Un par de rayadas mentales del jefe.

Mes y medio después de la última entrega retomo este serial de melancólicos contenidos sobre el fenecido universo naranja, que en pocos días verá renacer con nuevas posibilidades uno de sus hijos: la biblioteca. Voy a centrarme en un par de detalles que ponen de manifiesto la efervescencia mental del webmaster (en los últimos días parcial protagonista de estas reflexiones) que, lamentablemente, no siempre terminaba en un resultado útil. Un producto de lo que llamábamos Departamento de cosas raras y que desembocaba en dos preciosos productos que durmieron el sueño de los justos.

La primera era una versión friki del cuestionario Political Compass, ése que «determina», después de cotejar una serie de respuestas, nuestra opción política. Blackonion, en su blog, tiene una breve muestra de cómo funciona el asunto.

La idea surgió durante uno de los hilos más recordados de la historia de la página, el famoso (y absurdo) debate entre Ls y Cs. La intención era ofrecer a los usuarios una batería de preguntas que ayudasen a definir la condición de cada uno. Pero no sólo en un espacio unidimensinal sino ampliándolo a un segundo «eje», ya que también se dilucidaría si se era lector de ciencia ficción o de fantasía.

Como utilidad está claro que estábamos ante otra forma más de perder el tiempo, pero iba a ser divertido descubrir los demonios internos de cada uno. ¿Cuánto L de boquilla revelaría en su interior un C deseando salir a la luz? ¿Y en cuánto lector de ciencia ficción a ultranza anida un potencial seguidor de las dragonadas?

Pego un par de imágenes de cómo estaba planteado el asunto. Desde luego el diseño es de una fase muy preliminar en el que habría que hacer serios ajustes en la situación de muchos títulos. Por ejemplo tanto la fantasía de Sapkowski como la de Martin deberían estar más cerca del eje de la «realidad» (ese que marca la transición entre ciencia ficción y fantasía) que otras obras como las novelas de HP, y Criptonomicón debería estar mucho más arriba.

Las preguntas a responder y que marcarían el resultado final serían parecidas a las siguientes (formuladas a modo de ejemplo)

1 ¿Qué tipo de novelas te gustan más?
– Aquéllas en las que hay un héroe que lucha contra la adversidad
– Las intimistas, donde lo importante son los pensamientos y sentimientos del autor o sus personajes
– Aquéllas en las que se crean mundos extraños y exóticos y que especulan con los conocimientos actuales de nuestra ciencia
– Las de «búsqueda», donde una serie de personajes van en busca de algún objeto o consecución de un fin2 Tus monstruos preferidos
– Trolls
– Algún tipo de raza alienígena
– Algún virus o enfermedad desconocida
– Los propios seres humanos

3 Selecciona de los siguientes elementos los que te suelen interesar en una novela
– Batallas
– Amor y sexo
– Ciencia y técnica del mundo donde se desarrolla la historia, correctamente explicados y desarrollados, que parezcan creíbles.
– Usos y costumbres del mundo donde se desarrolla la historia, explicando localización geográfica y política
– Líneas genealógicas
– Mapas

4 Si escribieses una novela, ¿cómo la titularías?
– La Espada de Fuego que Quema
– 4.435653
– El sutil encanto de la diablesa
– Estación Crepuscular Beta

La segunda rayada salió de un proyecto para uno de sus clientes. A través de un programa que correlacionaba datos y los ofrecía a través de un gráfico, recogiendo la información de nuestros tops personales (visibles en las fichas de usuario de la página), creó un sistema que dibujaba los lazos existentes entre las obras más queridas por los usuarios. Aquí ofrezco los dos pantallazos que se hicieron públicos en el foro.

Mapa de ciencia ficción

Mapa de fantasía

Pero lo mejor no estaba aquí, sino en que era posible pulsar sobre cada uno de los títulos y, como Teseo por el laberinto, ir siguiendo los hilos que se abrían a partir de cada una de ellas de manera que pudiésemos alcanzar todas aquéllas que estaban relacionadas por unos usuarios que, como se puede ver en la imagen dedicada a la fantasía, siempre han tenido a Tolkien muy cerquita de sus corazones. Un espectáculo mesmerizante en el que uno se perdía durante minutos y minutos explorando a dónde se podía llegar.

Puede que en comparación con el tesoro que era la biblioteca o el Dragon Khan de los foros fuese simplemente una gota en el mar. Pero oye, en todo parque de atracciones (aunque sea cultural) tiene que haber una casa de los espejos donde pasar unos minutos sorprendiéndote con las deformaciones de tu propia imagen. Y si se hubiesen llevado a cabo aquí habríamos tenido dos aditamentos adicionales al menú que nos habrían retratado con salero.

