y nosotros no seguimos el diseño yanqui de películas por entregas. ¿Quién dice que hemos cambiado? Quijotes hasta la muerte.

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Relatos de ciencia-ficción de Nilo María Fabra

En esta semana que estoy viajando bastante en tren de cercanías, ando alternando un par de novelas y un libro de relatos. En concreto este Relatos de ciencia-ficción de Nilo María Fabra, una recopilación de cuentos de uno de los contados autores españoles de lo que se suele llamar proto ciencia ficción. Gran desconocido cuyos relatos estaban fuera de circulación casi desde el mismo momento de su publicación a finales del siglo XIX, hasta que fueron rescatados del olvido por Nil Santiáñez-Tió a mediados de los años 90. Y ha sido ahora Francisco Arellano, en la colección Delirio Ciencia Ficción de la editorial La biblioteca del laberinto, el encargado de recopilar su obra fantástica completa para ofrecerla en un único volumen. Volumen que después de haber leído en, casi, sus tres cuartas partes dista mucho de ser imprescindible, a no ser que se quiera profundizar en los comienzos de la ciencia ficción española (llamarlo orígenes sería del todo inexacto; el trabajo de Fabra fue un hito aislado sin continuidad) o se quiera disfrutar de las historias prospectivas patrióticas.

Porque lo que uno mayormente se encuentra en estos Relatos de ciencia-ficción es con la versión utópica de la España de la generación del 98 deseando que las cosas salieran como todo español de pro soñaba. Es necesario decirlo, antes del desastre de ese fatídico año; los relatos que aquí se recogen fueron publicados en tres volúmenes aparecidos entre 1885 y 1897. Por eso no extraña que en «La guerra de España con los Estados Unidos» España se revuelva con arrojo y gallardía ante un enemigo superior deseoso de hacerse con Cuba, que en «Un viaje a la República Argentina en el siglo XXI» la unión de los estados latinoamericanos y la madre patria haya plantado cara al afán imperialista yanqui, o en «El desastre de Inglaterra de 1910» las naciones europeas le den a la pérfida albión una somanta apoteósica y de forma merecida. No por nada

empeñóse en conservar a Gibraltar, enajenándose para siempre las simpatías de los españoles, que consideraban afrentoso que un poder extranjero hollase el sagrado suelo de la patria

Estas prospecciones no dejan de ser ejercicios anecdóticos de buenos deseos en busca de que, después de tres siglos de decadencia, a España le salieran un poco bien las cosas en la escena internacional. Descripciones de conflictos apenas bosquejados en los que se elucubra sobre un futuro que Fabra sabía imposible. Sin embargo entre la ensoñación aparece la inteligencia de un liberal católico que conocía tanto las motivaciones socioeconómicas de las naciones de su tiempo como los vicios de su patria. De hecho uno puede ver en este material el intento de conjurarlos por parte de un buen hombre atrapado en el fatalismo de no ser capaz alterar el curso de su sociedad.

Entre las narraciones que trabajan en este sentido me quedo con el ejercicio prospectivo más conseguido, «Cuatro siglos de buen gobierno», una ucronía en la que Miguel, hijo de Manuel de Portugal y su esposa Isabel, nieto de los Reyes Católicos, se convierte en heredero de las coronas hispánicas impidiendo que Carlos I tenga alguna posibilidad de hacerse con el trono. A partir de ahí, analizando a grosso modo cuáles fueron las causas de las sucesivas desgracias de los Austria, pasa sobre ellas con lo que, a toro pasado, es puro sentido comun: sitúa la capital en Toledo, no centraliza el estado, liberaliza el comercio con el nuevo mundo, no se mete en guerras religiosas, trata con buena mano a las colonias,… y enmienda la historia para conseguir una España de comienzos del siglo XX a la cabeza del mundo. Eso sí, no se esperen un relato sobresaliente, porque narrativamente deja bastante que desear, dejándose llevar Fabra demasiadas veces por la emoción de su quimera.

