La Asturcon en vivo

Acabo de comprobar que blackonion está haciendo de reportero no oficial de la Asturcon, y ha colgado un par de entradas en su blog sobre sus andanzas por Gijón. Mañana lo viviré en mis propias carnes (aunque para leer una croniquilla mía habrá que esperar a que revele las fotos, que no tengo cámara digital y tardaré).

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Colonización

Este fin de semana hemos estado de camping en Oriñón, un pueblo costero de la zona oriental de Cantabria, entre Laredo y Castro. Un paraje encajonado entre montes de caliza y con unos imponentes acantilados en los que nidifica una colonia de buitres leonados a escasos metros del mar, que permite tanto el turismo de arena y sombrilla como el de bota y prismático. Y allí me he topado con una realidad conocida, pero que hasta que no se experimenta durante 48 horas no se aprecia su verdadera dimensión. La penetración del turismo del País Vasco en las regionies limítrofes como La Rioja, el norte de Burgos o mi querida Cantabria (iba a poner la zona oriental, pero esta lleva años rebasada).

No es una cuestión de mero disfrute de playas, montes o ciudades, que para eso están y que asegura una dimensión beneficiosa para la economía de la zona. Es un tema que está llegando a ser relativamente preocupante por la asimilación que se está llegando a producir en una serie de asuntos que están empezando a cabrear al personal. Para que se hagan una idea, el domingo por la mañana me acerqué a una tienda dispuesto a comprar el periódico (el que fuese, quería leer algo durante el desayuno, y de paso averiguar qué había pasado en el Tour o en los entrenamientos del Gran Premio de F1). ¿Y qué tenía disponible a más de 20 Km del límite entre comunidades autónomas? Pues o elegía El pueblo Vasco o Deia. Porque ni rastro de El diario montañés, quizás algo comprensible ya que era un camping situado en Cantabria. Pero, lo que es más preocupante, tampoco había ni El País ni El Mundo. Lo mismo que en la bolsa de la tienda apareciese un Kompra, con K mayúscula, y otros detalles que son una chorrada, pero que por acumulación producen un extrañamiento a quien no debiera sentirse extraño. Lo mismo que se vive en la costa Mediterránea con los alemanes, franceses o británicos, pero mucho más absurdo.

Y sí, puede ser algo anecdótico, pero después te acercas a Sonabia (y a cantidad de otros sitios) y empiezas a ver unas urbanizaciones de veraneo con una imagen externa que recuerda a las típicas edificaciones vascas, que pintan lo mismo que un hórreo en la sierra madrileña. Vas a Castro (y alrededores) y descubres el enorme problema existente con los servicios públicos, ya que tienen una población muy superior a la censada (varias decenas de miles de personas). ¿Y no resulta irónico que una de las zonas más húmedas de España haya cortes de agua cuando llega el estío?

Más asuntos que trascienden esta estación. Se quiere construir una línea férrea que llegue, al menos, hasta Castro para poder llevar a todos los curritos que la utilizan como ciudad dormitorio (lo que es una grandísima idea). Pero claro, ¿quién se hace cargo de su financiación? ¿Las administraciones que no reciben un duro porque justamente la mayor parte de sus usuarios tributan a otra Hacienda? Porque, sigiendo con los impuestos, tiene guasa que los pequeños negocios veraniegos que se montan a pie de playa en esta zona no tributan donde debieran, sino que lo hacen en el País Vasco por las ventajas fiscales que allí se ofrece a los residentes o a las empresas que difícilmente se establecerán en una región que no les ofrece lo mismo (tontos serían, como todos los empresarios que todavía no se han fugado). O de la soga que, si no se elimina, acabará estrangulando al Servicio Cántabro de Salud, que se ve atendiendo a clientes de otro Servicio Próximo en un número creciente sin que haya una contraprestación acorde. O de la elección que va a tener que hacer la consejería de educación, a la que muchos padres les están comenzando a exigir impartir euskera en los institutos de la zona oriental, porque se ven con que sus hijos, si estudian aquí, no van a tener mucho futuro profesional en el País Vasco.

