Hacía cuatro años que no compraba el volumen recopilatorio del Premio UPC y este año decidí «romper» con la rutina. No tanto porque piense que no lo van a saldar como porque uno de los autores ganadores me motiva lo suficiente como para gastar los 17 euros que cuesta: Kristine Kathryn Rusch. Una escritora que es el (pequeño) descubrimiento anglosajón de la última etapa de la revista Asimov Ciencia Ficción en España y que, por los tres cuentos que seleccionó Domingo Santos para sus páginas, firma unas narraciones tan poco originales como bien construidas. El primero de todos y mi favorito, «Dieciséis de Junio en Anna’s», candidato al Ignotus al mejor relato 2004, es una melancólica añoranza que entronca con las mejores narraciones nostálgicas que ha producido la ciencia ficción («Luz de otros días» de Bob Shaw, «Nieve» de John Crowley o Remake de Connie Willis), que, todo sea dicho, me gustan más que a un tonto una tiza. Los otros dos cuentos, «Daño colateral» y «El bosque por los árboles», quizás estén un poco por detrás pero bien merecen una detenida lectura, especialmente el primero, centrado en el abuso de menores.
Pues bien, Rusch se hizo el año pasado con el Premio UPC con una novela corta, «Buceo en los restos del naufragio», que supone una nueva variación en la pequeña parte de su carrera que hemos podido leer. Un cuento con raíces clásicas que mezcla un tema que bien podría surgir de la ciencia ficción de los años 40 y 50, la exploración de pecios en el vacío espacial, con el retrato psicológico más elaborado de décadas posteriores. En primera persona, la capitana de la Nobody’s Business relata la exploración que, ella y su tripulación, realizan de una nave que han encontrado lejos de las rutas principales de navegación, a la búsqueda de cualquier cosa por la que puedan obtener beneficio. Una nave que se revela mucho más antigua de lo que en principio parecía y que promete riqueza y fortuna a aquéllos que sobrevivan a los peligros que encierra.
Cumpliendo con el retrato que me he hecho de su obra, Rusch no afronta ninguna revolución; ni siquiera se pueda decir que los elementos científicos sean fundamentales para su historia. Su exploración en el espacio bien podría ser en el fondo de un atolón del pacífico, la relación y tensiones que surgen entre los miembros del equipo las existentes entre cualquier equipo de cazatesoros de comienzos de siglo XXI, y la codicia que crece en su sensata capitana la que uno de nosotros podría vivir si apareciese ante nosotros la oportunidad de nuestra vida. Incluso la naturaleza del peligro que aguarda en el interior de la nave, cuando no peca de convencional lo hace de indefinición. Sin embargo «Buceo en los restos del naufragio» avanza con aplomo e inteligencia, la tensión que desarrolla se puede cortar con un cuchillo, las emociones que mueven y atenazan a los personajes resultan creíbles y consistentes y la factura final deja un buen sabor de boca.
La mención ha ido a parar a Vladimir Hernández, que ya había rozado el premio en ocasiones precedentes (años 2000 y 2003) y que vuelve a quedarse a las puertas. Su novela corta, «Semiótica para los lobos», confirma su buena mano para el cyberpunk más fiel a las raíces sembradas por Gibson y Sterling a comienzos de los 80, no sólo desde el punto de vista de escenario sino desde casi todos los puntos que conforman estas historias, como los personajes y los roles que desempeñan, la síntesis entre hombre y máquina o el uso del lenguaje para aproximarnos a una humanidad al borde de una singularidad tecnológica. De hecho el gran problema que presenta es que los lectores hastiados de corporaciones ajenas a los gobiernos nacionales, IAs fugitivas, grupos de hackers a su búsqueda, realidades virtuales en las que se puede vivir sin problema y demás parafernalia, van a encontrar más de lo mismo, con mucho hincapie en la parte estética y escaso en la sociopolítica.
Lo más interesante de «Semiótica para los lobos» está en el estilo. Hernández se ha enrocado en la composición gramatical y semántica de aquellos jóvenes neurománticos que intentaban una revolución en la ciencia ficción, ese lenguaje centelleante plagado de neologismos fruto de las nuevas tecnologías que han alterado el modus vivendi de la humanidad, y que dosifica con inteligencia y, a ratos, contención. Salvo en algún momento puntual, sale bien parado y consigue crear texturas lingüísticas a unos 50 años vista bastante naturales (dentro de su artificiosidad).
