Actualización de C, Diciembre de 2006 (I)

Como supongo sabréis la mayoría, esta noche actualizamos la web de crítica de literatura fantástica C, el hijo de Cyberdark, con las siguientes reseñas:

+ Leyes de mercado – Richard Morgan (George Kaplan)
+ Sayonara Bar – Susan Barker (Manuel de los Reyes)
+ Disfraces terribles – Elia Barceló (Alberto García-Teresa)
+ Mystes – Víctor Conde (Álex Vidal)

La próxima atualización será, si todo marcha como debe, el lunes 18 de diciembre. Entonces nos aguardan dos nuevas reseñas y, si saco tiempo, un nuevo artículo.

Publicado en C | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Actualización de C, Diciembre de 2006 (I)

El fin de mi vida, de Graham Joyce

Han pasado ya tres años desde que apareciese Los hechos de la vida, primera novela de Graham Joyce traducida al español. Una evocadora saga familiar que destacaba, entre otros aspectos, por su agradabilísima construcción de personajes y el sutil tono fantástico que teñía la historia. Ahora La Factoría se ha vuelto a armar del valor necesario para publicar otra novela de Joyce, y entre la docena que tenían a su disposición se han decantado por The Limits Of Enchantment, traducida como El fin de mi vida; título sin duda más aséptico, ambigüo e intrigante. Una novela que, si bien palidece en comparación a la anterior, confirma a Joyce como un autor a seguir.

La protagonista de la narración es Fern, una chica que relata en primera persona su día a día junto a Mammy, la mujer con la que vive desde su infancia, una curandera/matrona/bruja. Un receptáculo del saber popular a la que acuden los vecinos de la comarca de Leicester, en el centro de Inglaterra, cuando tienen un resfriado, hay que alumbrar un nuevo retoño, necesitan un pastel de bodas, hay que realizar un aborto,… Y como es habitual con este tipo de personajes, con un carácter excéntrico, poco respetuosa con las convenciones, temerosa de que su saber sea usurpado y tratada con tanto respeto como temor. Una personalidad que ha condicionado la vida de Fern hasta el punto de ser un reflejo incompleto, sobreprotegida e incapaz de valerse por sí misma.

Como ocurría con Los hechos de la vida, El fin de mi vida tiene una componente fundamental de retrato social. Si en aquélla, a través de los diferentes matrimonios presentes en la familia Vine, se hacía una descripción bastante completa de la sociedad británica de la última posguerra, aquí nos encontramos con un acercamiento a la vida en la campiña inglesa a mediados de los años 60. Una realidad en la que chocaban los avances impulsados por el gobierno laboralista recién llegado al poder, un clasismo rayano en lo feudal que se resiste a desaparecer y el puritanismo más reaccionario, caracterizado por la persecución de todo aquello que se aleje de la tradición.

Igualmente, tal y como se observa en otras novelas de Joyce, es un relato de aprendizaje. El aislamiento en el que se ha criado Fern origina un enorme desconocimiento de la sociedad que le rodea y los cambios que han comenzado ha trastocar la «inalterable» vida en la campiña. Una situación que, además, le impide mantener una relación natural con sus semejantes y le origina una importante desorientación en todo lo que se refiere a los roles sexuales, causa de los momentos más divertidos y, también, desgarradores de la narración.

El fin de mi vida se desarrolla con una cercanía muy conseguida y un grado de ambigüedad de lo más adecuado. Ambigüedad que, curiosamente, no afecta a la ascripción genérica de la obra, que a pesar de coquetear en un par de momentos con lo fantástico no termina de caer en él. Además goza de una estructura cuasicinematográfica «secuenciada» en tres actos, clásica y lineal, con un grupo de personajes limitado, roles bien diferenciados, un desarrollo que alterna amabilidad con amargor y una conclusión que tiene mucho de final feliz. De hecho, cuando la estaba terminando no me podía quitar de la cabeza que de aquí saldría una película atractiva, con mucho de comedia de costumbres y una pizca de drama social.