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Árboles para el Camino

Vamos a echar unas cuantas flores a alguien que lo merece: el querido webmaster de cYbErDaRk.NeT, David Fernández, que, a parte de ese irrepetible portal de literatura fantástica, ha diseñado y diseña unas webs con un aspecto intachable y sumamente «usables». Entre los diferentes trabajos suyos a los que he tenido acceso (la mayoría se los calla) siento predilección por esta web que, como antiguo peregrino del Camino de Santiago, rama francesa, me trae a la memoria gratísimos recuerdos.

La Fundación Árboles para el Camino surge de una iniciativa a priori rocambolesca.

[…]convertir el Camino de Santiago en un espacio medioambiental único en el mundo, mediante la regeneración forestal de sus sendas. La primera de nuestras acciones, entre otras actividades previstas, será conseguir plantar un árbol cada siete metros, en la ruta conocida como Camino Francés.

No sé cómo irá la cosa; hay secciones de la web que todavía no están habilitadas (da que pensar). Pero ya sólo por la posibilidad de poner algo de sombra en determinadas etapas de La Rioja, Castilla o León (un erial de secano que durante el verano se recorre bajo el puro fuego del sol mesetario), o ver en los últimos kilómetros algo más que Eucaliptos, debería salir adelante.

¿Y qué destacar de la web? A parte de su imagen y lo fácil de utilizar que es, destaca sobremanera una sección: las imágenes tomadas desde el aire de todas y cada una de las etapas del Camino de Santiago. Cualquier peregrino sabrá apreciarlas porque, aun teniendo un tamaño limitado, ayudan a que despierten muchas anécdotas vividas a lo largo de su recorrido. De especial interés resulta la lupa implementada por el webmaster y que permite aumentar el recorrido allí por donde se pasa el ratón.

He aquí uno de mis paisajes predilectos: el ascenso a la cruz de hierro desde Rabanal del Camino. Anda que ese día no vivimos anécdotas para dar y tomar.

P.S.: Otra muestra de su trabajo reciente.

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20th Century Boys: Urasawa reincide

Parecía imposible que después de Monster Naoki Urasawa repitiese las elevadas cotas de intriga y misterio presentes en aquél tebeo; ni conseguir una galería de personajes tan extensa y, a la vez, tan bien definida; ni mantener de forma tan regular el interés de un lector que se veía, página tras página (durante más de 3500), impulsado a seguir leyendo, en una espiral compulsiva sin parangón en el mundo del cómic. Pues bien, después de haber devorado los tres primeros tomos de su nueva serie, 20th Century Boys, el asunto vuelve a pintar genial: está repitiendo los meritorios éxitos de aquélla con un argumento completamente nuevo y, si cabe, más atractivo.

20th Century Boys recuerda, como han dicho diversos cronistas de pluma más certera, a una novela de Stephen King tipo It o Cazador de sueños. Un grupo de personajes se reencuentra cuando llegan a la treintena en el justo momento que unos hechos originados en su infancia les obligan a ello. Una secta destructiva, controlada por un tal «Amigo», está preparando una serie de atentados a gran escala, afectando colateralmente a algunos conocidos suyos. Para rizar el rizo, el plan que sigue es idéntico al que ellos mismos idearon dos décadas atrás cuando, reunidos en pandilla, fantaseaban con una amenaza descomunal sobre nuestra civilización de la que nos tendrían que salvar. Sin embargo el inevitable paso del tiempo ha provocado que el olvido haya borrado gran parte de sus recuerdos y no tengan muy claro ni el curso de lo que va a ir ocurriendo ni quién podría ser ese maquiavélico «Amigo» que, a todas luces, fue uno de ellos.

La forma en que Urasawa monta la historia es mimética a la que leimos en Monster. Coge un personaje, a la sazón el protagonista, nos introduce en su vida y sus problemas cotidianos y lo pone en conocimiento de la amenaza; después coge a otro y lo pone en contracto con él; posteriormente añade a dos más que se encuentran con los primeros; se rememora un hecho de su pasado relacionado con lo que está ocurriendo ante sus ojos; se cambia de localización y nos introduce a alguien que mucho más adelante se va a cruzar en su camino;… Así se va creando un potente entramado humano y un argumento orgánico, vivo, que va evolucionando ante nuestros ojos con una complejidad en continuo aumento. Un vibrante tour de force sin parangón en el panorama actual.

