El color del azar, de Simon Ings

El color del azar

El color del azar

Cuántos libros parecen publicados para terminar olvidados. Salen de tapadillo; apenas se observa promoción detrás de ellos; la distribuidora los arrincona en lo más profundo de sus almacenes o son los puntos de venta los que hacen lo propio en lo más recóndito de los expositores; apenas se habla de ellos en los dos meses siguientes a su publicación y concluyen su vida en el cementerio de los libros olvidados. A veces saldados; otras regalados; (demasiadas) pocas leídos. Tal es el caso de El color del azar, novela de Simon Ings publicada por Marelle (Alamut) hace dos años que ha sufrido en sus carnes un sino particularmente doloroso. Tengo la sensación que si hubiese aparecido en otra editorial con más visibilidad, en un catálogo con autores anglosajones mainstream de peso (Anagrama, Mondadori…), habría recibido mucha más atención. La justa. No obstante, en un sello de nueva creación (en su momento) como Marelle (heredero de aquel Malabares que corrió tan mala suerte), demasiado cajón de sastre, con una visibilidad mínima… no hace falta elucubrar sobre lo sucedido.

Una pena. No tanto porque, a estas alturas, Simon Ings sea un autor de fuste similar a Martin Amis, Ian McEwan o, por qué no, David Mitchell. Sin embargo en El color del azar muestra virtudes que lo hacen merecedor de una consideración que, me temo, tardará en recibir en España… si alguna vez le llega.

Trazar su argumento resulta casi imposible. Como comentara Santiago L. Moreno en su excelente crítica de La chica mecánica, este es uno de esos libros donde no hay un motivo central que conduzca la trama. El color del azar se compone a partir de las vivencias de una serie de personajes que, a través de su peripecia vital, trazan una pequeña historia de (más o menos) la segunda mitad del siglo XX a partir de algunos de sus momentos cruciales: el blitz alemán sobre Londres en la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, los movimientos sociales de la década de los 60, la represión de la homosexualidad, la carrera por la conquista de la Luna, la descolonización, la inmigración a los países desarrollados… Hechos que los modelan en una medida similar a las miserias cotidianas que los guían.

Sí que hay un protagonista principal o, al menos, un personaje troncal que enlaza a (casi) todos los demás: Saul Cogan. El único que relata en primera persona sus fragmentos y que ha pasado por una curiosa sociedad filosófica londinense, participado en los círculos “revolucionarios” y anticoloniales de la década de los 60, emigrado a Mozambique para vivir lo peor de su guerra civil tras su independencia, e involucrado, ya en los albores del siglo XXI, en el tráfico de personas. Un personaje sólido y congruente que, entre otros muchos temas, resume ese paso del idealismo al cinismo tan característico, por ejemplo, entre los líderes políticos nacidos en el ecuador del siglo XX y que, en su caso, le han ayudado a mantenerse cuerdo ante los vaivenes que ha experimentado.

En sus aledaños aparecen el resto de personajes, de los que Ings traza retales en tercera persona que los conectan, ya sea entre ellos, ya sea con el propio Cogan. Encuentros muchas veces esporádicos, en su mayoría sustentados en la violencia o el sexo, que desencadenan cambios que los conducen en una dirección que, años/décadas más tarde, llevan hacia un nuevo encuentro. Un endiablado juego de causas y efectos que sitúan a Ings como un consumado urdidor de tramas que ata y desata sus existencias hasta formar una compleja red.

Pero este ejercicio de enhebrar vidas tarda en observarse. Apenas a partir de la mitad de El color del azar comienzan a entreverse algunos vínculos en lo que, hasta entonces, parece un collage inconexo de (demasiados) personajes y situaciones, más o menos interesantes que, supongo, disuadirá a más de un lector que busque una peripecia nítida. Aunque en este caso el estilo ayuda mucho a continuar la lectura (y una leve indulgencia con las erratas). La prosa de Ings es sugerente, sobria y certera, y proporciona un ritmo uniforme a la narración. Hasta el punto que pasajes que podrían haber originado descripciones más extensas acaban teniendo la misma cadencia, lo que unido a su ingenio a la hora de crear ciertas imágenes y la pulcritud de los diálogos acentúa lo terrible, angustioso o, por qué no, cómico de muchas de ellas. Todo en beneficio de una historia donde no hay lugar para la esperanza ni para la redención. Un reflejo de que el caos o el azar que observamos en los hechos del mundo, sin cadenas causa efecto tangibles, alimenta con saña el sinsentido en que se puede transformar cualquiera de nuestras vidas… si no lo es ya.

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Una respuesta a El color del azar, de Simon Ings

  1. Kaplan dijo:

    Lo subo en la pila.

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