En otro registro destaca el divertidísimo «Del Cielo a España», los intentos de un Santiago bajado del cielo por introducir sentido común entre los españolitos de a pie y que reflejaa las claras la España interior, en la que los caciques controlaban el día a día, o la urbana, en la que todo el mundo desea cobrar el subsidio para quedarse en casa sin hacer nada. O «El fin de Barcelona», narración breve con un adecuado final sorpresa, o «El dragón de montesa», con unos arqueólogos futuros tras una era glacial intentando discernir qué misterios existen en un dragón de caballería congelado ante su garita. Sendas historias en las que Fabra acierta a unir humor con escepticismo.

O exploraciones Vernianas de por dónde podría ir la tecnología, el ya mencionado «Un viaje a la República Argentina», o el contacto con los marcianos, «En el planeta Marte», con ese encanto trasnochado de cómo alguien de finales del XIX pensaba que podían desarrollarse los transportes, los medios de información o los de comunicación.

Llegados a este punto, reconozco mi imposibilidad de juzgar con ecuanimidad este libro aun asumiendo que procede no sólo de un periodo bastante alejado en el tiempo, en el que la literatura se enfocaba de otra forma, sino de una sociedad en las antípodas de la actual. Tampoco me quito de la cabeza, y es muy injusto, que mientras Nilo María Fabra quedaba atrapado por su ilusión H. G. Wells estaba sentando las bases de la ciencia ficción a un nivel varios órdenes de magnitud por delante. Aunque Wells por aquel entonces ya era un escritor a tiempo completo y Fabra un periodista y político que escribía sus visiones de forma completamente amateur.

De lo que no me cabe duda es que el trabajo de Arellano y el esfuerzo de La Biblioteca del Laberinto son intachables y sólo se les puede achacar la escasa calidad de reproducción de los grabados que recogen las ilustraciones que aparecieron en los libros originales de Fabra. Por lo demás les ha quedado una edición notable que cubre un hueco en nuestras librerías y que puede resultar satisfactorio… si se sabe lo que se va a encontrar. Aunque para calificarlo antes que clásico utilizaría otra palabra.

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La frontera del norte

Ravat, centurión de la Legión de Armekt, parte con un pequeño grupo de guerreros desde la plaza de Erva a la caza de las hordas de Aler; grupos de extraños seres más o menos organizados que provienen del norte, cada vez más osados en sus incursiones hacia el sur. Durante su misión se topa de forma sorpresiva con un ejército anormalmente grande que le obliga a tomar medidas desesperadas para su supervivencia. Supervivencia en la que resulta determinante Tereza, subcenturiona de la misma plaza que mantiene un enfrentamiento soterrado con Ravat y la inmensa mayoría de sus subordinados.

Siguiendo el curso abierto con Sapkowski y la saga de Geralt de Rivia, y los vientos imperantes entre los compradores de género, Bibliópolis ha elegido a Feliks W. Kres como segundo escritor polaco de su colección fantástica. Autor de esta La frontera del norte que, como se aprecia en la breve sinopsis anterior, presenta una serie de fantasía épica, El códice absoluto, formada por libros autoconclusivos. Y se hace obligado reconocer que Kres sabe hacer interesante su historia, marcando una serie de diferencias que la separan con suficiencia de gran parte de la fantasía heroica que pulula por las mesas de novedades.

Primero porque, como bien señala el título, es un genuino relato de frontera. Una narración enclavada en el extremo de lo que vendría a ser el mundo conocido, alejado de la «civilización» y en contacto con un enemigo peligroso, esquivo y ajeno, que recuerda a los westerns centrados en la caballería de EE.UU. Unas historias con unos rasgos argumentales muy acusados que se observan bien delimitados en La frontera del norte, como puede ser el carácter de sus aguerridos personajes, el conflicto existente entre sus dos protagonistas, sus opuestas maneras de entender el mando o la evolución de la relación con su enemigo, tanto de Tereza como de Ravat. Una lucha continua entre civilización y barbarie.

Segundo, la extraña condición de la amenaza que se cierne sobre Erva y todo el territorio norte de Armekt. Emulando a Stanislaw Lem, Kres no sitúa ante sus protagonistas a los seguidores del dios maloso de turno o del megalómano deseoso de conquistar terreno, dispuestos a inmolar porque sí todo lo que encuentren por delante, sino a dos estructuras antagónicas, las hordas doradas y plateadas, que obedecen a un poder exótico y difícil de comprender, alejado de cualquier amaneramiento maniqueo. Así, recrea un ambiente insólito e incierto que hacía tiempo no encontraba en un libro de este tipo (aunque supongo que algo tendrá que ver con lo que vivió el este de Europa, Polonia incluida, a finales de la Edad Media cuando la Horda de Oro aterrorizaba la zona).