Aquí resulta inevitable destacar el talento para contar historias de Urasawa. Puro animal de la narrativa, como ya pudimos comprobar hace más de una década en la notable Pineapple Army, controla como un maestro la secuenciación de la acción en viñetas, el tempo de la historia, el rumbo que va a ir tomando la trama, la manera de dosificar la información y, muy especialmente, el uso (y abuso) del clímax. Sus obras largas están concebidas para ser publicadas periódicamente en la revista japonesa de rigor y su posterior recopilación en un tomo. Este formato, a priori limitante, le obliga a seguir un curso similar a un serial de televisión donde es necesario contar algo más o menos cerrado en un espacio determinado. Ahora bien, cada «episodio» está concatenado con el siguiente de forma que la tensión vaya en aumento hacia, un par de cientos de páginas más tarde, un clímax que pone a los personajes en una situación diferente a la que ocupaban al principio y que es la puerta de entrada hacia el siguiente arco. Arco que a su vez tiene su propio momento álgido que va un poco más allá del anterior pero se queda un poco antes que el anterior. Sin embargo, contradiciéndome un poco, resulta que tampoco es que los «arcos» se vayan sucediendo siguiendo una determinada cadencia, sino que el comienzo de uno puede estar tranquilamente en el medio de otro, con lo que la sensación de continuidad es omnipresente.

De ahí que tanto Monster como 20th Century Boys sean las series de televisión perfectas, ese ideal que muchos creadores (y fanáticos de este tipo de historias) han luchado por conseguir pero siempre han quedado en meros intentos. Probad cualquiera de ellos porque garantizan muchas horas de tensión, intriga, caracterizaciones fantabulosas y puro frenesí lector. Independientemente de que después el final pueda no estar a la altura de lo esperado por el lector occidental tipo.

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Una de soluciones habitacionales

Independientemente de mi opinión al respecto (curiosa la paradoja que los que opinan sobre ello en los medios, ya sean periodistas o políticos, llevan décadas habitando en casas que difícilmente bajan de los 100 metros cuadrados y no saben lo cruel que es para un joven de hoy descubrir que por un apartamento de una mísera habitación le piden, en la gama baja, más de 70000 pesetas al mes de alquiler), es necesario reconocer que toda la polémica surgida a partir de los famosos pisos de 30 metros cuadrados está sirviendo para que nuestros mejores humoristas den todo lo que llevan dentro en un delirante festival de mala leche. Como casi siempre. He aquí una muestra que acabo de recibir por correo electrónico.

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Norman Spinrad. Fragmento de «El emperador de todas las cosas»

No me molesta reconocer (ya lo he hecho más de una vez) la «deuda» que tengo con el primer número de la revista Gigamesh, aparecido a comienzos del verano de 1992. Un acontecimiento que me deparó una de las tardes más felices que recuerdo, devorando durante horas cada una de sus páginas. Un auténtico oasis lleno de nutrientes para un aislado aficionado a la literatura fantástica, absolutamente impresionable y deseoso de conocer mucho más sobre ella. Podría hablar mucho sobre la contundente sección de noticias que abría el número (joer, no había internet y leer que se iba a publicar todo aquéllo era para fundir culaquier sinapsis), o ese poema de Tolkien sobre Tom Bombadil (estaba atravesando mi etapa de adicto a cualquier cosa que llevase Tolkien en la portada), o las selecciones de aquilatados lectores con sus diez libros del año 91, o la imprescindible sección de reseñas, con un elevado grado de corrosión y vitriolo (que, me temo, se ha perdido con la seriedad impuesta por el paso del tiempo),…

Había, además, un texto que primero hizo que me tirase por los suelos de la risa y, después, reflexionase con ganas sobre la naturaleza de muchas lecturas que había afrontado hasta entonces. De hecho la interpretación que hace sobre la figura de Ender y sus dos primeras novelas me parece, dentro de su inevitable tendenciosidad, brillante. Me refiero al conocido ensayo de Norman Spinrad «El emperador de todas las cosas», traducido con duende por el tándem Cristina Macía y Albert Solé y que resulta uno de los textos capitales que han aparecido en las publicaciones «teóricas» que he leído desde entonces (anteriores y posteriores).

La primera parte, que es la que anarroseo a continuación, es una introducción inmejorable; una sátira descomunal que se ríe con ganas de un significativo porcentaje de la ciencia ficción y gran parte de la fantasía convencional. Una burla ácida con la que me resulta imposible no sonreir a pesar de que después de todo este tiempo, y de las veces que la he leído, podría recitarla de memoria (buff, menuda trola, mi memoria es horrípile; por cierto, lo utilicé como ejercicio de Word cuando daba clase de informática a 3º y 4º de ESO). ¿Alguna vez se ha escrito algo más divertido sobre el argumento tipo de la fantasía heroica?

No me hagáis callar diciendo «esto ya me lo sé», porque si lo hacéis la mitad de la ciencia ficción y como unos dos tercios de la fantasía que hay en los estantes desaparecerían con una explosión de ectoplasma.Nuestra historia comienza en los límites de la civilización, donde un joven aparentemente normal está sufriendo los tormentos de la angustia adolescente. Sin que lo sepan los patanes que le rodean (y quizá sin que lo sepa él mismo), es, de hecho, el heredero legítimo aunque exiliado del trono del Imperio, o un superhombre mutante de incógnito, o el propietario de poderes mágicos latentes, o un ciberbrujo de tres pares de narices o quizá, sencillamente, un fuera de serie con la espada de doble filo.