Y esto, que en otros sitios que todos los españolitos tenemos en mente, se tomaría como una afrenta ignominiosa de imperialismo decimonónico, de invasión que intenta aniquilar los valores ancestrales de un pueblo, o de simple colonización cultural, no produce alarma social. Porque el gracioso hecho diferencial (nótese la sorna) de nuestra Comunidad está precisamente ahí, en mirar estas cosas con distancia y frialdad. Porque esto que he escrito, aparte de intencionadamente demagógico, ¿realmente es importante?

Voy a dejarles el siguiente vídeo del programa de la ETB «Vaya semanita» que resume con humor el tema.

Nota final: No sabía muy bien si escribir este hilo porque este tipo de temas me gusta discutirlos en la intimidad (aunque me conformo con hacerlo en castellano). El blog, como he dicho otras veces, va de lo que va (frikerío puro y duro) y ya suficiente polémica hay en los medios de comunicación con los que todos chocamos día a día como para traer ésta hasta aquí. Pero son muchos años escuchando sandeces de incontables sitios (con lo del Archivo de Salamanca y la manifestación estuve a un pelo de romper mi voluntario silencio) como para reprimirse al 100%.

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Minotauro: camino del 50 aniversario

Acabo de recibir un correo con las novedades de Minotauro para el último trimestre de 2005 y en el texto de presentación me encuentro con la noticia de que la editorial cumplirá en Noviembre su 50 aniversario. Me he quedado planchado al darme cuen que el sello que siempre identificaré con Paco Porrúa cumple sus bodas de oro (y mira que tenía los datos desde hace años). Es mucho tiempo para una editorial de lo «nuestro».

Nunca me ha molestado reconocer que mi deformación como lector rinde cuentas a dos nombres. Por un lado a Alejo Cuervo, que como editor de Martínez Roca desde mediados de los 80 y la publicación años más tarde de la revista Gigamesh (donde cobra singular relevancia el nombre de Julián Díez), me hizo entrar en una ciencia ficción y fantasía eclécticas donde había mucha aventura, casi siempre contada de puta madre, y gotas de genialidad surgidas de la mano de maestros como Fritz Leiber o Iain M. Banks y obras inconmensurables como 334 o Camino desolación.

Y el segundo nombre, el primero en importancia, es Francisco Porrúa y su Minotauro. Primero por la publicación de El Señor de los Anillos, el libro que marcó mi adolescencia, que estuve releyendo una vez al año hasta que cumplí los veinte y que sigo considerando La Novela Épica. Después por agrupar bajo su capa a un grupo de autores que concilibaban una forma de entender la narrativa fantástica en la que el cuidado estilístico no estaba reñido con un componente humano, ideológico, filosófico,… de primera magnitud. Escritores como Ursula K. Le Guin, J. G. Ballard, Gene Wolfe, Olaf Stapledon o John Crowley son los primeros que acuden a mi memoria y hoy en día siguen siendo disfrutados porque este señor no sólo se atrevió a traducirlos sino que, además, los mantuvo siempre en el mercado, reimprimiendo cuando se agotaban tiradas y atesorando stocks cuando no había manera de que se vendiesen. También por su condición de seleccionador de buena parte de la segunda época de la colección Nebulae, otra de mis colecciones de cabecera en la que aparecieron por primera vez en España Joe Haldeman, George R. R. Martin, James Triptee, Jr. o Christopher Priest. Ahí es nada. Y, finalmente, por seguir a rajatabla una filosofía editorial donde la calidad del producto final jamás se ponía en cuestión por ningún plazo de entrega ni ahorro en los costes. Una circustancia que exasperó a sus incondicionales con continuos retrasos u obras que seguramente ya no veremos aunque estuvieron en la rampa de lanzamiento (caso de Dancers at the End of Time, con una traducción que como no convencía al editor se quedó en el limbo a la espera de una nueva)