Tercero, por su acercamiento al mundo militar y lo que es la lucha de un ejército propio de la edad media, y el enfoque táctico que tienen muchas descripciones, que gozan de un desarrollo exhaustivo. Y, por último, los dos protagonistas de la historia, sobre los que Kres aplica un tratamiento impecable.

Sin embargo no se libra de ser una obra irregular. Aparte del escaso calado formal que muestra, con un Kres anquilosado y torpe cuando se hace necesario alejar el foco de la faceta táctica y una ostensible dificultad a la hora de imprimir fluidez a la narración, se traiciona escandalosamente durante la segunda parte de La frontera del norte. Su segmento inicial se separa de las corrientes principales de la fantasía heroica al tomar como protagonistas a un grupo de aguerridos soldados alejados no sólo de los grandes conflictos sino de los núcleos de poder que los originan, mantienen o deciden. Se centra con tino en la lucha por la supervivencia de un grupo de aguerridos personajes acechados por fuerzas muy superiores en número, mejor pertrechadas y cortándoles todas las posibles salidas. No obstante, una vez entrada en la segunda sección, Kres reorienta el argumento hacia una situación más convencional que, EMHO, se deja por el camino parte de ese encanto inicial. Aunque no es menos cierto que este borrón le permite subvertir a uno de sus personajes, darle la vuelta por completo y, así, orquestar un desenlace sorprendente y demasiado frenético.

Por último, un pequeño tirón de orejas para Bibliópolis por acudir a George R. R. Martin para vender un libro. En esta ocasión no con una frase laudatoria suya, algo admisible y habitual en el mercado, sino con el calificativo con el que se refiere a Kres como el «George R. R. Martin» polaco. Una táctica que recuerda demasiado a las postizas «El Robert E. Howard del siglo XXI» o «El nuevo J.R.R. Tolkien», y que, por lo que hemos visto (ciertamente, muy poquito), va totalmente desencaminada. Las similitudes con el exitoso autor estadounidense, por ahora, son mínimas.

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Explorando los orígenes de la chapuza nacional

Hace un año dediqué una entrada a la villa romana de la Olmeda, cerca de Saldaña (Palencia) en la que recomendaba su visita. Allí hice una de esas promesas que a veces incumplo por sistema: una próxima entrada dedicada a algunos mosaicos realizados por una subcontrata de la época (siglo IV d.C.) sin mucho cuidado. Entrada que no escribí, aunque por una vez tengo excusa. La foto estaba en un carrete a medio hacer, que no revelé hasta un par de meses después y que ha dormido el sueño de los justos hasta que me he puesto hace un rato a ordenar el archivo fotográfico (preparar las fotos para pegarlas en el correspondiente álbum y clasificar los negativos); un ritual que con esto de la fotografía digital se está perdiendo.

Por un lado sitúo la foto de un mosaico con motivos geométricos (octógonos regulares, rombos,…) hecho por EL maestro; el encargado de realizar las composiciones correspondientes al ala de la casa preparada para las visitas y los dueños

Y después un mosaico situado en el ala de la casa menos transitada y en la que, para ahorrar costes, se contó con subcontrata que debía seguir los diseños del resto de la casa

Si se fijan con detenimiento en el «octógono» situado en la parte inferior izquierda de la fotografía comprobarán que la chapuza nacional en esto de la construcción de viviendas no es un invento reciente sino que viene de lejos; que una cosa es lo que te venden en un plano y otra lo que te encuentras cuando entras a vivir; que tener al cargo a un buen oficial de albañilería, aunque sea más caro, suele ofrecer mejores resultados; que una subcontrata no es del todo fiable;…

Y ahora, por obra y arte del paso del tiempo, esa chapuza es una obra de arte. ¡Genial! (a la manera de ADLO)

