
Los hijos de las tinieblas
Hace poco más de un año escribía por aquí sobre La cosecha de Samhein, la primera entrega de la novela de José Antonio Cotrina que Alfaguara ha publicado bajo la denominación de El ciclo de la Luna Roja. Ahora toca recomendar la segunda entrega, Los hijos de las tinieblas, una obra que se crece en sus puntos fuertes y se libra casi por completo de sus defectos, demasiado introductoria, demasiado aletargada. Una consecuencia del fraccionamiento del original en tres partes por imperativo editorial: en conjunto sobrepasará las 400000 palabras. Una extensión que si ya de por sí es prohibitiva para la inmensa mayoría de novelas, lo es mucho más para un título publicado en una colección que lleva el marchamo de juvenil.
La novela arranca cinco semanas después de La cosecha de Samhein, con sus jóvenes protagonistas convertidos ya en unos supervivientes después de haber padecido algunos de los peores peligros de Rocavarancolia. Sus primeras páginas se abren con una pequeña aventura que juega una doble función: es una toma de contacto para conocer su evolución y, además, un aperitivo de la ordalía que les pondrá a prueba de cara al alzamiento de la Luna Roja. Fenómeno que los atenaza, página sí página también, y que sobreviene en las últimas páginas. Mientras, en el castillo, las criaturas que los han arrastrado hasta allí prosiguen sus conspiraciones alentadas por la llegada de un ser temible que desea recuperar los aspectos más pesadillescos del antiguo reino.
