La Minotauro de ahora, comprada por Planeta a finales del 2001 cuando el gigante de El Señor de los Anillos la estaba matando de éxito, lleva marcando su propio camino casi cuatro años, con decisiones dignas de ovación como la apuesta por unos autores españoles que por término medio están rayando a buena altura, o ciertos autores que ya venían de la mano de Porrúa como Priest, Wolfe, Ballard, Gibson,…; y otras algo más que cuestionables, como el lanzamiento de una colección de terror que no termina de arrancar debido a su alarmante mediocridad o la introducción de determinados autores extranjeros de tercera fila. Pero es inexcusable reconocer lo que le debe a un joven soñador que hace casi cincuenta años juntó un dinero, compró los derechos de Crónicas marcianas, El hombre ilustrado, Ciudad y Más que humano, y los puso en circulación para goce y disfrute de varias generaciones de lectores. Generaciones que nunca podrán agradecerle lo suficiente el cariño, devoción, trabajo e ilusión que dedicó a cada una de las obras que editó y que le han hecho merecedor del nombre que tiene hoy en día en el mundo de la Literatura (hombre, sobre todo por su condición de Editor de Cortázar o Cien años de soledad, pero el blog está muy escorado hacia lo que se ve)

Va por usted, señor Porrúa. Siempre en mi memoria.

Por cierto, que Minotauro se apunta un tanto y para Noviembre prepara tres libros que definen perfectamente a la editorial de ahora mismo: una edición conmemorativa de Crónicas Marcianas, compra obligada por todos aquellos que sienten los colores de la casa; la primera edición en nuestro idioma de los poemas de Tom Bombadil y que, si no me equivoco, es la única obra de Tolkien que faltaba de traducir íntegramente (edición bilingüe); y El anacronópete, de Enrique Gaspar, esa obra de finales del siglo XIX que se adelantó a La máquina del tiempo de Wells en una década (y que, por lo que me han contado, ni de lejos resiste una lectura hoy en día como sí permite la obra del maestro inglés). Además en Barcelona habrá una serie de actos para celebrar la efeméride, incluyendo una exposición y unas jornadas. Como nunca, las fechas vienen fatal para los curritos sin días propios.

Nota: Imágenes sacadas de la BBCFF.

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El vals del Gulag

Se ha hablado bastante bien de la última obra de Rubén Pellejero, probablemente el mejor ilustrador español que trabaja para el mercado francés, y anoche pude comprobar el por qué. El vals del Gulag es una narración intensa y emocionante que abre las puertas al horror del stalinismo, acercándonos a su crudeza más severa a través del sufrimiento de una familia que ve cómo el padre, Vitor, es recluido en un Gulag por posesión de documentos contrarrevolucionarios y admiración de la tecnología extranjera. Esas maquiavélicas inventivas en las que se parapetaba el sistema comunista para terminar con aquéllos que se separasen un milímetro de la ortodoxia manifestando ideas propias.

La historia resulta conmovedora. El guión de Lapière nos sitúa años después de este hecho, al poco de la muerte de Stalin, cuando su mujer, Kalia, acude a Siberia en busca de un marido que no ha retornado a casa después de que se «vaciasen» los Gulags. Y allí, mientras busca una pista que le conduzca hacia él, vivo o muerto, comienza a rememorar su pasado y los hechos que la han conducido hasta aquí. Un viaje a lo peor de un periodo de la historia de Europa que merece la pena recordar; a pesar de lo absurdo del discurso sostenido por la clase política soviética (demencial la discusión entre Vitor y su compañero de trabajo) no conviene olvidar que fue real.

Ayuda mucho el arte de Pellejero, que no sólo desarrolla la historia con maestría sino que juega con los encuadres, los gestos, el tempo y las gamas de colores para construir una narración que no se limita únicamente a ser leída. Invita a degustarla con calma mientras se sienten las emociones por las que van pasando sus protagonistas. Emociones que alcanzan su culmen en el llamado vals del Gulag, una experiencia que, cuando se revela, cobra un sentido dulce y, a la vez, amargo. Sin olvidar otros momentos elocuentes, como esa hermosísima y reveladora viñeta de la página 17 que nos traslada con elegancia el muro con el que chocó la población del otro lado del telón de acero al terminar la Segunda Guerra Mundial. O las cuatro viñetas en las que se recuerda ésta. O el tono crepuscular de la llegada de la policía secreta en busca de Vitor. O el mudo recuerdo en blanco y negro de sus años de Gulag. O…

Un cúmulo de pasajes que dan forma a un tebeo imprescindible.

