Susurros en el tejado

Susurros en el tejado

Susurros en el tejado

Ahora que por fin han terminado los rigores del curso, retomo el Aburreovejas con la reseña de una colección de relatos. Conocí la labor de su autora, Eva Díaz Riobello, gracias a «Expiación», relato que estaba entre lo mejorcito de la última antología Paura, y con Susurros en el tejado ha reafirmado las sensaciones que me dejó entonces. Un libro con el que ha ganado el I Premio nacional Nuevos Creadores de Poesía y Prosa Narrativa, convocado por la Academia de Buenas Letras de Granada, que inicia la colección Mirlo Joven de la editorial Alhulia.

Lo primero que me gustaría destacar es lo cuidada que está su estructura. La obra está dividida en cuatro apartados (Instantes, Sueños, Fábulas y Susurros) que agrupan piezas que mantienen una unicidad conceptual y situados en una clara progresión que desemboca en el último relato de cada sección, el más extenso y satisfactorio. Una configuración que ayuda a imbuirse en un mapa bien delimitado que conduce hacia un colofón que cierra cada sección y sirve de puerta de paso hacia la siguiente.

Al principio no las tenía todas conmigo. El cuento que abre la colección, «Leo y el mago», es flojito. La historia de una boda de conveniencia relatada a través la hermana de la novia, que la vivió cuando era niña, es tan ingenua y naif como, supongo, debía ser dado quién la cuenta. Además resulta un tanto vacua y tiene un giro final excesivamente fácil. Sin embargo los dos que están a continuación y que rematan Instantes, «El escondite» y «Humo», ya asientan los cimientos de Susurros en el tejado. El primero, de apenas dos páginas, retuerce una idea, en este caso un juego infantil, para atormentarnos con una conclusión revulsiva. El segundo, mucho más extenso, a partir de las dos preguntas que escribe un personaje en una libreta («Guardas demasiado rencor para llevarlo dentro» y «¿Realmente crees que no te lo mereces?»), que reaparecen varias veces a lo largo de la narración, traza una relación especular entre dos amigas. Una atractiva, carismática, encantadora… el centro de atención siempre que está presente. Y la otra, la protagonista, insegura, acomplejada, tímida… el patito feo que «envidia» a la primera. Una relación agria basada en contrapuntos, llena de reflejos, ecos, reiteraciones… y culminada con un final que no por inevitable es menos adecuado.

Pero es en Sueños donde Susurros en el tejado explota su verdadero potencial. Comienza con varias historias muy breves, retazos de pesadillas, quimeras, fantasías… que sirven a modo de aperitivo y que tratan temas como el fin de la infancia y el precio que se paga con la madurez. Están escritos con un lenguaje contenido y envolvente, retorciéndose desde un comienzo más o menos limpio hasta su siniestro desenlace. Mientras, el último relato se mueve por unos derroteros diferentes. La autora no se recrea en una imagen/estampa/pasaje y la narración se convierte en protagonista absoluta. «El sueño de Elena», el más extenso de la colección y, a la postre, el más redondo de todos, es una destacada muestra de ese oximorón que es el realismo mágico donde una niña, Elena, puede ver los sueños de las personas que la rodean y los plasma en cuadros de vívidos colores. Una historia con un aire atemporal sobre los sueños que tenemos y no hacemos realidad, el tránsito de la infancia a la edad adulta y el amor por las pequeñas cosas, que por sí sola justifica la lectura de la colección.

A continuación, en Fábulas, Díaz Riobello revisa el mito del laberinto del Minotauro y varios clásicos infantiles de ayer y hoy, de esos que tanto agradan a nuestra ministra de igualdad, reinterpretando sus señas de identidad en clave actual. Por último, en Susurros el material de partida es más variado, un cajón de sastre donde, de nuevo, nos encontramos relatos ultrabreves de cuidada factura coronados con una última pieza acongojante, «El secreto de Una». La historia de un padre que cuida de una hija muy especial. Con parsimonia, enhebra revelaciones sucesivas que terminan en una desoladora conclusión. Un aldabonazo que deja un agradable amargor y que redondea una obra de lectura más que grata a la que apenas echo en falta más ambición a la hora de establecer el argumento de cada historia. Pero supongo que todo llegará… si, por supuesto, tiene que llegar.

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