Pero las Fuerzas Oscuras están en auge, se está cociendo un Apocalipsis como la copa de un pino entre el Bien y el Mal, y nuestro héroe está destinado por imperativos genéticos, hereditarios o argumentales a ser el campeón de los Ejércitos de la Luz. Unos siniestros personajes merodean por Villaconejos de Abajo buscándolo, y puede que hacia el final del primer capítulo hayan estado cerca de cargárselo.

No tarda en aparecer un forastero procedente de los mundos centrales, un forastero Poseedor de conocimientos avanzados, perspectiva histórica, visión política y la misión de buscar al Enchufado del Destino para entrenarlo y conseguir que se enfrente a Darth Vader en la gran pelea por la corona de peso pesado del universo.

Así comienza la educación errante de nuestro héroe bajo las directrices de Merlín el Mutante. Irá desarrollando sus poderes potenciales en un viaje organizado por la galaxia, e irá abriéndose paso a tortas desde la nada de la que vino en una lenta trayectoria espiral hacia el Trono del Imperio.

Por el camino sufre el desprecio de la Princesa, va acumulando a su alrededor un abigarrado sistema satélite de duros tenientes y sargentos de primera, monta un Ejército del Pueblo, salva a la Princesa de un destino peor que Gor —ganándose su amor de paso—, y por último le revela su Identidad Secreta de legítimo Emperador de Todas las Cosas y la convierte a la causa.

El ejército guerrillero se abre camino luchando hasta Roma, y consigue llegar al Palacio Presidencial tras una batalla de unas sesenta páginas llena de sacrificios y proezas. Pero el Señor Oscuro no ha llegado a convertirse en Maestro del Mal chupándose el dedo, muchachos: el Señor del Mal se mete una herradura en el guante de una mano y un disruptor neurónico en el guante de la otra, y el héroe y él se disputan quince asaltos mano a mano en lucha por el destino del universo.

Pero resulta que el Tío Feo no ha oído hablar de las reglas de boxeo del Marqués de Queensbury: tumba al árbitro sobre la lona y nuestro chico recibe palos durante catorce asaltos, dos minutos y cuarenta segundos. Maloman va muy por delante en las tarjetas de puntuación de los jueces, y además está a punto de noquear al Blanco Chico de la Luz, así que parece que al universo le espera una mala racha de un millón de años.

Pero, justo cuando está en el suelo y a punto de oír el final de la cuenta atrás, sus poderes mágicos entran en acción, la princesa le lanza un besito, Obi Wan Kenobi le recuerda que la Fuerza le acompaña, su intelecto mutante le permite fabricar un lanzarrayos de partículas con mondadientes y clips, y un criado al que una vez salvó la vida le inyecta un chute consistente en 100 mg. de anfetas sagradas.

Nuestro héroe se levanta de la lona a la cuenta de nueve y lanza un inspirado discurso: «Eh, tío —le dice al Villano Definitivo— se te ha desatado el cordón del zapato.» Cuando Ming el Implacable baja la vista para comprobarlo, el Héroe del Pueblo le lanza un gancho a la mandíbula que lo saca del cuadrilátero y de la novela, haciéndole volar hasta el segundo libro de la serie.

El bien triunfa sobre el mal, se hace justicia, el héroe se casa con la princesa y se convierte en Emperador de Todas las Cosas, y todo el mundo vive feliz por siempre jamás…. o, por lo menos, hasta que llegue el momento de fabricar la segunda parte.

Suena familiar, ¿no? Los estantes de la ciencia ficción gimen bajo el plúmbeo peso de estas «sagas épicas sobre la lucha entre el Bien y el Mal» fabricadas mediante clonaje, de estos «poderosos héroes» embutidos en trajes espaciales ajustados y suspensorios con remaches de bronce, de estas «trepidantes historias de acción y aventuras». Con un programa medianamente decente de Búsqueda y Sustitución en el ordenador, lo antes expuesto podría servir (y es probable que haya servido) como resumen argumental publicitario de la mayoría de la ciencia ficción que se ha publicado.

Si existiera una fórmula a toda prueba para fabricar basura, sería ésta. Es la ecuación milenaria para el esqueleto argumental de la ciencia ficción comercial, con todas las variantes elevadas hasta el máximo de sus límites teóricos. El personaje con el que identificarse no es simplemente un héroe que inspira simpatía: es la fantasía masturbatoria definitiva, el lector como Emperador del Universo, como Divinidad. Lo que está en juego es nada menos que el destino de la humanidad por los siglos de los siglos, y la princesa siempre tiene el mejor trasero de toda la galaxia. El villano es lo más parecido a Satanás que se puede ser prescindiendo del rabo y los cuernos, no deja de retorcerse el bigote negro mientras se regocija con el tormento de las masas oprimidas, lleva a cabo prácticas sexuales indescriptibles y exprime animalitos encantadores sobre copas de vino para beberse su sangre.