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¿Lo que cuenta es el final?

Hace un par de meses surgió en la lista de correo de la TerSa un pequeño debate en el que se tocó la diferencia de apreciación entre el lector (que después expone su opinión) y el autor. El «iniciador» de la discusión fue Marc R. Soto, quien después de haber leído una crítica de Mariano Villarreal sobre su relato «Sueño de nieve y barro» (que juzgaba acertada a pesar de ser un tanto negativa), se quejaba de la alusión del comentarista al presunto final, que tildaba como escasamente sorprendente.

No logro entender por qué tanta importancia a ese «final sorpresa». Es como si a partir del 6º sentido (hablo de cine, pero parece que en literatura ocurre lo mismo) todo necesitara una vuelta de tuerca final que redibuje la historia. La verdad es que en esa película me sorprendió, pero en otras como Los otros o El maquinista me produjo un profundo hastío. ¿Qué ocurre con los finales inevitables, o los finales abiertos -mis favoritos por otra parte-?

Los finales sorpresa suelen requerir el uso de trampas, visiones sesgadas o incompletas de lo que ocurre y un uso moroso de la información, todo lo cual me parece bastante deshonesto para con el lector. Personalmente, no me gusta hacerlo y cuando lo hago no puedo evitar sentirme mal, «sucio».

Así que supongo que la pregunta es: ¿Preferís una historia con final inevitable, casi previsible –El señor de los anillos, Muero por dentro– o con final inesperado –Memento, El sexto sentido-?

Tal y como lo veía entonces, y lo veo ahora, cada historia demanda su propio desarrollo y en el caso particular de la que hablábamos, el cuento de Marc, EMHO es sólido. Desde el comienzo hasta el final me mantuve pegado a sus páginas gracias, sobre todo, a un estilo atractivo. Sí, la historia es la misma de toda la vida; tal y como afirma Mariano Villarreal, es puro Caín y Abel. Y sí, el desenlace es previsible. Pero el narrador y su «voz» son vigorosos, están bien construidos y consiguen turbar (levemente) al lector.

¿Por qué, entonces, esa sensación de que el final del cuento de horror/espanto/terror debe ser una especie de supergiro que ponga patas arriba cualquier concepción previa que se haga el lector? (algo fácil de cotejar a poco que se lean opiniones en diversos foros de internet) Quizás al hecho de que en el momento actual muchos lectores tengamos asociado este tipo de obra a la sorpresa final y a la pura subversión. Y cuando éstas no llegan, cuando el giro no es el esperado y se «traiciona» esa idealización que tenemos en nuestra mente, el autor no ha conseguido «culminar» su obra. Cuando quizás en la mente del creador estaba otro objetivo (crear una atmósfera, una forma de contar la historia,…) que se cumple con creces y que queda ofuscado por una lectura desde un momento histórico en el que los lectores vamos con coraza por el mundo, sin permitir que la narración nos arrastre, y caminando por delante de ésta analizando fríamente cualquier recoveco por el cuál el contador de historias pueda colárnosla para sellarlo con adamantium acerado de alta densidad. Perdiéndonos por el camino y creando el nuestro propio (se podría hablar mucho sobre esto unido a obras vapuleadas injustamente como El bosque de Shyamalan).

Como comentarista de libros amateur (y no siempre soy consecuente con lo siguiente; si no vean mi opinión sobre Robert Heinlein) considero que la clave está en analizar el desarrollo y ver si es coherente con lo que se ha leído desde la primera palabra. Porque a cada autor y cada relato hay que pedirle lo suyo (sin perder de vista nunca que estamos hablando de Literatura). Un «ajuste de cuentas» que pasa por ser un asunto todavía más subjetivo de lo habitual, muy especialmente entre los que no tenemos una formación en la materia, y que se enfrenta a una realidad donde el prejuicio acecha a la vuelta de la esquina sostenido por un entorno donde las etiquetas lo son todo y la publicidad es el santo y seña que modifica las puertas de la percepción.