Quizá le falte fuerza y algo de intensidad, características que les sientan bien a los ritos de paso, pero es lo que tienen las historias sencillas, cotidianas y nada extravagantes. Quizá por eso sea un libro perfecto para dar a conocer a Joyce entre el público ajeno al género, más adecuado para el lector medio que los que me apetecía leer (Dark Sister, Requiem, The Tooth Fairy,…). Libros que llevan aguardando una oportunidad más de diez años y que por el hecho de tener un origen anglosajón y navegar en el difuminado océano existente entre la fantasía y la realidad, llevan la intemerata aguardando una traducción. «Demasiado» fantásticos para las colecciones de fuera, demasiado realistas para las colecciones de dentro (destinadas para un lector tipo enamorado del medievo). Una marca de Caín que, como parece estar ocurriendo con Jonathan Carroll, tengo la esperanza de que Graham Joyce pueda borrar de su frente de una santa vez. Algún día…

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , , , , | 8 comentarios

El atlas de las nubes

El atlas de las nubes es la tercera novela de David Mitchell y la segunda que se traduce al castellano. Aunque el apelativo de novela quizás no sea el más adecuado. Como ocurría con Escritos fantasma, en su interior aguardan seis narraciones en apariencia independientes que comparten un mismo corpus conceptual tan variado como difícil de sintetizar. Si en aquélla Mitchell aplicaba la globalización y la teoría del caos sobre las relaciones humanas, en un viaje de oriente a occidente que se iniciaba en Japón y terminaba en Nueva York, en El atlas de las nubes realiza un trayecto similar a lo largo de la Historia, iniciado en 1850 y con su punto final en un futuro a más de un centenar de años vista. Sin embargo, lejos de contentarse con relatar las seis historias cronológicamente, cada una deja lugar a la siguiente llegado su ecuador para ser retomada más adelante durante el retorno al punto de partida. Una decisión que cobra sentido a medida que se descubren los avatares que padecen los personajes y uno penetra en el corazón de la obra.

Así, la primera historia, y también la última en cerrarse, «El diario del pacífico de Adam Ewing», desarrolla el diario de un notario de EE.UU. durante su viaje de regreso desde las islas Chatham (cerca de Nueva Zelanda) a mediados del siglo XIX. Éste deja paso a «Cartas desde Zedelghem», las misivas que el músico Robert Frobisher le envía a su amigo Rufus Sixmith durante un viaje a Bélgica en 1931 para convertirse en colaborador de un viejo compositor. Después tenemos «El primer misterio de Luisa Rey», quizás la narración más convencional (un thriller en presente), sobre una periodista de Buenas Yerbas, ciudad ficticia de la costa oeste de EE.UU., mientras investiga una trama que puede desembocar en un accidente nuclear bastante peor que el de Three Mile Island. A continuación, «El tremendo calvario de Timothy Cavendish» relata la odisea por la campiña inglesa de pasado mañana de un editor que ha tenido el éxito de su vida cuando uno de sus autores asesina a un crítico que había puesto a caer de un burro su última novela y que tiene que huir de sus hermanos, deseosos de hacerse con el dinero. Pasando a las dos últimas historias, que se desarrollan en el futuro y que están situadas, como corresponde con este esquema, a mitad de la novela, tenemos «La antífona de Somni-451″, el diálogo entre un personaje sentenciado a muerte y su antífona que permite reconstruir todo lo que le ha llevado hasta ahí, y ,»finalmente», «El cruce de Sloosha y toda la vaina», la confesión en primera persona de Zachry Bailey, habitante de una de las islas de Hawai después de que la civilización se haya ido al garete no se sabe muy bien por qué.

Como destacaba en la entrada anterior, lo primero que destaca es la voz que Mitchell utiliza para relatar cada historia. Un variado registro de personajes y formas narrativas (diario, relato epistolar, monólogo dirigido,…) conseguido y verosímil, que se ajusta al argumento que relata en cada momento como un guante a una mano. Aunque, quizás, para el lector de Escritos fantasma alguno de los registros suene un tanto familiar y «El primer misterio de Luisa Rey» sea, por comparación con el resto, demasiado estereotipado.