Ah, pero no existe la fórmula a toda prueba para fabricar basura, y ni siquiera el argumento de El Emperador de Todas las Cosas lo es. Cierto, durante un tiempo la aplicación diligente de esta fórmula ha permitido que ejércitos de plumíferos mercenarios fabricaran montañas de fantasías adolescentes para deleite masturbatorio de jovencitos acomplejados por el acné y la timidez; pero, maravilla de maravillas, también es cierto que muchas auténticas obras maestras del género encajan cómodamente dentro de estos parámetros formales.

Dune, Neuromante, El libro del Sol Nuevo, ¡Tigre, tigre!, la mayor parte del ciclo Dorsai de Gordon Dickson, El Señor de los Anillos, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, El Señor de la Luz, Nova, La intersección Einstein, las novelas del Mundo del Río de Philip José Farmer, Forastero en tierra extraña, Tres corazones y tres leones, y otras muchas novelas de auténtico valor literario son hermanas entrecubiertas, al menos en términos argumentales, de esta Ur-fórmula primigenia para la acción-aventura.

Y, si a eso vamos, también lo son el Libro del Éxodo, el Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, las leyendas del Rey Arturo, Robin Hood, Sigfrido, Barbarroja y Musashi Murakami, las vidas de Alejandro el Grande, Napoleón, George Washington, Simón Bolívar, Tokugawa Ieyasu, Lawrence de Arabia y Fidel Castro, por no mencionar Una tragedia norteamericana, El conde de Montecristo, David Copperfield, El hombre que podía hacer milagros (1) y Superman.

El texto sigue, y lejos de perder «carga» la gana. Les invito a comprobarlo (si no lo conocen ya) en El emperador de todas las cosas

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Berlín 1945: Acongojante acontecimiento terminal

De los libros que «cayeron» el pasado día 23, estoy intercalando Los sicarios del cielo, de Rodolfo Martínez (por ahora bien, aunque mantengo reservas sobre determinados aspectos en los que, EMHO, «petardea»), con Berlín. La caída: 1945 de Antony Beevor. Y aunque en éste no hay nada que, globalmente, no supiese, estoy quedando acongojado por las dimensiones de la tragedia vivida en el asedio final a la capital alemana durante los últimos meses de la 2ª Guerra Mundial en Europa.

No sé si produce más horror la manera en que el criminal régimen Nazi llevó al paroxismo sus habituales métodos de violencia y represión sobre la población civil (en este caso la suya) durante su desquiciada carrera hacia la autodestrucción, o la forma en que el ejército soviético fue devorando las tierras ocupadas que se abrían a su paso. Violación de toda mujer hallada en el camino sin importar su origen, asesinatos en masa, lucha sin cuartel o el brutal sacrificio de las tropas propias en pro de una victoria lo más rápida posible (en pos de esa zanahoria formada por el uranio enriquecido del programa nuclear alemán) son algunos de los detalles que destacan sobre el macabro fondo general.

No pongo en cuestión que una guerra es justamente eso, y que en este caso después de todas las penurias, sacrificios y pesares sufridos durante los años 41 y 42 en sus propias carnes, la reacción sea «natural» (otra cosa es razonable). Sin embargo, la magnitud de la respuesta es tan similar a la acción sufrida que acongoja lo fácil que se trueca la condición de víctima con la de verdugo.

También contrastan los estertores del régimen nacionalsocialista, durante los cuales se sublimaron todas sus contradicción internas, con la represión en la zona roja de todos aquéllos que habían participado en la resistencia contra los nazis y no comulgaban con la rueda de molino del comunismo soviético. En comparación con policías políticas como la Gestapo el la NKVD, cualquier otro servicio secreto de una dictadura tipo parecen alegres colegialas de excursión campestre.

Hay muchos más detalles que convierten la lectura de este libro en recomendable, sobre todo porque Beevor es un hacha a la hora de confluir el «micro»conflicto de los hechos cotidianos que viven los protagonistas de la guerra (voluntarios o involuntarios) con el «macro»conflicto de los hechos históricos. Aun haciendo fluir cantidades de información ingentes ni abruma ni confunde.