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Menos de dos semanas para la AsturCon

Tenía serias dudas, pero al final me he animado y me pasaré por la AsturCon, esa pequeña convención de lectores de literatura fantástica que se integra en la programación de la Semana Negra de Gijón. Un mucho porque vuelve a España Christopher Priest, que como demostró hace dos años en Madrid es, a parte de un fenomenal escritor, alguien con quien da gusto hablar (a ver si me pongo con más entregas de Nostalgia Naranja y les hablo de los escalofríos que entran cuando vas a entrevistar a uno de tus escritores de cabecera; algo de lo que blackonion también podría hablar largo y tendido). Pero también para encontrarme con amigos y conocidos de mi etapa fandomítica más militante que, aunque todavía perdura, ha bajado muchos enteros.

 Con Andrzej Sapkowski en la Asturcon del 2003

Desde Santander esperamos pasarnos unos cuantos miembros de la TerSa. Algunos muy curtidos en este tipo de saraos, ya sea en ediciones pasadas, HispaCones o KDDs de diversa índole. Y otros… pues casi casi se estrenan. A ver qué tal lleva Paula el estar dos días inmersa en los corrillos del fandom, yendo a charlas de gente que no conoce, rodeada de temas de conversación que muchas veces se le escapan (aunque poco a poco se va enterando de la fiesta; hay mucha «pedagogía» detrás XD) y con una cena de gala con mucho vampiro victoriano suelto.

Especial en cYbErDaRk.NeT sobre la AsturCon de 2003

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Partida de caza, Bloody Winter, Battery Park, El valle sagrado y Tierra de sueños

Con esta segunda entrega de Píldoras continúo comentando de forma condensada algunas de las novedades tebeísticas aparecidas durante el pasado Saló de Barcelona, que empiezan a acumularse de mala manera en una segunda pila que no rivaliza con la de libros pero que empieza a ganar altura. Y comienzo con un tebeo que me ha dejado completamente maravillado.

Partida de caza, de Pierre Christin y Enki Bilal, partía con unas expectativas descomunales, y las ha superado por completo. Como que los 20 € que cuesta me ha parecido la mejor relación calidad precio en el mercado actual. Nos sitúa en medio de un grupo de viejos dirigentes comunistas que, a comienzos de la década de los 80, se reúne para celebrar una cacería en un bosque de Polonia. Cacería en la que a parte de recordar viejos tiempos y mostrarnos cómo han perdurado en los complicados terrenos de la maquinaria comunista, se va a poner de manifiesto el cambio que llamaba a las puertas de estos regímenes y que desembocaría años más tarde en la caída del bloque del Este. Situación un tanto inaudita (y visionaria) si se condiera que el tebeo está escrito años antes de que esto ocurriese.

Resulta complicado imaginar un guión mejor construido que el de Christin, que cuenta mucho, calla más y lo sugiere todo. Una trama con múltiples niveles que nos sitúa a la perfección en un número de páginas casi ridículo la Historia de los países comunistas, con unos personajes que en dos diálogos ganan identidad propia y sirven para ir pasando por sus momentos claves. Desde la revolución de Noviembre a los levantamientos de los países satélites como Hungría o Checoslovaquia, pasando por la Segunda Guerra Mundial, las protestas del sindicato Solidaridad o las sucesivas purgas con las que el Saturno comunista devoraba a sus hijos.

¿Y qué decir del soberbio trabajo de Enki Bilal en las ilustraciones? No me había acercado hasta ahora a ninguna de sus obras y he quedado al borde del éxtasis. En especial en dos aspectos. Su excepcional sentido plástico, con un uso del color único, y su férreo dominio tanto de la narración como de todos sus recursos, como esa mezcla entre pasado y el presente que despunta avanzada la historia a través de una sangre que baña múltiples viñetas y que traslada al lector toda la violencia intestina sobre la que se fraguó el control de dichos países durante más de 40 años.