Como ocurre con estas historias enhebradas, uno de los premios gordos y, a la postre, la gran recompensa del lector, está en descubrir cómo se concilian narraciones tan separadas geográfica y temporalmente. En El atlas de las nubes, con un poco de paciencia y una mínima observación, las conexiones se van estableciendo a varios niveles. Por un lado tenemos lo que vendrían a ser los nexos argumentales a los que más habituados estamos. Haciendo un mínimo spoiler, la primera y segunda historias están unidas porque el músico Robert Frobisher encuentra en una mansión de Bélgica un fragmento del diario de Adam Ewing, una lectura que se ve interrumpida porque al libro le faltan la mitad de las páginas. Una relación que también se establece entre el resto de historias consecutivas o, incluso, entre las no consecutivas (el Prophetess, el navio en que viaja Ewing, está anclado en el puerto de Buenas Yerbas en la tercera parte).

No obstante estos nexos, que podrían llegar a tildarse de efectistas, van mucho más allá cuando se descubren otros vínculos. Vínculos que trascienden la anécdota y van al propio devenir de los sucesos que modelan la vida de los personajes o, más profundamente, al mismo corazón de la obra. El sustrato sobre el que Mitchell ha construido El atlas de las nubes es el propio de estos tiempos posmodernos que nos ha tocado vivir. Un posmodernismo que sale a relucir, por ejemplo, en la amplia variedad de géneros que «manchan» la historia; en la confusión de unos personajes que tienen problemas para discernir lo que ocurre a su alrededor y malinterpretan el comportamiento de sus semejantes; la manera en que la casualidad va moldeando sus vidas a golpe de cincel; en cómo el tiempo abandona cualquier naturaleza lineal para zambullirse en una espiral que, aunque repite ciertos items (el más evidente, el genocidio de los nativos de las Chatham, contenido en un reflejo especular en una de las historias), no nos lleva siempre por los mismos pasos;…

Y, sobre todo, en un retrato a flor de piel y nada idealista de la condición humana, en la que en todo momento pugnan el deseo de poder y el altruismo, la despreocupación por el otro y el compromiso, el egoísmo y el amor, la crueldad y la bondad, la avaricia y la solidaridad, el respeto al medio natural y su explotación insensata, la traición y la entrega, la opresión y el afán de libertad,…

Como me ocurrió con Escritos fantasma, es un libro que perdura más allá de su última página y que, ahora que se acercan las navidades, puede ser un buen regalo. Tanto para lectores ajenos al género deseosos de ver qué se cuece entre la mejor literatura contemporánea como para lectores afines a la ciencia ficción que quieran descubrir cómo los mejores autores de fuera tratan sus temas habituales. Aunque a mi me guía también un motivo egoísta. Me apetece leer cualquiera de las otras dos novelas de Mitchell: number9dream y Black Swan Green. A ver si hay suerte y la editorial Tropismos no falta a la cita el año que viene.

Publicado en Libros sabrosos, Reseñas | Etiquetado , , , , , , , | 11 comentarios

El atlas de las nubes

Si entre el miércoles y el jueves saco el tiempo necesario para escribir la correspondiente reseña, adelanto que El atlas de las nubes va a ser el libro sabroso del mes de Noviembre. Lo he terminado hace unos días y todavía ando (como se suele decir) digiriéndolo, pero no me cabe duda de que es uno de mis libros del año. Me ha impactado menos que Escritos fantasma, pero tiene una serie de detalles que me confirman a su autor, David Mitchell, no ya como un gran escritor, sino como un excelente conocedor de la ciencia ficción. Las dos secuencias que se pueden calificar como tal, que ocupan casi 200 páginas del libro («La antífona de Somni-451» y «El cruce de Sloosha y toda la vaina») suponen, entre otros muchos aspectos, una exhibición de cómo se puede sumergir a un lector en un entorno futuro bastante diferente al nuestro, dándole las oportunas referencias necesarias para que pueda comprenderlo poco a poco, sin sacrificar el curso narrativo ni la voz con la que se desarrolla la historia (vamos, sin acudir a textos postizos que te digan por qué Somni-451 se llama así, cómo fue la historia de la humanidad en los 50 años anteriores,…). Voz que, todo sea dicho, es uno de los fuertes de Mitchell, capaz de construir una novela a partir de seis discursos narrativos tan genuinos como diferentes.