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Los muertos vivientes

Hace poco más de un año apareció el primer tomo de Los muertos vivientes, cómic de Robert Kirkman que coge las historias de zombies a lo La noche de los muertos vivientes o El amanecer de los muertos y lo traslada al mundo de las viñetas. Una historia recomendable si gusta esta temática o agradan los relatos de supervivencia con un sólido tratamiento de personajes. A los pocos meses salió el segundo tomo y la sensación también fue positiva; se profundizaba en el tono triste y decadente de una sociedad que había perdido sus referentes, se continuaba un intenso trabajo sobre unos personajes puestos al límite, se realizaba un viaje de la «ciudad» al «campo» para explorar las posibilidades de supervivencia,… pero no me decidí a continuarla. En parte porque a pesar de un precio asequible, los gastos suben como la espuma; en parte porque no creí que la historia diese para más; en parte porque el ilustrador Terry Moore dejó los trastos a Charlie Adlard, quizás dotado para hacer cómics de superhéroes o futuristas, en los que es el traje el que identifica un personaje, pero con serias dificultades para caracterizar a gente cotidiana de la que te encuentras día a día cuando vas al super.

Salieron los tomos tres y cuatro y no los compré… hasta que varias entradas en blogs sobre cómic y la recomendación de fonz me hicieron volver a ella. Y encantado estoy de haberme conocido. No sólo existe una progresión nítida de una historia a otra, una idea fehaciente de lo que es el fin del mundo o una evolución de los personajes acorde a los hechos que les toca vivir, sino que el tono me recuerda a una de esas novelas que crea un mal rollo de espanto y hace tanta mella que siempre está ahí, acechando. Una narración violenta repleta de desesperanza que te reconcilia con la ciencia ficción a fuerza subvertir desde los cimientos una temática tan prohumana como la de la invasión alienígena.

Hablo de Los genocidas de Thomas M. Disch (en pie y saluden)

Recapitulando, el inicio es el que más o menos se pueden esperar. Un policía sale del coma después de varias semanas y se encuentra en un desvencijado hospital en el que parece que no hay nadie… hasta que se cruza con un grupo de muertos vivientes. Corre a su casa, no encuentra a nadie, todo está desatendido, hay restos humanos en los sitios más insopechados,… y se topa con otro superviviente que le pone al día de la situación. Los muertos han retornado de sus tumbas, les pierde la carne humana, la sociedad mundial se ha venido abajo,… A partir de ahí se produce un viaje hasta Atlanta donde se reencuentra con su familia y entra a formar parte de un grupo con el que tiene que buscar la mejor manera de salir adelante en este ambiente hostil en el que los zombies acechan y no hay más perspectiva de futuro que sobrevivir hasta mañana.

Este argumento funciona a pesar de necesitar un esfuerzo para suspender la incredulidad: después de varias semanas en coma se hace raro que físicamente el cuerpo se encuentre como el del protagonista y que haya pasado desapercibido; ningún superviviente ha podido forzar la estación de policía ni el coche patrulla; el encuentro fortuito con su mujer, que se encuentra incluida en un grupo muy pequeño en un área en el que viven millones de persona;… Una vez arranca Los muertos vivientes comienza a crecer y no hay quien lo pare.

Comentaba antes de ayer con la madre de Paula, en plena lectura de la colección, que la historia serviría perfectamente para hacer una serie de televisión. El tratamiento que Kirkman aplica se ajusta a la perfección al que se está viendo en las grandes series de éxito que nos llegan de EE.UU., con una historia central bien definida que vertebra la narración (el viaje de supervivencia de un grupo variopinto en condiciones extremas) y una serie de historias secundarias que orbitan alrededor de ella y exploran los personajes (su pasado, su complicado futuro, sus reacciones, su evolución,…), que se van tomando, dejando y retomando con una cadencia prodigiosa. Con el plus que supone que no hay ningún tipo de restricción por parte de productor del invento o contingencia alguna que condicione el desarrollo. De hecho, aunque hay un protagonista principal, el resto de personajes son «prescindibles» y están sujetos a lo que el guionista, que es el que mejor puede medir la necesidad dramática de la historia, imponga. Las situaciones límite se suceden y en esta tesitura nadie permanece inmutable.