Por último, destacar la cita de Speer con la que abre Berlín. La caída: 1945, no por asumida menos cierta

La Historia siempre concede una mayor importancia a los acontecimientos terminales

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Paul Grist

La publicación de tebeos estadounidenses en España, puesta de vuelta y media con el paso de los derechos Marvel de Planeta a Panini, o los de DC de Norma a Planeta, cada día corre más de la mano de un cúmulo de editoriales secundarias (en tamaño) que se las ven y se las desean para pescar entre lo que las majors les van dejando. Productos interesantes hay. Lo que no está tan claro es si resultan lo suficientemente apetecibles para unos compradores con una inercia acumulada descomunal, poco tendentes a salirse de aquello que han leído toda la vida. De ahí que tengan que ingeniárselas con unos formatos distintos a los que se utilizaron en su publicación original (eso sí, más adecuados para seguir la historia), unos precios elevados que compensen las bajas ventas y una distribución limitada a las tiendas especializadas de rigor, que económicamente son más asumibles y permiten unas tiradas que no van a dejar miles de tebeos sin vender. Todos estos mecanismos abren las puertas a tebeos minoritarios, con unas ventas marginales en su país de origen que perviven gracias al interés de un grupo de lectores acérrimo. Ejemplos los hay a patadas: Mage de Matt Wagner, Malas ventas de Alex Robinson, La edad de bronze de Eric Shanower,… Y entre ellos se encuentran las obras del británico Paul Grist.

Grist no es un autor que gráficamente llame la atención. Es más, en un primer vistazo sus ilustraciones parecen toscas, rígidas, amateurs. No obstante, una lectura atenta de cualquiera de sus tebeos permite descubrir su indudable conocimiento del medio; la manera prodigiosa en que conjuga acción, ilustración y los recursos que el arte secuencial pone a su disposición para contar una historia. Cada una de sus páginas, tal y como se puede observar en la viñeta vertical que he situado a la derecha de estas palabras, es una clase magistal sobre cómo planificar la acción, una continua lección sobre cómo llevar la cabeza del lector por los diferentes hechos de la trama sin que haya el más mínimo tirón, produciendo la animación que pone en marcha el motor del denominado «cine de los pobres». Un maestro de eso que los anglos llaman storytelling.

Autor de obra escasa y que fundamentalmente se ha autopublicado sus historias en su editorial, Dancing Elephant Press, en España le hemos podido leer poca cosa. Sin hacer un repaso exhaustivo a su bibliografía, lo primero que nos llegó (si no me equivoco) no fue precisamente una muestra del trabajo que le puso en el «mapa» a comienzos de los 90. La serie limitada Daily Bugle, tebeo con el que Marvel le «atrajo» a su redil (el gancho económico de una major es siempre atractivo), fue publicado por Forum en el año 97. En él contaba el día a día de la redacción del diario en el que trabaja Peter Parker, logrando una historia sin temas superheroicos que sería mucho mejor si no fuese porque las horribles ilustraciones de Karl Kerschel echaban por tierra su atractivo. Era muy complicado sustraerse a tan lamentable despropósito.

El segundo cómic que nos llegó, esta vez ya como ilustrador, vino de la mano de Grendel Tales, donde realizó la serie limitada de 5 números El demonio entre nosotros. Guionizado por el siempre interesante Steven T. Seagle (nada que ver con el fondón especialista en ¿interpretar? excocineros/bomberos/polizontes/médicos reparteyoyas), ofrecía una entretenida aventura futurista en el polo en la que se mezclaban los típicos temas Grendel (nihilismo, poder, violencia, culpa, redención,…), con ingredientes extraídos de films como La Cosa de John Carpenter o las historias de Godzilla. Pasó de puntillas por nuestras tiendas y todavía es posible encontrarlo de saldo junto al acojonante Grendel Tales: Guerra de clanes, de los croatas Darko Makan y Edvin Biukovic.

Aunque ambos tebeos no eran una mala compra (sobre todo el segundo), resultaban poco representativos de aquello que le había hecho destacar. Tuvo que ser Planeta la que editase 6 números de su título más conocido, Kane, que, literalmente, fue un absoluto fracaso comercial; se suspendió la publicación sin llegar a los doce números prometidos. Una de las decisiones editoriales más criticadas por el fandom comiquero y que se originó en lo inapropiado del formato elegido. Al igual que Norma metió la pata intentando vender tebeo de superhéroes como si fuese delicatesen, no se debió vender como un vulgar comic book algo que tenía (y tiene) otro público. Han tenido que pasar unos cuantos años hasta que hemos podido seguir esta serie gracias a ese Guadiana recalcitrante que es Dolmen, esta vez con un formato ideal para degustar lo que se encuentra en su interior; tomos de formato reducido de unas 200 páginas, del que acaba de salir la segunda entrega.

Kane es una serie policiaca que se adelantó en una década a la eclosión que vive este subgénero en el tebeo yanki (y de la que he hablado brevemente en mi comentario sobre Gotham Central). En sus páginas entramos de lleno en el día a día de la comisaría del distrito 39 de Nuevo Edén, ciudad fictica que no deja de ser la gran urbe estadounidense por excelencia: Nueva York. Allí se enfrentarán a los casos de cada día que tanto puede ser un hurto sin mucha importancia como el ataque de un experto en explosivos que amenaza con transformar en escombros varios edificios de la ciuda. Destaca la figura de Oscar Darke, el kingpin de Nuevo Edén, artífice de la caída en desgracia del detective Kane, protagonista principal (que no único) del tebeo.