Lo que voy a hacer a continuación es copiar un extracto del libro. Una de esas partes que resuenan cuando la lees y no quieres que la memoria olvide (supongo que para eso tengo el blog).

Aviso. Entre los segmentos que podía haber elegido me he decantado por el final, que, creo, se puede leer tranquilamente (no desvela ningún giro argumental). ¿Por qué? No es un texto indicativo de cómo está escrito; es la conclusión a la que llega el protagonista de una de las historias en el diario que cuenta su viaje en una goleta desde la isla de Chatham, cerca de la costa de Nueva Zelanda, hasta Hawai a mediados del siglo XIX. Sin embargo, aparte de apuntar por dónde van (algunos de) los tiros en las seis historias que se encuentran en El atlas de las nubes, reproduce cosas con las que es difícil no estar de acuerdo y concluye con una preciosa y esquiva verdad.

[…] Mis recientes peripecias me han llevado a filosofar largo y tendido, sobre todo por las noches, cuando lo único que se oye es el rumor apacible del arroyo que transforma eternamente rocas en guijarros. Así discurren también mis pensamientos. Los historiadores identifican ciertas tendencias y las plasman en leyes que regulan los auges y caídas de las civilizaciones. Mi filosofía sigue el procedimiento inverso, a saber: la historia no admite leyes, sólo consecuencias.¿Qué determina las consecuencias? Las acciones depravadas y las acciones virtuosas.

¿Y que determina las acciones? Las creencias.

Las creencias son al mismo tiempo el premio y el campo de batalla, ya sea en el interior de la mente como en el espejo de ésta, vale decir, en el mundo. Si de verdad nos creemos que la humanidad es una escala de tribus, un coliseo de conflictos, explotación y bestialidad, semejante humanidad terminará tomando carta de naturaleza y serán los diversos Horrox y Boerhaave de la historia quienes se lleven el gato al agua. Vosotros y yo, los acaudalados, los privilegiados, los afortunados, no tendremos de qué lamentarnos en un mundo así, siempre que no nos abandone la suerte. ¿Qué más da si nos remuerde la conciencia? ¿Por qué restar legitimidad a la supremacía de nuestra raza, de nuestros buques de guerra, de nuestro legado, de nuestro patrimonio? ¿Por qué habríamos de luchar contra el orden «natural» (¡ah, qué palabra huidiza y artera!) de las cosas?

¿Por qué? Por la siguiente razón: un buen día, ese mundo completamente dominado por los depredadores se consumirá a sí mismo. Sí, el diablo devorará a los últimos hasta que los últimos sean los primeros. En un individuo, el egoísmo corrompe el alma; en la especie humana, el egoísmo significa la extinción.

¿Acaso llevamos esta entropía escrita en nuestra naturaleza?

Por el contrario, si nos convencemos de que la humanidad puede trascender colmillos y garras, si nos convencemos de que las diversas razas y credos pueden compartir pacíficamente la tierra, exactamente igual que los huérfanos comparten el árbol candil, si nos convecemos de que los gobernantes deben ser justos, de que la violencia debe dominarse, de que el poder ha de ser responsable las riquezas de la tierra y los océanos deben repartirse equitativamente entre todos, este mundo se hará realidad. No me engaño. Ya sé que es el más difícil de todos los mundos posibles. Los tortuosos avances logrados en el curso de las generaciones enteras pueden echarse a perder con la simple rúbrica de un presidente miope o el mandoble de un general envanecido.

Una vida dedicada a forjar el mundo que me gustaría que heredase Jackson, no el mundo que me da pavor legarle, es, a mi modo de ver, una vida digna de ser vivida. Cuando vuelva a San Francisco pienso abrazar la causa abolicionista. Porque le debo la vida a un liberto y porque por algún lugar hay que empezar.