Y aquí es donde aprecio ese tono similar al de Los genocidas (por no citar sus antecedentes más evidentes: La tierra permanece de George R. Stewart, o El señor de las moscas de William Golding). Si la opera prima de Thomas M. Disch se caracteriza por algo es por la falta de concesión y su elevado grado subversivo; existen situaciones en las que aunque el espíritu del lector empatice con los protagonistas y estos hagan todo lo posible por salir de una situación inabarcable no hay que perder de vista que no siempre se puede escapar de un callejón sin salida (anda que no hemos vencido a alienígenas tecnológicamente superiores en decenas y centenas de novelas). Que una cosa es tener el espíritu de Robinson y otra muy distinta ser capaz de llevar a buen puerto el sueño burgués de recrear en cualquier situación la sociedad de la que se procede. Algo que Kirkman despliega a todo lo largo y ancho de Los muertos vivientes, extrayendo aire fresco en una temática tan aparentemente apergaminada y encerrada en el estereotipo.

Además si Disch supo utilizar el escenario como una metáfora de la situación que atravesaban personajes, con un claustrofóbico último tercio de novela en las lóbregas cavernas bajo la superficie, en una involución salvaje en el que la razón es sustituida por los instintos más primarios, aquí Kirkman consigue algo similar al encerrar a los personajes en un penal. Un aparente espacio de libertad en el que a priori van a poder vivir alejados del peligro y la muerte que les aguarda fuera, y que se convierte en una jaula incapaz de congelar el inexorable y lánguido camino hacia la disgregación y la desintegración.

Como ocurre con todos los seriales cuando no tienes ni idea de la distancia que te separa del desenlace, todavía está por ver si Kirkman es capaz de mantener la atención y conducir su narración hacia una conclusión satisfactoria o, si al contrario, se deja arrastrar por su reconocido éxito, se enquista y alarga innecesariamente la historia más allá de dónde tenía pensado poner el fin. Lo que no me cabe duda es que mientras nos ha entregado uno de los tebeos episódicos mejor construidos y más emocionantes de las últimas décadas. Cosa que no es moco de pavo.

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Babelia y la literatura fantástica

En el suplemento de El País Babelia se ha publicado hoy un especial dedicado a la literatura fantástica en español. El contenido más extenso es una entrevista a Liliana Bodoc, escritora argentina de la que Edhasa está publicando La saga de los confines, y le siguen un artículo sobre la fantasía en español, centrado casi exclusivamente en Laura Gallego, una breve defensa de la fantasía como lectura para todas las edades basada en la concepción de Tzvetan Todorov, y una rese… digo crítica de José María Guelbenzu a El príncipe Zaleski de M. P. Shiel (cuya La nube púrpura comentó Alberto García-Teresa hace unas semanas para C)

Analizado desde dentro (del fandom) no deja de ser un producto veraniego, sin alma, confeccionado sin visión de conjunto, escaso y corto de miras. Visto desde fuera… pues puede estar bien como difusión de una temática si uno es capaz de tragar ideas como la frase promocional salida de algún catálogo de Edhasa que une a Julliet Marillier y Robert Carter con Michael Moorcock o (una vez más) J. R. R. Tolkien. Que, supongo, será la inmensa mayoría.

Aprovechando la ocasión, me gustaría recomendar sendos enlaces a especiales de Babelia que tengo por aquí y que me parecieron más enjundiosos y cohesionados. El primero del año 2001 dedicado a la ciencia ficción, con una entrevista de obligada lectura a George R. R. Martin, y el segundo del año 2003 centrado sobre todo en la fantasía, aprovechando la visita a nuestro país de Christopher Priest, Andrzej Sapkowski y Tim Powers. Quizás porque detrás de su confección estaba alguien como Jacinto Antón; a parte de notable periodista todo terreno conocedor del género fantástico. Y se nota (aunque contenidos como la entrevista cercenada a Priest son para dedicarles una entrada a parte).

Creo recordar que ha habido más (recuerdo uno del año ¿2004? que generó un intenso debate en Cyberdark), pero he sido incapaz de encontrar enlaces.

Sobre los réditos editoriales a medio y largo plazo de esta promoción, basta fijarse en qué estaba centrado el de 2001 y cómo se encuentra hoy en día su sujeto de «análisis». Lo que no es óbice para que esta iniciativa sea bien recibida (aunque no lo parezca; llevo unos días un tanto cáustico)

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