Lamentablemente el material que merece la pena leer termina aquí, justo en el meridiano del volumen. No hay más novelas cortas del certamen «grande» incluidas (este año sólo ha habido una ganadora y una mención), y en vez de hacer como en alguna otra ocasión y repescar alguna de las menciones que hace el jurado se apuesta por publicar las DOS menciones para miembros de la UPC. Y creo que, como otras veces, no les hacen un favor a sus autores. «Óbolo», de Eugeni Gillem, y «P. I. C.» de Albert Solanes, son obras iniciáticas que, a parte de adolecer del debido cuidado en el aspecto formal, aquejan un simplismo galopante que ni ofrece ni desarrolla argumentos trabajados, remitiendo a los peores momentos de este certamen, leídos, por ejemplo, en las entregas de los años 1995 o 2004. Quizás la más interesante de las dos sea «P.I.C.», un holocausto maquinista con algún pasaje intenso entre una inmensa mayoría que debería haber caído en la mesa de montaje. Aunque está mal comparar, no puedo callar que en el tercer número de Artifex Tercera Época hay una historia, «Lo que significa tu nombre» de Víctor M. Gallardo, que cuenta exactamente lo mismo en 75 páginas menos, con mucha más intensidad, emoción y, sobra decirlo, economía de medios. Y es que no todas las ideas valen para cualquier extensión. Mientras, «Óbolo» me ha merecido el mismo interés que me despertaría observar lo que es: el relato de una partida a un juego de rol masivo en la red. Es decir, ninguno.
Si alguien está interesado en el Premio UPC 2005 le recomiendo ser paciente y aguardar su seguro saldo. Aunque las dos novelas cortas de la categoría «profesional» son una lectura provechosa, no creo que valgan los 17 euros que cuestan. Y sí, reconozco que es triste decir que haya que pasar de un libro hasta su saldo. Pero en el caso del UPC se unen dos circunstancias no por conocidas menos ciertas de las que hablaré, como bien dice Miquel Barceló en uno de esos prólogos de libros fragmentados que últimamente proliferan en su colección, en una próxima entrega. A ella les emplazo.
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En pleno camino para hacerse con el control del mundo, la
Cada número consta de tres bloques: Reflexiones, artículos y ensayos con argumentaciones trabajadas y exentos de opinión ligera e improvisada, que pretenden aportar en el terreno del género, sugerir y hacer recapacitar a lectores, autores y editores; Críticas, donde se analizan novelas y antologías desde su perspectiva literaria, estudiando su construcción, sus propuestas estéticas e ideológicas y su implicación en su tradición narrativa, reflexionando sobre ellas para ayudar en su comprensión y buscar un mayor deleite, sin limitarse a orientar en la compra; y Críticas enfrentadas, donde se proporcionan dos interpretaciones de una misma obra, no necesariamente opuestas pero sí complementarias, que constatan la pluralidad y la riqueza de los buenos libros que posee el género.




Sin embargo, a partir del año 2003, cuando el ritmo de aparición de novedades comenzó a ser avasallador ( durante año y medio era raro el mes que Minotauro no ponía en circulación al menos cuatro libros nuevos), había un claro déficit de reedición de «clásicos». No me refiero tanto a libros como
Sin embargo es lo que tiene querer hacerse con ese título que ansías y que no tienes manera de conseguir. Un ansia que, no sé si alguien recuerda, llevó a uno de los primeros nacidos, Robe, a apostar muy fuerte (más de 300 €) por un lote de libros que se subastó a comienzos del año 2003 cuando la web estaba necesitada de dinero para poder sufragar un nuevo servidor que evitase su desaparición. Lote proporcionado por kemlo y que era bastante apetitoso.
Entrando ya en las aventurillas personales, creo que el libro más caro que he comprado de segunda mano ha sido El mundo invertido, que pagué a 24 euros en la librería antes mencionada; una excepción por aquello de que es un Priest. El resto a precios más normales. Sobre gangas, sin duda la palma se la lleva George R. R. Martin con dos ejemplares de Una canción para Lya a 1,8 € en una librería de saldos de Santander (regalados ambos, ya que lo tenía) y un Canciones que cantan los muertos a dos euros en Iberlibro (varios años después sigo sin creérmelo).
Sin embargo también he de reconocer que pocos guionistas hay tan dotados para la intriga histórica y la conjura palaciega, muy cercana a la aproximación que hemos podido ver recientemente en la serie de televisión producida por la HBO Pasión de legionar… digo
El último tomo, 
