Ya me parece oír la reacción de mi suegro…

– Ah, estupendo, Adam… ¡Sentimientos liberales! ¡Pero a mí no me vengas con monsergas de justicia! ¡Vete a Tenessee montado en un pollino y ponte a convencer a esos palurdos sudistas de que en realidad son negros pintados de blanco y de que sus esclavos son blancos pintados de negro! ¡Vete a Europa y ponte a decirles que los derechos de los esclavos del imperio son tan inalienables como los de la reina de Bélgica! ¡Ah, terminarás pobre, canoso y ronco en las reuniones del partido! ¡Te escupirán, te dispararán, te lincharán, te aplacarán con medallitas y los paletos te despreciarán! ¡Te crucificarán! Ingenuo y soñador Adam. Quien osa desafiar a esa hidra de cien cabezas que es la naturaleza humana lo termina pagando con espantosos sufrimientos, ¡y su familia también! ¡Y cuando exales el último suspiro, sólo entonces, te darás cuenta de que tu vida no ha sido como una minúscula gota en un océano infinito!

Y sin embargo, ¿qué es un océano sino una multitud de gotas?

¿Demasiado evidente y fácil? Posiblemente. Pero no por eso deja de ser un bonito sueño que no nos decidimos a hacer realidad. Y antes de juzgarlo es conveniente leer las 550 páginas anteriores que conducen hasta aquí. 550 páginas que no tienen nada de triviales o idealistas.

Publicado en Fragmentos | Etiquetado , , , , , , , , , | 3 comentarios

Las cuatro damas

Hace poco he terminado Contra el mundo, contra la vida, el ensayo en que Michel Houllebecq hacía un alegato en favor de la obra de H. P. Lovecraft y lo postulaba como uno de los literatos fundamentales del siglo pasado; un antídoto contra el realismo y la literatura que encadena al lector a su aburrida cotidaneidad. Entre todos los argumentos, defendidos con vehemencia y energía, hay uno que no se le escapa a nadie: la potencia de su imaginería y la fuerte influencia en una pléyade de autores, coetáneos y posteriores, que han consagrado parte de (o toda) su obra a continuarla, haciendo suya la aterradora cosmogonía Lovecraftiana y sus recursos narrativos. Un hecho anormal en el mundo de la literatura y que sólo encuentra un eco equiparable en lo ocurrido con Sherlock Holmes y los pastiches aparecidos tras la muerte de Conan Doyle.

Las cuatro damas es un libro que sigue ese camino; tal y como confirma la dedicatoria de la primera página, es una novela consagrada a Lovecraft. Sin embargo cuando se van pasando páginas y te enfrentas a las situaciones por las que atraviesa su protagonista, se observa que dicha influencia es meramente crematística; (casi) se limita a sus criaturas mientras no acierta a reproducir, ni por aproximación, la atmósfera o las emociones que continúan despertando los textos del maestro (o alguno de sus epígonos). Es decir, estamos ante una obra claramente influenciada por Lovecraft que no tiene nada de Lovecraftiana, circunstancia que para alguien que haya disfrutado de cualquiera de sus grandes textos supone un handicap de difícil solución. Aunque es posible que nosotros no seamos su público destino.

A posteriori, tengo la sensación de que estamos ante un libro netamente juvenil. No sé si se habrá escrito con esta intención pero, como comentaré a continuación, su argumento, determinadas elecciones a la hora de resolver situaciones, su estructura lineal, el lenguaje con que está escrito, la adaptación superficial que hace de los mitos,… me hacen pensar que si tienes 14 o 15 años quizás sí que despierte tu interés. Pero claro, esto no se especifica en ningún lugar del volumen y Las cuatro damas carga con un sambenito del que, EMHO, no se recupera.

La novela se centra en las peripecias de Julia Andrade, una empleada de una galería de arte de Barcelona que se obsesiona con Retrato de una dama. Un cuadro que observa en un catálogo de una pintora maldita de la que apenas tiene información. Consigue convencer a su jefe para ir a Londres, a la casa donde se va a subastar, y allí se encuentra con que antes de salir a la venta se ha retirado porque alguien ha pagado lo que se pedía por él. Entonces inicia una investigación para descubrir quién era la pintora, qué tiene el cuadro que le obsesiona tanto y quién lo ha comprado que le llevará a descubrir una conspiración que lleva fraguándose siglos. Conspiración que tiene como objetivo despertar al dios dormido.