La manera de desarrollar su argumento, al menos de lo que he podido leer hasta ahora (el primer tomo, que recopila los ocho primeros números de la serie), es típica de Grist. Historias bien copartimentadas que se construyen a partir de otras más pequeñas que va cruzando (o no) entre sí, algunas a modo de flashback, hasta llegar a un clímax. Una vez concluido éste se empieza otra vez con los personajes un poco más adelante y… Por el camino, mucha dinámica de personajes, diálogos ágiles y atractivos,… Una serie que ofrece hora y media de buena narrativa gráfica.

Jack Staff es algo distinto. Surgió de un proyecto malogrado para Marvel en el que tenía que poner al día un personaje de esos terciarios que aparecen de cuando en cuando por las series de la casa: Union Jack. La propuesta que presentó en «La casa de las ideas» (a finales de los 90) no fue del gusto de los editores y, sin inmutarse lo más mínimo, pegándole un pequeño lavado de cara, se lo autopublicó en Dancing Elephant Press. El resultado fue una maxiserie de 12 números en blanco y negro que todavía no ha llegado hasta nosotros. En ese momento, Image, siempre al acecho de esas series del panorama independiente que pueden satisfacer al lector de superhéroes, se fijó en él y le ofreció la publicación a mayor escala. De ahí surgió el segundo volumen de la serie, ya a todo color, que ahora mismo está publicando en nuestro país Recerca.

Hasta ahora han aparecido los cinco primeros números, recopilados en dos tomos con un papel satinado de alto gramaje y con una calidad de edición variada. Mientras que la primera entrega deja mucho que desear, con abundantes erratas y una rotulación deplorable, en el segundo número mejora gracias al trabajo de Sulaco Studios, que han conseguido una tipografía notable y, según cuentan, próxima a la que se puede disfrutar en la serie original.

En lo que se refiere al contenido, que puede leerse sin conocer la primera maxiserie (está pensada para atraer nuevos lectores), la historia se nota a la legua que estaba concebida para la Marvel. No ya en el personaje original o los secundarios que le rodean (con esa Spitfire pasada por un velo vampírico). Sin profundizar demasiado aparecen Hulk (Huracán), Iron Man (Tom Tom) o Nick Furia (Comandante Hawkes, que ha cambiado su condición de tuerto por la de manco). Además, a diferencia de Kane, es puro tebeo superhéroe. Eso sí, con una vena británica muy marcada. En Jack Staff prima la acción, pero ésta se desarrolla desde una perspectiva diferente a la que se observa entre los creadores norteamericanos que copan el mercado. No sólo por la escenografía, sino porque Grist, como se ya comenté con Kane, gusta de experimentar con la secuenciación de la historia, desarrollando en paralelo varios hilos, presentes y pasados, que van construyendo una narración en la que uno se puede perder si no presta la debida atención. Esto se puede interpretar como una prueba de que no ha mamado la narrativa superheroica estándar norteamericana, esa que se forjó en los tiempos gloriosos de la Marvel de Kirby y Ditko, y que después ha llegado hasta nosotros tras pasar alguna reestructuración, como la singular llevada a cabo por glorioso genio de la narrativa que era Neal Adams o los leves retoques aportados por la generación de los 80 como Miller o Simonson. O que la brutal influencia del manga actual le trae al pairo.

Y es que, con esos arquetipos, todavía se puede hacer lo mismo… de otra forma. Aire fresco, que dicen los que saben.

El problema que tiene es que por el primer prestigio (2 números de apenas 28 páginas cada uno) Recerca nos cobra 5,6 €, que visto el patio no está mal, pero por el segundo (3 números), 8,80 €. En estas cantidades interviene el excelente papel en el que se ha impreso, sólido y denso como pocos. Pero por un tebeo de superhéroes que además se lee tan rápido, por muy entretenido que resulte y lo gozoso que sea asistir al trabajo de Grist, es un gran handicap contra el que el común de los mortales chocan. Por esa cantidad se pueden conseguir tebeos como Powers casi con el doble de páginas, que duran bastante más y que en cuestión de calidad andan a la par.

A la espera de ver cómo siguen publicando esta serie, y lo que se hace con el primer volumen (que es posible que salga más asequible), denle una oportunidad a Kane y, si tienen dinero suficiente y un momento de debilidad, prueben con Jack Staff. Paul Grist merece el esfuerzo.

Nota final: Esta entrada llevaba un mes casi terminada y no he podido concluirla hasta ahora. Ando sin tiempo para hacer el friki. Snif, snif.

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Día del libro

Hoy día 23 de abril, día del libro, es sinónimo (cada vez más extendido) de libro de regalo, rosa y compras copiosas para aprovechar el 10 % de descuento. En mi caso, el asunto ha ido como sigue.

Libro de regalo recibido: Los sicarios del cielo, de Rodolfo Martínez (el premio Minotauro 2005). Tenía muchas ganas de leerlo y esta misma noche empiezo con él.