En las antípodas de este álbum se puede situar el Bloody Winter de Sergio Bleda. Un cómic que, a pesar de costar sobre 9 €, tiene una relación calidad precio incomparablemente inferior al ofrecer una vulgar y decepcionante historia de tiros con tintes de vendetta cuyo único cimiento reside en el sólido storytelling de Bleda y su habitual trabajo gráfico. Lo que para sus seguidores, todo sea dicho, no es poca cosa. El resto está construido a imagen y semejanza de uno de esos thrillers policiales del montón que llegan hasta nuestros cines sin más afán que llenar la cartelera y que nada aportan a la temática.

Tampoco se puede decir que la demorada continuación de los Wildcats de Casey y Phillips, el tomo Battery Park, aporte mucho a los que llevábamos dos o tres años aguardando su publicación. Aunque no es menos cierto que tiene detalles que, con el espíritu indulgente que posee a la mayoría de los lectores de superhéroes, le dotan de un relativo interés.

Si en los números anteriores Casey se había preocupado por derrumbar el estatus del grupo para erigir uno nuevo, convirtiendo cada trama en un esta serie no la va a reconocer ni la madre que la parió y aquí van a pasar cosas, Battery Park suena a borrón y cuenta vieja, quedándose en una preocupante mitad de camino. Mitad de camino porque durante demasiadas páginas se dedica a recorrer los estúpidos enfrentamientos de Cole Cash con el FBI en una noche de farra (bien ilustradas por ese rey del medio plano que es Steven Dillon) o con la hermandad de Coda mientras busca a su antigua y presuntamente muerta novia Zealot. Mitad de camino porque pierde el gancho que tenía en anteriores entregas acercándose a la previsibilidad de una cuenta atrás. Mitad de camino porque retornamos a un recurso argumental manido, repetitivo, estúpido,… : el de traición dentro de las filas. Mitad de camino porque la valentía con la que había terminado el anterior arco argumental, «Control de daños» , con el grupo hecho unos zorros y uno de sus miembros en la UVI sin piernas, recupera el carril tradicional del tebeo de pijama con capa opcional en un desenlace quizás consecuente con la continuidad del grupo pero incoherente con lo que Casey había hecho hasta este punto.

Y, sin embargo, tiene cosas a recuperar, como el de un villano que comprende cuál es el camino correcto para conquistar el mundo hoy en día (alejado de esa forma medieval que aparece en el 99.99% de los tebeos de superhéroes), buenas secuencias de acción o el asentamiento de lo que va a ser el volumen 3 de la colección, ya disponible en las tiendas.

El valle sagrado es la quinta entrega de El Escorpión, tebeo de capa y espada en el siglo XVIII que ilustra ese blockbuster de la BD que es Enrico Marini. Como ocurría con otras de sus series, como Rapaces o Gipsy, después de unos inicios llenos de acción y vertiginosas tramas con tirón, la narración pierde el norte (todo sea dicho, ésta bastante menos) y comienza a diluirse peligrosamente. La búsqueda de la Cruz de Pedro iniciada en Roma y que ahora continúa por tierras de Capadocia se está alargando de mala manera y la tensión se pierde por arrobas mientras las iteraciones en el argumento hastían. A parte, por muy bien que las dibuje, el burdo erotismo de mujeres esculturales enseñando sus voluptuosos encantos, presente por exigencias comerciales, está ya muy visto y alguien debería decirles a Desberg y Marini que innoven un poco. Como gancho inicial tenía un pase pero ha llegado el momento en que la ración habitual de carne y pezón es un manido ripio que de ser un aliciente ha pasado a hastiar.

Y, para terminar, querría recomendar a todo aquel que haya tenido un animal doméstico (preferiblemente, perro o gato) Tierra de sueños, la última entrega de historias cortas de Taniguchi que ha publicado Ponent Mon y cuya lectura me ha deparado algunos de los momentos más emocionantes de mi dilatada historia como lector de tebeos.