Las cuatro damas pasa por ser una actualización de «La sombra sobre Innsmouth», con sus profundos, las relaciones entre estos y pequeños pueblos costeros en diferentes partes del mundo, la aparición de mestizos y la vuelta del dios dormido. Retorno que traerá consigo la muerte de miles de millones de personas y la alteración de la faz del planeta. Estos iconos aparecen mezclados con una investigación de tintes esotéricos, la implicación de una protagonista que comienza a tener unos sueños insólitos relacionados con su pasado, la presencia de un código que es necesario revelar, la aparición de un servicio secreto vaticano encargado de luchar contra las criaturas o el enmascaramiento de los seguidores del dios detrás de una megacorporación. Una trama a la orden del día que, unida al ritmo que le imprime su autor, Adolf J. Fort, convierte la novela en thriller sencillito y edulcorado.

El argumento está lleno de momentos que dotan de un nuevo significado al adjetivo increíble. Sirva como ejemplo el asalto de Julia Andrade a una casa de subastas que tiene un sistema de seguridad impropio de un lugar donde se mueven decenas de millones de libras (hasta asaltar el colegio donde trabajo es más difícil), o la manera en que descubre qué se encuentra detrás del cuadro (un escaneo con luz natural, por muy bueno que sea, no puede reproducir lo que se descubre). Además está el ya mecionado escaso empaque terrorífico; apenas hay dos instantes en los que genera una cierta tensión. El resto de la atmósfera tiene más de fantasía oscura, muy ligera, que de horror. No hay una amenaza incognoscible, ni sensaciones pavorosas, ni ambientes insanos,…

Aunque, ya digo, si se regala a un lector joven seguramente se enganchará.

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , , , , , , | 4 comentarios

Actualización de C, Noviembre de 2006 (II)

Como supongo sabréis la mayoría, en la madrugada del domingo al lunes actualizamos la web de crítica de literatura fantástica C, el hijo de Cyberdark, con las siguientes reseñas:

+ La silla – David Jasso (Javier Vidiella)
+ Las mentiras de Locke Lamora – Scott Lynch (Manuel Santos)

Además recuperamos La ciencia ficción, en la encrucijada del siglo XXI, un artículo de Julián Díez publicado en el número 217 de la Revista de Literatura que repasa la ciencia ficción de los últimos 20 años. Una visión de conjunto que expone cuáles son las corrientes principales en el género anglosajón, el interés que están despartando la ciencia ficción entre escritores ajenos a sus tradiciones, la llegada de autores de los países no anglosajones y el relativo optimismo con el que observa la situación en España.

La próxima atualización de C será, si todo marcha como debe, el lunes 4 de diciembre. Entonces nos aguardan cuatro nuevas reseñas.

Publicado en C | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Actualización de C, Noviembre de 2006 (II)

La voz del fuego

No tengo demasiado tiempo para escribir (estoy terminando un texto sobre Jonathan Strange y el Señor Norrell que me está trayendo de cabeza), así que toca otro anuncio de novela a punto de aparecer y que, independientemente de cómo sea, me apetece leer. La voz del fuego. La única «novela» que ha escrito Alan Moore y que, por tanto, se convierte en un obligado lugar de paso para sus múltiples seguidores.

No tengo mucha información sobre ella. Sé que relata 12 historias diferentes con alguna conexión entre sí que ocurren en un intervalo de 6000 años en lo que hoy es Northampton, el lugar de nacimiento y residencia de Moore. Sé que es una primera novela, con todo lo que eso implica en un autor que no se caracteriza por su condescendencia hacia el lector. Sé que sus puntos focales son La Historia y La Magia, dos de las preocupaciones fundamentales de Moore en la última década. Sé que el lenguaje es fundamental en la narración y que sigue una progresión historia a historia (así que a ver a quién le han cargado la traducción; como sea parecida a la que se puede ver en muchos de los tebeos de la casa vamos dados). Y sé que la primera de ellas es uno de esos relatos umbral que pone a prueba la paciencia del más devoto. He aquí un extracto de la entrevista para la web de Planeta de Agostini Cómics que le hizo Raúl Sastre

Cambiando un poco de tercio, háblanos de cómo utilizas el lenguaje a lo largo de toda la novela. Hay mucha experimentación. En el capítulo primero rompes todas las normas básicas del lenguaje e introduces al lector en la mente de un ser humano primitivo. Algo un poco arriesgado para ser el primer capítulo de tu primera novela…A día de hoy aún no estoy muy seguro de por qué hice eso. O sea, hace poco alguien me preguntó que por qué había hecho el primer capítulo de primera novela prácticamente ilegible [risas]. La única respuesta que se me ocurrió en ese momento fue «para mantener a la escoria alejada» [risas]. Creo que lo quería hacer era dejar claro desde el principio cuáles eran mis intenciones. No tenía intención de escribir una novela de fantasía, o una novela de género, ni limitarme a un estilo en particular. Quería hacer algo provocador.