Libros comprados: Ven y enloquece y Luna de miel en el infierno, de Fredric Brown (su obra corta fantástica completa); El espíritu del mago, de Javier Negrete (continuación de La espada de fuego). Y Berlín, de Anthony Beevor.

Libro regalado a Paula: El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon. A ver si es tan bueno como lo pintan. Y, con él, un marcapáginas chulísimo con una rosa holográfica (de color amarillo).

Ojalá todos los años fuesen igual de bien.

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Tokio es mi jardín

A pesar de los elevados precios que tienen, me estoy aficionando a los tebeos que publica Ponent Mon, una editorial que está pasando serios problemas debido a sus escasas ventas (no todo el mundo puede atracar un banco al mes para atender sus «vicios» sin levantar sospechas; servidor al menos diversifica operaciones y obtiene sus recursos de varias fuentes). Primero de la mano de Jiro Taniguchi, autor que si no fuera por el empeño de esta editorial habría quedado sepultado después de la tibieza con que fue recibido El almanaque de mi padre. Y más tarde por los trabajos de Frédéric Boilet que poco a poco van recuperando.

En Tokio es mi jardín este autor francés afincado en Japón, uno de los padres del movimiento conocido como nouvelle manga, afronta una labor más próxima a lo que se espera de cualquier tebeo costumbrista que la que le habíamos podido leer hasta ahora. Algo comprensible si se tiene en cuenta que estamos ante un título publicado en 1997, varios años antes que las personalísimos La espinaca de Yukiko y Mariko Parade, y, además, escrita en colaboración con Benoît Peeters (con el que ya había trabajado previamente en Love hotel). Este hecho diferenciador (que podría verse como «uniformador») redunda en un resultado final más asequible para el público medio (entre el que me incluyo); en Tokio es mi jardín no hay excesivas veleidades experimentales y tanto el argumento como su desarrollo son un pelín menos intimistas pero están más «hechos». A ver si puedo explicarme.

Su protagonista central es David Martin, un joven francés que fue contratado por un pequeño fabricante de cognac para promocinarlo en Japón. Después de dos años en Tokio su éxito se reduce a haber colocado una caja en un local donde acostumbra a pasar sus tardes. Mientras, por las mañanas, para sacarse otro sueldo que le permita mantenerse en un país con un nivel de vida tan elevado, trabaja en el mercado de abastos de la ciudad. A pocos días de que su jefe acuda a visitarle para testar sobre el terreno la nula penetración del producto, y tras romper con su novia, David conoce a Kimié, una joven con la que incia una relación casi idílica en la que se da una curiosa similitud especular. Se juntan la fascinación de David por la cultura japonesa, que le ha llevado en apenas dos años a hablar perfectamente el idioma mientras se ha iniciado con sorprendente facilidad del aprendizaje de los caracteres kanji, y la de Kimié por la cultura francesa.

En esta mezcla y lo bien destilada que está la atracción que despierta en muchos occidentales el modo de vida nipón están parte de los grandes valores del tebeo. Durante sus 150 páginas respiramos Japón en cada viñeta. No sólo por la perfecta ambientación, sino por el uso de múltiples recursos que propician una mayor inmersión, como los caracteres kanji que abren y cierran cada bocadillo que es hablado en japonés (en contraposición a los hablados en «francés»), ciertos bocadillos que se han dejado en dicho idioma, determinadas onomatopeyas,… Una combinación nada dificultosa y sumamente atmosférica.

A este atractivo hay que unir lo bien que funciona la historia de amor, que comienza con pura pasión y deviene con delicadeza y naturalidad en el mutuo conocimiento que emprenden David y Kimié. Quizás carezca de la intensidad de otras de las obras de Boilet, como la ya apuntada Makiko Parade, donde el acercamiento a una relación de pareja era mucho más «fuerte», cercana, a flor de piel, primaria… Aquí hay una aproximación más canónica, algo que puede hacerle perder frescura (no porque no la tenga, sino porque en Makiko ésta desboradaba cada panel). No obstante en Tokio es mi jardín todo es más sólido.

Además está el potente trabajo como ilustrador de Boilet, al que se une una narrativa muy fluida y un grafismo más próximo a lo que se espera de un cómic que en las dos obras antes comentadas (básicamente «novelas ilustradas», pseudofotografías con textos de apoyo); el nivel de lectura adicional que se halla al buscar las similitudes entre su vida y la vida de David; el tacto con el que se retrata una relación amorosa plena desde sus facetas física y psicológica; la pasión de cada encuentro amoroso;…

Un conjunto apetecible que esta vez tiene hasta un precio nada escandaloso: 12.50 €. Comparado con los 16 € que pide Norma por un álbum de 56 páginas ilustrado por John Casaday, por muy grande que sea y mucha tapa dura que presente, está casi regalado.

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