«Tener un perro», retrato de los últimos días de vida de un perro del autor, pone el surtidor de lágrimas en el ojo y al corazón en un puño no sólo por la fidelidad con la que está desarrollado, sino por la genial manera en que nos recuerda la figucidad del tiempo, la finitud de nuestras vidas o lo estúpido de nuestra condición que se liga con suma facilidad a seres por los que llegamos a sentir, a veces, más que por las personas. El resto de historias abundan en ese camino iniciado por Taniguchi durante los ochenta de llevar al manga historias que nadie se había planteado llevar, como la llegada a un hogar de un gato persa, los cuidados que requiere, las neuras que encierra, lo que es encargarse de los gatitos cuando nacen,… Una serie de circunstancias que, dicho así, suena tan divertido como hervir agua pero que, en manos de este hombre, cobran una dimensión que me atrevería de tildar de trascendente. Por último, la pieza que cierra el volumen ofrece una de sus interesantísimas historias alpinismo con una fuerte componente zen, similar a las historias de K publicadas (más bien, destrozadas) por Otakuland. Eso sí, ya se empieza a notar el apretón de la editorial para poder mantenerse en las librerías después de sus bajas ventas, y nos cobran lo mismo que por El olmo del Caucaso, cuando estamos ante casi 50 páginas menos.

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El chiste hecho película

Ayer he pasado uno de los aburrimientos más atroces que recuerdo. Inexplicablemente no fue en la ceremonia de despedida de alumnos de 4º de E.S.O., sino en el cine viendo Madagascar. Paula se lo pasó bien. Se rió bastante con los chistes y gracias de este grupo de animales civilizados perdidos en la selva de Madagascar. Servidor, salvo por los cañeros pingüinos psicópatas (cuyos mejores momentos ya habían aparecido en el trailer, esas películas condensadas en dos minutos y medio que si fueses racional te evitarían pasar por taquilla), no entró en ningún momento en el film y asistió cariacontecido a la consumación del camino que está llevando gran parte del cine de animación por ordenador actual.

Lejos de hacer «seguidismo» de Pixar, aunando factura técnica, diseño de producción, una historia consistente que va a algún sitio, unos personajes con carisma, humor inteligente (o no) y guiños con sentido, la competencia por parte del otro grande del asunto, Dreamworks, se queda sólo con el diseño de producción. El resto…, EMHO no hay por dónde cogerlo. Los personajes principales son tan arrolladores como una segadora de 4 cv, el humor fácil, previsible y nimio, y la historia absolutamente inexistente. Una simple excusa estirada hasta el absurdo para ir concatenando chiste tras chiste en un esquema que perdió su gracia en Shrek 2. Es la translación al cine de animación de la receta ZAZ (recuérdese, los creadores de Aterriza como puedas) pero sin su talento para el absurdo.

El origen del cáncer se encuentra en la maldita necesidad de imitar a la Disney de hace una década y lanzar una película al año, un ritmo que, cuando no se afronta desde la genialidad (cosa que John Lasseter o Brad Bird tienen por arrobas), fuerza a sacrificar calidad. Se ha perdido de vista que una película es la suma de un conjunto de aspectos que tiene que nacer de un guión sólido, coherente y con sentido que sostenga todo lo demás. Sin eso o los chistes son muy buenos (que no lo son), o el resultado no funciona. Y está visto que con esta productora es lo que ocurre. Aunque claro, después vamos los espectadores, llenamos las salas cuando las estrenan, y les damos la razón.

P.D: De lo lamentable del doblaje ya no hablo. Estoy rezando para ver si algún día, antes de que pase a mejor vida, venga una película de estas «verbalizada» por Woody Allen. A ver si la distribuidora tiene huevos de cambiar a su doblador de toda la vida por algún actor de estos que están en el «candelabro» y que, por término medio, destrozan sistemáticamente lo que les ha tocado doblar.

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Padres de hoy en día

Caso verídico.

Tienes un hijo que es un maula y apunta a magano integral. No aprueba la religión ni de chiripa y tiene el cerebro orientado permanentemente hacia la payasada sin gracia. Para «motivarle» y que «cambie» su actitud le das lo que te pide: una moto. Va el niño y, al mes y medio, coge la moto y la estrella de forma imprudente contra un coche. Se salva con algunas magulladuras y unos fuertes golpes en pierna y cuello que le obligan a llevar muletas y collarín durante un tiempo.

¿Qué haces?

Nada de lo que están pensando. Literalmente, le compras una moto mejor.

Así son las cosas, y así nos van a ir en el futuro.

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