Creo que, probablemente, hice muchas cosas que sentía que tenía que hacer en mi primera novela. Además, pienso que después de hacer ese capítulo, del que estoy muy orgulloso, ya no tengo necesidad de ser tan rompedor, simplemente señalé en ese momento que ése era el territorio de la lengua y de la escritura que quería explorar. Creo que en mi segundo libro estoy más relajado, lo estoy escribiendo en inglés de verdad [risas].

Merece la pena leer el resto. A pesar de ser un tanto caótica, habla mucho de La voz del fuego y cómo concibe Moore la realidad y la literatura.

Si alguien está interesado en leer reseñas en inglés, he aquí una y aquí otra. En un par de semanas estará en todas las librerías.

Publicado en En capilla | 7 comentarios

Septentrión (addenda): El paso de la bahía tiene sus peligros

Una de las actividades que preparamos para la reunión de tertulias de hace seis meses en Santander fue atravesar en lancha la bahía de Santander para comer en Somo. Un paso que se vio truncado por el pésimo tiempo, habitual en los saraos del fandom, y que dio lugar a estampas entrañables como el tráfico de biodraminas entre los más temerosos y el agitado viaje de vuelta.

Pues bien. Un excompañero de trabajo me acaba de pasar la siguiente foto

Como cuenta la noticia que se puede leer en El Diario Montañés, el lunes pasado la lancha chocó con una boya sumergida, se abrió una vía de agua y el capitán tuvo que vararla sobre la arena para evitar que se hundiese. Salvo los daños materiales, no hubo mayor problema.

Mira que si nos llega a pasar a nosotros, con la mar en un estado mucho peor, lloviendo, casi sin visibilidad, ateridos de frío, en pleno cambio de marea, con la lancha cargada de fandomitas intentantando salvarse a toda costa, alguno semimareado,… Habría sido inolvidable.

Publicado en Septentrión 2006 | 3 comentarios

Entrevista a Ursula K. Le Guin en Las doce moradas

En Las doce moradas del viento, la web dedicada a Ursula K. Le Guin en español, está disponible desde ayer por la noche una entrevista a la autora realizada especialmente para la web. Está centrada en su última traducción al español, Los dones (recién publicada por Minotauro), la relación entre cine y literatura, y las dos recientes adaptaciones que se han realizado de Terramar al cine: tanto la película para televisión como la todavía por estrenar en España que ha realizado Goro Miyazaki sobre La costa más lejana y Tehanu.

Acerca de las libertades (por utilizar un calificativo suave) tomadas por los guionistas en las dos adaptaciones expresa lo siguiente:

Posiblemente, una de las cosas que contribuyeron a este curioso descuido para con el texto es el hecho de que el autor es una mujer. Tanto el Sci Fi Channel como el Estudio Ghibli están extremadamente centrados en lo masculino (los héroes de Hayao Miyazaki son mayoritariamente mujeres, pero su estudio está dirigido completamente por hombres). Me pregunto si los hombres piensan: bueno, ésta no es el Profesor Tolkien, sólo es una vieja, y las mujeres no saben realmente lo que están haciendo, así que vamos a reescribir su historia (insertando una buena cantidad de histeria y derramamiento de sangre por el camino) y haremos con su libro nuestra película de machotes. Esta cooptación y malinterpretación de la obra escrita de las mujeres por parte de los hombres es muy frecuente.

Aunque después reconoce

creo que debe permitirse a un cineasta tomarse todo tipo de libertades al convertir una novela en una película. ¡Son dos medios tan distintos!

Podéis leerla entera aquí.

Publicado en Cosas de la red | 13 comentarios