Por más que se haya dicho, no deja de resultar curioso cómo el mundo aficionado a la literatura de género fantástico en España se ha sentido minusvalorado por la inteligentsia cultural y el gran público cuando él mismo ha vivido casi de espaldas a una serie de autores que, surgidos lejos de sus territorios, han creado una serie de obras publicadas por editoriales grandes que han conseguido ventas importantes sin prescindir de elementos que siempre consideró como «suyos». Ahí está José Carlos Somoza con sus Clara y la penumbra, La dama número 13, Zig Zag o la recientísima Las llaves del abismo (y que, todo apunta, será invitado de honor de la próxima HispaCon; gran idea de la organización). O Nicolás Casariego, autor de la brillante distopía Cazadores de luz. O la mayor parte de la obra breve (y varias novelas) del enorme José María Merino, ahora mismo a las puertas de entrar en la Real Academia de la Lengua. Obras que, en su inmensa mayoría, apenas han merecido alguna línea en los foros de internet dedicados a la ciencia ficción, la fantasía o el terror, cuando no han sido recibidos con una lamentable displicencia. Un contraste más que contradictorio con otras de menor calado que aparecen una y otra vez cuando alguien pide una recomendación sobre ciencia ficción, fantasía o terror escritos en España.
En esta tesitura, yo mismo era un tanto reticente a leer La piel fría, uno de los más rotundos éxitos de los últimos años (sobre todo en catalán), a pesar de las opiniones que había leído sobre ella. De hecho la tenía por aquí desde que salió la traducción en Edhasa y no me había decidido hasta hace unos meses, cuando la metí en la mochila para sobrellevar mejor los vuelos de ida y vuelta a Londres. Unas condiciones que no son las mejores para hacer lecturas que dejen un buen poso. Sin embargo, la narración resuena aún en mi cabeza como si la hubiese terminado ayer, una demostración de que he encontrado en esta novela elementos que la convierten en una referencia ineludible.
En Sedice se publicó hace una semana
Durante los meses de Enero y Febrero han aparecido seis reseñas en la web de crítica de literatura fantástica
Después de escribir la que es probablemente su mejor obra, En alas de la canción, Thomas M. Disch apostó a comienzos de los años 80 por un cambio de “público” al desplazar sus historias desde la ciencia ficción hacia el terror, un nicho a priori más receptivo a sus inquietudes y propuestas. Bajo ese cambio de coordenadas escribió cuatro novelas en quince años, El ejecutivo, Doctor en medicina, 
Durante el último mes se han producido dos nuevos saldos, «pequeños» en comparación con otros habidos en el último año, que continúan con la tónica que en Nova es tradición y en Minotauro parece ya un gusto adquirido. El primero que llegó fue el de la colección dirigida por Miquel Barceló, que puso en circulación los volúmenes de los Premios UPC de los años 2001, 2002 y 2003. Nada sorprendente porque se estaba esperando (al loro
Todos los años la 
Hace un par de meses dediqué 
















